ESCENA VII

ALFREDO y PEPE OJEDA, luego ANASTASIA.

Alfredo

(En el colmo de la estupefacción.) Bueno, tío; pero ¿qué es esto?

Pepe

¡Pues esto es Mangola, ya lo yes!

Alfredo

¡Yo estoy atónito, absorto!... ¿Pero usted comprende?...

Pepe

¡Yo que voy a comprender, hombre!... ¡Este kilómetro de longaniza acaba de enrarecer las tinieblas de mi espíritu! Porque yo, últimamente, me explico lo de instalarnos con comodidad, me explico el tratamiento, el postre de cocina; pero que venga Mangola y nos ponga una tienda de ultramarinos, eso no me lo explico yo... ¡Ni se lo explica Aristóteles!

Alfredo

¡Porque, vamos, aquí en este pueblo, es que cree usted que le van a pegar un tiro y le ponen un estanco!

Pepe

¡Ni más ni menos!... Y que no cabe duda que esto no es confusión, aquí lo tienes bien claro. (Lee el sobre de la carta.) «Señor don José María de Ojeda». ¡Esto es un cuento de hadas!

Alfredo

Esto es una paliza que nos esnucan en cuanto caigan de su burro.

Pepe

De sus burros. Si te refieres a nosotros no singularices, que no me gusta quedarme solo.

Anastasia

(Izquierda.) ¿Dan ustés su premiso?

Pepe

Adelante, señora Anastasia.

Anastasia

Acaba de llegá el señor secretario que viene a hacerles a ustés una vesita; que si le puen ustés recebir... Aquí m’ha dao la trajeta.

Pepe

(La coge y lee.) «Justino Cazorla, Secretario del Ayuntamiento. Ánimas benditas, 18, bajo.»

Alfredo

¿Pero viene solo?

Anastasia

Sí, señor, solo.

Pepe

¿No viene el señor alcalde?

Anastasia

No, señor; viene don Justino naa más. Eso sí, de too lujo. Ya verán ustés elegancia.

Pepe

Pues que pase. (Vase Anastasia.)

Alfredo

¿Lo ve usted, tío?... Lo que sospechábamos. El alcalde no se atreve a afrontar cara a cara la cuestión, y nos envía a este para que nos eche.

Pepe

Es muy posible. Estemos sobre aviso. Prudencia y precaución. Llévate las longanizas. Me hace poco serio.

Alfredo

Las meteré aquí. (Entra primera derecha.)