ESCENA VIII
PEPE OJEDA, CAZORLA. Luego ALFREDO.
Cazorla
(Desde la puerta.) Felices y augurales. ¿Da usted su aquiescencia penetrativa?
Pepe
(¡Caray, qué léxico!) (Alto.) Sí, señor, pase usted, adelante.
Cazorla
Discúlpeme, señor mío, si en una forma poco rectilínea y cediendo a presiones jerárquicas, me permito intercalar en sus familiares sosiegos la inoportunidad de una intromisión esporádica.
Pepe
(Alto.) Alfredo, sal, que ha venido un pariente de Sánchez de Toca. (Alfredo sale y le hace una reverencia.)
Cazorla
No, perdone usted, señor Ojeda, no me une ningún lazo consanguíneo con el susodicho primate, aunque por honra preclara yo tendríalo.
Pepe
No, yo lo decía porque verdaderamente, señor Cazorla, se expresa usted con una corrección tan académica como desusada en estos pequeños pueblos donde precisa un lenguaje vulgar para la recíproca comprensión.
Cazorla
Exacto de toda evidencia; pero es que servidor dispone en su riqueza idiomática, de lo que pudiéramos llamar dos léxicos o lenguajes. Lengua de diario o trapillo para conversar con el elemento trashumante y analfabeto de la localidad, y lenguaje de lujo para ocasiones como la presente en que he de dirigir mi verbo sonoro y preciosista a personalidades relevantes que pueden gustar las exquisiteces filológicas de las más selectas locuciones.
Pepe
Vamos, un lenguaje de blusa y otro de chaquet, digámoslo así.
Cazorla
Exacto.
Alfredo
Es originalísimo.
Cazorla
En el primero uso las frases más corrientes, como mecachis, caramba, ¡un cuerno! ¡Que te crees tú eso!... y similares; y en el segundo intercalo los bonitos vocablos, estulticia, exégesis, arcaico, cariátide y miasmas, jugándolo todo ello con un sentido de agilidad y aristocratismo que me envidia acerbamente el señor Azorín.
Alfredo
Muy bien. Bueno, pero a nosotros háblenos usted con toda sencillez, Cazorla.
Pepe
A nosotros nos habla usted en mangas de camisa...
Cazorla
¡Señor!...
Pepe
Literariamente, claro está.
Alfredo
(Ofreciéndole un cigarro.) ¿Usted fuma?
Cazorla
Estoy incurso en el consuntivo y depauperante vicio, sí señor. (Toma el cigarro.)
Pepe
Pues avance sin temor y obligérese romboideamente en ese adminículo arrellanatorio. (Señalándole una silla.) (A mí no me achicas tú.)
Alfredo
(Quitándole el sombrero, al ver que se hace un lío entre los guantes, el sombrero, el bastón y el cigarro.) Y si no se opone dejaremos aquí su exornación craneana y borsalinesca. (Lo deja en una silla.)
Cazorla
Gratitudes mil. (Se sientan.)
Pepe
(Al ver que Cazorla trata en vano de encender un encendedor.) Parece que la torcida está infulminable.
Cazorla
(Algo contrariado.) No, sabe usted, que en casa, cuando se acaba la bencina le echan Anís del Mono y casi nunca prende. Pero con paciencia... (Sigue disparando.)
Pepe
Bueno, ¿y qué trae el señor Cazorla por este su cuarto hotelero?
Cazorla
Pues servidor, viene, ante todo, en nombre del Consistorio que indignamente secretarieo a ofrendarles los más férvidos testimonios admirativos y las más respetuosas sumisiones. (Sigue disparando.)
Pepe
Pues trasfusióneles usted nuestros más rendidos, ¡qué digo rendidos!... nuestros más derrengados testimonios de inenarrable gratitud, aunque no nos expliquemos la cortesía concejalesca.
Alfredo
Tome una cerilla. (Se la ofrece.)
Cazorla
No, si es cuestión de amor propio. En cuanto vienen personas de Madrid me pone en ridículo; pero a mí delante de forasteros, no... (Sigue disparando.)
Pepe
Pero no se moleste, si con una cerilla...
Cazorla
No es molestia, es perseverancia. Ítem más, vengo también a adquirir de visu la seguridad de que su aposentamiento corresponde a cuanto se debe a su jerarquía, y el Municipio tiene decretado.
Alfredo
Ah, en eso esté usted absolutamente tranquilíneo.
Pepe
Las satisfacciones hospederiles y los aditamentos alimenticios sobrepasan a lo que pudo fantasear nuestra más exaltada apetencia.
Cazorla
(Que sigue disparando.) Celébrolo, e ipso facto...
Alfredo
¿Pero por qué no quiere usted aceptar? (Ofreciéndole su cigarro para que encienda.)
Cazorla
No, perdone usted, es cuestión personal. Veremos quién puede más. (Sigue disparando.)
Pepe
Convénzase usted que lo de hoy es mono.
Cazorla
¡Qué sé yo!... Pues como les iba diciendo, satisfechas mis dos encomendadas averiguaciones, deseo... y voy con esto a internarme en un campo absolutamente confidencial... (Acercan los tres las sillas sin levantarse para estar más juntos.) deseo decirles en nombre del señor Alcalde, que le disculpen esta primera visita que me encomienda a mí, compenetrado de la dificultad de los primeros pour parlers, dada la enojosa cuestión que les trae a esta villa.
Alfredo
¡Hombre, eso de enojosa!... (Todos otro avance con las sillas.)
Pepe
Bueno, pero dígame usted, señor Cazorla, vamos a ver. ¿Ustedes saben a lo que venimos nosotros aquí?...
Cazorla
(Mira a todos lados. Otro avance con las sillas.) Lo sabemos exactamente, sí señor... lo sabemos todo, pero todo.
Alfredo
Entonces, ¿el señor Alcalde?...
Cazorla
Pues el señor Alcalde, encantado de su presencia en el pueblo vendrá dentro de breves instantes al frente de una comisión del Casino, que está organizando el homenaje con que pretendemos festejar a ustedes.
Pepe
¿Festejarnos a nosotros?... Pero...
Cazorla
(Otro avance.) Pero antes, señor Ojeda, me ha encomendado don Acisclo, una delicada misión.
Alfredo
¿Delicada?... ¿A ver si ahora?...
Cazorla
(Un poco azorado.) Facilítenmela ustedes, ahorrándome para cumplirla, sutiles disculpas, y enojosos alegatos. (Se levanta y saca un sobre del bolsillo del pecho.) Internado en este envelope encontrarán algo que es súplica y ofrenda. Cuando yo me ausente rasguen, extraigan y mediten. (Se lo da.) Nada más.
Pepe
¿Pero de qué se trata?
Alfredo
¿Qué es?
Cazorla
Me reitero en cordial servidumbre. (Coge todos sus chismes apresuradamente e indica el mutis.)
Pepe
Pero...
Cazorla
Suyísimo. (Vase izquierda.)
Pepe
¡Pero esta carta!...
Alfredo
¡Qué hombre más estrafalario!
Cazorla
(Entra de nuevo radiante de satisfacción con el encendedor encendido.) ¡¡¡Por fin!!!
Los dos
¡Enhorabuena!
Cazorla
¡No era mono!... (Vase.)
Alfredo
Bueno; ¿y qué contendrá este sobre?
Pepe
Esto es una carta diciendo que nos larguemos.
Alfredo
Abra usted a ver.
Pepe
(Rasga el sobre y mira.) ¡Alfredo!
Alfredo
¡¡Tío!!
Pepe
¡Cógeme, que me derrumbo!
Alfredo
¿Pero qué es?
Pepe
(Sacando dos billetes.) ¡¡Dos mil pesetas!!
Alfredo
¡¡Dos mil pesetas!!
Pepe
Bueno; la vorágine espantosa de la duda acaba de sorberme.
Alfredo
¡Yo ya no sé qué es esto!
Pepe
Pues dos mil pesetas, ¿no te lo digo?
Alfredo
¿Pero a qué vienen esas dos mil pesetas?
Pepe
Hombre, dos mil pesetas vienen siempre a una cosa agradabilísima.
Alfredo
Supongo que no tendrá usted la pretensión de quedarse con ellas.
Pepe
Te diré...
Alfredo
¿Cómo te diré?... hay que arrojárselas a la cara inmediatamente.
Pepe
No; groserías, no.
Alfredo
¿Por qué, por qué nos las dan?
Pepe
Hombre, yo lo ignoro, pero recuerdo lo que decía Tales de Mileto: «Si te piden una peseta, pregunta por qué te la piden. Si te la dan, no preguntes por qué.» El que te la da, es el encargado de saberlo.
Alfredo
Argucias.
Pepe
Filosofías. A mí me puedes quitar la razón; a Tales de Mileto, no. (Se las guarda.)
Alfredo
Pero no comprende usted...
Pepe
(Sorprendido) Calla, que todavía hay algo dentro del sobre... (Rebusca.) Sí, una tarjeta. (La lee.) «Desistan de lo que les trae y no serán las últimas. Acisclo Arrambla Pael.»
Alfredo
¿Lo ve usted?... ¿Lo está usted viendo?... Desistan de lo que les trae. Es decir, que ese inmundo sujeto nos adula, nos agasaja, nos colma de honores y nos da ¡hasta dinero!... ¡para que yo, cobardemente, me vaya del pueblo renunciando a su sobrina! ¡Cree, sin duda, ese miserable, que es un repugnante egoísmo lo que nos trae aquí!... ¡Pues no, no me voy; no me iré ni con dádivas, ni con halagos, ni con millones!... ¡No, no y no!
Pepe
¡Hombre, Alfredito, no te exaltes!
Alfredo
En cambio, estoy seguro que Cristina, la pobre Cristina, está a estas horas encerrada en su habitación como en una mazmorra, para que yo no la hable, para que yo no la vea. Para que yo...