ESCENA VII
DICHOS, NUMERIANO GALÁN y DON MARCELINO
Num.
(Saliendo.) Deténgase usted, don Gonzalo. Este hombre dice la verdad.
Gonz.
(Aterrado.) ¿Qué?
Marc.
Una verdad como un templo, Gonzalo.
Gonz.
¿Pero qué dices?
Marc.
Mátanos, desuéllanos... porque cada uno tiene en esta culpa una parte proporcional. Este por debilidad, por miedo; éste por inducción; yo por silencio, por tolerancia... pero lo que oyes es la verdad.
Gonz.
(Como enloquecido.) ¿Pero no sueño?... ¿pero es esto cierto, Marcelino?
Num.
Sí, don Gonzalo; hemos sido víctimas de una burla cruel. Yo no me he declarado jamás a su hermana de usted. Yo no he tenido nunca intención de casarme con ella, porque ni mi posición ni mi deseo me habían determinado a semejante cosa.
Gonz.
¿De modo que es verdad?... ¿de modo que?...
Marc.
Han sido esos bandidos, Tito Guiloya, Manchón y Torrija, los que, aprovechando hábilmente una situación equívoca que ya te explicaré, y con propósitos de insano regocijo, de burla indigna, fraguaron esta iniquidad... ¡Una broma del Casino!
Gonz
¡Dios mío!
Num.
Y yo también soy culpable, don Gonzalo, lo reconozco. Soy culpable, porque debí, en el primer momento, decir a ustedes lo que pasaba. Pero me faltó valor. Aparte la condición pusilánime de mi carácter, la acogida cordial, efusiva, que usted me dispensó, henchido de gozo por el bien de su hermana, a la que adora en términos tan conmovedores, me hizo ser cobarde y preferí aguardar a que una solución imprevista resolviera el conflicto.
Gonz.
(Repuesto del estupor, se levanta airado, violento, tembloroso.) ¡Ah!... ¡de modo que una burla!... ¡que todo ha sido una burla!... ¿Y por el placer de una grosera carcajada no han vacilado en amargar con el ridículo el fracaso de una vida?... ¡Y para este escarnio cien veces infame, escogen a mi hermana, a mi pobre hermana, alma sencilla cuyo único delito es que se resiste a perder el derecho a una felicidad que ha visto disfrutar fácilmente a otras mujeres, sólo porque la naturaleza ha sido más piadosa con ellas! ¡Pues no, no será!
Marc.
¡Gonzalo!
Gonz.
No será; y a este crimen de la burla, frío, cruel, pérfido, premeditado... responderé yo con la violencia, con la barbarie, con la crueldad. ¡Yo mato a uno, mato a uno, Marcelino, te lo juro!...
Marc.
¡Cálmate, cálmate, por Dios, Gonzalo!...
Gonz.
No puedo, no puedo calmarme, Marcelino, no puedo. ¡Burlarse de mi hermana adorada, de mi hermana querida, a la que yo he consagrado con mi amor y mi ternura una vida de renunciaciones y de sacrificios! De sacrificios, sí. Porque vosotros, como todo el mundo, me suponéis un solterón egoísta, incapaz de sacrificar la comodidad personal a los desvelos e inquietudes que impone el matrimonio. Pues sabedlo de una vez: nada más lejos de mi alma. En mi corazón, Marcelino, he ahogado muchas veces—y algunas Dios sabe con cuánta amargura—el gérmen de nobles amores que me hubiesen llevado a un hogar feliz, a una vida fecunda. Pero surgía en mi corazón un dilema pavoroso; u obligaba a mi hermana a soportar en su propia casa la vida triste de un papel secundario, o había yo de marcharme dejándola en una orfandad que mis nuevos afectos hubiesen hecho más triste y más desconsoladora. ¡Y por su felicidad he renunciado siempre a la mía!
Marc.
Eres un santo, Gonzalo.
Gonz.
Hay más. Esta es para mí una hora amarga de confesión; quiero que lo sepais todo, todo... Yo he llegado por ella, entiéndelo bien, sólo por ella hasta el ridículo.
Marc.
¡Gonzalo!...
Gonz.
(Con profunda amargura.) Sí, porque yo, yo soy un viejo ridículo, ya lo sé.
Marc.
¡Hombre!...
Gonz.
Sí, Marcelino, sí; hasta el ridículo. Un ridículo consciente, que es el más triste de todos. Yo, y perdonadme estas grotescas confesiones, yo me tiño el pelo; yo, impropiamente, busco entre la juventud mis amistades. Yo visto con un acicalamiento amanerado, llamativo, inconveniente a la seriedad de mis años. Y todo esto que ha sido y es en el pueblo motivo de burla, de chacota, de escarnio, yo lo he padecido con resignación y lo he tolerado con humildad, porque lo he sufrido por ella.
Marc.
¿Por ella?
Gonz.
Sí, por ella. Como entre Florita y yo la diferencia de años es poca, las canas, las arrugas, los achaques en mí la producían un profundo horror, una espantosa consternación. Veía en mi vejez acercarse la suya y yo entonces quise parecer joven solamente para que Florita no se creyese vieja. Y para atenuarla el espectáculo del desastre, puse sobre esta cabeza que para ser respetada debía ser blanca, y sobre este cuerpo ya caduco unas ridículas mentiras que conservaran en ella la pueril ilusión de una falsa juventud. Esto ha sido todo. (Llora.)
Marc.
(Conmovido.) ¡¡Gonzalo!!...
Pic.
Don Gonzalo, perdón; somos unos miserables.
Num.
Usted es un santo, don Gonzalo, un santo, y si no le pareciese absurdo lo que voy a decirle, yo me ofrezco a reparar esta broma infame casándome con Florita, si usted quiere.
Gonz.
No, gracias, amigo Galán; muchas gracias. Pasado ese impulso generoso de su alma buena, quedaría la realidad; mi hermana con sus años... usted con su natural desamor... Imagínese el espanto. Quedémonos en el ridículo, no demos paso a la tragedia.
Num.
Sí, sí, don Gonzalo, lo comprendo; pero por lo que se refiere a Tito Guiloya, a Manchón, a Torrija... a todos los del Guasa-Club, yo ruego a usted que me conceda el derecho a una venganza bárbara, ejemplar... a una venganza...