ESCENA V
DICHOS y PEPE OJEDA, puerta izquierda.
Pepe
¡Eduarda!
Eduarda
¡Pepe! (Se estrechan la mano.)
Cristina
¿Y Alfredo?
Pepe
Ahora vendrá. Quedó con unos señores. Creo que querían regalarle un perro y le llevaron a que lo viese.
Eduarda
¿Un perro? ¡Qué cosa más rara!
Cristina
¡Ay! Yo no estoy tranquila. ¡Si vieran ustedes que también he oído a Cazorla no sé qué de un perro!...
Pepe
Bueno, ¿y qué os ocurre?
Eduarda
¡Ay! Pues que yo deseaba por momentos hablar contigo. ¿Sabes ya con quién te confunden?
Pepe
Sí, al fin lo sé: con un Delegado del Gobierno.
Cristina
¿Quién se lo ha dicho a ustedes?
Pepe
(Muy confidencial.) Pues el propio Delegado, que llegó esta tarde al pueblo y que se aloja en casa del sargento de la Guardia Civil.
Las dos
¿Es posible?
Pepe
Se llama Abilio Monreal, y da la feliz coincidencia de que le conozco por ser pariente de unos amigos míos. Le conté el objeto de nuestro viaje, la confusión de que éramos víctimas, y me prometió no presentarse hasta que yo le avise para darnos tiempo a que Alfredo y tú resolváis lo que os convenga. De modo que por ese punto nuestra seguridad personal no corre peligro.
Eduarda
¡Ay, no, Pepe, no, no lo creas; tú estás en un error! ¡Tu vida corre más peligro que nunca!
Pepe
Caracoles, ¿qué dices, Eduarda?
Cristina
¡Que está usted en un peligro terrible, señor Ojeda!
Pepe
¿Yo?... ¡Caramba! ¿Pero por qué en un peligro?... Haced el favor de explicaros...
Eduarda
¡Sí, Pepe, es preciso que lo sepas todo! Un canalla ha metido en el corazón de mi esposo el torcedor de los celos.
Pepe
¡Cuerno!... ¿Quién dices que ha metido el torcedor?
Cristina
Un granuja.
Pepe
¿Pero quién ha sido ese sacacorchos?
Eduarda
El infame de Cazorla. (Llora.)
Pepe
¿El Secretario?
Cristina
Ese bandolero, que suponiéndole el Inspector que esperaban, le ha hecho creer a don Régulo que usted pretende a doña Eduarda.
Pepe
¡Canastos!
Eduarda
(Llorando.) Y que yo, ¡pobre de mí!, te correspondo; para que así, mi esposo ofendido, te rete a un duelo y te mate.
Pepe
¡Qué bestia!... Oye, tú, ¿ese facineroso ha hecho películas?
Eduarda
No, pero tiene un ingenio maléfico que espanta. (Desconsolada.) Y lo grave es que mi marido te reta.
Pepe
(Alarmado.) ¿Tú crees?...
Eduarda
Te reta, sí, te reta y te mata.
Pepe
(Tratando de disimular el miedo.) Mujer, eso no; me mata o le mato yo a él. Después de todo...
Eduarda
No, no, te mata, Pepe, te mata. Mi marido tira a la pistola de un modo que a veinte pasos le quita al canario un cañamón del pico.
Pepe
(Crece su alarma.) ¡Caracoles!
Cristina
¡A veinte pasos, sí, señor!
Pepe
¿Pero esos blancos?
Cristina
No le fallan.
Pepe
Pues me habéis dejado el corazón que parece un despertador sin timbre. ¿Y dices que un cañamón?
Eduarda
Al canario.
Pepe
(¡Canario!)
Eduarda
Además boxea de un modo, que aunque no tuviese armas, si te coge y te tira un directo al estómago, te deja en ocaut.
Pepe
¿Ocaut?... ¿Ocaut a mí?... Oye: ¿la carretera es saliendo de aquí a la izquierda? Porque a boxeo puede que me gane, pero en el último cross country, he batido yo el récord de los cinco kilómetros con obstáculos. Me seguían dos sastres en motocicleta y no me vieron, no os digo más.
Eduarda
Pero es que tú no puedes abandonarme, Pepe.
Pepe
¿Qué no puedo?
Eduarda
¡No puedes, porque hay algo peor!
Pepe
¿Peor que el cañamón?
Eduarda
Que mi marido cree que te correspondo y no me habla y me rechaza y me desprecia... Y vosotros, al fin, os iréis de aquí, os iréis para siempre; pero yo he de quedarme, ¿y cómo me quedo yo, infeliz de mí, si del corazón de mi esposo no se disipa la duda infamante?
Pepe
¿Y qué puedo hacer yo, para disiparle esa ridiculez?
Eduarda
Que le hables, que reivindiques mi honor, que le jures que es una calumnia...
Pepe
¿Oye, y todo eso no se lo podría yo decir por escrito? Ya sabes que tengo una letra clarísima y que redacto con cierta soltura.
Cristina
No, yo creo que solo oyéndole a usted mismo se quedaría tranquilo.
Pepe
Sí, Cristina, pero es que una persona tan exaltada y con esa puntería... porque al canario le quita el cañamón y le estropea el almuerzo, pero a mí me quita el cráneo... y ¡adiós Pepísimo!... Además, ¿cómo puede ese imbécil dudar de tu honra?
Cristina
Es que es Otelo.
Pepe
¡Aunque sea su padre, hija! Hay que tener sentido común y saber contar.
Eduarda
Saber contar, ¿qué?...
Pepe
Años.
Eduarda
¡Pepe!
Pepe
¡Lo digo por los míos!
Eduarda
¡Ay, no, no me abandones, Pepe!
Cristina
¡No, no la abandone usted, señor Ojeda!
Pepe
Bueno, no tengáis cuidado. No soy ningún Cid Campeador, para qué voy a engañaros, y sentiría que un ventajista o un loco me hiciera dejar en este villorrio el agradable pergamino que me envuelve y que tantos afanes me ha costado conservar; pero al cabo, más mérito tiene jugarse el tipo con miedo que sin él. De modo que me quedo; le hablaré a tu marido.
Eduarda
Gracias, Pepe, muchas gracias. (Cristina va al balcón a mirar.)
Pepe
Eso sí, que yo le hablo a tu marido, pero el Cazorlita ese y el Alcalde me las pagan, vaya si me las pagan. ¿Lo que me contaste de que el Alcalde te hace el amor es cierto, verdad?
Eduarda
¡Cómo si no iba yo a decírtelo!
Pepe
Basta.
Eduarda
¿Qué intentas?
Pepe
No, nada. A mí a agilidad intelectual no me sobrepasa ningún munícipe, como diría ese mirlo legislativo. ¡Ya veréis!
Cristina
(Que entra del balcón.) Alfredo, ya viene Alfredo... ¡Pero viene corriendo, como aterrado!...
Pepe
¿Aterrado? ¿Qué le pasará?