ESCENA XV

DICHOS y NUMERIANO GALÁN por segunda izquierda

Num.

(Haciendo esfuerzos titánicos para sonreír. Viene pálido, balbuciente.) Mi querido don Gon... don Gon...

Gonz.

¡Galán!... ¡Amigo Galán!...

Num.

¡Don Gonzalo!

Gonz.

¡A mis brazos!

Num.

Sí, señor. (Se abrazan efusivamente.)

Gonz.

¿No le dice a usted este abrazo mucho más de lo que pudiera expresarse en un libro?

Num.

Sí, señor... Este abrazo es para mí un diccionario enciclopédico, don Gonzalo.

Gonz.

Reciba usted con él la expresión de mi afecto sincero y fraternal. ¡Fra-ter-nal!

Num.

Ya lo sé... Sí, señor... Gracias... muchas gracias, don Gonzalo. (Le suelta.)

Gonz.

¿Cómo don?... Sin don, sin don...

Num.

Hombre, la verdad, yo, como...

Gonz.

Pero parece usted hondamente preocupado... está usted pálido...

Num.

No, la emoción... la...

Marc.

Hazte cargo; le ha pillado tan de sorpresa... y luego esta acogida...

Num.

Sí, señor... sobre todo la acogida...

Gonz.

¡Pues venga otro abrazo! (Se abrazan.)

Num.

(¡Qué bíceps!)

Gonz.

¿Qué dice?

Num.

Nada, nada, nada...

Gonz.

Y después de hecha esta ratificación de afecto, diré a usted que le he molestado, querido Galán, para invitarle, al mismo tiempo que a Marcelino, a una suaré que celebraremos en breve en los jardines de mi casa, que es la de ustedes...

Num.

Con mucho gusto, don Gonzalo.

Gonz.

Allí será usted presentado a nuestras amistades.

Num.

Tanto honor... (Yo salgo esta noche para Villanueva de la Serena.)

Gonz.

Bueno, y ahora vamos a otra cosa.

Num.

Vamos donde usté quiera.

Gonz.

Me ha dicho Torrijita que es usted un entusiasta aficionado a la caza... ¡Un gran cazador!

Num.

¿Yo?... ¡Por Dios, don Gonzalo, no haga usted caso de esos guasones!... ¡Yo cazador!... Nada de eso... Que cojo alguna que otra liebre, una perdicilla, pero nada...

Gonz.

Bueno, bueno... usted es muy modesto; de todos modos, he oído decir que le gustan a usted mucho mis dos perros setter, Castor y Polux... Una buena parejita, ¿eh?...

Num.

Hombre, como gustarme, ya lo creo. Son dos perros preciosos.

Gonz.

Pues bien, a la una los tendrá usted en su casa.

Num.

¡Quiá, por Dios, don Gonzalo, de ninguna manera!...

Gonz.

Le advierto que son muy baratos de mantener. Por cuatro pesetas diarias los tiene usted como dos cebones.

Num.

¿Cuatro pesetas?... ¿Y dice usted?...

Gonz.

A la una los tiene en su casa.

Num.

Que no me los mande usted, don Gonzalo, que los suelto... ¡No quiero que usted se prive!...

Gonz.

Pero hombre...

Num.

Además, a mí se me podían morir. Como no me conocen los animalitos, la hipocondría...

Gonz.

¡Ah, eso no, son muy cariñosos, y dándoles bien de comer!...

Num.

Pues ahí está, que en una casa de huéspedes... Ya ve usted, a nosotros nos tratan como perros...

Gonz.

Pues conque den a los perros el trato general, arreglado.

Num.

Si ya lo comprendo, pero usted se hará cargo...

Gonz.

A la una los tendrá usted en su casa.

Num.

Bueno...

Gonz.

Además, también le voy a mandar a usted...

Num.

¡No, no, por Dios!... No me mande usted nada más... yo le suplico...

Gonz.

Ah, sí, sí, sí... ha de ser para mi hermana, conque empiece usted a disfrutarlo. Le voy a mandar mi cuadro, mi célebre cuadro, último vestigio de mi bohemia artística. Una copia que hice de la Rendición de Breda, la obra colosal de Velázquez, conocida vulgarmente por el cuadro de las lanzas...

Num.

Sí; ya, ya...

Gonz.

Sino que yo lo engrandecí; el mío tiene muchas más lanzas.

Marc.

Que le sobraba lienzo y se quedó solo pintando lanzas.

Gonz.

Ocho metros de lanzas, ¡calcule usted!

Num.

¡Caramba!... ¡¡Ocho metros!!

Gonz.

Lo que tendrá usted que comprarle es un marquito.

Num.

¿Ocho metros y dice usted que un marquito? ¿Por qué no espera usted a ver si me cae la Lotería de Navidad y entonces...?

Gonz.

¡Hombre, no exagere usted, no es para tanto!... El marco todo lo más se llevará...

Num.

Medio kilómetro de moldura. Lo he calculado grosso modo. Además, me parece que no voy a tener donde colocarle, porque como no dispongo más que de un gabinete y una alcoba...

Gonz.

Puede usted echar un tabique.

Num.

Sí; ¿pero cómo le voy yo a hablar a mi patrona de echar nada... si está conmigo si me echa o no?

Marc.

Bueno, pero todo puede arreglarse: divides el cuadro en dos partes; pones la mitad en el gabinete y debajo una mano indicadora señalando a la alcoba, y el que quiera ver el resto, que pase...

Gonz.

¡Ja, ja!... Muy bien... muy gracioso, Marcelino, muy gracioso... ¡Qué humorista!... Conque, con el permiso de ustedes me marcho, reiterándoles la invitación a nuestra próxima suaré... (Tendiéndoles la mano.) Querido Marcelino...

Marc.

Adiós, Gonzalo.

Gonz.

Simpático Galán...

Num.

Don Gonzalo... (Le va a dar la mano.)

Gonz.

No, no... la mano, no... otro efusivo y fraternal abrazo. (Se abrazan.) ¡Fra-ter-nal!