CUADRO PRIMERO
Interior de una taberna establecida en la calle del Peñón, a dos pasos del Campillo de Mundo Nuevo.
Es de noche. El aire de la tasca, enrarecido por el humo de los cigarros, amengua la luz de las débiles bombillas, dando aspecto siniestro a aquellas gentes famélicas y desarrapadas que llenan las mesas.
Se huele a vino, a tabaco, a guisos fuertes.
En el velador de un rincón acaban de comerse unos livianos y de apurar unos quinces, previamente jugados al mus, Baldomero el Bizco, Nicomedes el Soga, el señor Eulalio y el señor Floro.
Pepe el Malagua, dueño del local, les hace los honores osequiándoles con unas limpias de Monóvar.
Se habla a voces de la última cogida de un fenómeno.
De pronto, un poco confuso, suena a lo lejos, en el silencio de la calle, espaciado y solemne, el repiqueteo de la campanilla del Viático. Le sigue, como ruido complementario, el lento rodar de un coche.
En el interior de la taberna se hace un breve silencio. Todos atienden.
El señor Eulalio, un poco indeciso, levanta la mano con disimulo y toca levemente la visera de su gorra.
Una ruidosa carcajada, que se deshace en aspavientos, en muecas de burla, y en soeces interjecciones, es el comentario que pone la reunión a la inofensiva reverencia del pobre anciano.
Señor Floro (Muerto de risa.)—¡Ja, ja, ja..., pos no se iba a quitar la gorra! ¡Ja, ja, ja!...
Señor Eulalio (Un poco avergonzado.)—Hombre, yo...
Baldomero.—¡Amos, quite usté d’ahí, so beata!
Señor Eulalio.—Pero, señores, el que un hombre haga una cosa porque tenga ciertos principios, no creo yo que...
Nicomedes.—¡Te conocíamos como peón de mano, pero como santurrona!... ¡Ja, ja, ja!...
Pepe el malagua.—¡Medio siglo haciéndonos creer que se desayunaba con acólitos en pepitoria, y de pronto nos resulta un cofrade!
Señor Eulalio.—¡Hombre, hacer el favor de no insultar!
Señor Floro.—Eulalio, vas camino del jaimismo.
Señor Eulalio (Ya amoscado.)—¡Voy camino de la venta de la... Rubia! ¡Señor... miá tú qué tendrán que ver las narices con el buen tiempo!
Señor Floro (Dando un enérgico puñetazo sobre la mesa.)—Entonces, ¿por qué saludas ante las patrañas eclesiásticas?
Señor Eulalio.—Saludo porque no creo que haga falta la desageración en cosa ninguna. Porque yo no es que pise una iglesia, que eso, Dios me libre...; pero tampoco soy como tú, que porque un día estarnudaste en la calle y te dijeron “Jesús”, tuviste un juicio de faltas. Ni soy como ese, que no pasa un cura por su lao que no le profiera una ofensa, bien oral, bien mímica. Yo no me persigno ni creo en esas pamplinas de santos ni de novenas; pero, señor, una meaja de fe en algo hay que tenerla.
Señor Floro.—¡Fe en el progreso humano!
Todo el concurso (Que queda pendiente de la discusión.)—¡Mu bien!
Señor Eulalio.—Estoy en ello; pero yo lo que te digo, Floro, es que tié que haber un Ser superior, llámese Dios u llámese como se llámese, que haiga formao este Universo que nos cobija.
Señor Floro.—Aquí no hay más Dios ni más ser que la Naturaleza madre y su produzto, que es el hombre, animal soberano y libre; y tóo lo demás que te digan, zanahorias condimentadas.
Señor Eulalio.—¿De forma que tú crees que el mundo se ha hecho solo?
Señor Floro.—De un modo automóvil, sí, señor.
Señor Eulalio.—¿Y de dónde ha surgido?
Señor Floro.—Del caos.
Señor Eulalio (Dudando.)—¡Qué caos ni qué cacaos!...
Señor Floro.—Ni más ni menos. ¡Del caos!
Señor Eulalio.—¿Y qué es el caos, vamos a ver?
Señor Floro.—La nada flotante.
Nicomedes (Admirado.)—¡No le coge en una!
Señor Floro.—Y pa que te enteres de lo que no sabes, te diré que este globo terraquio que habitamos no es ni más ni menos que una corteza desprendida de otro planeta que se ha enfriao.
Un oyente.—Iría de verano.
Señor Floro (Muy molesto.)—Al que se chufle cojo una botella y le hago una alusión personal en las narices.
Varios.—Callarse, hombre. (Silencio profundo.)
Señor Eulalio.—Entonces, dime a mí, ¿qué soy yo, vamos a ver?
Señor Floro.—Un mísero gusano dedicao a la albañilería y nacido de la putrefación terraquia.
Señor Eulalio.—¡Arrea! ¿Yo gusano...? Hombre, Floro, dices unas cosas...
Señor Floro.—Chist...; aquí todo se prueba, como en las sastrerías. Ejemplo práztico de tu gusanez. Coges un peazo de queso, lo tiras a ese rincón, vuelves a los quince días y lo encuentras fermentao.
Señor Eulalio.—Eso será si no hay ratas, porque si hay ratas no lo encuentras.
Señor Floro.—Aquí tienen gato. Por eso he puesto el ejemplo. Pues de la misma forma que el queso fermenta y salen gusanos u seres móviles y vividores, lo mismo de la cáscara mundial salieron seres u gusanos, que somos tú y yo, éste y ese, la Inacia, la Tadea y personas que nos acompañan.
Todos.—¡Mu bien!
Un oyente.—Eso no es posible, señor Floro.
Señor Floro.—¿Quién ha graznao esa negativa?
Un oyente.—Servidor; porque si yo creyera que una mujer con unos ojazos y unas formas como las de su cuñada de usté era produzto de un pedazo de queso, yo tiraba una bola. (El auditorio ríe.)
Señor Floro (Amoscado.)—Tiés una cabeza, mi amigo, que la incluyes en un puesto de melones y no desmerece. Estoy filosofeando, y, por lo tanto, hablo en sentido hipotecario, ¿estamos?
Un oyente.—Ah, bueno, usté disimule.
Señor Floro.—No hay de queque. Orejita es lo que hace falta pa saber oir. Y voy a rematar. Por lo tanto, Eulalio, ni hay ser superior, ni cielo, ni purgatorio, ni andróminas de esas. En este mundo no hay nada más que este mundo, donde está todo, lo bueno, lo malo y lo entreverao. Y el día que te mueras vuelves al seno de la tierra materna y te haces polvo, fósforo, gaseosa... nada. ¡He dicho!
Delirantes aplausos y risas soeces acogen las últimas frases del ateo.
El señor Eulalio, reducido al silencio por la explosiva dialéctica de su rival, calla en un rincón.
Otra vez vuelve a oirse la campanilla del Viático, que regresa. Se va acercando, acercando... Al fin, pasa, y, cada vez más lejana, se pierde en el silencio de la calle desierta, seguida del lento rodar del coche.
Aquella pobre gente, a pesar de todo, deja de reir.
Mutación