ESCENA VIII
DICHOS, el CRIADO, luego TITO GUILOYA, puerta derecha
Criado
Señor... este caballero.
Gonz.
(Leyendo la tarjeta.) ¡Hombre!... ¡Dios le trae! Aquí le tenemos.
Marc.
¿Quién?
Gonz.
Tito Guiloya.
Pic. y Num.
¡¡Él!!
Gonz.
Viene a continuar la burla.
Pic.
(Coge un sable.) Pues permítame usted que yo...
Num.
(Coge una espada.) Y déjeme usted a mí que le...
Gonz.
Quietos. En mi casa, y en cosas que a mí tan tristemente se refieren, yo soy quien debo hablar.
Marc.
Pero por Dios, Gonzalo...
Gonz.
Descuida, estoy tranquilo.
Num.
Pero nosotros...
Gonz.
Métanse ustedes ahí. Les suplico un silencio absoluto. (Al Criado.) Que pase ese señor. (Se meten los tres detrás de las cortinas de la ventana de modo que al entrar el visitante no los vea.) Un silencio absoluto vean lo que vean y oigan lo que oigan.
Tito
(Desde la puerta.) ¿Da usted su permiso, queridísimo don Gonzalo?
Gonz.
Adelante.
Tito
Perdone usted, mi predilecto y cordial amigo, que venga a molestarle, pero... altos dictados de caballerosidad que los hombres de honor no podemos desatender me impelen a esta lamentable visita.
Gonz.
Tome asiento y dígame lo que guste. (Se sientan.)
Tito
Don Gonzalo, usted y yo somos dos hombres de honor.
Gonz.
Uno.
Tito
Usted perdone, dos; o yo no sé matemáticas.
Gonz.
Sabe usted matemáticas. Uno. Adelante.
Tito
Bueno; pues yo vengo con la desagradable misión de convencer a usted, de que el señor Picavea, mi apadrinado, debe batirse, antes que con usted, con ese canalla, con ese reptil, con ese bandido de Galán, cuyas infamias probaremos cumplidamente.
Gonz.
¡Chits!... no levante usted la voz no sea que le oiga.
Tito
¿Pero cómo va a oirme?
Gonz.
Fíjese. (Galán le saluda con la mano.)
Tito
(Dando un salto.) ¡Carape! (Lleno de asombro.) ¿Pero qué es esto? (A Picavea.) ¿Tú aquí?... ¿Y con Galán?... ¿Pero no habíamos quedado en que yo vendría a buscar una solución honrosa al...? (Picavea hace un gesto encogiendo los hombros como el que quiere expresar: «qué quieres que te diga».)
Tito
¿Pero cómo se justifica la presencia aquí de Picavea cuando habíamos quedado en que tú...? (Galán hace el mismo gesto de Picavea.) Don Marcelino, yo ruego a usted que justifique esta situación inexplicable en que me hallo, porque es preciso que yo quede como debo. (Don Marcelino hace el mismo gesto.) ¿Es decir, que ninguno de los tres...? Señores, por Dios, que yo necesito que a mí se me deje en el sitio... (Los tres indican con la mano que espere, que no tenga prisa.) en el sitio que me corresponde, no confundamos. (Pausa. Ya muy azorado.) Bueno, don Gonzalo; en vista de la extraña actitud de estos señores, yo me atrevería a suplicar a usted unas ligeras palabras que hicieran más airosa esta anómala situación. (Don Gonzalo hace el mismo gesto.) ¡Tampoco!... ¡Caray!, comparado con esta casa el colegio de sordomudos es una grillera... ¡Caramba, don Gonzalo, por Dios... yo ruego a usted... yo suplico a usted... que acabe esta broma del silencio, si es broma, y que se me abra siquiera... un portillo por donde yo pueda dar una excusa y oir una réplica, buena o mala, pero una réplica! Yo hasta ahora no sé qué es lo que sucede. Hablo y la contestación que se me da es un movimiento de gimnasia sueca. (Lo remeda.) Interrogo y no se me responde.
Gonz.
(Se levanta y clavándole los ojos se dirige a él. Guiloya retrocede aterrado. Al fin le coge la mano.) Y más vale que así sea.
Tito
Don Gonzalo, por Dios, que yo venía aquí...
Gonz.
Usted venía aquí a lo que va a todas partes; a escarnecer a las personas honradas, a burlar a aquellos infelices que por achaques de la vida o ingratitudes de la naturaleza considera víctimas inofensivas de su cinismo.
Tito
(Aterrado.) ¿Yo?...
Gonz.
¡Usted!... Y por eso, creyéndonos dos viejos ridículos, ha cogido usted el corazón de mi hermana y el mío y los ha paseado por la ciudad entre la rechifla de la gente como un despojo, como un airón de mofa.
Tito
¿Que yo he hecho eso?... ¡Don Gonzalo, por la Santa Virgen!... Hombre, decidle, habladle, haced el favor. (Los tres el gesto.)
Gonz.
Pero para todos llega en la vida una hora implacable de expiación. Usted, hombre jovial, cínico, desaprensivo, cruel, no la sentía venir, ¿verdad?... Pues para usted esa hora ha llegado y es esta. Siéntese ahí.
Tito
(Muerto de miedo, tembloroso.) ¡¡Don Gonzalo!!
Gonz.
Siéntese ahí. Si usted estuviese en mi lugar y mi hermana fuera la suya y sintiera usted caer sobre su vida adorada ese dolor amargo y lacerante de la burla de todo un pueblo, ¿qué haría usted conmigo?...
Tito
¡Bueno, don Gonzalo, pero es que yo!... ¡Hombre, por Dios, salvadme!...
Gonz.
Aquí tiene usted papel, pluma y una pistola...
Tito
(Dando un salto.) ¡Don Gonzalo!
Gonz.
Si conserva un resto de caballerosidad, escriba una ligera exculpación para nosotros y hágase justicia.
Tito
(Enloquecido de horror coge la pistola tembloroso.) ¡Ay, por Dios, don Gonzalo, perdón!
Gonz.
¡Hágase usted justicia!
Marc.
¡Oye, pero hazte justicia hacia aquel lado que nos vas a dar a nosotros!
Tito
(Cayendo da rodillas.) Don Gonzalo, perdón. ¡Yo estoy arrepentido!... Yo juro a usted que no volveré más...
Gonz.
(Quitándole la pistola violentamente.) ¡Cobarde, mal nacido!... ¡Vas a morir!
Tito
(En el colmo del terror da un salto y se esconde detrás de los tres.) ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Salvadme!
Num.
(Aterrado.) ¡Por Dios, don Gonzalo, desvíe el cañón... que está usted muy tembloroso!
Gonz.
¡Canalla! ¡Miserable!... ¡Que se vaya pronto, que se vaya o le mato!
Marc.
¡A la calle!... ¡a la calle! ¡Fuera de aquí!, ¡granuja!... (Le da un puntapié y lo echa puertas afuera.)
Pic.
Vamos a hacerle los honores de la casa... (Coge un sable y sale tras él.)
Num.
¡De la Casa de Socorro! (Coge otro sable y sale escapado.)
Gonz.
(Todavía excitado.) ¡Cobarde! ¡Infame! ¡Lo he debido estrangular... he debido matarlo!
Marc.
Cálmate, Gonzalo, cálmate. ¡No vale la pena! ¿Qué hubieras conseguido? Matas a Guiloya, ¿y qué?... Guiloya no es un hombre, es el espíritu de la raza, cruel, agresivo, burlón, que no ríe de su propia alegría, sino del dolor ajeno. ¡Alegría!... ¿Qué alegría va a tener esta juventud que se forma en un ambiente de envidia, de ocio, de miseria moral, en esas charcas de los cafés y de los casinos barajeros? ¿Qué ideales van a tener estos jóvenes que en vez de estudiar e ilustrarse se quiebran el magín y consumen el ingenio buscando una absurda similitud entre las cosas más heterogéneas y desemejantes?... ¿En qué se parece un membrillo a la catedral de Burgos? ¿En qué se parece una lenteja a un caballo al galope? Y, claro, luego surge rápida esta natural pregunta... ¿En qué se parecen estos muchachos a hombres cultos interesados en el porvenir de la patria? Y la respuesta es tan desconsoladora como trágica... ¡En nada, en nada; absolutamente en nada!
Gonz.
¡Tienes razón, Marcelino, tienes razón!
Marc.
Pues si tengo razón, calma tu justa cólera y piensa como yo, que la manera de acabar con este tipo tan nacional del guasón es difundiendo la cultura. Es preciso matarlos con libros, no hay otro remedio. La cultura modifica la sensibilidad, y cuando estos jóvenes sean inteligentes, ya no podrán ser malos, ya no se atreverán a destrozar un corazón con un chiste, ni a amargar una vida con una broma.
Gonz.
¡Ah!, ¡mi pobre hermana! ¡Qué cruel dolor! Pero ¿qué remedio? La llamaré. La diremos la verdad.
Marc.
No. La burla humilla, degrada. Proyecta un viaje, te la llevas y estáis ausentes algún tiempo. Y ahora si te parece la diremos que no has podido evitar el duelo; que Galán está herido; que aceptó la condición de Picavea; que no vuelva a pensar en él.
Gonz.
Sí, quizá es lo mejor. ¡Pero cómo va a llorar! ¡Ay, mi hermana!; ¡mi adorada hermana!
Marc.
¡Pobre Florita!
Gonz.
¡Qué amargura, Marcelino! ¡Ver llorar a un ser que tanto quieres, con unas lágrimas que ha hecho derramar la gente sólo para reírse! ¡No quiero más venganza, sino que Dios, como castigo, llene de este dolor mío el alma de todos los burladores!
(Telón.)
FIN DE LA OBRA