Belén.—La Bastilla Mexicana.
Si los jueces están corrompidos fácil es colegir lo que será la prisión ó lugar de expiación de los delitos. Nadie puede figurarse lo que es Belén, esa Bastilla mexicana, limbo y purgatorio á la vez. No está descrita en los libros de los viajeros, porque los viajeros no son recibidos como visitantes en ese lugar de tormento.
“El Infierno” del Dante tenía círculos con una profundidad en relación con las iniquidades cometidas por el pecador; pero si se compara con Belén el “Agujero Negro” (The Black Hole) de Calcutta, resulta éste un salón de recreo, así como las prisiones de Siberia aparecerían como instituciones filantrópicas, y los “Piombi” ó calabozos de los palacios de los Dux, confortables residencias.
Belén es la superlativa expresión de la injusticia mexicana y un ejemplo de la equidad de Porfirio Díaz, el Justo, el Recto, el Imparcial. Belén no es una cárcel, ni una galera, ni un presidio; es Gehenna, el abismo de Aqueronte; una enfermedad inmencionable en el cuerpo de la justicia mexicana; una inmensa cloaca que contiene gusanos, inmundicia, carroña, enfermedades, poluciones y depravación; llena de pájaros de presidio, aprensados como sardinas en lata, tratados como reses. Es una abominación sobre la faz de la tierra, un céspol humano, una muestra sucia y apestosa del benévolo interés que se toma el viejo déspota por todo aquello que está oculto á las miradas de los extranjeros.
El gobierno de Díaz ha gastado millones de pesos en un parque y en una calzada para coches en Chapultepec, en una oficina de correos modelo, en un clásico edificio para los telégrafos, y en un palacio monumental para el Congreso; gasta de 8 á 10 millones de pesos en un teatro de mármol, para la ópera, que resultará una maravilla. Pero, en cambio, los planos para una cárcel modelo sugerida por Guillermo de Landa y Escandón, se están pudriendo desde hace seis años en los archivos del gobierno.
Belén, que tiene el tamaño de una media manzana de New York, encierra de cinco á seis mil hombres, unos 300 muchachos y 600 mujeres. Hay una galera de 180 metros cuadrados en la que se supone que deben dormir 1800 hombres, quienes tienen que emprender feroz lucha para conseguir un pedazo del suelo en que tenderse á descansar, y los más débiles se ven obligados á quedar de pie, ó á estar sentados, ó á echarse los unos sobre los otros.
Chinches, piojos, pulgas y toda clase de insectos pululan por miriadas, y si se da una palmada en cualquiera parte de la pared, se aplasta cientos de esos bichos.
El alimento es incomible, y á veces queda expuesto al sol ó á la lluvia horas enteras antes de ser distribuído.
Permítese á los hombres tomar un baño de regadera, pero no se les da jabón ni un trapo para que se enjuaguen, y cada cual se seca como puede.
El resultado de tal orden de cosas es el gran número de epidemias y la frecuencia de la tuberculosis entre aquellos desgraciados. “El Diario”, en su número de 7 de Octubre de 1908, publicó la lista de los presos que en un solo día contrajeron el tifus en la cárcel de Belén: CIENTO SETENTA Y SEIS CASOS.—Al día siguiente no fué posible conseguir la lista de los nuevos casos: la autoridad suprimió la verdad.
Los guardianes de la prisión tienen un poder absoluto. La mayor parte de ellos son presos también; extorsionan, roban y cometen toda clase de villanías, brutalizan y algunas veces matan á palos á los presos refractarios.
La sodomía es desenfrenada y está fomentada por los guardianes; hombres y niños tienen que prestarse, por voluntad ó por fuerza, á esa práctica abominable, y válense para ello del alcohol y de la marihuana.
Hay una Comisión de Vigilancia, compuesta de doce individuos, quienes se supone que están encargados de cuidar de que no se cometan abusos, ni se viole la ley, ni se falte á los reglamentos interiores. Estos visitan la prisión cada tres ó cada seis meses; pero algunas veces electrifican sus actividades, como el Consejo de los Diez de Venecia, si reciben algún anónimo procedente de algún preso.