ESCENA XIV

DON GONZALO y DON MARCELINO

Gonz.

Marcelino.

Marc.

Gonzalo.

Gonz.

(Con gran alegría.) Estaba deseando que nos dejasen solos. He venido especialmente a hablar contigo.

Marc.

¿Pues?...

Gonz.

Abrázame.

Marc.

¡Hombre!...

Gonz.

Abrázame, Marcelino. (Se abrazan efusivamente.) ¿No has notado desde que traspuse esos umbrales que un júbilo radiante me rebosa del alma?

Marc.

¿Pero qué te sucede para esa satisfacción?

Gonz.

¡Ah, mi querido amigo, un fausto suceso llena mi casa de alegres presagios de ventura!

Marc.

¿Pues qué ocurre?

Gonz.

Tú, Marcelino, conoces mejor que nadie este amor, qué digo amor, esta adoración inmensa que siento por esa noble criatura llena de bondad y de perfecciones que Dios me dió por hermana.

Marc.

Sé cuánto quieres a Florita.

Gonz.

¡Oh, no!, no puedes imaginarlo, porque en este amor fraternal se han fundido para mí todos los amores de la vida. De muy niños quedamos huérfanos. Comprendí que Dios me confiaba la custodia de aquel tesoro y a ella me consagré por entero; y la quise como padre, como hermano, como preceptor, como amigo; y desde entonces, día tras día, con una abnegación y una solicitud maternales, velo su sueño, adivino sus caprichos, calmo sus dolores, alivio sus inquietudes y soporto sus puerilidades, porque claro, una juventud defraudada produce acritudes e impertinencias muy explicables. Pues bien, Marcelino, mi único dolor, mi único tormento era ver que pasaban los años y que Florita no encontraba un hombre... un hombre, que estimando los tesoros de su belleza y de su bondad en lo que valen, quisiera recoger de su corazón todo el caudal de amor y de ternura que brota de él. ¡Pero al fin, Marcelino, cuando yo ya había perdido las esperanzas... ese hombre...!

Marc.

¿Qué?

Gonz.

¡Ese hombre ha llegado!

(Galán se asoma por la izquierda con cara de terror.)

Marc.

(Aparte.) ¡Dios mío!

Gonz.

Y si lo pintan no lo encontramos ni más simpático, ni más fino, ni más bondadoso. Edad adecuada, posición decorosa, honorabilidad intachable... ¡un hallazgo!... ¿Sabes quién es?

Marc.

¿Quién?

Gonz.

Numeriano Galán... ¡Nada menos que Numeriano Galán! (Galán manifiesta un pánico creciente.) ¿Qué te parece?

Marc.

Hombre, bien... me parece bien. (Galán le hace señas de que no.) Buena persona... (Siguen las señas negativas de Galán.) Un individuo honrado... (Galán sigue diciendo que no.) pero yo creo que debías informarte, que antes de aceptarle debías...

Gonz.

(Contrariado.) ¿Pero qué estás diciendo?

Marc.

Hombre, se trata de un forastero que apenas conocemos, y por consecuencia...

Gonz.

¡Bah, bah, bah!... ya empiezas con tus suspicacias, con tus pesimismos de siempre... ¡Has de leer la carta que le ha escrito a Florita!... Una carta efusiva, llena de sinceridad, de pasión, modelo de cortesanía, diciéndola que me entere de sus propósitos y que le fijemos el día de la boda... Conque ya ves si en un hombre que dice esto... ¡dudar, por Dios!...

Marc.

(¡Canallas!) No, si yo lo decía porque como es una cosa tan inopinada, quién no te dice que a veces... como este pueblo es así... figúrate que alguien... una broma...

Gonz.

(Le coge de la mano vivamente con expresión trágica.) ¡Cómo broma!

Marc.

Hombre, quiero decir...

Gonz.

¿Qué quieres decir?

Marc.

No, nada, pero...

Gonz.

(Sonriendo.) ¡Una broma!... No sueñes con ese absurdo. Ya sabe todo el mundo que bromas conmigo, cuantas quieran. Las tolero no con la inconsciencia que suponen, pero en fin, con esa amable tolerancia que dan los años; pero una broma de este jaez con mi hermana, sería trágica para todos. Sería jugarse la vida sin apelación, sin remedio, sin pretexto. Te lo juro por mi fe de caballero.

Marc.

No, no te pongas así... si te creo, si figúrate, pero vamos...

Gonz.

Además, puedes desechar tus temores, Marcelino, porque esto no es una cosa tan inopinada como tú supones.

Marc.

¿Ah, no?

Gonz.

Hoy, llena de rubor la pobrecilla, me lo ha confesado todo. Ella ya tenía ciertos antecedentes. Dudaba entre Picavea y Galán, porque los dos la han cortejado desde esos balcones; pero su preferido era Galán, y por eso se ha apresurado a aceptarle loca de entusiasmo... ¡Sí, loca! ¡porque está loca de gozo, Marcelino! Su alegría no tiene límites... y a ti puedo decírtelo... ¡ya piensa hasta en el traje de boda!

Marc.

¡Hombre, tan deprisa!...

Gonz.

Quiere que sea liberty... ¡Yo no sé qué es liberty, pero ella dice que liberty y liberty ha de ser!... ¡Florita es dichosa, Marcelino!... ¡Mi hermana es feliz!... ¿Comprendes ahora este gozo que no cambiaría yo por todas las riquezas de la tierra?... ¡Ah, qué contento estoy! ¡Y es tan buena la pobrecilla que cuando me hablaba de si al casarse tendríamos que separarnos, una nube de honda tristeza nubló su alegría! Yo, emocionado, balbuciente, la dije:—«No te aflijas, debes vivir sola con tu marido. Mucho ha de costarme esta separación al cabo de los años, pero por verte dichosa, ¿qué amargura no soportaría yo?...» Nos miramos, nos abrazamos estrechamente y rompimos a llorar como dos chiquillos. Yo sentí entonces en mi alma, algo así como una blandura inefable, Marcelino, algo así como si el espíritu de mi madre hubiera venido a mi corazón para besarla con mis labios. Y ves... yo... todavía... una lágrima... (Emocionado se enjuga los ojos.) Nada, nada...

Marc.

(¡Dios mío, y quién le dice a este hombre que esos desalmados!...)

Gonz.

¿Comprendes ahora mi felicidad, comprendes ahora mi júbilo?

Marc.

Hombre, claro, pero...

Gonz.

Conque vas a hacerme un favor, un gran favor, Marcelino.

Marc.

Tú dirás...

Gonz.

Que llames a Galán...

Marc.

¿A Galán?

Gonz.

A Galán. Sé que está aquí y quiero, sin aludir para nada el asunto, claro está, darle un abrazo, un sencillo y discreto abrazo en el que note mi complacencia y mi conformidad.

Marc.

Es que si no estoy equivocado, me parece que ya se marchó.

Gonz.

No, no... está en el Casino; me lo ha dicho el Conserje. Y tengo interés, porque además del abrazo, traigo un encargo de Florita: invitarle a una suaré que daremos dentro de ocho días. (Toca el timbre. Aparece Menéndez.) Menéndez, haz el favor de decir al señor Galán que venga un instante.

Men.

Sí, señor. (Vase.)

Gonz.

¡Qué boda, Marcelino, qué boda!... Voy a echar la casa por la ventana. Traigo al Obispo de Anatolia para que los case; y digo al de Anatolia, porque en obispos es el más raro que conozco.

Marc.

(¡Pobre Galán!)