ESCENA IX

DICHOS, CRISTINA y EDUARDA, izquierda.

Cristina

(Asomándose puerta izquierda.) ¡Alfredo!

Alfredo

¡¡Cristina!!... ¡¡Tú!!

Cristina

(Corriendo a él.) ¡Por fin a tu lado! ¡Me parecía imposible!

Alfredo

¡Pero tú!... ¡Tú aquí, Cristina mía! (Se cogen las manos efusivamente y hablan aparte con apasionada vehemencia.)

Eduarda

(Aparece en la puerta con digna severidad y saluda a Ojeda con una inclinación ceremoniosa.) Caballero...

Pepe

(Yendo a ella con impulso cordial.) ¡Eduarda!...

Eduarda

(Deteniéndole con un gesto altivo.) Yo le llamo a usted caballero porque no sé cómo llamarle.

Pepe

(Resignado ante la ironía.) Eduarda...

Eduarda

Todavía ignoro su verdadero patronímico... Exuperio... Rigoberto...

Pepe

José María.

Eduarda

(Dudando.) ¡Bah!

Pepe

¡José María, por estas! (Jurando.) Eduarda, no me guarde usted rencor. Han pasado cinco lustros. El tiempo todo lo purifica. Yo comprendo que para usted fui un calavera.

Eduarda

¿Cómo un calavera? ¡Un osario!

Alfredo

(Trayendo de la mano a Cristina.) Pero, a todo esto, ven que te presente. Mi tío.

Pepe

¡Señorita, encantadísimo de usted! (Presentando Alfredo a Eduarda.) Mi sobrino.

Eduarda

(Le da las puntas de los dedos.) ¡Amable joven!

Cristina

¿De modo que viniste solo por mí?

Alfredo

A cumplirte mi palabra, ¿no es verdad, tío?

Pepe

Exactamente; y garantiza la seriedad de semejante propósito el que nuestro primer paso en este pueblo, ha sido ir a visitar a su pariente y tutor.

Alfredo

Y de ti estábamos hablando precisamente cuando llegasteis, y con cierta inquietud, te lo aseguro.

Cristina

Con inquietud, ¿por qué?

Alfredo

Pues porque, francamente, tu tío nos ha recibido con tan exagerada amabilidad y con tales muestras de esplendidez... que sospechamos, no sin cierto fundamento, que lo que pretende es que yo desista, por las buenas, de tu cariño y me vaya de aquí.

Cristina

¿Pero qué estás diciendo? ¡Todo lo contrario!

Alfredo

¡Cómo todo lo contrario!

Cristina

¡Que mi tío está encantadísimo con que nos queramos!

Pepe

¡Pero es posible!

Eduarda

Como que vinimos aquí porque él nos mandó, con la excusa de que vigiláramos los detalles del alojamiento.

Alfredo

(Asombrado a Ojeda.) ¿Pero es posible?... ¿Pero ha oído usted cosa igual?

Cristina

Verás. Cuando llegasteis a casa, nosotras oíamos absortas los encargos que hacía a Morrones para que fueseis espléndidamente tratados. Os despidió sin escucharos siquiera, y de pronto, cuando os alejabais, me coge de la mano, me atrae hacia sí, y señalándote me dice conmovido: ¡Cristina, si me quieres, enamora a ese joven!

Alfredo

¡Canastos!

Pepe

¡Señorita!

Alfredo

¿Pero dijo eso?

Eduarda

Como si lo hubieran ustedes oído. La suplicó que le amase a usted; yo fui testiga.

Alfredo

¡Ay, tío, pero suplicarle él mismo que!...

Pepe

Bueno, el cuentecito ese de Pinocho en el Japón es un precepto evangélico comparado con lo que nos está pasando en esta localidad. Honores, dádivas, regalos en especie, donativos en metálico, y encima ¡mandarle a uno la novia!... Bueno; o este pueblo pertenece al partido judicial de Jauja, o yo no lo entiendo.

Alfredo

(A Cristina.) ¿Pero tú no sospechas a qué puede obedecer todo esto?

Cristina

No lo sé, Alfredo, no lo sé. Yo solo pienso en este instante que te quiero con locura, que estoy a tu lado y que soy la más feliz de las mujeres.

Alfredo

¡Cristina mía! (Quedan hablando aparte en voz baja.)

Pepe

(Se acerca melancólicamente a Eduarda que se ha sentado lejos en una silla.) ¡Eduarda!... La mano inescrutable del destino nos acerca de nuevo. (Señala a los muchachos.) He aquí el pasado que reverdece. ¿No lo envidias?

Eduarda

¡No me tutees, que soy casada!

Pepe

¡Casada tú!... ¡¡Oh!!... ¿Tú casada?

Eduarda

¿Lo sientes?

Pepe

Lo siento por tu marido... porque...

Eduarda

¡Pepe!... Bueno, ¿te llamas Pepe, definitivamente?

Pepe

Pepísimo.

Eduarda

¿No hago el ridículo?

Pepe

¡Lo de Pepe, machacao!

Eduarda

Pues bien, Pepe, tú tienes la culpa si me encuentras vinculada a otro hombre. Me abandonaste.

Pepe

Ya te he dicho que aquello fue una calaverada.

Eduarda

Pero, ¡ah! una calaverada que me produjo trastornos mentales horribles... Estuve dos años medio loca... Como me hiciste creer que te llamabas Piñones, que eras seminarista y capitán, todo a un tiempo, pues yo, en mi desvarío, aborrecí el cascajo y no hacía más que decir dominus vobiscum y saludar militarmente. ¡Con lo que yo te amaba!... ¡Abandonarme!

Pepe

¡Si vieras cuánto te he recordado!...

Eduarda

¿Es de veras, Pepe?

Pepe

Como me llamo Rigober... Caramba, perdona, que... que me sentía trasportado a aquellas locuras de cinco lustros ha.

Eduarda

¡Ah!... ¡Cinco lustros transcurridos! Y dime, Pepe, ¿cómo me encuentras?

Pepe

Mejor que antes, Eduarda.

Eduarda

(Alegre.) ¿De veras?

Pepe

Tú eres como el oro; el tiempo te avalora y te embellece.

Eduarda

¡Oh, qué galantería tan metalúrgica! ¡Pero, ah!... Estoy olvidando... Bueno, caballero...

Pepe

¡Por Dios, Eduarda, no vuelvas a la seriedad! ¡Quiero ver en tus labios aquel ritus de alegría que tanto me gustaba!

Eduarda

¡Ah, mi ritus, mi ritus!... Esfumose en el dolor y en el tiempo. (Va a caer sentada en una silla.)

Pepe

(Deteniéndola.) ¡No, ahí no te sientes que hay manteca! (Se sientan en otro lado y siguen hablando.)

Alfredo

(Alto, a Cristina.) ¿Pero es de veras que dudabas que yo volviese?

Cristina

Sí, Alfredo, sí, no quiero engañarte, lo dudaba. Cuando se ama mucho, mucho, mucho, todo es duda... El tiesto de mis margaritas siempre ha estado sin flores. ¡A quién iba yo a preguntar si volverías!

Alfredo

¿Y qué te contestaban, vamos a ver?

Cristina

Pues, como las flores son buenas, cuando una me decía que no, otra, al verme llorar, me consolaba diciéndome que sí, que vendrías... que te esperase.

Alfredo

Pues ya ves como las que negaron mintieron.

Cristina

Pero mira, yo en cambio a mi corazón a todas horas le decía lo mismo. Si vuelve será mi amor de siempre; si no vuelve, mi recuerdo de toda la vida.

Alfredo

¿Pero por qué dudabas?

Cristina

¡Qué sé yo!... Creí que nunca podría interesarte una pobre señorita de pueblo.

Alfredo

¿Y por qué no?... ¡Una señorita de pueblo!... Precisamente por eso me interesaste más.

Cristina

¡Amabilidad!

Alfredo

No lo creas. La señorita de pueblo siempre me ha inspirado a mí una profunda, una viva simpatía.

Cristina

¿De veras?

Alfredo

Cuando en mis viajes he visto, paseando por los andenes de las pequeñas estaciones, esos grupos de muchachas cogidas del brazo, me ha parecido siempre adivinar en la mirada de sus ojos dulces el cansancio de la vida monótona, y en su triste sonrisa, el anhelo de una existencia mejor. ¡Con qué resignada melancolía miraban alejarse el tren!... A mí, te digo que me daban ganas de cogerlas a todas en un puñado y llevarlas a otro mundo y a otra vida que valiera la pena de vivirse, fuera de aquel estrecho ambiente pueblerino, egoísta y brutal, que solo ellas encantaban con el hechizo de su juventud.

Cristina

¿Pero llevártelas a todas?... ¡Con que te lleves una!...

Alfredo

¡Sí, pero una que vale por todas!... Una, que quizá no esté ducha en las artes de una vida refinada, en los encantos de una gentil desenvoltura, como las señoritas de grandes ciudades, pero cuyo aspecto de simpática cortedad, me dice a mí —no sé por qué— que posee un alma blanda, de matiz suave... ¡Alma propicia a un amor largo, leal y profundo!... ¿Me engañé?

Cristina

¿Qué has de engañarte?... Ahora, que yo, así muchas cosas bonitas, como tú, no sabré decir; pero sentirlas, sí; sentirlas, las sentiré todas... ¡todas las que hagan falta para quererte una vida entera!

Alfredo

¡Cristina!

Cristina

¡Alfredo!

Pepe

¡Eduarda!

Eduarda

¡Pepe! (Hablan y ríen.)