La Ley Fuga.

“La Ley Fuga” no es en verdad una ley, ni cosa que lo valga, sino un eufemismo mexicano. Ha estado en uso para la eliminación de los bandidos durante las dos ó tres últimas generaciones. En un tiempo los bandidos infestaban el país como una plaga, y cuando se les cogía, al ser conducidos de una población á otra para ser juzgados, generalmente intentaban fugarse y la escolta que los conducía los mataba. Ese impulso natural á la fuga fué hábilmente explotado por los gobernadores, jefes políticos, etc., para verse libres de sus enemigos. Por ejemplo, si un hacendado prominente, ó una persona de influencia, deseaba deshacerse de un enemigo ó del amante de alguna muchacha en la que había puesto sus lúbricas miras, bastaba con acusar de algún delito imaginario á la presunta víctima, la que era aprehendida y, con cualquier pretexto, la conducían de una prisión á otra, de un pueblo á otro pueblo, y en el camino los Rurales, ó sea la policía de los campos, lo dejaban tomar la delantera y lo fusilaban por la espalda. Al volver al lugar de procedencia, declaraban que el preso había querido escaparse y que se habían visto obligados á hacer fuego sobre él para impedir la fuga. Si acaso tenían que comparecer ante un juez con ese motivo, describían cómo los había atacado el preso, disparado sobre ellos, en la huída, y cómo lo habían matado. Para comprobar su dicho, traían un sombrero gris, perforado por un balazo, y una silla de montar con la misma perforación, para corroborar el testimonio. Lo más curioso es que el mismo sombrero y la misma silla han servido y siguen sirviendo en cada caso de este género.

En los comienzos la “ley fuga” no fué más que una infructuosa tentativa para limpiar el país de bandidos. Porfirio Díaz los suprimió, bien por medio de los fusilamientos, ó bien ofreciéndoles mejor sueldo para que entrasen al servicio del gobierno, en el cuerpo de Rurales. De este modo ha formado un excelente cuerpo de hombres endurecidos en todas las fatigas y empresas peligrosas, y que mantienen el orden en todo el país. Porfirio Díaz tiene fe en el antiguo adagio que reza que se necesita de un ladrón para agarrar á otro ladrón.

Ya no hay bandidos en México; pero la “ley fuga” sigue en todo su vigor, utilizándose para las venganzas privadas, para propósitos políticos, y es una de las armas más peligrosas, cobardes y execrables de cuantas usan Porfirio Díaz y su mafia política.