ESCENA VI

DICHOS y DON GONZALO, por la izquierda

Gonz.

(Los saca cogidos cariñosamente, a ella de una mano y a él de una oreja. Ella baja la cabeza risueña y ruborosa ocultando la cara tras el abanico; él aterrado, aunque tratando inútilmente de sonreír.) ¡Venid, venid acá, picarillos irreflexivos, imprudentes!...

Flora

¡Ay, por Dios, Gonzalo!... ¡Cogiónos!

Gonz.

¡Aquí, en un rincón, y los dos solitos!...

Num.

Don Gonzalo, por Dios, yo neguéme, pero ella insistióme y complacíla, ¿qué iba a hacer?

Gonz.

(Cambiando la fingida expresión de enfado por otra risueña.) No, hombre, no, si lo comprendo. Los enamorados son como los pájaros; siempre buscando las frondas apartadas, los lugares silenciosos...

Flora

(Muy digna.) ¡Pero por Dios, Gonzalo; a pesar de la soledad no vayas a creer que nosotros!...

Num.

Yo aseguro a usted que ha sido una cosa meramente fortuita.

Gonz.

¿Fortuita?... Cállese el seductor.

Flora

¡Uy, seductor!...

Num.

Don Gonzalo, yo le juro...

Gonz.

Ahora, que yo confío, amigo Galán, en su caballerosidad, y espero que este tesoro encomendado a su hidalguía...

Num.

¡Por Dios!, ¿quiere usted enmudecer?... ¡Ni aunque nos sorprendiese usted en el Trópico!

Gonz.

Ya lo sé, ya lo sé... Y vaya, pase esto como una ligereza de chiquillos, y ahora que estamos los tres juntitos, venid acá, parejita feliz. Venid y decidme... ¿Sois muy dichosos, muy dichosos?... La verdad...

Num.

Hombre, don Gonzalo... yo...

Gonz.

No me diga usted más. (A Flora.) ¿Y tú?

Flora

Mucho, mucho, mucho. No hay paleta por muy paleta que sea que tenga colores suficientes para pintar mi felicidad.

Gonz.

¡Oh, qué feliz, qué venturoso me haceis!... ¡Ah, querido Galán, ya lo ve usted... en ese corazoncito ya no vivo yo solo! (Con pena.)

Flora

¡Por Dios, Gonzalo!

Gonz.

Sí. ¡Otro cariñito ha penetrado en él arteramente y apenas queda ya sitio para el pobre hermano!...

Num.

¡Hombre, don Gonzalo, yo sentiría que por mí!...

Gonz.

¡Ah, pero no me importa!... Ámela usted con este acendrado amor con que yo la amo, y si la veo dichosa me resignaré contento a la triste soledad en que voy a quedarme...

Num.

Don Gonzalo, por Dios; si le va a usted a servir esto de un disgusto tan grande... yo estoy dispuesto incluso a renunciar a...

Flora

¡Pero calla, por Dios!... ¿qué estás diciendo?... Si son tonterías de éste... Chocheces. ¡Egoísmos de viejo!...

Gonz.

Sí, sí... egoísmos. Pero, por Dios, riquita, no te enfades. Y ¡ea!... Perdonad a un hermano impertinente esta pequeña molestia... Y venga usted acá, querido Galán, venga usted acá... ¡Oh, amigo mío, ha elegido usted tarde, pero ha elegido usted bien!

Flora

Vamos, calla, por favor, Gonzalo.

Gonz.

Yo no digo que físicamente Florita sea una perfección, pero ¡es un conjunto tan armónico, tan sugestivo, tan atrayente!... Ni es alta, ni baja, ni rubia, ni morena... es más bien castaña... ¡pero qué castaña!... Y mirándola... cuántas... cuántas veces he recordado los versos del jocundo, del galante arcipreste de Hita.

«Cata, mujer fermosa, donosa e lozana,

que non sea mucho luenga, otro si nin enana.»

Flora

Estatura regular, vamos. (Alardeando de la suya.)

Gonz.

«Que teña ojos grandes, fermosos, relucientes,

e de luengas pestañas, bien claros e reyentes.»

Flora

(Los abre mucho.) Como por ejemplo...

Gonz.

«Las orejas pequeñas, delgadas. Para al mientes.

Si ha el cuello alto, que a tal quieren las gentes.

La nariz afilada...»

Flora

Bueno, eso...

Gonz.

«Los dientes menudillos,

los labios de la boca bermejos, angostillos.

La su faz sea blanca, sin pelos, clara e lisa.

Puña de haber mujer que la veas deprisa,

que la talla del cuerpo te dirá esto a guisa

e complida de hombros e con seno de peña,

ancheta de caderas; esta es talla de dueña.»

(Flora ha ido siguiendo el relato con gestos y actitudes que demuestran su identidad con los versos.)

Flora

El señor arcipreste parece que me conocía de toda la vida.

Gonz.

¿Qué tal, qué tal el retratito?

Num.

Un verdadero calco.

Gonz.

(A Flora.) Y respecto a ti, vamos, que tampoco te llevas costal de paja.

Num.

Hombre, tanto como costal...

Flora

(Riendo coquetonamente.) ¡Y aunque fuera costal, cargaría con él!

Gonz.

(Riendo.) ¿Oyóla usted, afortunado Galán?...

Num.

Oíla, oíla...

Gonz.

Bueno; y ahora, como recuerdo de esta noche memorable, voy a hacerle a usted un regalito.

Num.

¡No, eso sí que no; regalitos de ninguna manera, don Gonzalo, por lo que más quiera usted en el mundo!

Gonz.

No, si no nos causa extorsión... Es un retablo gótico, estofado, siglo XVII, con un tríptico atribuído a Valdés Leal, nueve metros de altura por seis de ancho; una verdadera joya. Mande usted restaurar el estofado que es lo que está peor...

Num.

Claro, figúrese usted, un estofado de tantos siglos...

Gonz.

Y por tres mil pesetas...

Num.

Sí, bueno, pero tres mil pesetas por un estofado, comprenderá usted... Además, que es cosa a la que no he tenido nunca gran afición...

Gonz.

Entonces nada digo... Y ea, amigo Galán, adelántesenos usted; evitemos la maledicencia, que no nos vean llegar juntos. Les separo a ustedes, pero sólo unos minutos. No me guarde usted rencor.

Num.

No, no, quiá... ¡Cómo rencor!... ¡por Dios!... Aprovecharé para ir a la sala de billar.

Flora

Bueno; pero no tardes, ¿eh?

Num.

Descuida.

Flora

¡Como tardes, te escribo!

Num.

No, no, por Dios... Seguiréte raudo... ¡Adiós! ¡Maldita sea! ¡No sé a qué sabrá el ácido prúsico, pero esto es cincuenta veces peor! (Vase izquierda.)