ESCENA IV
EDUARDA y CRISTINA.
Eduarda
(Dando rienda suelta a su dolor.) ¡Ay, Cristina de mi alma, estoy desolada, muerta de angustia!
Cristina
¡Y yo, doña Eduarda, y yo! Mire usted cómo tiemblo desde que sorprendí entre mi tío y el secretario la conversación que he sorprendido.
Eduarda
Es preciso que estos hombres conozcan el peligro en que están.
Cristina
Sí... Para que se vayan del pueblo, para que huyan a escape.
Eduarda
¡Sí, para que se vayan, pero también para que antes Ojeda me salve a mí, salve mi honor! ¡Ah, ese infame, ese canalla de Cazorla!
Cristina
Tiene la maldad del demonio.
Eduarda
¡Peor! ¡El demonio es un niño de primera comunión comparado con él!... ¡Ese miserable, haber sembrado el infortunio en mi hogar, hasta hoy dichoso!... ¡Ah! (Llora.)
Cristina
¡Qué infamia! ¡Si parece mentira!... Habérsele ocurrido meter celos contra usted en el corazón de don Régulo para que mate al señor Ojeda y que el Ayuntamiento se vea libre de él. ¡Vamos, que no paga ni hecho trizas!
Eduarda
¡Y haberme infamado a mí, Cristina, a mí, que teniendo clavado en mi corazón el dardo que tengo, antes moriría cien veces que faltar a mi esposo!... (Llora.)
Cristina
¿Pero usted cree que don Régulo le dará crédito a esa infamia?
Eduarda
¡Ya lo creo que le da crédito, pues eso es lo trágico! En unas cuantas horas, mi marido es otro. Antes no tenía más que ojos para mirarme. Ahora busco su mirada y la encuentro en los calcetines, en la alacena, en el Blanco y Negro, en cualquier parte menos en mí. Estamos en la mesa, me habla, y lo hace en un tono tan glacial, que me enfría hasta la sopa. Y luego, él, de suyo tan amable siempre, tan cortés conmigo... ¡Ay, lo que me ha hecho hoy a los postres, Cristina! (Llora.)
Cristina
¿Qué le ha hecho?
Eduarda
Figúrate que yo cuando una naranja me sale dulce, nunca me la como sin darle dos o tres cascos. Pues hoy, hoy como siempre, se los di... (Llorando amargamente.) y me ha dado con los cascos en las narices... ¡Él, devolverme los cascos!
Cristina
¡Pues si con el carácter que tiene se pone furioso!...
Eduarda
¡Figúrate qué tragedia! ¡Una mujer deshonrada, un hombre muerto!
Cristina
Sí, sí. Pues no perdamos tiempo. Hay que ponerlos sobre aviso. Llámelos usté.
Eduarda
¿Pero cómo?
Cristina
Acerquémonos al balcón a ver si nos ven.
Eduarda
Sí, es lo mejor. Le haré una seña.
Cristina
Dé usted en los cristales.
Eduarda
Calla, ya parece que mira. ¡Chistss, chistss!
(Ojeda mira; le hacen señas que no entiende y que le obligan a poner cara de extrañeza, sin interrumpir por eso el discurso.)
Cristina
(Abriendo el balcón.) Que vengan.
Eduarda
(Haciendo señas.) Venid...
Pepe
(Como si continuara dirigiéndose al auditorio.) ¿Qué decís?
Cristina
Que vengan ustedes.
Pepe
¿Qué decís a esta afirmación que yo os hago?... (Más señas.) ¿Qué queréis decir?... ¡Ah, señores!
Eduarda
¡Que vengas, hombre!
Pepe
¿Yo?... (Le hacen señas que sí.) Yo... Ya voy... Ya voy a terminar...
Eduarda
Pronto. (Señas.)
Pepe
Voy a terminar y voy en seguida... porque en este brindis creo haberos confirmado todo... (Cierran y deja de oírse a Ojeda.) cuanto en mi larga actuación...
Cristina
Ya nos ha entendido.
Eduarda
Entonces no tardarán. Estoy deseando que llegue.
Cristina
¿Y yo, qué hago yo, doña Eduarda, qué hago? ¿Qué le diré a mi Alfredo?... ¡Estoy inquieta, indecisa, no duermo, no vivo!...
Eduarda
¿Tú no le quieres, Cristina?
Cristina
Con un cariño inmenso, ya lo sabe usted.
Eduarda
¿Pues entonces?...
Cristina
Pero por otra parte le tengo miedo a mi tío, que si supiera que venían a quitarle mi fortuna, era capaz de hacer una brutalidad; y luego, Alfredo parece que me quiere, pero hace tan poco que le conozco...
Eduarda
Mira, Cristina. En amor sigue siempre el impulso de tu corazón. No vaciles. ¿Tú, aunque lejanos, no tienes unos parientes en Madrid?
Cristina
Sí, señora.
Eduarda
Pues vete con ellos. Emancípate de la tutela de estos egoístas. Dichosa tú que puedes abrir tus alitas de golondrina, tender el vuelo y hacer el nido en el alero de un tejado cortesano. ¡Ay de las que tenemos la jaula colgada en el clavo del deber, a la puerta de un corral!
Cristina
Pero si yo me marchase, el pueblo... la gente... podrían decir...
Eduarda
¿Serías tú capaz de algo indigno?
Cristina
Antes me moriría, ya lo sabe usted.
Eduarda
Entonces... ¿no te temes a ti misma y temes a los demás? No vaciles, Cristina... vete a Madrid, cásate con Alfredo. Y ya ves que te lo digo yo, yo que cuando te vayas me quedaré sin tu tierno afecto y sin... (Vacila.) ¡Ay!... Pero la jaula, el clavo... ¡qué remedio! Alegremos la vida de los que nos enjaularon y bendigamos a Dios, hundiendo el pico en el alpiste cuotidiano... y perdona esta imagen pajarera y dolorida...
Cristina
Usted me da ánimos, doña Eduarda.
Eduarda
¡Calla, sí... él sube!