ESCENA IV
GALÁN y DON MARCELINO (por la derecha)
Num.
(Desesperado, deprimido, con cara de fatiga y medio llorando.) ¡Ay, que no... ay, que no puedo más, señor Córcoles!... Yo me marcho, yo huyo, yo me suicido. Todo menos otro Fox trot.
Marc.
(Conteniéndole.) Pero espera, hombre, por Dios, ten calma.
Num.
No, no puedo. ¡Otro Guan step y fallezco! Esta broma está tomando para mí proporciones trágicas, espeluznantes, aterradoras... Yo me voy, me voy... ¡Déjeme usted!...
Marc.
¡Pero, por Dios, Galán, no seas loco! Ten calma...
Num.
No, no puedo más, don Marcelino; porque, aparte del terror que me inspira don Gonzalo... es que Florita... ¡Florita me inspira mucho más terror todavía!... (Se vuelve aterrado.) ¿Viene?
Marc.
No, no tengas miedo, hombre.
Num.
No, si no es miedo; ¡es pánico!... porque sépalo usted todo, don Marcelino... ¡Es que la he vuelto loca!
Marc.
¿Loca?
Num.
¡Está loca por mí!... ¡pero loca furiosa!
Marc.
¿Es posible?
Num.
Lo que sintió Eloísa por Abelardo fué casi una antipatía personal comparado con la pasión que he encendido en el alma volcánica de esta señorita... y la llamo señorita por no agraviar a ninguna especie zoológica. Figúrese usted que me obliga a estar a su lado para hablarme de amor, durante ¡nueve horas diarias!
Marc.
¡¡Nueve!!
Num.
¡Y cuando me voy me escribe!
Marc.
¡Atiza!
Num.
Mientras estoy en la oficina me escribe... Me voy a comer y me escribe... Me meto en el baño...
Marc.
¿Y te escribe?
Num.
Me cablegrafía. ¡Lleva en el bolsillo una caja de pastillas de sublimado y una browning por si la abandono! Las pastillas para mí, la browning para... digo, no... Bueno, no me acuerdo, pero yo en el reparto salgo muy mal parado. ¡Dice que me mata si la dejo!
Marc.
Eso es lo peor.
Num.
No, quiá. Lo peor es que como sabe usted que pinta, me está haciendo un retrato.
Marc.
¿Al óleo?
Num.
Al pastel. Y tengo que poner la mirada dulce...
Marc.
Es natural.
Num.
Y estarme hora y media inmóvil, vestido de cazador, con aquellos dos perros del regalito, que se me están comiendo el sueldo, y una liebre en la mano, en esta actitud. (Hace una postura ridícula.)
Marc.
Como diciendo: ¡ahí va la liebre!
Num.
¡Sí, señor, y así quince días!... ¡¡Quince!!... ¡Figúrese usted cómo estaré yo y cómo estará la liebre!
Marc.
¡Y cómo estarás de pastel!
Num.
Que paso por una pastelería y me vuelvo de espaldas. No le digo a usted más. ¡Con lo goloso que yo era!
Marc.
¡Qué horror!
Num.
Bueno, pues mientras me acaba el pictórico, me ha pedido el retrato fotográfico, ha mandado sacar ocho ampliaciones y dice que me tiene en el gabinete y en el comedor y en los pasillos... ¡y que me tiene hasta en la cabecera de la cama!... ¡Y yo no paso de aquí, don Marcelino, no paso de aquí!
Marc.
¡Pobre Galán!... pero claro, lo que sucede es lógico. Una mujer que ya había perdido sus ilusiones ve renacer de pronto...
Num.
Lo ve renacer todo. ¡Qué ímpetu, qué fogosidad!... ¡Con decirle a usted que ya está bordando el juego de novia!
Marc.
¡Hombre, por Dios, procura evitarlo!
Num.
¿Pero cómo?... Si para disuadirla hasta la he dicho que está prohibido el juego y no me hace caso. Ayer me enseñó dos saltos de cama—figúrese usted el salto mío—, para preguntarme que cómo me gustaban más los saltos, si con caídas o sin ellas.
Marc.
Tú le dirías que los saltos sin caídas.
Num.
Yo no sé lo que le dije, don Marcelino, porque yo estoy loco. Puedo jurarle a usted que en mi desesperación, más de tres veces he venido a esta casa resuelto a confesarle la verdad a don Gonzalo; pero claro, le encuentro siempre tirando a las armas, o con los guantes de boxeo puestos, dándole puñetazos a una pelota que tiene sujeta entre el techo y el suelo...
Marc.
Un funchimbool.
Num.
No sé cómo se llama, pero como a cada puñetazo la pelota oscila de un modo terrible y la habitación retiembla, yo me digo: ¡Dios mío, si le confieso la verdad y se ciega y me da a mí uno de esos en el balón, (Por la cabeza.) pasado mañana estoy prestando servicio en el Purgatorio!
Marc.
No, hombre, no, por Dios... Ten ánimo, no te apures.
Num.
Sí, no te apures, pero el compromiso va creciendo y esos miserables burlándose de mí. ¡Maldita sea!...
Marc.
¡Ah!, oye; lo que te aconsejo es que te moderes, porque Gonzalo me acaba de preguntar que por qué le has dado dos puntapiés a Picavea en el vestíbulo, y no he sabido qué decirle.
Num.
Y los mato, no lo dude usted, los mato como no busquen a este conflicto en que me han metido una solución rápida, inmediata. ¡Es necesario, es urgentísimo!
Marc.
Descuida, que creo lo mismo, y en ese sentido voy a hablarle a Tito Guiloya.
Num.
¡Sí, porque yo no espero más que esta noche para tomar una resolución heróica!
Marc.
Aguárdame aquí. Voy a hablarles seriamente. No tardo.
Num.
Oiga usted, don Marcelino; si Florita le pregunta a usted que dónde estoy, dígale que me he subido a la azotea, hágame el favor. Siquiera que tarde en encontrarme, porque me andará buscando, de seguro.
Marc.
Descuida. (Vase izquierda.)