ESCENA PRIMERA
DON GONZALO y DON ARÍSTIDES
Aparecen los dos en traje de esgrima con las caretas de sable puestas. Don Arístides da a don Gonzalo una lección de duelo.
Arís.
Marchar, marchar.—Encima.—En guardia. (Don Gonzalo va ejecutando todos estos movimientos de esgrima que el profesor le manda.) Marchar.—Batir bajo.—Otra vez.—Uno, dos.—Una, dos, tres.—Marchar.—Finta de estocada y encima.—En guardia.—Romper.—Romper. (La segunda vez que don Gonzalo retrocede obedeciendo la voz de mando del profesor, tropieza con la mesita que habrá al foro y derriba los cacharros que habrá en ella.) Pero no tanto.
Gonz.
¡Demonio, qué contrariedad! En fin, adelante.
Arís.
Marchar cambiando. Estocada. Encima. Otra vez pare y conteste. Otra vez. Batir. Revés. Pequeño descanso. (Se quita la careta.)
Gonz.
(Quitándosela también.) ¿Y cómo me encuentra usted, amigo Arístides?
Arís.
¿A qué hora es el duelo?
Gonz.
A las seis de la tarde.
Arís.
Se merienda usted al adversario. Seguro.
Gonz.
¿Estoy fuerte?
Arís.
Superabundantemente fuerte. Pétreo.
Gonz.
Picavea creo que no tira.
Arís.
Ni enganchado. Si se pueden emplear en estos lances los términos taurinos, diré a usted que en la corridita de esta tarde, más bien becerrada—por lo que al adversario se refiere,—se viene usted a su casa con una ovación y una oreja... más las dos suyas, naturalmente.
Gonz.
Pues a mí me habían dicho que Picavea, en cuestión de sable, era un practicón.
Arís.
Cuando estaba sin destino, sí, señor. Pero ahora... ¿lo sabré yo, que he sido su maestro?...
Gonz.
En fin, ¿reanudamos?
Arís.
Vamos allá. (Requieren las armas y vuelven a la lección.) Finta de estocada marchando.—Encima.—Romper.—Uno, dos.—Marchar.—Dos llamadas.
Gonz.
Con permiso. Un momento. Voy a llamar al criado que se lleve estos cacharros. (Hace que toca un timbre.)
Arís.
En guardia.—Uno, dos.—Marchar.—Revés.—Romper.—Encima, pare y conteste.—Marchar.—Batir.—Salto atrás.
Criado
¡Señor!
(No le hacen caso.)
Arís.
Marchar.—A ver cómo se para, vivo...
(Comienza un asalto movidísimo. Las armas chocan con violencia.)
Criado
(Vuelve a acercarse temeroso.) Señor... (Siguen el asalto, avanzando y retrocediendo, sin hacerle caso, y el Criado, viéndose en peligro, se pone una careta de esgrima y se acerca decididamente.) Señor...
Gonz.
¿Qué quieres, hombre?
Criado
No, yo es que como me ha llamado el señor...
Gonz.
Sí, hombre, que recojas esos cacharros.
Criado
Está bien, señor. (Los recoge sin quitarse la careta y luego se marcha huyendo de los golpes de sable que continúan.)
Arís.
Tajo.—Uno, dos.—Salto atrás.—Marchar.—Uno, dos, tres.—Salto atrás.—Marchar.—Estocada.—Bravo. (Quitándose la careta.) Con esto y los padrinitos que tiene usted, no hace falta más, porque creo que sus padrinos ¿son Lacasa y Peña?
Gonz.
Lacasa y Peña.
Arís.
Entonces las condiciones serán durísimas, estoy seguro.
Gonz.
Imagínese usted.
Arís.
Para intervenir esos, el duelo tiene que ser a muerte. No rebajan ni tanto así. Los conozco.
Gonz.
Además, las instrucciones que yo les he dado son severísimas: nada de transigencias, nada de blanduras.
Arís.
Pues no doy veinticinco centavos por la epidermis de Picavea.
(Se cambian las chaquetas de esgrima, don Arístides por su americana y don Gonzalo por una chaqueta elegante de caza.)
Gonz.
¡Oh, ese canalla!... ¿No sabe usted lo que hizo anoche en el Casino a última hora?
Arís.
Sabe Dios.
Gonz.
Abofeteó e injurió a Galán horriblemente.
Arís.
¡Qué bárbaro!
Gonz.
En tales términos, que Galán me ha escrito agradeciendo la defensa que hice de su honor pero recabando el derecho de batirse con Picavea antes que yo.
Arís.
No lo consienta usted de ninguna manera.
Gonz.
Ni soñarlo. Picavea ofendió en mi propia casa a mi hermana, proponiéndola una indignidad, valido de una calumnia. Yo soy, pues, el primer ofendido.
Arís.
Sin duda ninguna.
Gonz.
Lacasa y Peña harán valer mis derechos.
Arís.
¡Buenos son ellos!
Gonz.
Y además, cuando Galán le envió los padrinos, ¿sabe usted la condición que imponía Picavea para batirse?... ¡Pues que fuese cual fuese el resultado del lance, los dos habían de renunciar a mi hermana, so pretexto de no sé qué lirismos ridículos!...
Arís.
¡Es un hombre perverso!
Gonz.
Ni más ni menos. Pero figúrese el disgusto de la pobre Flora cuando supo por Marcelino que Galán quizás tuviese que aceptar la tremenda condición para que no pueda atribuirse su negativa a cobardía... ¡Un disgusto de muerte! En vano trato de tranquilizarla. No descansa, no duerme, no vive. ¡Cuando más feliz se creía!... ¡y todo por culpa de ese miserable! ¡Ah, no tengo valor para hacer daño a nadie, pero la vida le hace a uno cruel, y como pueda mato a Picavea! Se lo juro a usted.
Arís.
Lo merece, lo merece... Pues, nada, don Gonzalo, hágame usted piernas y hasta luego. (Poniéndose el sombrero.) Voy a ver a Valladares, que está muy grave.
Gonz.
¡Ah, Valladares, sí; ya me han dicho... que se concertó el duelo en condiciones terribles!
Arís.
A espada francesa. Con todas las agravantes.
Gonz.
¿Y Valladares está en cama?
Arís.
Si se va o no se va. Y el adversario también.
Gonz.
¿También? ¿Y qué es lo que tienen?
Arís.
Gastritis tóxica por indigestión.
Gonz.
¡Ah!, ¿pero no es herida?
Arís.
No, no es herida, porque desoyendo mis consejos, en lugar de batirse, se fueron a almorzar al Hotel Patrocinio, y claro, les pusieron unos calamares en tinta que están los dos si se las lían. ¡Mucha más cuenta les hubiese tenido celebrar un duelo a muerte, como yo les propuse! A estas horas, los dos en la calle. ¡Pero calamares! ¡Quién calcula las consecuencias!... Son unos temerarios. ¡Le digo a usted!...
Gonz.
¡Ya, ya!... ¡qué gentes!
Arís.
Conque hasta luego; hágame piernas y no me olvide esa finta de estocada marchando, ¿eh?... Un, dos... a fondo. Rápido, ¿eh?... (Vase derecha.)
Gonz.
Sí, sí; descuide, descuide... (Vuelve y toca el timbre.) Voy a ver cómo sigue esa criatura. Cree que le ocultamos la verdad; que Galán es quien va a batirse y está que no vive. ¡Pobre Florita!... ¡Calle! ¡Ella viene hacia aquí!