CUADRO TERCERO
En la calle de la Ventosa se hallan departiendo animadamente el señor Eulalio, insultado la noche antes por clerical en la taberna de la calle del Peñón, y el señor Dimas el Churrero.
El señor Eulalio refiere a su amigo el incidente del Viático, y éste a su vez le pone en autos de la conversión del señor Floro, su vecino, con el detalle del sellito y demás pormenores.
Se despiden. El señor Eulalio sube calle arriba. Al torcer por la de la Paloma se detiene estupefacto, viendo venir al señor Floro, ojeroso y vacilante, camino de la iglesia. Trae un cirio en la mano, cubierto hasta la mitad con un pedazo de papel de periódico.
Señor Eulalio (Atajándole.)—¡Adiós, Floro!
Señor Floro (Aterrado.)—¡¡Eulalio!! (No sabe dónde meterse el cirio.)
Señor Eulalio (Sonriendo.)—¿Qué llevas en la manita?
Señor Floro.—Na; que, de paso que voy a la obra, unas vecinas me han dao el encargo de que traiga esta tontería ahí, a esa estupidez de iglesia que hay ahí en la...
Señor Eulalio (Acentuando su sonrisa.)—No te molestes... ¡lo sé todo...!
Señor Floro.—¿Te han contao lo de mi dolor de anoche?
Señor Eulalio.—Y lo del sellito.
Señor Floro (Bajando la cabeza avergonzado.)—Chico. Eulalio, la verdá, me hicieron hocicar; pero es que me vi negro. Creí que la diñaba... ¡Y cuando le ve uno los zancajos a la muerte...!
Señor Eulalio.—¡Qué me vas a decir, Floro...! ¡Yo era peor que tú! Yo te podía dar veinticinco pa cincuenta en custión de ateísmo. ¡Pero amigo, un día—tú sabes la pasión que tengo yo por mi nieta, que no quiero otra cosa en el mundo—, pues fué el angelito y me cogió eso que le dicen la dizteria, que creí que me se moría! Chiquillo... de pensar yo que me iba a quedar sin aquel pispajo que me se agarra a las rodillas toas las tardes cuando vuelvo de la obra, y que es mi único consuelo... Amos, que me dió una angustia interior, por dentro, que dije: “¡Dios mío, si me la salvas, me pongo hábito aunque sea!” ¡Y me la salvó! Por eso anoche, en la taberna, cuando pasaba el Viático, me quité la gorra. Hay que ser agradecido.
Señor Floro.—Tiés razón, Eulalio; dispensa las gansás que te dije.
Señor Eulalio.—Quita, primo; si uno lo comprende todo. Cuando el hombre está bueno y sano y se encuentra en la taberna rodeao de cuatro necios que le ríen las gracias, el hombre es un valiente, que se atreve con tó lo humano y con tó lo divino; pero cuando cambia el viento, y viene la negra, y el dolor te mete acobardao y solo en el rincón de tu casa... Será uno tó lo blásfemo que sea; pero yo te digo que no hay quien no levante los ojos pa lo alto y pida misericordia.
Señor Floro.—Esa es la chipén.
Señor Eulalio.—En fin, con decirte que yo ya hasta me persigno por las noches...
Señor Floro (Asombrado.)—¿Y te acuerdas?
Señor Eulalio.—Hombre, como es lo primero que le enseña a uno su madre... Y hago más.
Señor Floro.—¿Qué haces?
Señor Eulalio.—Pues que cuando paso por delante de una iglesia, pa saludar y que no me se burlen los compañeros, me quito la boina y me la sacudo de yeso.
Señor Floro.—A mí me se había ocurrido levantarme la visera de la gorra y rascarme, que también es disimulao.
Señor Eulalio.—Sí, pero eso no tié novedaz.
Señor Floro.—¿Tú crees?
Señor Eulalio.—Se lo he visto hacer a la mar de ateos.
TELÓN