Quintana Roo, la Siberia Mexicana.
El despótico México no sería una máquina política completa y perfecta si le faltase su Siberia. Pero el cerebro de Porfirio Díaz, siempre fértil en expedientes y subterfugios, encontró un buen pretexto en la rebelión de los Mayas, de Yucatán, para cercenar á ese Estado la mitad de su territorio y formar un distrito federal, de modo que pueda mantener allí constantemente unos cuantos miles de soldados. Utilízase Quintana Roo, que es el nombre del nuevo territorio, de la misma manera que los rusos utilizan la Siberia, es decir, para enviar allí á los presos políticos; pero con la pequeña diferencia de que muchos presos logran escaparse de Siberia para contar el cuento, mientras que de los enviados á Yucatán por algunos años, todavía no ha regresado ni uno solo. Aquel territorio es el más malsano, pantanoso, pestífero y mortífero de todo el país. Las probabilidades contra el preso son mayores que las que se tienen contra la rueda de la ruleta con su 0, 00 y su águila.
Si la execrable alimentación no lo mata, el tabardillo, la insolación, la fiebre amarilla, ó cualquiera otra enfermedad tropical espantosa, se encargará de hacerlo. Si el preso es bastante resistente ó bastante afortunado para sobrevivir, entonces se recurre á una nueva forma de la “ley fuga”: el oficial, ó el sargento encargado del punto, traba amistad con el preso y le sugiere un medio facilísimo de fuga; si el preso es bastante inocente para tragar el anzuelo, ó tiene la ansiedad de la fuga, los soldados, que siempre vigilan á los presos, tienen orden terminante de hacer fuego sobre ellos en cuanto se separen de las filas, aunque sólo sea para tomar un trago de agua en un charco cercano. Si no resulta ninguno de esos engatusamientos, entonces se le proporcionan los medios de suicidarse, y en caso de que rehuse tan bondadosa oferta, se le ayuda á librarse de la vida, ó, hablando en plata, lo asesinan sin más trámite, pues un hombre que estando condenado no acepta ninguna sugestión diplomática, como las indicadas, merece que se le mate como á un perro.
En 1904 un joven llamado Palomón Serrano, de 20 años de edad, durante la convención de los “liberales jacobinos”, la que conmemoraba el aniversario de la muerte de Juárez, en el Teatro Arbeu, se puso en pie y exclamó:—“Vengo para acusar al gran criminal Porfirio Díaz”. No tuvo tiempo para pronunciar una palabra más, pues inmediatamente fué aprehendido por orden del jefe de la policía. Al día siguiente, sin que mediara juicio de ninguna especie, fué remitido á Yucatán por tres años.
He aquí otro ejemplo de justicia que me recuerda la que se hacía en los principados de Italia, allá por el siglo XII.
Un General muy conocido que vive en México, dícese que tuvo una desgracia en su familia, pues una de sus hijas se huyó con el cochero de la casa. La joven regresó al hogar y se casó con un respetabilísimo oficial; pero el ambicioso cochero fué enviado á Yucatán y sus huesos se están blanqueando bajo los ardientes rayos del tórrido sol de Quintana Roo.
Cuando un hombre de talento, ó de cierta influencia política, ha atacado á Porfirio Díaz ó á la administración, en artículos de periódico, ó en discursos, y no se le puede aplicar la “ley fuga”, ni desterrarlo á Yucatán, se recurre á algún medio por trasmano para desacreditarlo.
Con frecuencia se arresta á los periodistas, en medio de la noche, sin que haya orden de juez, y simplemente por la invitación de un oficial ó de un simple agente de la policía. La esposa de un periodista estuvo sin noticias de su marido durante quince días, hasta que se dirigió al director de “El Diario” para obtener informes.
Un escritor y abogado muy conocido, Querido Moheno, estaba escribiendo un libro sobre la situación política actual de México. Tan pronto como se supo por las autoridades, lo acusaron de contumacia ó rebeldía. No se resolvió el caso, desde luego, sino que se dejó pendiente, como una espada de Damocles, sobre la cabeza del autor. Pero en cuanto apareció el libro y se vió que contenía ataques contra varios hombres prominentes en la política, se exhumó la causa, y se prosiguió la acusación.
Con harta frecuencia se ve en México llevar á Belén á un individuo, anunciando á son de trompeta los cargos que se le acumulan, y permanecer allí por espacio de un año. Durante ese período se circulan rumores de que ha robado dinero, ó ha cometido cualquier otro delito. Después de cierto tiempo, el acusado comparece ante el juez y se sobresee en la causa, por falta de pruebas; pero el individuo queda desacreditado y arruinado para toda su vida, sin reparación ni apelación de ninguna clase.
Hace un año, en un vaudeville, un actor que representaba á un mono, en son de chanza se puso en la cabeza la gorra de un agente de policía que se hallaba cerca de él. Lo aprehendieron, lo llevaron á la cárcel, donde lo detuvieron todo un día, y lo multaron en $10. Cuando le preguntaron al jefe de la policía el motivo de tanta severidad, contestó: “que el susodicho acto era derogatorio de la dignidad de la policía”.
En verdad que la palabra “derogatorio” es una felicísima figura retórica del jefe de la policía, Félix Díaz, pues, como lo voy á probar por dos incidentes que en seguida mencionaré, cuando el ofensor es persona de influencia, esa muy honorable policía “deroga” y se traga los insultos, como en un Mikado.
Hace un año el hijo del Ministro de Justicia, Enrique Fernández Castelló, insultó y abofeteó al jefe de la policía secreta, con motivo de que éste había divulgado la especie de una corrida de toros de aficionados en honor de unas prostitutas. El aludido no fué arrestado, ni multado, ni siquiera reprendido.
Hace dos años el hijo de Pablo Escandón, el millonario lacayo de Porfirio Díaz, insultó, abofeteó y dió de puntapiés á un policía que se atrevió á ordenarle que saliese de un café después que había sonado la hora de la clausura. Tan pronto como en la Comisaría de policía fué identificado como hijo de Pablo Escandón, lo pusieron en libertad. Al día siguiente el padre, que alardea de despreciar á los periódicos, se presentó en las oficinas de “El Diario”, y solicitó del director, como un favor especial, que no se diese notoriedad al caso, pues, añadió: “he mandado á mi hijo á París, castigado por un año”—¿Por qué no á Belén?
Pocos meses después, un joven sin fortuna y cuyo padre no tenía la categoría de lacayo real, cometió el mismo atentado contra otro agente de la policía. A éste no le enviaron á París—sino á Belén por dos años.
Así se hace justicia en México, el país de las contradicciones.
He aquí un ejemplo de la incorruptibilidad de Porfirio Díaz.—Hace años que la muy conocida familia de Amor y Escandón entabló un juicio en contra de los hijos de Don Vicente Escandón, con motivo de la cláusula secreta del testamento de Don Manuel Escandón, un rico hombre de México. El juicio fué muy sensacional y el abogado de los hijos de Don Antonio Escandón, (que ganaron el punto) hicieron un regalo en nombre de la parte interesada, á Porfirio Díaz, el que consistió en la casa número 8 de la Calle de Cadena, la que desde entonces es la residencia privada del Presidente. Don Pablo Escandón, el lacayo real de Porfirio Díaz, es uno de los hijos de Don Antonio Escandón, favorecido por la sentencia.
Después de treinta años de la obra corruptora, nefaria, dañina y secreta del gobierno, por un lado, y, por el otro, de la publicidad oficial y oficiosa de los maravillosos progresos de México, Porfirio Díaz ha considerado que ya es tiempo de que su estructura, representante de la nacionalidad mexicana, mereciese la misma posición que tienen las potencias extranjeras. Que la fe en la habilidad y en la honorabilidad de la administración de Porfirio Díaz debía recibir una especie de voto de confianza de los extranjeros en el asunto de la incorporación de las compañías de minas, de agricultura y de predios rurales, pues las potencias extranjeras han demostrado su respeto y admiración hacia Porfirio Díaz con la lluvia de medallas y de condecoraciones que han hecho caer sobre él y las personas de su familia. Pero, por desgracia, el extranjero que invierte sus capitales, es más cauto y cuidadoso de su dinero y de su confianza que las naciones. Así fué que cuando Porfirio Díaz se valió de Don Olegario Molina, Ministro de Fomento, para iniciar la llamada “ley de minería”, el déspota sufrió el más completo chasco al ver la absoluta, sincera y franca opinión de los inversores extranjeros protestando contra el proyecto. Esa famosa pretendida ley de minería se inició ostensiblemente con el propósito de impedir que los extranjeros adquiriesen propiedades mineras en el país; pero, en realidad, el objeto fué el de forzar á las compañías á incorporarse, no como ahora lo hacen bajo las leyes de los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, etc., sino conforme á las mexicanas, quedando bajo la jurisdicción de los tribunales mexicanos. Un diluvio de protestas cayó proveniente de todas partes del mundo, acompañado con la amenaza de que no se invertiría más capital en México bajo semejante ley. Esto puso término á la propaganda emprendida en favor de la ley, la que, al fin, fué degollada, cargando Molina con todo el odio que despertó la iniciativa.
La argumentación de los capitalistas extranjeros que invierten sus dineros en México, fué la siguiente: Estamos dispuestos á invertir nuestros millones en México para nuestro provecho y provecho de aquel país; pero no queremos entregarnos en manos de la justicia mexicana tal como hoy existe. Puede ser que Porfirio Díaz se muestre favorable y equitativo hacia los inversores extranjeros y hacia sus inversiones; pero un gobierno que para su justicia depende de un solo hombre, no es un gobierno estable. ¿Qué pasará si muere Porfirio Díaz y continúa su sistema? ¿Quién puede garantizar la honorabilidad, equidad y amistad de su sucesor hacia los extranjeros y hacia los capitales extranjeros?
El martirio jamás es estéril, porque todo hombre ve en la frente del mártir una línea de su propio deber.
Mazzini.