CUADRO SEGUNDO
Interior de una alcoba humilde en una casa pobre.
Son las dos de la madrugada.
En la obscuridad suena el tictac vigilante de un reloj.
Tendidos en una modesta cama, duermen el implacable ateo señor Floro y la señá Felipa, su consocia.
De pronto, el pobre hombre despierta, da un grito agudo y se lleva las manos al lado izquierdo del pecho, incorporándose, lívido y tembloroso.
Señor Floro.—¡Ay, madre!... ¡Ay, Felipa!
Señá Felipa (Despertando aterrada.)—¿Qué te pasa, Floro? (Enciende la luz.)
Señor Floro.—¡Ay, Felipa, qué dolor! ¡Ay, que me muero!
Señá Felipa.—Pero, ¿qué t’ha dao?
Señor Floro.—¡Ay, que no lo sé!... ¡Ay, que tengo aquí un puñal!
Señá Felipa (Echándose de la cama.)—Pero, ¿dónde?
Señor Floro.—¡Ay, en esta parte!... ¡Ay, que llamen a un médico, que yo no puedo respirar! ¡Ay, Felipa, que es un dolor de costao!... ¡Ay, que yo no sé qué tengo!
Señá Felipa.—¡Por Dios, hombre, no te apures!
Atacado de una aguda neuralgia intercostal, el señor Floro sigue quejándose con amargos lamentos; mientras, la señá Felipa se echa una falda y corre a llamar a los vecinos.
A poco, el cuarto se llena de gente a medio vestir, que anda de un lado a otro, perpleja y estuporizada.
Vecina primera.—Pero, ¿qué ha sido?
Vecino primero.—Pero, ¿qué tienes, Floro?
Vecina segunda.—Debe ser algo que le ha hecho daño.
Vecino segundo.—¿Qué cenaste anoche?
Señor Floro.—¡Ay, que no lo sé!... ¡Ay, que yo me muero!... ¡Salvarme, por lo que más queráis!
Uno.—¡Eso ha sido la mojama!
Una.—¡Pué que sea flato!
Otra.—Hacerle tila.
Otro.—Darle aceite.
Vecino primero.—Ponte boca abajo.
Vecina segunda.—Calienta una franela.
Señá Felipa.—Matías, por Dios, vete a la Casa de Socorro y que venga un médico.
Matías.—Voy en un vuelo. (Sale disparado.)
Dan al enfermo aguas cocidas, unturas; le aplican bayetas, ladrillos calientes...; todo inútil. La violencia del mal no cede. El señor Floro, en el paroxismo del dolor, da gritos desesperados y espantosos, revolcándose en la cama.
Señor Floro.—¡Ay, que me muero!... ¡Ay, que no puedo más!... ¡Ay, Virgen del Carmen, quítame este sufrir, por lo que más quieras!... ¡Ay, Dios mío de mi corazón!...
La señá Escolástica, una vieja motejada de beata por la vecindad, se acerca al lecho.
Señá Escola.—Hombre, señor Floro, como tié usté esas ideas, yo no me he atrevido a decirle a usté una cosa... Pero ahora que le oigo a usté mentar a Dios y a la Virgen Santísima, si usté quiere, yo le daré un remedio que se le quita ese dolor en dos segundos.
Señor Floro (Incorporándose. La mira con ojos ávidos.)—¿En dos segundos?... (Abrazándose a ella.) ¡Ay, señá Escola de mi vida, dígamelo usté por su madre, sea lo que sea antes que me muera!
Señá Escola.—Pues que yo tengo unos sellitos de la Virgen de la Paloma, ¿sabe usté...? que se rebuñan un poco, se hacen como una bolita, se tragan en un sorbito de agua, se reza con fe un “Dios te salve María” y al menuto curao.
Señor Floro (Mirándola con angustia.)—¡Ay, señá Escola!... ¡Ay, que yo no puedo hacer eso!
Señá Escola.—Pero, ¿por qué?
Señor Floro.—Mis ideas, que no me dejan.
Señá Escola.—¡Pero no ve usté que si se muere ya no va usté a tener ninguna idea!...
Señor Floro.—¡Ay, señá Escola, no me haga usté ajurar de mi credo, que es no creer en náa!...
Señá Escola.—¡Pues vaya un credo!
Señá Felipa.—¡Amos, Floro, tómate el sello, que dicen que se han visto casos milagrosos!
Señor Floro.—¡Ay, que no puedo!... ¡Todo, menos eso!
Señá Escola.—Pero ¿qué le ha hecho a usté la Virgen de la Paloma?
Señor Floro.—Si no es la Virgen, es Lerroux, que me pondría como un trapo si lo supiera.
Vecino primero.—¿Y quién se lo va a decir?
Señá Escola.—Hale... traer agua... Aquí tié usté el sello bendito... A tomárselo.
Señor Floro.—¿Pero yo...? ¡Una cosa eclesiástica!...
Señá Felipa.—Tómatelo con fe, Floro.
Señor Floro.—¡Ay, bueno; lo tomaré porque no puedo más de dolor; pero por Dios, no se lo digáis a Pablo Iglesias, que ya no me saludaría!
Señá Escola.—Adentro.
Señor Floro (Después de tomarse el sello.)—¡Ay, ya está...! ¡Ay, Virgen Santa, dispénsame en lo que te haiga faltao; pero quítame esta punzada, que me atraviesa, y en cuanto me levante te llevo un albañil de cera...!
Da un suspiro. Los quejidos son cada vez más débiles. A poco, se duerme. Las mujeres rezan en voz baja.
Mutación