§ I

Al realizarse el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón, en 1492, este gran Continente se hallaba poblado, como hemos dicho, por sinnúmero de tribus, unas bárbaras, otras semi-salvajes, y varias completamente salvajes, esparcidas en toda su estensión. Algunas de estas tribus eran (y pocas son todavía) de antropófagos, pues se comen la carne de sus enemigos para satisfacer el repugnante placer de la venganza.

La diversidad de tipos, costumbres, trajes, vida, cultura é idiomas de estas tribus indianas (que sería muy difícil de caracterizar de una manera absoluta, pues que no ofrecen ningún carácter general), induce á creer que los primeros pobladores de América[43] son originarios de naciones diversas que habían llegado á este Hemisferio en distintas épocas lejanas; pero no solamente lo manifiesta así la variedad de razas, hábitos y lenguas, sino también las tradiciones que se conservan, de haber habido invasiones sucesivas á este Continente, después del Diluvio Universal.

No obstante, apesar de los importantes datos suministrados por los hombres científicos que han hecho un profundo estudio sobre el origen de los indios de América, esta cuestión no está aún dilucidada ni definida, conservándose tan sólo á este respecto algunas noticias vagas y no muy exactas, ó tradiciones que han venido trasmitiendo de generación en generación.

Una de las teorías más extravagantes y quiméricas de algunos autores, entre ellos Isaac de La Peyrère en su obra Prædamitas, y Tomás Burnet en su libro Telluris theoria sacra, fué la de asentar con toda gravedad, que los habitantes de América no descendían de la especie humana, sino que, por sus rasgos particulares, pertenecían á una raza distinta, á la de los irracionales, negándoles en lo absoluto el título de hombres; siendo necesario que un breve pontificio los declarase de la misma especie que los demás que forman el Género Humano, reconociéndolos, por consiguiente, aptos para recibir el bautismo[44].

Aún algunos otros autores, entre ellos Avicena, en su tratado De Conglutinatione, han caído en el absurdo de decir, que los primeros pobladores de América se engendrarían de alguna putrefacción, ayudada del calor del Sol, á semejanza de los animales llamados imperfectos ó insectos, como moscas, gusanos, ranas y otros de este género.

Otros autores han pretendido que los indios descienden directamente de la familia de Noé, salvada del Diluvio Universal, y consideran á las tribus groseras y salvajes, dispersas sobre el Continente americano, como la raza más antigua de hombres que existe sobre la Tierra. A este respecto, el docto abate Lorenzo Hervas y Panduro, en el tomo I, pág. 113 de su Catálogo de lenguas de las naciones conocidas, opina que "la sola observación de no hallarse palabras de los idiomas europeos, asiáticos y africanos, en las lenguas americanas, basta para que se conozca claramente que las naciones de estas últimas comarcas, sin mezclarse ni tratar con las de otros Continentes, pasaron á América prontamente, al suceder la dispersión del linaje humano, después de la confusión de las lenguas en Babel"[45].

Algunos escritores han supuesto que en los tiempos heróicos, los Judíos, los Cananeos, los Cartagineses, los Fenicios, los Troyanos, los Griegos, los Egipcios y los Escitas, habían desembarcado á las playas americanas, fundándose en ciertas analogías que se han notado entre aquellas diversas razas y las de América.

Asímismo, varios otros autores han asentado que las primeras inmigraciones al Nuevo Mundo habían venido de la Atlántida, grande isla que, se dice, existió en tiempos remotos entre el Africa y la América, y que fué sumergida en el Océano Atlántico por un gran cataclismo.

Y aún no faltan autores que han querido probar que los originarios de América descienden de los Iberos del tiempo de Tubal, nieto de Noé, que había mandado expediciones á las playas americanas.

En fin, hay un sinnúmero de teorías acerca del origen y la descendencia de los habitantes aborígenes de América; pero todas ellas son hipótesis que carecen de fundamento, porque no descansan en hechos históricos y auténticos que los acrediten.

Sin embargo, parece ser cuestión averiguada, si nos atenemos á las indagaciones perseverantes practicadas por los sabios modernos, que la América antes de su descubrimiento por Colón, fué conocida de los antiguos; tanto porque así lo testifican muchos autores de la antigüedad, cuanto porque las instituciones de los dos grandes imperios americanos, México y Perú, bajo el gobierno de sus respectivos monarcas, conservan el recuerdo de comunicaciones lejanas con el Mundo Antiguo.

Además, las indagaciones de los sabios modernos se basan en inducciones procedentes de la cultura, religión, costumbres, constitución física é idiomas de los pueblos de América, que algunas analogías guardan con otros de Europa, Asia y Africa, como así mismo, en hechos históricos contemporáneos, que han venido á comprobar que, efectivamente, la América fué conocida desde la más remota antigüedad.

Por otro lado, si nos ceñimos á la opinión emitida por doctos y renombrados etnógrafos y etnologistas, es de creer que la América no solamente fué conocida desde muchos siglos antes de la era cristiana, sino habitada desde los tiempos antediluvianos.

Y si nos atenemos á la tradición hebráica, esos habitantes antediluvianos perecerían en la catástrofe del Diluvio Universal, acontecido, según los Setenta Intérpretes, 2242 años después de la Creación, trascurriendo en seguida, se supone, más de cinco siglos hasta que se efectuara nuevamente la repoblación de América, ó sea, más de siglo y medio después de la confusión de las lenguas en Babel, que tuvo lugar 255 años después del Diluvio, es decir, en el año 2497 de la Creación, acontecimiento que originó la dispersión del linaje humano.

Si la repoblación de América ha tenido lugar más de cinco siglos después del Diluvio, es evidente, dicen los etnógrafos, que los nuevos habitantes de este Continente han debido proceder del Antiguo Mundo conocido entonces, sea de Europa, de Asia, de Africa, ó talvez de estos tres Continentes.

Al efecto, vamos á exponer las diversas opiniones de los escritores que se han ocupado del origen de los indios del Nuevo Mundo, en lo que podemos llamar segunda época de América, ó época postdiluviana.

Alejo Vanegas, en el lib. II, cap. XXII de su Enciso in Suma Geographiæ, afirma que los indios de América proceden de Cartagineses, fundándose en la autoridad de Aristóteles, gran filósofo griego, quien en su libro Mirabilibus Auscultationibus, fol. 53, dice: "que unos mercaderes cartagineses navegaron desde las columnas de Hércules, y que al cabo de muchos días de navegación hallaron una isla desierta, que distaba de la costa de Berbería y en la que había toda clase de maderas, y ríos que se podía navegar por ellos, por lo cual acordaron quedarse allí y poblar la isla. Más, habiendo llegado á noticia del Senado de Cartago la susodicha navegación, y temiendo que la fama de las riquezas de aquella tierra llegase á ser conocida por otras naciones, ó temeroso de que muchos de sus conciudadanos, atraídos por la belleza del nuevo país, fugaran de su patria, ordenó que se matase, á su regreso, á todos aquellos que habían ido á poblar aquella isla, y decretó también pena de muerte contra los que en lo sucesivo intentaran dirigirse allí, guiado por el temor de que los colonos sacudieran el yugo cartaginés y perjudicaran al comercio de la metrópoli." Aristóteles, al aludir á la mencionada isla, se refería talvez á la conocida Española ó de Santo Domingo, desde la cual los Cartagineses pasarían después á la de Cuba y á las otras de aquellos parajes, y de allí á la Tierra Firme de América, y sucesivamente á Nombre de Dios, Panamá, México y Perú. Esta opinión ha sido sostenida por algunos otros autores, entre ellos Solórzano, Torquemada, Calancha y el P. Mariana, los que, para probar que los indios americanos son descendientes de Cartagineses, se han apoyado en los siguientes fundamentos: 1o Que éstos, en aquellos tiempos, como los Mexicanos, usaron de pinturas ó geroglíficos en lugar de letras. 2o Que en América existen edificios antiguos de igual arquitectura que los de los Cartagineses, como en Yucatán, Tabasco, Teotilmacán y otras partes de México; Tiahuanacu y Huamanga, en el Perú; edificios todos anteriores á la fundación de los imperios de México y del Perú. 3o Que muchas costumbres de los Americanos eran semejantes á las de los Cartagineses, como los sacrificios de víctimas humanas, la conservación del fuego sagrado, la veneración de las fuentes y ríos, el vestirse de pieles y plumas, el uso de sortijas en las orejas, el de envenenar las puntas de las flechas con que combatían, y muchas otras costumbres y ceremonias, idénticas entre Cartagineses y Americanos. Alejo Vanegas, para sustentar su opinión y darle más fuerza, se funda también en la autoridad de varios otros autores antiguos, como Hornio, Pausanias, Plinio, Estrabón, Vossio, Ariano y Layet, los que citan varias largas navegaciones efectuadas por los Cartagineses en tiempos remotos, siendo una de ellas la que emprendió el almirante Hannón, que navegó desde Gibraltar, costeando la mar, hasta lo último de la Arabia, y pasando dos veces debajo de la línea del Ecuador, bordeando así las costas del Continente americano.

Onffroy de Torón, que ha hecho pacientes é interesantes investigaciones sobre los primeros habitantes de América, dice, también, en su selecta obra Antigüedad de la navegación por el Océano, que "es evidente el aserto de que los Cartagineses fundaron colonias en América."

Gilberto Genebrardo, en el lib. I de su Chronologia, pág. 162, asevera que: "En la isla de San Miguel, una de las del archipiélago de los Azores, se hallaron sepulcros debajo de tierra con letras hebreas muy antiguas;" á lo que agrega, y con él algunos historiadores posteriores, que "los Americanos proceden de los Hebreos de las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, rey de Asiria[46], los que se dirigieron primero á la China y de allí, por mar, á las costas de otro Continente, por el estrecho que separa la China del reino de Annián, pasando en seguida al reino de Quivirá, y poblando así México, Panamá, Perú é islas de Barlovento ó Hespérides." Los autores que sostienen ese parecer se fundan en el pasaje del cap. XIII, vers. 4 á 49 del lib. IV de Esdras ó de los Reyes[47], que al hablar de las tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, dice: "Ellas tuvieron entre sí el acuerdo y determinación de dejar la multitud de los gentiles y de pasarse á otra región más apartada, donde nunca habitó el Género Humano, para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su tierra;" de cuyas palabras coligen algunos autores antiguos, como Plaucio, en su Mapa Mundi, Alangren, en su Globo, y Hornio, en su Origen de los Americanos, que estas diez tribus hicieron el viaje por el derrotero indicado y fueron á poblar la América. También esos mismos autores se fundan en la semejanza del carácter y costumbres de los Hebreos é Indios, pues tanto los unos como los otros, dicen, son inconstantes, desleales, ingratos, tímidos, medrosos, incrédulos, supersticiosos y poco caritativos; las costumbres de los unos, agregan, de enterrarse en los montes, sacrificar niños á sus dioses é ídolos, abstenerse de comer carne de puerco, untarse de aceites aromáticos, celebrar ciertas fiestas y observar algunas leyes, son idénticas á las de los otros; y, por fin, algunos vocablos son iguales, tanto en la lengua hebrea como en algunas de los indígenas.

A esto agrega el P. Hennequin, en su Descripción de la Luisiana (París, 1688): "No se puede dudar que los indios son originarios de los Judíos, pues tienen con ellos ciertas analogías, como construir sus cabañas en pabellones, untarse de aceite, creer con superstición en sueños, enterrar sus muertos con horribles lamentaciones, llevar las mujeres el duelo de sus parientes durante un año entero, absteniéndose de danzas y festines, y creer, como los Judíos, que están maldecidos de Dios."

La secta de los Mormones, en los Estados Unidos de Norte América, creen, también, que los aborígenes de América descienden de Hebreos.

Es evidente que las tribus de Cashivos, Sitibos, Piros y Shipibos de las márgenes del Ucayali, practican, como los Judíos, la circuncisión, como también los Salivas, Guaúros, Otomaques y Calchaquis de la América del Sur, y los Mayas de Yucatán.

Diodoro de Sicilia, en su Biblioteca Histórica y Lactancio Firmano, en sus Instituciones divinas, refieren que en el sepulcro de Osiris se encontró un epitafio, en el que se lee que su imperio llegó á los confines de las Indias Oriental y Occidental, de cuyo hecho algunos historiadores posteriores han hecho remontar el origen de los Indios á la fundación del reino de Iberia, en tiempo de Osiris, época que, según alegan, comenzaron á venir á América, por la isla Atlántida, muchos Iberos. Y para apoyar sus opiniones con fundamentos sólidos, dicen que en aquellos tiempos se acostumbraba poner á los lugares de América los nombres de los reyes Iberos, sacando, en consecuencia, que del rey Brigo, cuarto de Iberia, hubieron muchos lugares como Lacobriga, Mirobriga, Volubriga, Augustobriga, Flaviobriga y otros; del rey Gorgor, se puso su nombre á un pueblo cerca de Huancavelica, en el Perú; del rey Hespero, se denominaron las islas Hespérides ó de Barlovento, según lo asevera Ambrosio Calepino en su Thesaurus Lingua Latinam, diciendo: "Las Hespérides se llamaron así, del nombre de Hespero, hermano de Atlante."

Pero el autor que más se empeña en hacer descender los Americanos de la raza ibérica, es el erudito Dr. Diego Andrés Rocha, Oidor de la Real Audiencia de Lima, y autor de un Tratado único y singular del Origen de los Indios del Perú, México, Santa Fe y Chile, quien, después de analizar las opiniones emitidas por varios escritores sobre el origen de los Indios, desarrolla su modo de pensar á este respecto, sosteniendo que los primitivos Iberos, de la época de Osiris, Tubal, Hespero y otros reyes, fueron los primeros habitantes del Continente Americano, fundándose en la analogía de las costumbres de éstos con los Indios de América; en las armas y usos de la guerra de aquellos con éstos; en la concordancia de muchos lugares, ríos, montes y aún vocablos de ambos pueblos, y en la mayor vecindad de la Iberia con la isla Atlántida. Para sostener su teoría, el Dr. Rocha, hace una larga disertación, apelando al testimonio de más de setenta autores, entre antiguos y modernos, de su tiempo, pretendiendo probar con ello que la conclusión que sostiene, de ser los Iberos los primeros que poblaron la América, es la opinión que debe prevalecer.

Otros autores, sin remontarse á una época tan remota como la citada por los anteriores, sostienen, también, que los Españoles, mucho tiempo antes del descubrimiento de Colón, aportaron á las playas de América. Uno de ellos, el Dr. Juan de Solórzano Pereyra, en el tomo I, lib. I, cap. V, No 9 de su Política Indiana, pág. 17, dice: "No quiero pasar en silencio lo que trae Gomara y otros, de los Españoles que, huyendo de la guerra y servidumbre de los Moros, en tiempo del rey Don Rodrigo, se embarcaron en el Océano y aportaron á las provincias de Cozumel y Yucatán; y viviendo y muriendo en ellas, pusieron sobre sus sepulcros, y en otras partes, cruces, que se las enseñaron á reverenciar á los Indios, las cuales se hallaron allí por los nuestros, cuando se descubrieron estas provincias." A lo que agrega el sabio José Eusebio de Llano Zapata, en sus Memorias Histórico-Físicas, Apologéticas de la América Meridional, pág. 520: "Es muy creíble lo que afirman los alegados autores, que huyendo de la opresión de los Moros, aportaron á aquellas tierras; y aunque se dice que la navegación se hizo á Cozumel y Yucatán, que es la parte septentrional de nuestras Indias, hay evidencia más que probable que algunos de los Españoles que allí aportaron, penetraron en las tierras meridionales, hasta la metrópoli del Collao."

Parece ser un hecho innegable, que en los túmulos de Grave-Creek, en Virginia, se ha encontrado una piedra con una inscripción en caracteres alfabéticos, de gran interés etnográfico, que, según Jomard, era ibérica, lo que se presta á creer que los Iberos fueron, quizá, unos de los primeros pobladores de América.

Sin embargo, el P. Román y Zamora, fraile agustino, en sus Repúblicas de Indias, alega que "es otro desatino suponer que los Indios de América son de origen español, sólo por haber algunas analogías entre ciertos vocablos quechuas y otros castellanos.

Algunos otros escritores opinan que los Americanos descienden de los Griegos, fundándose en que habiendo tenido los Atenienses guerra con los Atlantes, tuvieron noticias de las islas Hespérides y de la Tierra Firme de América, y fueron á esas comarcas, siendo los Griegos el pueblo que primero tuvo conocimiento de la navegación después de los nietos de Noé. También apoyan sus opiniones en que en algunos lugares de América, según refiere el P. Fr. Gregorio García, en su Origen de los Indios, pág. 189, se han encontrado inscripciones griegas trazadas en peñas, como cerca de Loja, en el Ecuador, donde hay una piedra alta en la que están esculpidos cuatro renglones, cada uno de vara y media de largo, cuyas letras parecen griegas; cerca de Huamanga, á orillas del río Vinaque, en el Perú, según lo indica Cieza de León, en su Crónica del Perú, cap. LXXXVII, pág. 160, se encontró una loza que tenía ciertas letras parecidas á las griegas; en unos pueblos de la provincia de Chiapa, en México, según el mismo P. García, en su obra citada, pág. 190, existen unos antiguos edificios, en cuyos pilares hay trazadas letras que también parecen griegas. Igualmente, estos autores se fundan en las analogías de ciertos vocablos griegos con los de algunos lugares indígenas, habladas en México, Guatemala y el Perú.

Otros autores conjeturan que los Indios de América son originarios de los Fenicios, fundándose en la opinión de Aristóteles, que en su libro Mirabilibus Auscultationibus, lib. II, cap. IV, dice: "Unos Fenicios navegaron cuatro días hacia el occidente, con el viento oeste, y aportaron á unas islas incultas que estaban en continuo movimiento, subiéndolas y cubriéndolas el mar, dejando en seco gran cantidad de atunes, que comerciaban trayéndolos salados, con ganancia considerable;" islas que se cree sean las del archipiélago de los Azores; opinando algunos que de allí pasaron á las islas Hespérides y después á Tierra Firme de América, viaje, que, según cálculos, efectuaron los Fenicios en la Olimpiada 110, pues al decir de Dionisio Halicarnaso, en su Vita Aristoteles, Aristóteles nació en la Olimpiada 99 de la Creación del Mundo (3670, ó sean, 1293 años antes de J. C.) De este viaje discurren varios autores, entre ellos Juan de Solórzano, en su Política Indiana, lib. I, cap. V, fol. 20, que unos de los primeros pobladores de América fueron Fenicios, fundándose, igualmente, en la semejanza de las costumbres y ceremonias de éstos y de aquellos. Además, invocan dichos autores, en apoyo de su aserto, que á los Fenicios se les atribuye ser los primeros en el arte de la navegación, en dar batallas marítimas, en someter á los pueblos sus vecinos, como dice el historiador judío, Claudio Josefo, en su Autobiographia; el geógrafo prusiano, Felipe Cluvier, en su Universam Geographiam, y el religioso servita, Felipe Ferrari, en su Lexicon Geographiam.

Además, la opinión de los autores citados se funda también en la semejanza de lengua, religión y costumbres de los Fenicios con las de los Indios americanos, pues muchas voces de la lengua fenicia (que es la hebrea antigua y que después fué dialecto de ésta), son iguales en significado que la de los Indios. Los Fenicios, como los Americanos, practicaban, dicen, la circuncisión; y la idolatría de unos y otros en sacrificar niños y mujeres, se observaba en ambas razas, pues, según el P. Cogolludo, en su Historia de Yucatán, lib. IX, cap. 403: "Por singular diré un modo de sacrificar que tienen (los de Yucatán) semejante al que se hacía al ídolo Moloch (de los Fenicios), que siendo de bronce ó metal, de hechura de un hombre hueco y abierto por la espalda, tendidos los brazos, ponían en ellos la miserable víctima racional que sacrificaban, y dándola fuego, quedaba allí abrasada." "¿Quién pudo llevar á Yucatán sacrificio tan particular, añade el P. Fr. Gregorio García, en su Origen de los Indios, lib. IV, parágrafo VII, pág. 236, sino los mismos Fenicios que poblaron á Nueva España?" agregando "que no sólo sacrificaban los enemigos, sino que estos sacrificios eran en tan gran número, que de los sacrificados podía volverse á poblar el Nuevo Mundo."

Posteriormente, el Dr. Amend, en su obra Los Fenicios descubridores de América, para sostener su opinión de ser éstos originarios de los Indios Americanos, dice, también, que las creencias religiosas de los Aztecas guardan una extraordinaria semejanza con las de los Fenicios, pues adoraban un ídolo medio hombre, medio animal, al que ofrecían en abundancia sacrificios humanos, y era análogo al Baal ó Moloch de los Fenicios." Además, agrega este autor, por las tradiciones de los Aztecas sobre su origen y los monumentos pictóricos que han escapado del furor de destrucción de los Españoles, se colije que la civilización primitiva de la América Central procede del Yucatán y de los distritos vecinos. Al efecto, dice, es tradición que mil años antes de la era cristiana, Votán y su pueblo vinieron del oeste en siete embarcaciones; que en la costa americana, desde el Estrecho de Darién hasta California, encontraron habitantes sumidos en la mayor abyección; que Votán hizo cuatro viajes á su país y que en uno de ellos visitó la ciudad de las tres serpientes (Benares, sobre el Ganges) y las ruinas de la Torre de Babel; que después de estos cuatro viajes se estableció en la América Central, fundando allí la ciudad de Palenque, que es la más antigua de América, siendo por consiguiente Votán el primer legislador americano. El Dr. Amend deduce de allí la conformidad entre el arte arquitectónico de los Aztecas y de los Fenicios ó sea el arte egipcio (siendo los Fenicios el único pueblo que en aquellos tiempos pudo residir en Egipto). Empero, los ornamentos arquitectónicos de los monumentos de Centro América y México guardan cierta analogía con los de los Asirios, Persas, Griegos y Egipcios, debido, según opinión del Dr. Amend, á que los Fenicios por su comercio entraron en relaciones con estos pueblos, apropiándose de un gran número de estilos para su arte y arquitectura, y por eso, dice, se hallan, sobre todo en México, donde más claramente se presentan las señales de la civilización fenicia: esas combinaciones de ornamentos empleados por los Fenicios, proceden del arte de aquellos diversos pueblos. Después de estas conjeturas, concluye el Dr. Amend diciendo que los Aztecas (con cuyo nombre designa en general á los habitantes de la América Central y México), son productos de la civilización fenicia, pues cree que los buques de éstos, tanto por su tamaño y construcción, cuanto por su tripulación, eran capaces de emprender tales expediciones, y que las familias transportadas en esos buques eran bastante numerosas para poblar las islas del mar del Sur, así como una parte del Continente americano, para ejercer una influencia entre los abyectos aborígenes del país.

Sobre este mismo punto, el Dr. Pablo Félix Cabrera, de Guatemala, publicó en Londres, en 1822, un Examen Crítico de la Historia de América, en el que afirma que todos los que desde principios del siglo XIX han escrito sobre el origen de los Americanos, deben acusarse de negligentes, por haber pasado en silencio la «Constitución Diocesana del Obispo de Chiapa,» Dr. Francisco de Vega, impresa en Roma, en 1702, en la que este prelado hace referencia á un pequeño tratado histórico escrito en lengua índica por Votán, señor de Tapanahuasec, el que vió la gran casa (probablemente la Torre de Babel), que se elevaba desde la Tierra hasta el Cielo. Según tradición de los Indios, los preciosos documentos de su historia fueron colocados por el mismo Votán en la Casa Lóbrega ó subterránea construida por él, confiando su custodia á una mujer distinguida y á cierto número de indios plebeyos que debían ser designados anualmente á este efecto: sus órdenes fueron respetuosamente observadas durante varios siglos por los habitantes de Tacoaloya, en la provincia de Soconuzco; documentos que fueron destruídos por el Obispo Vega, cuando este prelado hizo su visita episcopal á Tacoaloya, en 1691[48].

En fin, parece haber evidencia que los Fenicios visitaron el Continente del Nuevo Mundo en tiempos remotos, pues el sabio Humboldt refiere que un misionero franciscano encontró en una caverna de la orilla occidental del Cauca, cerca de Uruana, una roca de granito que tenía esculpidos caracteres semejantes al alfabeto fenicio, caracteres que han confirmado, en parte, la probabilidad de que los Fenicios hayan sido unos de los primeros pobladores de esta sección de América.

También en la embocadura del río Tantón, en Massachussetts, se encontró otra roca con caracteres fenicios. En 1873, se halló en el Brasil otra piedra con una inscripción fenicia en ocho renglones, que, según su traducción, inducen á creer que en el reinado de Hiram, una expedición de Fenicios de Sidonia salió del puerto de Aziongabar (hoy Akaba), en el Mar Rojo, la que navegó durante doce meses lunares á lo largo de la costa de Egipto, y que, extraviada de su derrotero por un fuerte temporal, aportó á las costas del Nuevo Continente. Esa piedra con esa inscripción fenicia, es, se dice, una de las más antiguas y la más notable constancia de que los Fenicios ocuparon, primero, las regiones orientales, y pasaron de allí á las regiones occidentales de América.

No han faltado autores entre ellos Kircher, en su Œdipus Ægiptiacus que hayan alegado que los Egipcios sacaron de su tierra numerosas colonias con las que poblaron la China, el Japón y las Indias Occidentales, pues, dicen, eran muy diestros en la navegación y hábiles en las guerras navales: agregan que los indios mexicanos no solamente heredaron sus costumbres, sino que se asemejaban en sus prácticas, observando que la división del tiempo era semejante en unos y otros, pues partían el año en dieziocho meses, cada uno de veinte días ó sean trescientos setenta al año, dejando cinco días fuera de él, que los Mexicanos denominaban Nemontemi y los Egipcios Nisi ó Epagomenos. En las pirámides de ambas razas, dicen también, se reconoce igualmente semejanza, porque si los reyes de Egipto las fabricaban con tanto gusto y solidez, en Teotihuacan de México, existen también algunas que tienen más de sesenta varas de ancho y ciento cincuenta de alto, en cuyas cimas colocaban los Indios las imágenes del Sol y la Luna, junto á las cuales hay otras pequeñas en que se enterraban los caciques; pirámides que, según opinión del insigne cosmógrafo mexicano Carlos de Sigüenza[49], en su obra Mercurius volans et novum Mexicam restauratum præ se ferens, deben haber sido hechas algunos siglos después del Diluvio Universal. Igual semejanza, dicen los mismos autores, se nota entre los laberintos de Tezcuco en México y el de Heracleópolis en Egipto; y también traen á colación la similitud en la superstición é idolatría de unos y otros, pues que ambos adoraban el Sol, la Luna, las estrellas y los animales; como asimismo los dos pueblos usaban la poligamía y creían en la trasmigración de las almas.

Por otro lado, el abate Brasseur de Bourbourg y últimamente Mr. Jorge Meikleyson, afirman que las ruinas de los antiguos monumentos de Yucatán tienen mucha semejanza en su arquitectura con los antiguos monumentos de Egipto, á excepción de los geroglíficos, que en ambos países no guardan ninguna analogía. También, según estos últimos autores, en los idiomas egipcio y mexicano existen ciertas analogías lingüísticas. Empero, nada se puede confirmar al respecto, mientras un futuro Champillión no descubra la llave de los geroglíficos que se ostentaban en las antiquísimas murallas de los monumentos de México y de la América Central. Otros autores opinan, que tanto en los geroglíficos de los monumentos egipcios, cuanto en el antiguo idioma griego, se hallan muchas voces quechuas, como lo confirma el egiptólogo Bunsen en su obra Misión del Egipto en la historia del Mundo, y con él otros sabios, lo que induciría á creer que los Mexicanos fueron descendientes de los Egipcios.

Otra versión es, que los Troyanos, por los años 2806 de la Creación del Mundo, ó sea 2164 años antes de la era de Cristo, navegaron á las Indias Occidentales y poblaron aquellas comarcas, pues así lo asevera el P. Simón de Vasconcelos en su Noticia del Brasil, libro X, No 90, diciendo: "Otros dijeron que estos primeros pobladores fueron de naciones Troyanas y compañeros de Eneas, que, después de derrotados por los Griegos, en la famosa destrucción de Troya, se dividieron, buscando tierras en que habitasen, como hombres avergonzados del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales se engolfaron en el largo Océano y pasaron á las partes de América." Vasconcelos, para sostener ese fundamento, se apoya en un pasaje del lib. III, de la Eneida de Virgilio, que al referirse al sitio de Troya, dice que después de la destrucción de esa antigua ciudad, "los Troyanos se dispersaron, peregrinando por varias tierras lejanas y desiertas."

Los Chinos, por su parte, conservan tradición de ser progenitores de los Indios Orientales y Occidentales, y que ellos, en unión de los Tártaros, Japoneses y Coreanos, atravesaron el estrecho marítimo de Annián, vinieron en seguida por tierra al reino de Quivirá y poblaron México, Panamá, Perú y las demás provincias y reinos de las Indias Occidentales. A este respecto, Bartolomé Leonardo de Argensola en su Historia de la Conquista de las Molucas, lib. I, fols. 11 y 12, asevera lo mismo y se funda para ello en la coincidencia de tener los Chinos é Indios el mismo color, flojedad, superstición y poca caridad. En conformidad con lo referido, se citan nombres de pueblos del Perú, México y otras partes de América, iguales á los de poblaciones de la China, del Japón y de Corea. Otras razones alegan algunos escritores para suponer que los Indios de América descienden de los Chinos y Tártaros, y es, á más de la conformidad de color, la semejanza de las facciones y disposición del cuerpo, el usar las trenzas del pelo, el aplastarse la cabeza los Conibos y los pies los Chinos, el canto de los Campas idéntico en el tono al de los Chinos; los dibujos de los Indios representando letras chinas; los muchos vocablos idénticos en el idioma de los aborígenes á los de los Chinos y que expresan la misma idea; como también ciertas costumbres y creencias, como adorar al Sol por Dios, reconocer un Dios superior á las otras divinidades, contar los meses por lunaciones, sepultarse con sus criados y riquezas, juzgando que hacían un viaje á la otra vida, y algunos otros usos y costumbres, semejantes entre ambas razas.

Autorizados autores sostienen, también, el hecho de ser los Chinos los progenitores de los Indios de América. Mr. Alejandro Darley, sacerdote que ha pasado muchos años realizando investigaciones históricas en Oriente, dice que el Continente de la América del Norte lo descubrió (diezisiete siglos antes de emprender Colón su descubrimiento) un marino de la China, llamado Hi-Li, el que desembarcó en la costa del Pacífico, el día 10 de Junio del año 207, antes de Cristo, cerca del punto donde hoy se alza la ciudad de Monterrey en California. Es tradición que el capitán Hi-Li volvió á su país con la noticia del descubrimiento que había efectuado, y, durante más de cien años, los barcos hicieron innumerables expediciones á la costa del Pacífico, sin intentar siquiera colonizar el nuevo país, y al fin suspendieron sus expediciones.

En apoyo del tiempo remotísimo en que los Chinos abordaron las playas de América, es notable el hecho del hallazgo que, últimamente, se ha hecho en las costas de Alasca, de una moneda acuñada hace más de mil años en el Celeste Imperio, la que posee, junto con otras monedas orientales, el que fué cónsul chino en Washington[50]. En la misma región hallaron los indios una antiquísima tumba en la que se lee en caracteres chinos, el nombre de Li-Lei-Lau. Además, se han encontrado otras reliquias que demuestran, de un modo evidente, que los Chinos vivieron en Alasca, muchos años antes de la Era Cristiana.

Cerca de San Miguel Amantla, en México, se descubrió recientemente una figura ó estatuita de tierra cocida, de unas siete pulgadas de alto, representando un chino, con ojos oblícuos, pantalón bombado y vestidos amplios, con grandes aros en las orejas, y en la cabeza el casquete con un botón en el medio, tal como lo llevan los mandarines. Junto á esa estatuita, que se calcula tenía ya más de 1500 años de enterrada allí, se halló el esqueleto de un hombre que representaba el tipo mongol, y que conservaba aún, al rededor del cuello, un collar de bolitas de una masa verde que jamás se encontró en México. Estos y otros hallazgos parecen comprobar que la antigua civilización de la América del Norte fué de origen chino ó mongol.

Algunos sabios del Celeste Imperio suponen, también, que los Indios de Norte América descienden de los tripulantes de algún barco chino, que hace más de veinte siglos fué arrojado por los temporales á las costas norte-americanas, y que, no pudiendo regresar á su país, se establecieron en aquella región, donde fueron extendiéndose.

Y, para corroborar aún más la existencia de Chinos en el suelo americano, en tiempos remotísimos, el Encargado de Negocios de China en México, Tun-Pul-Shun, hombre erudito y de vastos conocimientos en materia de antigüedades, ha manifestado, con pruebas abrumadoras, ante los miembros del Congreso de Americanistas, reunido en México, en 1910, que en las ruinas de San Juan Teotahuacan observó, con gran sorpresa, en uno de los artefactos desenterrados, una inscripción de uso corriente en su patria; artefacto que enseñó á los mismos miembros de ese Congreso, opinando que México fué en parte descubierto por sus paisanos. Y para afirmar más la veracidad de su dicho, Tun-Pul-Shun explicó que, efectivamente, es tradición en China, que en tiempo del reinado de Chun-Shi-Woo, una expedición compuesta de tres mil personas, entre las que iban bellísimas mujeres, salió á órdenes de un eminente sabio, de Pekin, á descubrir é invadir el Japón. Dicha expedición se hizo á la mar en pequeños bajeles, de los que nunca se volvío á tener noticias. Trascurrido algún tiempo, se descubrió la tumba del caudillo expedicionario en tierras japonesas, pero no se encontró indicios del resto de los tripulantes, creyéndose que algunos barcos hayan sido arrastrados á costas mexicanas, en donde desembarcaron, mezclándose con indios Toltecos, á quienes legaron sus costumbres y creencias.

El sabio barón Alejandro de Humboldt, en su obra titulada Monumentos de América, dice: "Por poco que se reflexione sobre la época de las primeras emigraciones Toltecas, sobre las instituciones monásticas, los ritos del culto, el calendario, la forma de los monumentos de Cholula, Sogomoso y Cuzco, se infiere que no fué del norte de Europa de donde los Quetzalcoath[51], Bochica[52] y Manco Capác[53] han sacado el código de sus leyes: todo parece conducirnos mas bien hacia el Asia y á los pueblos que han tenido contacto con los Tibetinos, Tártaros, Samnistas y Ainos barbudos de las islas de Fesso y Sachalin." El mismo Humboldt, agrega, que analogías en la conformación de la cabeza, como también analogías del idioma, hacen presumir que individuos de la raza china arribaron á la costa nordeste de América, y de allí al sud y al este de los ríos Gila y Missouri, no siendo extraño encontrar, entre los pueblos americanos, ídolos y monumentos arquitectónicos de un mismo carácter geroglífico, una noción exacta de la duración del año y algunas tradiciones referentes al primitivo estado del Mundo, que recuerdan los conocimientos, las artes y las opiniones religiosas de los pueblos asiáticos.

Juan Ranking, en su libro Conquistas del Perú, México, Bogotá, Natchez y Tolomeca por los Mongoles, para probar, á su juicio, que los Indios americanos descienden de raza asiática, dice: "Timoudgyn, hijo de Pikoutaï, jefe de una tribu de los Mongoles[54] residentes á las orillas del lago Baikal, en Siberia, fué proclamado Gran Khan, con el título de Genghis, el año 1205. Antes de la muerte de su nieto Kublai, el continente de Asia fué casi subyugado: la Europa se puso en consternación; el Japón fué invadido, y por los efectos de un temporal, el Perú y México fueron destinados para recibir á los generales y tropas que escaparon de esa poderosa expedición. Cuando estos Mongoles llegaron á América, la encontraron en un estado de completa ignorancia; pero, repentinamente, se fundaron dos imperios con la pompa, ceremonias y grandezas de los soberanos asiáticos: la arquitectura, que compite con los admirables trabajos de los Romanos; la elegancia de las obras de los plateros, que sorprenden aún á la vista de las más delicadas de los Europeos; el orden, la justicia, subordinación, leyes, instituciones civiles y militares, religión y costumbres, son tan idénticas á las de la familia Tschingis-Khan, que no puede dudarse por un momento su descendencia." El mismo autor, en un rapto de extravagante desvarío, agrega que "Manco-Capác[55] fué hijo del gran Khan-Kublai, que gobernó los Mongoles hasta el año 1257, y murió en el sitio de Hochen, en China, y por consiguiente nieto de Tschingis-Khan; que el abuelo de Montezuma fué un noble Mongol de Tangut." Ranking, pretende, además, fijar el origen de los Toltecos y Guatemaltecos, por las emigraciones tártaras que han tenido lugar hacia mediados del siglo vi, opinión que también es sostenida por Humboldt.

Mariano Eduardo de Rivero, en su Estudio general de América, y junto con él otros historiadores, opinan "que á consecuencia de las guerras entre los Brahmanes y Budhistas, que terminó con la expulsión de estos últimos al norte de Asia, una parte pasó el estrecho de Behring, y fueron esos los jefes que fundaron les imperios de América." Tchudi y Ribero, en sus Antigüedades Peruanas, dicen también "No admite duda que Quetzalcolt, Bochica, Manco-Capác y demás reformadores de la América Septentrional, Central y Meridional, eran sacerdotes budhistas que por su doctrina superior y civilizatriz, consiguieron señorear los ánimos de los indígenas y elevarse á la supremacia política." Al aceptar, á este respecto, la apreciación de Humboldt, Ranking, Tschudi y demás escritores, de presumir es, que el número de esos invasores haya sido muy considerable[56].

El anticuario inglés Mr. Brerewood pretende también que la América ha sido poblada originariamente por pueblos tártaros.

Mr. de Guignes, que ha compulsado los anales del Celeste Imperio, asegura que los Chinos comerciaban con América hacia el año 458 de la era actual, y que remontaron hasta la costa frente al Kamtchatka, siendo positivo que los Chinos poseían, en aquella época, flotas capaces de arribar á las Indias Occidentales.

Vásquez de Coronado, en su expedición (1539) vió en las costas de México, cuatro navíos con proas adornadas de oro y plata, cuyos capitanes le dijeron que acababan de navegar treinta días en viaje de la China.

Según Pedro Menéndez de Avilés, hallóse en las costas del Mar del Norte los cascos de varios bajeles chinos, y también se asegura que en el puerto de Guatusco, en México, se vió negociantes vestidos de seda, que se supone eran Chinos. Notable es, dice este último autor, que el hermoso monumento piramidal de los alrededores de Guatusco, llamado el «Castillo,» es uno de los que tiene más semejanza con la arquitectura china.

En fin, muchos autores creen que el Asia septentrional ha poblado el norte de la América.

Tocante á las lenguas, se asevera que el dialecto de los indios Mohawks es casi semejante en un todo al idioma tártaro.

Mr. Duponceau, en una disertación latina escrita por un sabio Mexicano sobre las lenguas indígenas de Anahuac, prueba la grande analogía de estas lenguas con el idioma chino, principalmente la Otomi, que no solamente tiene similitudes de palabras, sino similitudes gramaticales, cuyas formas de construcción son las mismas que el idioma chino; lo que prueba, dice este autor, la comunicación más ó menos directa que ha habido entre los Chinos y los Anahuacos.

En los tiempos más cercanos á nosotros, algunas otras relaciones entre la América y los Chinos ó Mongoles han sido señaladas.

No solamente los autores citados, sino la mayoría de los historiadores, atribuyen á los asiáticos el mérito de haber introducido la civilización primitiva en América, trazando, al efecto, muchos paralelos entre éstos y las primeras razas del Continente Americano, en sus tradiciones, costumbres, y, sobre todo, en la similitud de sus rasgos fisionómicos.

La opinión de algunos autores antiguos y modernos al origen de los Indios Americanos, es que éstos proceden del linaje de Ophir, nieto de Heber é hijo de Lactan, quien pobló á México y al Perú, á cuyo efecto, dicen, que Ophir, de la quinta generación de la rama de Noé, pobló las costas del Océano de la India Oriental, pasando, después, estos pobladores á las Indias Occidentales, para extenderse por México, Centro América y todo el Perú hasta el estrecho de Magallanes. Los autores que sostienen esta opinión, son Benito Arias Montano, en el tom. VI de su libro Phalesus, pág. 99; Gilberto Genebrardo, en el lib. I de su Chronologia, págs. 15 y 118; Hornio, en su obra De Origen Americanum, cap. II, fols. 16 y 17; Antonio Bosio, en el lib. II, cap. III de su Signis Ecclesiastes; Pomario, en su Lexicon; Posevino, en el libro II, cap. V de su Bibliotheca; el P. Manuel de Sá, jesuita, en el tom. III de su Regum; el P. Maluenda, en el lib. III, cap. XIX de su Anticristo; Joao de Pineda, en su obra De Rebus Salomonis; y Montesinos, en sus Memorias Antiguas del Perú; los que afirman que en tiempo de Salomón se designaba con el nombre de Ophir los dos reinos de México y el Perú, y que después de pasado algún tiempo se traspusieron las letras, y de Ophir se compuso Piro[57]. Además, Arias Montano, autor también de la Biblia Regia y hombre muy versado en idiomas, dice en su obra ya citada, que "ambas regiones (México y Perú) se llamaban Piruaim ó Peruaim, que en latín quiere decir Duplex Piru y en español región que es dos veces Perú, ó sea que ambas regiones tuvieron el mismo nombre Perú." En apoyo de lo aseverado por Montano, el P. Fr. Gregorio García en su obra Origen de los Indios, lib. IV, cap. VI, parágrafo 3, pág. 140, dice: "Hallamos en la Escritura Divina una grandísima conjetura para creer que el nombre de Piru fué muy antiguo apellido, no sólo del reino del Perú, sino también de la Nueva España, porque en el Paralipomenon lib. I, cap. 3, se dice que Salomón cubrió el templo con láminas de oro muy fino, el cual oro se dice en hebreo aurum peruaim, que quiere decir claramente oro de la Tierra llamada dos veces Piru, porque aquella terminación ain es número dual en la gramática hebrea, lo cual cuadra y conviene á las dos regiones de este Piru y México, y así donde la Vulgata dice, en el Libro del Paralipomenon: Porro autem aurum erat probatissimum, traslada San Spagnino Aurum autem erat ex locu Parvaim; Vatablo pone Aurum vero erat ex auru Parvaim; Arias Montano lee Et aurum erat ex locu Parvaim; Cayetano lee Et aurum, aurum Parvaim; por lo cual Vatablo, Arias Montano y Genebrardo convienen en que Parvaim es el Perú y Nueva España.

Otros autores, para sostener que el Perú fué el Ophir de Salomón, señalan aún los límites de esa región, y dicen que se hallaba situada entre los territorios colombianos y brasileños, por las montañas de Popayán y Cundinamarca, hasta el lago Yumaguari, cuyas aguas alimentaban á uno de los afluentes del río Orinoco; de otro lado, por el río Ikiari, hasta el cerro aurífero donde nace este río; y en el último costado, por el río Yapurá. En la región superior del río Amazonas, dicen, se encontraba plata y otros objetos preciosos que las naves de Salomón conducían á Joppe (Jaffa) con destino á Jerusalem. Fué esta región superior la que recibió el nombre de Tarsdchisch (vocablo quechua), pues Tar es descubrir y chichiy es oro nativo ó en polvo. Luego, según Onffroy de Torón[58], Tarsdchisch es: el lugar donde se descubre y recoje el oro nativo ó en polvo. Dice la Biblia, que para dirigirse á Tarsdchisch el profeta Jonás, se embarcaba en Joppe, haciendo el viaje por el Atlántico. "En el mar (vers. 22, cap. X del Libro de los Reyes), había para Salomón una flota: cada tres años venían los navíos de Tarsdchisch trayendo oro, plata, marfil[59], monos y pavos reales," versión confirmada en el libro II, cap IX, vers. 21 de los Paralipomenos: "Los navíos iban de Tarsdchisch, para el rey Salomón, con los siervos de Hiram: Una vez cada tres años venían los navíos de Tarsdchisch."—En el cap. IX del Libro I de Los Reyes, se dice que en cada viaje á Ophir traían los navíos de Salomón "cuatrocientos talentos de oro"[60]; y en el cap. IX, vers. 10 del Libro II de los Paralipomenos se dice: "Los siervos de Hiram y de Salomón traían de Ophir el oro, maderas y piedras preciosas." En el Libro I, cap. IX, vers. 11 del Libro de Los Reyes, se dice: "Y también la flota de Hiram traía oro de Ophir y gran cantidad de árboles llamados almug, y piedras preciosas." Tarsdchisch se hallaba al oeste de Ophir y en la parte más rica de la región amazónica.

Onffroy de Torón juzga también haber descubierto, después de largas investigaciones, los lugares en que estuvieron ubicados Ophir, Parvaim y Tarsdchisch, nombres que, según infiere este autor, son tomados del quechua, como trata de probarlo en seguida. Como en el Libro II de los Paralipomenos, cap. III, vers. IV, se dice: "Salomón adornó su casa con piedras preciosas y oro que eran de Parvaim," deduce Onffroy de Torón que Parvaim es una alteración ó corrupción del Paruim, porque en el antiguo alfabeto latino se confundía la v con la u: por esta razón, en el texto hebreo de la Biblia, al referirse al oro de Paruim se halla escrito Zab-Paruim.": la terminación im que indica el plural hebreo se agregó á Paru, porque en la parte superior del Amazonas (territorio oriental del Perú) existen dos ríos auríferos, el Paru y el Apu-Paru ó Rico-Paru, que unen sus aguas á los 10° 30′ de latitud meridional, para vaciarlas luego en el Ucayali, que es uno de los ríos que forman el Amazonas: estos dos ríos que llevan el nombre de Paru, forman precisamente el plural y dan Paruim de los Hebreos. En este caso, Paruim es uno de los lugares bíblicos designados con toda exactitud. "Se debe advertir que el Paru y el Apu-Paru, agrega el mismo autor, nacen en la provincia de Carabaya, que es la más rica de oro en el Perú."

Sabido es que tanto en México cuanto en el Perú, se encontraba abundancia de oro y plata, riquísimas maderas y piedras preciosas, de donde colijen también Vatablo, Montano y Genebrardo, refiriéndose á la Biblia (Génesis, cap. X), que aquellos metales, maderas y piedras preciosas se sacaban de Ophir ó del Perú para la construcción y adorno del templo de Salomón[61], pues si se debe atener al texto sagrado, Salomón mandó construir en Esiongabar, sobre el Mar-Rojo, las naves destinadas á Ophir, cuya flota era impulsada por expertos pilotos y marineros que le proporcionó Hiram, rey de Tiro (con el que celebró alianza) quienes doblaron el Cabo de Buena Esperanza y se unieron con la flota aliada para dirigirse á Ophir, denominada Terra Aurea (Tierra de Oro).

Juan Goropio en sus Origenes Antuerpianæ, y Guillermo Portel en su Orbis Concordia, dice también que Ophir es el Perú, y que los bajeles de la flota de Salomón trasportaban el oro, maderas y piedras preciosas del Perú hasta el Istmo de Panamá (en el Pacífico) y que de allá otros bajeles partían del mismo Istmo (en el Atlántico), haciendo escala en las islas de Cuba y Santo Domingo, doblando en seguida el Cabo de Buena-Esperanza y rastreando, en fin, las costas orientales de Africa, entraban en el Mar-Rojo.

Arias Montano, en su obra ya citada, describe otro itinerario, pues dice: "Las naves que el rey Salomón mandaba á Ophir en busca de oro, pasaban por las Molucas, y luego por México para llegar al Perú; y de vuelta, costeando á Chile, atravesaban el Estrecho de Magallanes, y doblando el Cabo de Buena-Esperanza, entraban al Mar-Bermejo, empleando tres años en el viaje."

Para confirmar aún más las opiniones emitidas por los autores anteriormente citados, el P. Fr. Gregorio García, en el lib. IV, cap. II de su Origen de los Indios, pág. 132, dice: "Salomón fué sapientísimo, y entre puras criaturas ninguno hubo que supiese tanto como él, y como tal nos le vende la Divina Escritura, y que no hubo cosa natural, arte ó ciencia, que no la supiese ó conociese, y consiguientemente, supo la geografía y cosmografía, y con ella lo que incluían las Indias Occidentales tan llenas de portentosas novedades. Y así él mismo daría noticia, instrucciones y orden á los pilotos y marineros, enseñándoles como, por donde y á donde habían de ir con la flota."

Pero, algunos otros escritores han puesto en duda el viaje de las flotas de Salomón á Ophir ó Perú y, entre éstos, citaremos tan sólo dos, que son de bastante crédito. Juan de Solórzano Pereyra se manifiesta abiertamente en contra de las opiniones de los anteriores autores, pues en el lib. I, cap. VI de su Política Indiana, asevera que "Salomón no era tan imprudente, que desde Asiongabar, que cae en el Mar-Rojo, y tenía tan cerca la Arabia y otras provincias de la India Oriental, había de enviar sus armadas á partes tan remotas y por mares tan dilatados y poco cursados, para cuya navegación era menester muchos años." Luego prosigue: "Y así constituyen el Ophir en Sófala ó en Ormiz, ó lo que es más cierto, en algunas de las ricas provincias de la India Oriental, y especialmente en su célebre isla que solía llamar Trapobana ó Sumatra, y hoy se dice Malaca y los reinos del Pegú[62], sus confines, donde se halla todo lo que se llevaba á Salomón en grande abundancia, tanto que se solía llamar Terra de Oro ó la Aurea Chersonese, y su oro se tenía por el más perfecto y de mayores quilates; de donde el de esta calidad tenía el nombre de Ophirizo, y de allí corrompido el vocablo, los latinos le llamaban Obrizo." Y por fin, agrega: "Y no obsta en contrario lo que se ha dicho del nombre del Perú, que es parecido al de Ophir ó Opiro." El historiador William Robertson, en su Historia de América, lib. I, pág. 9, refiriéndose á la navegación entre los antiguos, parece estar, también, en contra de los autores citados, pues dice: "Salomón equipó flotas que, conducidas por pilotos fenicios, navegaron del Mar-Rojo á Tarsdchisch[63] y á Ophir[64], que probablemente eran puertos de la India ó del Africa: estas flotas volvieron tan preciosamente cargadas, que introdujeron repentinamente la riqueza y la magnificencia en el reino de Israel."

En resumen, Ophir ha dado lugar á varios alegatos sobre su situación: distintas opiniones hay á este respecto, pues mientras unos la colocan en Asia, otros la ponen en Africa, y otros en América; dividiéndose cada una de estas opiniones en varias otras.

Cuanto á Nihusio, Volaterán y otros portugueses, quieren que Ophir sea Melinda ó Sófala, en la costa de Etiopia, y Concelio pretende que sea Angola, sobre la costa occidental de Africa.

Aquellos que pretenden que Ophir estaba en América, la colocan en la isla de Santo Domingo, á la entrada del golfo de México. Genebrardo y Vatablo son los que la ponen en la isla de Santo Domingo, asegurando que Cristóbal Colón al descubrir esta isla, en 1492, acostumbraba decir que había hallado la Ophir de Salomón, porque allí había encontrado oro en cierta abundancia.

Los que suponen que Ophir se hallaba en Asia, entre otros Francisco Ribero, Torniel, Adrichomio, Massé y varios otros, la colocan en las Indias. En apoyo de la opinión de estos autores, citan á Diodoro de Sicilia y á Filistrato, quienes dicen que en todo tiempo los Etiopes hacían un gran comercio por mar en las Indias; á Estrabón, que refiere que los mercaderes de Alejandría enviaban sus mercaderías á las Indias por el golfo Arábigo; y á Plinio, que asegura que en su tiempo, y desde algunos siglos antes, se hacía un gran comercio de Egipto á las Indias por el Mar-Rojo, siendo probable que la flota de Salomón iba á aquel lado, en cuyas comarcas se encontraban todas las mercaderías que cargaban los navíos de Salomón.

Samuel Bochart, por su parte, en su Geografía Sagrada, (Caen, 1646), pretende que hay dos Ophires: la una, en la Arabia, donde David hacía venir una gran cantidad de oro; la otra, en la India, donde Salomón enviaba su flota, ó sea la Trapobana de los antiguos (hoy isla de Ceylan), donde hay un puerto llamado Hippor, que los Fenicios llamaban Ophir.

Massi asegura que Ophir es el Pegú, que tenía ricas minas de oro y plata; Peresio dice que es Malaca, sobre el estrecho del mismo nombre, al oriente de la isla de Sumatra; Juan Tzerges es de parecer que es la misma isla de Sumatra, que tenía minas de oro.

Flavio Josefo[65], y con él otros autores, sostienen que Salomón tenía dos flotas, una en Aziongabar, que negociaba en las Indias, y la otra en Tarsdchisch, en las Indias Orientales, opinando algunos que este Tarsdchisch es el Perú, donde la flota de Salomón llegaba por el Gran Mar (el Pacífico) y hacía el viaje en tres años.

Por fin, la opinión que ha sido considerada más aceptable por algunos escritores, sobre la situación de Ophir, es la emitida por Lipenio, que ha escrito expresamente un Tratado sobre Ophir. Se apoya este autor sobre el dicho de San Gerónimo, que dice, que un nieto de Heber, hijo de Noé, llamado Ophir, dió su nombre á la parte de la India situada más allá del Ganges, comprendiendo así bajo el nombre de la "Tierra de Ophir," no solamente la Chersonese de Oro, que el historiador Josefo llama "Tierra de Oro" (hoy Malaca), sino también las islas de Java y Sumatra y los reinos de Siam, del Pegú y de Bengala, comarcas donde se encontraban todos los efectos que la flota de Salomón llevaba á Jerusalem, viaje que podía durar tres años, pues los navíos al salir del Mar-Rojo costeaban la Arabia, la Persia y el Mongol, en seguida daban vuelta á la península, más allá del golfo de Bengala, tomando diamantes en Golgonda y géneros preciosos en Pegú, y de allí á Sumatra, remontando á lo largo de Chersonese de Oro ó Malaca hasta Siam, donde encontraban no solamente marfil, sino también oro.

Varios autores, entre ellos Giraldo Cambrense, en su Topographia Historica, lib. X, cap. II; Antonio de Herrera, en su Historia General de los hechos de los Castellanos, déc. III, lib. X, cap. X; y La Peyrère, en su Relación de Islandia, art. XX, opinan que los Noruegos y Dinamarqueses, después de haber ocupado la Islandia y Groenlandia, fueron los primeros que poblaron las Indias, desembarcando en las costas de México, primero, y extendiéndose, después, hasta el Istmo de Panamá, allá por el año 820 de la era vulgar. Estos autores apoyan sus opiniones á este respecto en ciertos usos y costumbres de los Escandinavos, idénticas á las de los Indios americanos. Admitiendo esta idea tan sólo en abstracto, es un hecho confirmado por documentos que posteriormente se han encontrado en Copenhague, que los Escandinavos atravesaron el Océano y desembarcaron en playas de América, desde el siglo IX y durante el curso de los siguientes; pero no por eso se les debe considerar como los primeros pobladores del suelo americano, como lo suponen los autores citados.

El historiador Pedro Sufrido, en su obra De Frisior Antiquitates, impresa en 1698, pretende probar que los Indios de Chile y aún los del Perú descienden de los Frisios, pueblos germanos que habitaban, según se cree, la isla de los Bátavos; al efecto, dice que los Frisios, siendo muy diestros en la navegación, intentaron en el año 1000 recorrer el Océano en descubrimiento de nuevas tierras; "que llegaron á las islas Orcadas y desde allí á Islandia, y navegando muchos días penetraron hasta el Polo Norte, de donde fueron arrojados por una furiosa tempestad hasta una isla distante rodeada de escollos, donde desembarcaron y hallaron gente escondida en cuevas, y delante de ellos, gran cantidad de vasos de oro y plata, de que tomaron cuanto pudieron." Añadiendo la Crónica de Dinamarca "que este país estaba lleno de riquezas y que es la isla donde Saturno escondió sus tesoros." Boxhornio, en su Apologia pro Navigationes, págs. 258 y 259, sostiene la opinión de Pedro Sufrido, citando en apoyo de ella un pasaje del poema de Alonso Ercilla, La Araucana, en que este poeta hace aparecer á Glaura, hija del cacique Quilacura, y á Fresolano, mozo valiente, como descendientes de sangre de Frisios.

Algunos autores, entre ellos Marineo, en su Rerum Hispanorum, lib. XIX, cap. XVI, alega que los Romanos poblaron las Indias cuando este imperio estaba en su apogeo, ó sea, cuando Roma era dueña y señora de Europa y de Africa, fundándose en que los moradores de la Isla Atlántida habían dado, en su tiempo, á los Romanos, noticias de las Indias; que éstos poblaron sucesivamente las islas de Canarias, las de Barlovento, la Tierra Firme, México, Perú y demás comarcas de la América. También se fundan estos autores en las analogías entre Romanos é Indios, como pintar el rostro de sus divinidades con vermellón; la superstición de consultar las entrañas de los animales para inquirir ciertos hechos; contar en sus convites las hazañas de sus mayores. El convento de las Vestales de Roma, agregan, es igual al de las Vírgenes del Sol en el Perú y México; el templo del Sol en el Cuzco, semejante al Panteón de Roma; los grandes caminos y calzadas de los Incas también parecidos á los de los Romanos, y varios otros usos y costumbres análogos en ambos pueblos.

La aserción de haber los Romanos pisado el territorio americano en la época de su apogeo, parece algo acertada, pues se afirma ser un hecho que posteriormente hallóse en este territorio algunos vestigios de la existencia, allí, de los Romanos de aquella época; llamando mucho la atención el que, en las ruinas de Peten, en Guatemala, se haya encontrado monedas del tiempo de los Romanos y herraduras de caballos de mayor alzada que los comunes, en las orillas del mar que baña aquella parte del Continente; existiendo ambos objetos en el Museo Nacional de Guatemala.

Empero, el hecho de que los Atlánticos dieran noticias á los Romanos, de la existencia del Continente americano, es de todo punto inverosimil, porque de haber existido aquella isla, su hundimiento dataría de una época mucho más remota de la del Imperio Romano.

Varios escritores afirman que los Escitas (que en tiempos remotos fueron la nación más numerosa del Orbe, pues se extendieron desde la Germania hasta los confines del mundo conocidos de los antiguos, ó sea, desde Europa hasta el Asia), pasaron en dos ocasiones y en gran número, desde el Mongol á Indias, diseminándose por diversas comarcas del Nuevo Mundo, pues dicen que en todo el Continente americano, como en Estados Unidos del Norte, Canadá, México, Guatemala, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Brasil y otras regiones, se han encontrado usos y costumbres semejantes entre Escitas é Indios, y que eran tan bárbaros unos como otros; no dudando esos mismos escritores, que los Escitas fueron unos de los primitivos pobladores de América.

Enrique Martínez, en su Repertorio Mexicano, cap. II, pág. 204, supone que los Indios de México eran descendientes de los Curlandeses, provincia antigua de la Livonia, alegando que, situada esa provincia en la costa del Mar Báltico, pudieron pasar sus moradores á las Indias, y aduce como fundamento de su parecer, 'que la gente de esa provincia es de la misma traza, condición y brío de los Indios de Nueva España...... y—añade—lo que más me obliga á creer que aquella gente y ésta es toda una, es la cercanía de las tierras, que es menos de lo que ponen los mapas."

También es opinión admitida por algunos autores, que los Etiopes pasaron á Indias con los Fenicios y Cartagineses, pues suponen que los Moros fueron indios venidos á Africa con Hércules Tyrio, que venció á Anteón, rey del mismo Africa y jigante de sesenta codos, de cuyo escudo hace mención Melo en su Situ Orbis, Lib. VI, cap. IV, sabiéndose que su cadáver fué mandado enterrar por Sertorio. Algunos otros autores afirman que no queriendo estos Etiopes sufrir el yugo de los Cartagineses, se lanzaron por los mares en dirección á tierras remotas, tocando primero en las islas Canarias, y de allí en las Indias, para establecerse en Yucatán. También opinan que los usos y costumbres de estos Africanos eran semejantes á los indios Chichimecas, Chiriguanes y otras tribus bárbaras de América.

Han pretendido otros autores que los Francos fueron los descubridores de América. Marcos Lescarbot en su Histoire de la Nouvelle France, dice que los Galos se hicieron dueños del mar desde los primeros siglos después del Diluvio. Guillermo Postel en su Origine des Américains, sostiene que esos mismos Galos visitaban con frecuencia las costas de la América Septentrional aún antes de la era cristiana, opinión que también es apoyada por Mr. Murtrie en sus Sketches of Louisville, pues asevera que en tiempos remotos una colonia de Francos habitaba los bosques de América, mezclándose con una ó varias tribus de salvajes, á los que enseñaron algunas artes más necesarias á su bienestar; pero que mas tarde surgieron desavenencias y guerras entre ambas razas, en las que los salvajes, por su superioridad numérica, exterminaron á los llamados «Indios blancos,» quienes, desde entonces, desaparecieron para siempre, como también las artes que ellos cultivaban. Y por fin, Jacobo Charron, en su Histoire Universelle, asienta que hace más de mil años que los Celtas, gente numerosísima, pasaron á América, unos por el Oriente, desde Tenduc, atravesando la Tartaria hasta el reino de Annian; otros por el norte, desde Islandia hasta el Salvador, internándose á Tierra Firme.

En fin, es opinión de algunos historiadores, que los Ingleses é Irlandeses fueron los primeros pobladores de la costa septentrional de América, y, al efecto, dicen que Madoc Cambro, príncipe de Cambria ó Inglaterra Occidental, cansado de las guerras civiles que sostenía con sus hermanos sobre la sucesión del reino de su padre, Owen Guyueto, rey de Gales, determinó en 1170 (otros dicen 1190) dejar su patria y buscar nuevas tierras donde vivir en paz, con cuyo propósito emprendió una larga navegación hasta dar en comarcas desconocidas (que se presume sean las costas del Canadá y Terranova), en las que encontró cosas maravillosas. Después del descubrimiento de aquellas tierras, regresó á su patria, para contar á sus vasallos la felicidad que allí reinaba, y armando muchas naves, se llevó gran número de familias, con las que fué á poblar tan desiertos parajes, dando origen con ellas á formar una población importante; regresó nuevamente á Gales por más gente, y cargando diez navíos, se hizo á la vela, aumentando con este nuevo contingente de habitantes, la población de esos extensos países.

Pero toda esa diversidad de opiniones de los autores que acabamos de mencionar, tocante al origen de los Indios americanos, ya sean ciertas ó dudosas, fundadas ó aventuradas, el hecho es, que carecen de autenticidad, porque no descansan sobre ningún dato de fuente histórica que las pueda servir de apoyo; por consiguiente, todas ellas son basadas únicamente en cálculos expuestos á resultar fallidos, y no pasan de la categoría de meras conjeturas sobre un asunto aún obscuro. No obstante, si esas diferentes opiniones disienten en los detalles, en el fondo admiten que los primeros pobladores de América, ó sea, de la época postdiluviana, proceden de los habitantes del Antiguo Mundo conocido entonces.

Un erudito etnógrafo francés, Moreau de Jonnes, en su notable obra Statistique des peuples de l'antiquité, ha dicho: "De toutes les parties de l'Histoire, la plus féconde en erreurs est la recherche de l'origine des peuples." En verdad, refiriéndose tan sólo al Continente americano, el origen de las diversas razas de los Indios es uno de los problemas más difíciles de resolver, pues es casi imposible determinar, con exactitud, la procedencia de cada una de ellas, porque su origen se pierde entre la confusa sucesión de los siglos. El P. José de Acosta, en su Historia natural y moral de las Indias, califica de "arrojado y temerario al que pretendiera determinar la procedencia de los Indios." Apesar de haberse buscado las semejanzas entre las razas americanas y las europeas, africanas y asiáticas, las similitudes entre las lenguas del Antiguo Mundo y el Nuevo, y aún comparada la arqueología americana con la de Europa, la del Africa y la del Asia, no se ha podido aún decir la última palabra acerca de este problema sociológico.

Apesar de ello, la opinión que parece merecer alguna atención, es la expuesta por el erudito P. Fr. Gregorio Garcia en su ya citada obra Origen de los Indios en el Nuevo Mundo, religioso que, después de examinar las controversias de los muchos autores que han escrito sobre el mismo tema y de analizarlas una por una, termina por dar su parecer sobre la materia. He aquí lo que á este respecto opina este autor en el libro IV, cap. XXV de su referida obra: "Unos indios proceden de Cartagineses, que poblaron la Española ó Isla de Santo Domingo, Cuba, etc; otros, proceden de aquellas diez tribus que se perdieron, de quien hace mención Esdras; otros, proceden de la gente que pobló ó mandó poblar Ophir en la Nueva España y Perú; otros, proceden de la gente que vivía en la Isla Atlántida de Platón; otros, de algunos que partieron de las partes próximas y más cercanas á la sobredicha isla, pasaron por ella á las de Barlovento, que está bien cerca de donde ella estaba, y de aquellas á la Tierra Firme; otros, proceden de Griegos; otros, de Fenicianos; otros, de Chinos, Tártaros y otras naciones."—En seguida, agrega el mismo autor: "La primera razón y fundamento que para esto tengo, es hallar en estos indios tanta variedad y diversidad de lenguas, de leyes, de ceremonias, de ritos, costumbres y trajes; el segundo fundamento es, la dificultad que tiene creer que todos los indios proceden de gente que fuese á aquel Nuevo Mundo de sólo una parte del Viejo y con sólo un modo y manera de viaje; el tercer fundamento es, que se hallan en aquellas partes costumbres, leyes, ritos, ceremonias, vocablos y otras cosas de Cartagineses, de Hebreos, de Atlánticos, de Españoles, de Romanos, de Griegos, de Fenicianos, de Chinos y de Tártaros, argumento de mucha fuerza para probar que los Indios por su comunicación y trato amigable y por vía de conquista y guerra, se fueron mezclando de tal manera, que el linaje, costumbres, lenguas y leyes, han escapado mestizos de diversas naciones, cuales son las sobredichas. Esto es mi parecer y lo que siento acerca del origen de los Indios."

Participamos, no del todo, de la opinión del P. Gregorio García: en cuanto á lo referente al reino de Ophir y á la Isla Atlántida, lo primero, lo consideramos como una opinión aún incierta y no dilucidada del todo; y lo segundo, creemos que fué en época remota una porción de la misma América. Cuanto á lo demás, hasta cierto punto convenimos en ello, porque la diversidad de lenguas, leyes, ritos, ceremonias, costumbres, trajes y otras particularidades que en aquella época distante distinguían á las agrupaciones indígenas y que aún existen en diversas comarcas del Continente americano, puede ser una prueba aceptable ó evidente de que los Indios postdiluvianos de América son de origen diverso y proceden de razas distintas.

Además, la opinión del P. Fr. Gregorio García está robustecida por la del abnegado misionero P. Domeneck, que en su obra Desiertos del Nuevo Mundo, se expresa en los siguientes términos: "Nuestra convicción, en este interesante asunto, es que la América ha sido poblada por emigraciones voluntarias ó accidentales, de diversas naciones; que estas diversas naciones, después de multiplicarse, se encontraron, se mezclaron, y que, por el cruzamiento de las razas, la diferencia de los climas, los cambios de vida y muchas otras razones de la misma naturaleza, perdieron su carácter primitivo, para formar otra combinación heterogénea de color, de costumbres, de gustos, de lengua y de religión, que desvía la ciencia y la investigación del anticuario."

Por consiguiente, admitiendo, en parte, la opinión de los PP. García y Domeneck, trataremos de ampliar y robustecer este punto tan debatido; empresa bastante escabrosa, teniendo que atenernos, en muchos casos, á lo dicho por historiadores antiguos y modernos, que no siempre están en concordancia unos con otros.

Veamos ahora las opiniones emitidas por los antiguos y modernos historiadores, referente á la grande isla Atlántida, cuya existencia en época remotísima ha sido puesta en duda por algunos autores; viendo ciertos etnógrafos, en ella, el camino por el cual vinieron las primeras emigraciones á América.

Platón fué el autor más antiguo que dió noticia de la existencia de la Atlántida, pues en su Timeo ó la Naturaleza, que escribió 430 años antes de la era cristiana, se expresa así, dirigiéndose á los Atenienses: "Se tiene por cierto que en tiempos remotos vuestra virtud resistió á innumerables enemigos que salieron del Mar Atlántico; habían tomado y ocupado casi toda Europa y Asia...... pues existía á la boca del estrecho y casi á su puerta, una isla que comenzaba desde cerca de las columnas de Hércules, y que dicen fué mayor que el Asia y la Libia: dicha isla mantenía relaciones y comercio con otras islas y por ellas se comunicaba con un continente, situado en la frontera, y el cual era vecino del verdadero mar."[66].

Plutarco, en su Symposiacon; Séneca el Trágico, en su Medea, acto II: Tertuliano, en Hermógenes, cáp. XXII y en De Pallio, cap. II; Luciano, en Hermotino; Orígenes, en Periarcon, lib. II, cap. III; Pamelias, en Pallio, cap. II; Vossio, en Mathematicas, cap. XLII, § X; Aristóteles, en su libro Del Mundo; Rodigino, en sus Lecturas antiguas, lib. I, cap. XXII y lib. XVII, cap. XXXV; San Clemente, en su Epístola; San Jerónimo, en Ad Ephesios, lib. I, cap. II; y algunos otros autores notables de la antigüedad, como Crantor, Porfirio, Proclo, Marcilio, Ficio, Diodoro de Sicilia y tantos otros concuerdan en que "después de la Isla Atlántida se navegaba á otras islas vecinas á la tierra Continente y que después de ella se seguía el verdadero mar." Se colije de allí que las islas vecinas á la tierra Continente, son las conocidas de Cuba, Puerto Rico, Jamáica y otras; la tierra Continente, es México y el Perú; y el verdadero mar, el Pacífico.

Cuanto á la gran Tierra ó Isla Atlántida que se cree haya dado su nombre al Océano Atlántico[67], es conocida hoy únicamente por las controversias suscitadas entre los escritores antiguos y modernos sobre su existencia y el punto que ocupó, pues opinan que se hallaba extendido desde las Canarias hasta las Azores, y que estos dos grupos de islas denominadas antiguamente Islas Afortunadas (quizá por haber escapado del gran cataclismo que hundió la Atlántida), son los restos de aquella tierra, que, en una noche, fué sumergida, dicen, por un gran cataclismo ó fuertes conmociones volcánicas[68]. Y al atenernos á la opinión de autores antiguos, parece que habría existido esa gran isla y podido sus habitantes trasladarse fácilmente al Continente americano.

Muchos son los escritores, tanto antiguos como modernos, que, además de Platón, dan cuenta de la Atlántida, entre otros, Homero, en su Odisea y en su Iliada; Solón, en su Tratado de las Leyes; Hesiodo, en su poema Caja de Pandora; Eurípides, en su tragedia Electra; Plinio, en su Historia Natural; Aristóteles, en su Mirandis Naturæ; Lippio, en su Phisiologia Stoicæ; Pamelio, en su Apologotico de Tertuliano; Crantor, en sus Comentarios de Crisias; Diodoro de Sicilia, en su Bibliotheca Historica; Plutarco, en su Vida de Sertorio; Arnobio, en su obra Contra los Gentiles; Becano, en su Original de Autuerpia; Turnebo, en su Adversus; Vivas, en sus Notas sobre San Agustín; Bosio, en su obra De Signis Eclesiastes; Gomara, en su Historia Indiana; Zárate, en el prólogo de su Historia del Perú; Solórzano, en su Política Indiana; Luis de León, en su Abdias; Meseia, en su Silva; Maluendo, en su Antechristi; Pineda, en su obra De rebus Salomone; Maydo, en sus Días Caniculares; Hervas, en su Catálogo de Lenguas; y otros más, concordando todos en que la Atlántida existió en tiempos muy remotos, para desaparecer, en el espacio de una noche, por efecto de un gran cataclismo geológico. Opinan también que "los Indios americanos tienen su origen de la gente que vivía en la Isla Atlántida, que de allí pasaron primero á las islas de Barlovento ó Hespérides, cerca de la Atlántida, y de aquellas á la Tierra Firme de América, pues según afirma Platón en su Timeo, y con él Hesiodo, Eurípides y Solón, "la Isla Atlántica era una isla de tanta grandeza, que era mayor que Africa y Asia juntas, desde la cual había contratación y comercio á otras islas, y de estas islas había comunicación y trato á la Tierra Firme y Continente que estaba frontero de ellas, vecino del verdadero mar;" añadiendo además, Platón: "que los habitantes de la isla Atlántica tenían conocimientos de la navegación y arte de hacer navíos y que tenían grande suma y copia de navíos y aún puertos hechos para conservación de ellos."

Estas noticias dadas por Platón en su Timeo, son, lo repetimos, las más antiguas y circunstanciadas sobre la isla Atlántida ó Atlántica, sobre su situación y extensión[69]; empero, á juicio de algunos críticos, ellas no bastan ni dan fundamento para haber asegurado la existencia, en aquellos tiempos, de la vastísima isla de la Atlántida, que algunos autores creen que haya sido parte de la misma América.

El hecho real es, que la existencia de la pretendida Isla Atlántida se halla aún envuelta en el mayor misterio. Se supone que en época remotísima haya habido comunicación por tierra unida entre la América y la Africa, y que esa misma porción de tierra fuera la desaparecida con el cataclismo á que aluden Platón y demás autores antiguos.

Kircher, en su Mundus subterraneus, lib. III, cap. XII, dice: "Las Canarias y las Azores, islas del Océano Atlántico, ¿no podrían ser los restos de la tierra conocida con el nombre de Atlántida? Estas islas tienen montañas muy sólidas y elevadas, y los valles intermediarios quedaron sumergidos cuando por efecto del temblor de tierra y del diluvio, este Continente desapareció de las aguas del mar."

Otro escritor contemporáneo, Feliciano Cajaravilla, en sus Consideraciones histórico-críticas sobre los antiguos habitantes del Perú, asienta también al respecto, que "es presumible que en el decurso de muchos años ó siglos talvez, el estudio constante y los adelantos siempre crecientes de las ciencias geológicas y experimentales, lleguen á evidenciar lo que hasta hoy no es más que una conjetura, con todos los caracteres de probabilidad, esto es que el Continente Americano estuvo unido haciendo parte del Antiguo Mundo y que fué separado por algún cataclismo terráqueo á manera de aquel que en 1309 (según aseveran Gerardo Mercator en su Colección de Mapas, de 1595, y J. Hundy en su obra Das Neue Tief oder Schiffart, de 1630), separó la isla de Ruggen, de las costas de Meklemburgo, de la isla de Ruden."

Algunos escritores modernos sostienen que la geología prueba la imposibilidad completa de la Atlántida, de la que serían restos las islas que subsisten en el Océano Atlántico. Joaquín M. Bartrina, en la conferencia que sustentó en el Ateneo Barcelonés el 22 de Abril de 1878, sobre el tema La América precolombiana, opina que: "Talvez leyendo con más atención el debatido texto de Platón veríamos que no en el Océano Atlántico, sino en otro mar, como por ejemplo, el Negro, podríamos situar su Atlántida, que al fin era una isla cuya extensión, tan exagerada fija Platón...... La hipótesis de la Atlántida, por lo fantástica y teatral, puede ahora admitirse en las creaciones de la imaginación."

Este juicio de Bartrina tocante á la Atlántida, lo hallamos demasiadamente lijero y poco acorde con la opinión emitida al respecto por tantos sabios de la antigüedad.

Empero, quizá sea una hipérbole la existencia de la pretendida Isla Atlántida emitida por Platón y demás autores citados, pues algunos historiadores más modernos, entre ellos Francisco López de Gomara, en su Historia General de América, cap. CCXX, es de opinión que "la gran Isla Atlántida, mayor que Asia y Africa juntas, según lo ha dicho Platón, existió en realidad y existe todavía, porque no es otra que la misma América;" asentando en apoyo de sus conjeturas, que el Océano Atlántico no es de bastante extensión para haber contenido en su seno una isla ó continente igual á Asia y Africa conjuntamente[70].

Y no solamente Gomara opina que la antigua Atlántida haya formado parte del Continente Americano, sino también varios otros historiadores y geógrafos contemporáneos, como Malte-Brun, en su Géographie Universelle; Letronne, en su Essai sur les Andes cosmographiques; Gosselin, en su Géographie de l'Amérique; Martín, en sus Études sur la terre de Platon; Postel, en su Cosmogonie descriptive; y Welflict, en su Histoire Universelle des Indes Orientales; reconociendo todos, la misma afirmación asentada al respecto por Gomara.

El presbítero Juan de Velasco, en el tomo I, de su Historia del Reino de Quito, pág. 151, robustece aún más la opinión de Gomara, pues dice: "El que hubiese habido antiguamente comunicación por tierra unida entre la América y la Africa, es asunto que puede llamarse no sólo verosímil, sino también demostrado en el día. Lo persuaden así las observaciones y cartas del bajo fondo que Mr. Buache presentó á la Academia de París en el año 1737, las cuales, examinadas después, demuestran la dirección de montes subaqueos, puestos como sobre una cordillera, desde el cabo Tagrin de Africa hasta la costa del Brasil en América."

Cuanto á la opinión de los mismos autores antiguos, de haberse sumergido la Atlántida con un gran cataclismo producido por lluvias torrenciales, ó irrupciones volcánicas que grandes terremotos produjeran, el predicho Gomara supone que aquel funesto acontecimiento pudo haber tenido lugar sólo en la parte que quizá antiguamente unía la Africa con la América; en cuyo caso Platón habría sufrido involuntariamente un error, sin haber querido inventar una fábula, como lo pretenden algunos, entre otros el P. José de Acosta, que en su Historia Natural, cap. XXII, dice: "Todo lo referido por Platón en su Timeo, respecto de la pretendida Isla Atlántida, es fábula." Este mismo concepto del P. Acosta ha sido combatido por algunos escritores contemporáneos suyos, entre ellos, el P. Fr. Gregorio García, en su obra ya citada, desde la pág. 146 hasta la 151, probando que los intérpretes de Platón, como Crantor, Marcilio, Ficino y Plotino, en la antigüedad, Juan Serrano, posteriormente, tienen por verídico lo referido por el filósofo de Atenas en su Diálogo de Timeo. Además, Platón ha sido tenido en todo tiempo en tan grande estima y reputación en materia de filosofía, de historia y aún de teología, que su gran saber le ha merecido el epíteto de «Divino.» Sietecientos y cincuenta años antes de que Platón escribiera su Timeo, según él mismo lo asevera, "sucedió la guerra entre los Atenienses y los Atlantes, y después hubieron espantosos terremotos y extraordinarias lluvias que inundaron completamente la isla, desapareciendo de la superficie del Océano." Según lo refiere el mismo Platón, si la guerra entre los Atenienses y Atlantes tuvo lugar en el siglo trigésimo de la Creación del Mundo, según la cronología hebráica, sobreviniendo en seguida la espantosa catástrofe á que alude el gran filósofo griego, evidente es, que la América (ó sea la misma Atlántida, á juicio de Gomara), pudo haber sido habitada desde tiempos inmemoriales, como lo comprueban los esqueletos humanos que, junto con osamentas de mamíferos de las épocas Terciaria y Cuaternaria se han encontrado en el suelo de este Continente, restos que, hipotéticamente hablando, se remontan á una época antediluviana.

En resumen, eminentes hombres de ciencia de la actual época, después de largas investigaciones practicadas últimamente tocante á la Atlántida, han llegado á la conclusión de que esta famosa isla existió en verdad, como lo demuestran en las publicaciones que en estos últimos tiempos se han hecho en Berlín, corroborando, también, que la isla Atlántida formaba parte de un vasto Continente, que no pudo ser otro que el de Africa ó de América, hace ya como unos quince mil años, habiendo desaparecido á raiz de un colosal fenómeno sísmico, que la borró del Mundo para siempre. En tal virtud, las conclusiones emitidas por esos hombres de ciencia, parecen confirmar la obscura tradición que dejara Platón.

Volviendo á los primitivos habitantes de América, al atenernos á la tradición hebráica, tanto ellos como todos los de la Tierra entera, (salvo Noé y su familia), habrían perecido en la catástrofe del Diluvio Universal[71], acaecido, según algunos cronologistas, 1656 años después de la Creación (ó 2348 antes de la era cristiana). Desde esta catástrofe universal trascurrió mucho tiempo para que el Nuevo Mundo volviera á repoblarse, pues los hijos de Noé llamados Sem, Cam y Jafet, vivieron en las llanuras de Senaar, entre el Tigris y el Eufrates, y tuvieron gran descendencia, multiplicándose extraordinariamente en el decurso de los cuatrocientos años que, se supone, mediaron desde el Diluvio hasta la construcción de la Torre de Babel, monumento que los descendientes de Noé intentaron elevar en muestra de su poder y orgullo; pero este intento desagradó tanto al Criador, que, en castigo de la osadía de esos hombres, hizo que se confundiera la lengua de tal modo, que no entendiéndose los unos con los otros, se separaron, quedando la torre sin concluirse: á la confusión de las lenguas en Babel, sucedió la dispersión del linaje humano, formándose, desde entonces, todos los reinos de la Tierra.

Los descendientes de Sem (cuyos hijos fueron Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aran) fueron los que menos se extendieron por el mundo, pues permanecieron en la Asia Occidental, cuna del Género Humano, después del Diluvio.

Los descendientes de Cam (cuyos hijos fueron Cus, Misraim, Fut y Canaán), se propagaron por el Occidente de Asia y por el norte y oriente de Africa; y los descendientes de Jafet[72], cuyos hijos fueron Goomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mosoc y Tiras), ocuparon en Europa y Asia dilatadas regiones, dominando países poblados antes por los de Sem, y sometiendo á los de Cam, siendo estos descendientes de Jafet los que formaron las dos razas más numerosas y difundidas por todo el mundo, cuales son, la Turania, que desde el centro de Asia se extendió hasta la cuenca del Danubio, en Europa, y la llamada Indo-Europea, que se dilató desde la India hasta el occidente de Europa, y después hasta el hemisferio de América y de Oceanía[73]. Estas tres grandes razas apesar de su separación han conservado siempre la semejanza de su origen.

Fracciones de alguna de esas razas (probablemente la de Jafet) atravezarían talvez la gran isla de la Atlántida (quizá parte de la misma América), cuya existencia en aquellos remotos tiempos, como lo hemos dicho ya, es testificada por numerosos autores antiguos, y de ahí, según opinión de esos mismos autores, pasarían á las playas del Nuevo Continente, estableciéndose allí y repoblando ese Hemisferio.

Posteriormente, con el trascurso de los tiempos, de presumir es, que varias otras inmigraciones se dirigirían al Nuevo Mundo, antes del funesto hundimiento de la Isla Atlántida, cuya fecha exacta no conserva la tradición, si bien Platón da á entender que esa catástrofe aconteció por el año 3163 de la Creación.

Si se tratara de averiguar cuáles serían las causas primordiales de esas inmigraciones en aquellos tiempos lejanos, podrían atribuirse, en parte, y quizá sin equivocarse, á las no interrumpidas guerras que entonces devastaban y diezmaban las diversas nacionalidades del Antiguo Mundo, entre las cuales figuraban ya grandes Estados.

Para que se juzgue cuán fundada puede ser nuestra hipótesis, citaremos algunas de esas numerosas guerras de exterminio, ciertos de que, por su relación, no será aventurado, lo repetimos, colegir que ellas han podido, en parte, influir en las diversas inmigraciones que tanto de Europa, de Africa y de Asia han aportado á las playas americanas, en esas épocas remotas, en busca de un país al abrigo de esas guerras vandálicas que en los Antiguos Continentes causaran la desaparición de tantos reinos é imperios.


El Egipto es la nación civilizada más antigua de la Tierra, pues se remonta á una época en que todos los demás pueblos estaban aún en completa barbarie: era ya floreciente en tiempo de Abraham (2296 años antes de la era cristiana), pues su dinastía de reyes, según Manethon, sacerdote egipcio y autor de la Historia Universal de Egipto (que vivió en el reinado de Ptolomeo Filadelfo, 263 años antes de J. C. y encargado de custodiar los archivos sagrados en el templo de Hierópolis), se remonta al quincuagésimo primer siglo y aún más lejos, siendo, sin disputa, una de las monarquías más antiguas del Mundo, y, con razón, señalados sus habitantes, por algunos egiptólogos, como unos de los primeros pobladores de América.

Los Egipcios tuvieron guerras durante muchos siglos consecutivos. Primero, contra los Hyksos de la Caldea ó reyes pastores, que invadieron ese reino, y contra los cuales lucharon durante ciento cincuenta años, lucha que al fin terminó con la expulsión de los invasores, consumada por el rey de Tebas, Ahmes ó Amosis I, recobrando entonces el Egipto su anterior esplendor. Mas, en la larga lucha contra los Hyksos, los soberanos de Egipto se hicieron conquistadores, pues invadieron sucesivamente la Etiopia, la Escitia, la Tracia, la Siria, la India, la China y el Japón, sosteniendo guerras que duraron el largo espacio de cinco siglos. Años más tarde, lucharon nuevamente los Egipcios contra los Etiopes, que se desbordaron sobre ese reino y se aliaron con Oseas, rey de Judea, para resistir á Salmanazar, rey de Asiria. Por fin, Cambises, rey de Persia, invadió también este reino y lo sometió á su vez á su dominio, hasta que, con la muerte de Cleopatra, cayó bajo la tutela de los Romanos, quienes lo redujeron á provincia de su imperio, en el año 29 antes de J. C.

De suponer es, que en tantos siglos de luchas sostenidas por los Egipcios, algunas colonias huyeran de las devastaciones que aniquilaban su país, dirigiéndose á América, pues, como dice la Historia, ellos fueron muy diestros en la navegación.


La Grecia fué la primera nación en el arte de navegar, (después de los nietos de Noé, por la sucesión de Jafet) pues la navegación de Argos, en tiempo de Fineo, rey de Bitinia, es la más remota de todas las conocidas.

La Grecia sostuvo también, desde tiempo inmemorial, largas guerras y luchas intestinas. La expedición de los Argonautas, que tuvo por objeto defender á la Grecia de las invasiones de los piratas de la Cólquida, en la que tomaron parte Jasón, Castor y Polux, Peleo, Orfeo, Esculapio, Linceo, Tifis, Teseo y Hércules; la sangrienta guerra fratricida de Tebas ó de los Epigones, en la que se manifestó la ferocidad de la época; la famosa guerra de Troya, efectuada con una flota de mil velas y un ejército de cien mil hombres, en la que tomaron parte Ulises, Nestor, Idomeneo, Aquiles, los dos Ayax, Diómedes y Filóctetes, guerra que duró diez años, hasta que Troya cayó en poder de los Griegos y fué reducida á cenizas; la invasión de los Dorios; la guerra Sagrada, llamada así porque se hizo en defensa del templo de Delfos, la que duró diez años, entre Atenienses y Crisos, resultando éstos vencidos; las tres guerras de Mesenia, la primera que alcanzó veinte años, la segunda cuarenta años después, y la tercera dos siglos más tarde, contiendas en las que al fin fueron dominados los Mesenios por los Espartanos, que los obligaron á emigrar á Sicilia; la batalla de Lade, entre Persas y Miletos, en que éstos fueron derrotados; la batalla de Maratón, también contra los Persas, en la que éstos, á su vez, fueron vencidos; las tres famosas guerras Médicas, que duraron treintiseis años, principiando con la expedición de Jerges contra la Grecia, compuesta de un formidable ejército de cinco millones de hombres y una flota de mil doscientas naves, las que terminaron con la batalla de Salamina, en Chipre (479 años antes de J. C.), y destrucción de Atenas; la batalla de la Platea, entre los Persas y los Atenienses y Espartanos, que dió por resultado la segunda destrucción de Atenas; la batalla de las Termópilas y la de Tespias; la guerra del Peloponeso (431 años antes de J. C.), entre Espartanos y Atenienses, que duró veintiseis años, cuyo desenlace fué favorable á los primeros; la expedición á Sicilia y á Siracusa, que fué adversa á los Atenienses; el combate de Micale, en la Asia Menor, entre los Persas y los Griegos y Jonios, alcanzando estos últimos una completa victoria; la batalla de Cunaxa, que terminó con la portentosa retirada del ejército de Jenofonte; la conquista de Bizancio por los Griegos; la expedición de Agesilao, que se apoderó de la Misia, Lidia y Caria, deshaciendo el ejército persa; la batalla de Tegira, en la que fueron vencidos los Espartanos por los Tebanos; las batallas de Delio y Anfípolis, entre Atenienses y Boecios, que terminó con la paz de Nicea; la batalla de Leuctres y la de Arbeles, en que fueron derrotados los Lacedemonios; la victoria de los Atenienses contra los Espartanos en Helesponte; la batalla de Mantinea, en la que murió Epaminondas, entre Tebanos y Espartanos, triunfando los primeros; la batalla de Conorea ó Quenorea, en la que sucumbió la libertad griega; el sitio y toma de Tebas por Alejandro el Grande, en que seis mil griegos fueron pasados á cuchillo, treinta mil vendidos como esclavos y la ciudad arrasada; la expedición á la India llevada á cabo por el mismo Alejandro, en la que tuvo lugar la batalla de los Elefantes entre Atenienses y Macedonios; la guerra de Lamiaca; la invasión de los Galos, que talaron la Macedonia, la Tesalia y entregaron al pillaje la Grecia central; la dominación de los Etolianos; la batalla de Selacia, en la que sucumbió el ejército espartano; la guerra de las dos Ligas, que duró tres años; la batalla de Cinocéfalos, de cuyo resultado la Macedonia fué reducida á provincia romana; y, finalmente, la reducción de la Grecia á provincia romana bajo el nombre de Acaya.

En estas numerosas y no interrumpidas guerras y batallas que Grecia tuvo que sostener durante más de doce siglos, y que por fin terminaron con la nacionalidad de este antiguo Estado, ¿no es de suponer que algunas fracciones de pueblos, agoviados por tantas y tantas calamidades, trataran de buscar albergue en algunas comarcas donde estuvieran al abrigo de esas devastaciones, y que, con tal motivo, arribarían á las playas de América?


La República de Fenicia, aunque reducida en territorio, fué una de las naciones más civilizadas del Asia, atribuyéndosele ser la cuna de las letras, de la escritura y de los libros, pues así lo asevera el poeta latino Anneo Marco Lucano, en el lib. III de su Pharsalia, y el ser también los Fenicios unos de los primeros que emplearon el arte de la navegación y enseñaron á dar batallas navales. Ellos, de cuenta y orden del Faraon Nekohó ó Nechao, traspasaron las columnas de Hércules, que hasta entonces habían sido consideradas como el límite oeste de la Tierra y navegaron á lo largo de la costa africana por su parte occidental, siendo indudable, según opinión de algunos autores antiguos, que conocieron la existencia del archipiélago de Canarias, refiriéndolo así Aristóteles, en su obra Mirabilibus Auscultationibus, lib. II, cap. IV. Séneca, en sus Controversias, opina también que los Fenicios tuvieron algún conocimiento de América, pues dice que "ellos habían conocido unas tierras ignoradas que estaban situadas más allá de lo que fué la Atlántida." Diodoro de Sicilia, en su Bibliotheca Historica, afirma igualmente que "habiendo pasado las columnas de Hércules fueron llevados por furiosas tempestades hacia tierras muy distantes del Océano y que desembarcaron al lado opuesto de Africa, en una isla muy fértil, regada por ríos navegables." Esa pretendida isla pudo ser la América, atenta su situación geográfica con respecto de Africa. Pablo Félix de Cabrera, de Guatemala, se esfuerza en demostrar, fundado en inscripciones geroglíficas mexicanas, que la primera inmigración de Fenicios en América tuvo lugar en la época de la primera guerra Púnica, (266 años antes de J. C.).

Cuanto á las guerras sostenidas por los Fenicios, como cruentas y continuas, al fin diezmaron sus provincias. El rey Elulio sostuvo un sitio de cinco años contra Salmanazar, rey de Asiria, sitio que ningún resultado produjo, porque no pudo el invasor apoderarse de la ciudad marítima de Tiro. Nabucodonosor II, más afortunado que Salmanazar, invadió la Fenicia, atacó á Tiro y la destruyó después de un sitio de trece años. Fué, también, sometida la Fenicia por Ciro, rey de Persia, que la conservó bajo su poder, hasta que Alejandro el Grande, después de la batalla de Iso, la tomó al cabo de un largo sitio, y, como vencedor, hizo crucificar á dos mil de sus habitantes, con implacable fiereza.

¿No es presumible que en ese intérvalo de guerras encarnizadas algunas colonias de Fenicios, huyendo de tantos desastres, arribaran á las playas americanas, tanto más, que, debido al genio emprendedor de este pueblo, había estendido su navegación á las más apartadas regiones, llevando con sus bajeles, sus costumbres, sus instituciones, sus artes, todos sus conocimientos, en fin?


Se supone que 500 años antes de la era cristiana, los Cartagineses invadieron también el continente americano. La República de Cartago, fundada 878 años antes de J. C., fué una de las naciones más adelantadas de la antigüedad, llegando á ser dueña del mar durante más de seis siglos, y por ende, muy temida por su marina, muy poderosa por sus ejércitos, muy opulenta por su riquísimo comercio. Es opinión de varios historiadores antiguos que los Cartagineses en la época de su gran poder en el mar, colonizaron las islas Canarias, de donde es probable pasarían á las Antillas, pues si hemos de dar crédito á la autoridad de Aristóteles, ellos armaron numerosas galeras y navegaron desde las Columnas de Hércules hasta una isla distante de la costa de Berberia, en la que se quedaron, arraigándose. Se supone que la referida isla sea la conocida de Santo Domingo, desde la cual, según otros autores antiguos, pasarían á las de Cuba y algunas más de las Antillas, y de estas islas á la Tierra Firme de América, poblando sucesivamente Nombre de Dios, Panamá y el Perú. Es de presumir que los Cartagineses se hubieran realmente aventurado á atravesar el anchuroso mar que divide el Antiguo Mundo del Nuevo, pues que ellos fueron los iniciadores en armar galeras de vela. La República africana de Cartago, para sostener su autonomía, tuvo que soportar largas luchas. Afortunada en un principio, con reiteradas invasiones completó la conquista de la Sicilia. Mas, no pudiendo los Romanos ver de buen grado el engrandecimiento de los Cartagineses, abrieron la primera guerra Púnica so pretexto de protejer á los Mamertinos, guerra que duró veintisiete años, terminando con la derrota de los Cartagineses en las islas Eguses. La segunda guerra Púnica (219 años antes de J. C.), fué originada por la ruina de Sagunto, aliada de Roma, poniendo á Roma al borde del abismo. Por fin, la tercera y última, circunscrita al asedio, toma é incendio de Cartago, duró sólo tres años, dando por resultado la reducción de su territorio á provincia romana.

Durante las guerras Púnicas, que fueron para los Cartagineses tan desastrosas, natural es suponer que ellos teniendo conocimiento del Continente americano, (por haber anteriormente arribado á sus playas, cuando esa República se encontraba en su apogeo marítimo), tratarían de refugiarse nuevamente en este hemisferio que les brindaba la paz y quietud desaparecidas de su suelo.


Hay también fundadas probabilidades de que partidas de Hebreos inmigraran á América. Los Hebreos, según sus auténticos textos, fueron víctimas de frecuentes guerras y luchas intestinas, hasta ofrecer al mundo entero el triste espectáculo de su destrucción y servidumbre.

Las largas contiendas que los Hebreos sostuvieron durante dieziseis siglos, desde los tiempos patriarcales hasta la venida de Jesucristo, fueron: la batalla de Rafidin contra los Analecitas, en la que éstos fueron derrotados por Josué; el castigo del pueblo hebreo, ordenado por Moisés, consistente en la inmolación de 23,000 hombres en un día; las tomas de las ciudades de Jericó y Hay por Josué; la batalla de Gaban contra los Cananeos; la batalla de los Madianitas, ganada por Gedeón; el combate contra los Amonitas y Filisteos, tras del cual fueron estos últimos vencidos por Jefthé; la lucha contra Samsón, que produjo 4,000 víctimas; el combate contra los Filisteos, durante el cual quedaron en el campo de batalla 30,000 hombres; el combate contra los Amonitas, en el que éstos fueron vencidos por Samuel; el combate contra los Idumeos, Moabitas y Amonitas, que terminó con el triunfo de Samuel; el combate contra los Amalecitas, en el que 1,000 combatientes fueron pasados á cuchillo por orden de Saul; el combate entre las fuerzas de David y Goliath, que dió como resultado la muerte de este gigante con sus 10,000 Filisteos; la batalla de Gelboe, en la que fueron derrotados los Israelitas por los Filisteos; la encarnizada guerra civil entre las fuerzas de David y las de Isboseth; la toma de Rabba por el ejército de Joab y Abisai, en la que todos los vencidos murieron en los mayores tormentos; la batalla de Efraim, en la cual fué derrotado Absolón; la guerra contra los Filisteos y Árabes, entrando estos últimos á saco en Jerusalem; el sitio de Jerusalem por Hazael, rey de Siria; la batalla contra los Idumeos, en que éstos fueron derrotados; las batallas libradas por Osías contra los Idumeos, Filisteos, Árabes y Amonitas, que fueron sucesivamente vencidos por este príncipe judío; las batallas libradas contra la Siria, ganada por Tegla-Falasar; las batallas entre las fuerzas de Ezequías y los Filisteos; el sitio de Jerusalem sostenido por Senaquerib, durante el cual murieron 185,000 hombres; las batallas sostenidas por Manasés contra los Asirios; las sangrientas batallas de Majedo, entre las fuerzas de Josías y las del rey de Egipto, Necas, que terminó con la toma de Jerusalem por este último; la segunda toma de Jerusalem por Nabucodonosor II, rey de Babilonia; el sitio de Bethulia; la invasión de la Judea por Holofernes; el sitio de Babilonia por el ejército medo-persa mandado por Ciro; el largo cautiverio de los Judíos; la persecución de los Judíos por Antioco Epifanes, en la que fueron degollados 40,000 Israelitas; la sublevación de los Judíos á órdenes de Mathatías; las guerras entre las tropas de Judas Macabeo y las de los generales Apolonio, Serón, Lisias y otros, que terminaron con las victorias que éste obtuvo sobre los generales sirios Timoteo y Nicanor; las victorias obtenidas por Jonathás sobre los generales sirios Baquidis y Apolonio; los disturbios promovidos en la Judea por los Fariseos, Saducos y Esenianos; la victoria obtenida por Hircano sobre los Idumeos; la guerra sostenida por Alejandro Janeo con los Egipcios, en la que vencieron éstos; la intervención de los Romanos, que se apoderaron de Jerusalem, pasando los Judíos á la dominación de éstos; el segundo asalto de Jerusalem por las legiones romanas mandadas por Herodes; la toma de Jerusalem por Tito, en la que perecieron 1.300,000 Judíos; y por fin, la sublevación de los Judíos encabezados por Barcoquebas, en la que 500,000 Judíos fueron pasados á cuchillo, y con cuya carniceria terminó la nacionalidad judía, á principios de la era cristiana, esparciéndose por el Mundo los pocos que sobrevivieron á esa massacre.

Cansados los Hebreos de sufrir tantas luchas y del prolongado yugo de los extranjeros que los tenían reducidos á la condición de esclavos, es lógico creer que muchos de ellos se determinaran á abandonar su suelo natal para dirigirse á regiones distantes ó apartadas, siendo probable que una de esas regiones fuera, talvez, el suelo americano.

Además, retrocediendo á época anterior y según el lib. IV de Esdras, las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, rey de Asiria (721 años antes de la era cristiana), "pasaron á una región donde nunca habitó el Género Humano, para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su tierra; entraron por unas angosturas del río Eufrates y llegaron á la región llamada Arsareth." Gilberto Genebrardo, al interpretar lo dicho por Esdras, opina que Arsareth es la Tartaria y añade: "Como si dijera Esdras, que pasado el río Eufrates vinieron á los desiertos de Tartaria, y de allí hacia la isla de Groenlandia, territorio de América." El P. Maluenda, en su obra De Antiquitates, cap. XXVIII, cree que Arsareth, donde llegaron las diez tribus, es aquel promontorio que está en la última Escitia ó Tartaria, del cual está dividida la América por sólo el Estrecho de Annian. Esta afirmación es apoyada por varios autores antiguos, los que afirman que estas diez tribus vinieron á poblar el Continente americano. Posteriormente, el rabbí Manassés Ben Israel, en su obra La Esperanza de Israel (Amsterdam, 1650), trató también esta materia con alguna extensión, asegurando, que en las cordilleras de la América Meridional vivía un número considerable de indios descendientes de Israelitas. Adair, que vivió cuarenta años entre los indios, observa en su History of the American Nations, pág. 15, que el origen de los indios es israelita, fundándose, principalmente, en los ritos de éstos, que son casi semejantes á los del pueblo hebreo. También Heckewelder, Beltrani, Laet, Moraez, Bealty, Stanhop, Smith y otros autores, en sus respectivas obras, concuerdan en la opinión de ser los indios descendientes de Hebreos. El P. Fr. Juan de Torquemada, en su Monarquía Indiana, tom. I, lib. V, cap. II, y Jorge Jones en su voluminosa obra Identity of the aborigines of America with the people of Tyrus and Israel, se declaran también defensores de esta teoría. Lord Kingsborough, en su extensa obra, en nueve volúmenes, hace igualmente numerosas deducciones para probar la colonización de América por los Hebreos. Además, Gilberto Genebrardo, en el libro I de su Chronologia, pág. 162, refiere que en una de las islas del archipiélago de las Azores, se encontraron sepulcros debajo de tierra, con inscripciones hebreas muy antiguas.

Los autores citados que atribuyen una estirpe hebrea á las razas indianas de América, no están contextos siempre en lo tocante á la venida de los Israelitas al Nuevo Mundo, pues unos opinan que llegaron de Oriente á Occidente, estableciéndose en el centro y sud de este Continente; pero la mayoría es de parecer que atravesaron la Persia, la frontera de la China, y en seguida el estrecho de Annian, en el Continente occidental.

La opinión emitida á este respecto por los autores antiguos y modernos, nos induce á creer que, quizá, parte de los Americanos han procedido de los Hebreos de las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, las que probablemente se dirigirían á la Tartaria y de allí á la Mongolia, pasando en seguida por el reino de Annian, luego por el de Quivirá, poblando por fin México, y sucesivamente Panamá y el Perú.


Hay fundamento para creer que algunas colonias de los Romanos emigraron al Nuevo Mundo, en época anterior á la del Cristianismo. Los Romanos, desde la fundación de su capital (753 años antes de J. C.) hasta la decadencia y término total de su imperio (año 476 de la era cristiano), tuvieron que sostener numerosas sucesivas guerras externas y disturbios internos que diezmaron grandemente sus provincias.

Tanto durante la República, como durante el Imperio, las constantes luchas en que los Romanos estuvieron empeñados, dieron por resultado la conquista de casi todo el Mundo conocido por los antiguos: la España, la Galia, la Italia, la Bretaña, los países del Danubio y los situados sobre el mar Egeo y el mar Negro, como también la Asia Menor y la Siria, é igualmente el Egipto, la Libia, la Numidia y la Mauritania. Todas estas naciones cayeron sucesivamente bajo el dominio de los Romanos.

Durante la República, que abraza un período de cerca de cinco siglos, que puede calificarse de "época de las conquistas," los Romanos, cual ningún otro pueblo, lucharon temeraria y heróicamente en sinnúmero de guerras y batallas, obteniendo siempre la victoria sobre las huestes enemigas. Las principales de estas acciones militares fueron: las guerras contra los Tarquinos, Veyenses, Equos, Volscos, Samnitas y Latinos; la contra Pirro; las tres llamadas Púnicas; la contra los Cartagineses; las contra Filipo III de Macedonia y Antioco III, de Siria; las de Yugurta y Marsica; la contra Mario, Sila, Mitridates y Sertorio; las de los Esclavos y contra los Piratas; la conspiración de Catilina; la conquista de las Galias, por César, que duró diez años y en la que el vencedor tomó ochocientes ciudades, sometió trescientos pueblos, derrotó 3.000,000 de enemigos y mató 1.000,000 en los campos de batalla; las guerras contra Pompeyo y los Triumviros; las batallas de Regila, de Filipo y de Accio; las invasiones de los Galos, Cimbos y Teutones; la conquista de la Macedonia y Grecia; y, por fin, la sumisión de España. En todos estos hechos de armas los Romanos desplegaron un valor extraordinario.

Durante el Imperio, que abarca un espacio de tiempo de cerca de cuatro siglos, las legiones romanas se hicieron igualmente notables por su pericia y valor en los combates. Las principales acciones militares que tuvieron lugar en ese período, fueron: la invasión de los Partos, que terminó con la destrucción de Seleucia, donde fueron degollados 300,000 habitantes; la sublevación de España; la batalla de Vedriac y la de Cremona; la sublevación de los Batavos; la guerra de exterminio de la Judea, en la que fué destruida Jerusalem (cumpliéndose la profecía de Jesucristo) y en la que murieron 1.500,000 israelitas; las luchas contra los Bretones y los Dacios; las tomas de Babilonia, Seleucia y Ctesifonte; la reducción de Armenia, Asiria y Mesopotamia; el sometimiento de la Arabia; la guerra contra los Marcomanes; las acciones contra Cizico, Nizzea é Iso; la guerra contra los Persas y la contra los Francos; las batallas de Verona y contra los bárbaros Godos y Alemanes; las revueltas de los Treinta Tiranos; la batalla de Naiso y la de Edesa; las luchas repetidas contra los Batavos, Alemanes, Moros y Persas, vencidos por Dioclesiano; la batalla de Andrinópolis, la de Calcedonia, la de Mursa y la de Aquilea; la guerra contra los Visigodos; las invasiones de los Ostrogodos, Pictos, Ecotos, Vándalos, Borgoñones, Suecos y Alanos; la terrible invasión de los Hunos; la toma y saqueo de Roma; la nueva guerra civil, en la que Roma fué saqueada por tercera vez, y, por fin, la caída y disolución del gran Imperio Romano.

Reconociéndose en los Romanos arraigadas tendencias á las conquistas y un genio aguerrido, sacado de las luchas y los combates, quizá al tener conocimiento de la existencia del Continente americano, se aventurarían algunas colonias á atravesar los mares en busca de ese Nuevo Mundo. Y aunque algunos autores, entre ellos Lucas Marineo en su obra Rerum Hispanorum, lib. XIX, cap. XVI, afirma que los Romanos poblaron las Indias, fundándose en que los moradores de la Isla Atlántida les habían dado las noticias de este nuevo país, aquello debe considerarse como una quimera, porque dado el caso de que esa isla hubiera realmente existido, su desaparición habría tenido lugar muchos siglos antes de la época de los Romanos. Algunos otros historiadores, que alegan que los Romanos poblaron algunos territorios de América, dicen que en la época del mayor apogeo del Imperio Romano, tuvieron noticia de la existencia del Nuevo Mundo y que poblaron sucesivamente las islas de Barlovento, Tierra Firme, México, Perú y algunas otras comarcas.


Réstanos indicar las batallas ó acciones bélicas habidas en otras nacionalidades de segundo orden, cuya política no dejó de influir grandemente, en épocas remotas, en los destinos del Antiguo Mundo.


La Asiria soportó los siguientes flagelos: la invasión de los Arabes, cuya dominación duró tres siglos; las conquistas de la Armenia y la Media, hasta la Bactriana, llevada á cabo por Nino ó Ninus con su ejército de 2.000,000 de hombres; la expedición de la India por Semiramis (2034 años antes de J. C.), al frente de 3.000,000 de soldados, con éxito adverso para esta emperatriz; la sublevación y combates de los Sátrapas; las conquistas de la Siria, Israel y Judá, las de Chipre, Armenia y parte de la Media por Sargónidas; la invasión de Egipto por Sennacherib; la toma de Nínive, y, en seguida, la de Babilonia; la conquista de la Fenicia, Siria y Judá, por Nabucodonosor; el combate contra los Medos; y el sitio y toma de Babilonia, por los Persas.


Citaremos otros grupos de acciones de armas:

La larga guerra á que tuvo que hacer frente la Lidia contra las colonias griegas del Asia Menor, apoderándose, á la postre, de Colofonte y de la Troade; la invasión de los Cimerianos; la conquista de Esmirna y la de Efeso, por Creso; la invasión de Ciro, rey de Persia, que terminó con la derrota de Timbrea y el reyno de la Lidia.


La sublevación de los Medos, que la Media sostuvo para sacudirse de la dominación de Nínive; la conquista de la Persia; el combate contra los Asirios, en que éstos quedaron vencedores, pero, á su vez, fueron vencidos por los Medos en otra batalla posterior; el sitio de Nínive é invasión de los Escitas; la toma de Nínive y el combate contra los Lidios.


La Siria tuvo también que sostener luchas en defensa de su integridad, como: el combate contra los Hebreos, que salieron vencidos; las victorias obtenidas por las tropas de Ben-Abad I y Ben-Abad II; la derrota de Ben-Abad III, que perdió las conquistas de sus antecesores; la toma de Damasco, por el rey de Asiria Teglath Falusar; el yugo de los Babilonios, Medos y Persas, que sufrió la Siria; y, últimamente, el yugo de Alejandro, que terminó con la autonomía de la Siria.


En fin, la Tartaria tuvo también sus días de gloria, pues sometió una parte de la Europa y de la Asia Menor, dominando unos y otros territorios durante veinte años; asímismo sostuvo luchas contra los conquistadores Ciro, Dario y Alejandro, sin que éstos lograran someterla.


Por las anteriores relaciones de las innumerables guerras y batallas de exterminio que diezmaron y arruinaron los diversos imperios y reinos del Antiguo Mundo, y ocasionaron también la pérdida de la autonomía de algunos de ellos, hemos tratado de probar, á nuestro entender, que las inmigraciones venidas á América de los antiguos Continentes, después de la catástrofe del Diluvio Universal, fueron: de Asia, las de los Chinos, Mongoles y Hebreos; de Africa, las de los Egipcios, Fenicios y Cartagineses; y de Europa, las de los Griegos y Romanos; razas que algunos historiadores suponen ser los progenitores de los Indios americanos. Pero estas suposiciones no pasan de conjeturas, ciertas ó dudosas, fundadas ó aventuradas, porque el asunto permanece aún obscuro, apesar de haber sido tratado por muchos hombres científicos desde hace más de cuatro siglos—tiempo trascurrido desde el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón—sin que hasta ahora se haya llegado á pronunciar la última, definitiva palabra.

Emitiremos, en seguida, algunas otras apreciaciones.

No hay duda que las grandes diferencias que presentan las diversas agrupaciones indígenas, son el resultado de numerosos y diversos cruzamientos. La existencia en muchas partes de América, de ruinas que denuncian una civilización avanzada, y que los Indios que habitan este Continente no tienen ningún recuerdo, es prueba bastante para testificar que hombres civilizados se introdujeron en América desde tiempo inmemorial, encontrando aquí una ó varias razas menos aptas á la civilización, las que en parte sometieron á su poder y se mezclaron con ellas.

Si se trata de averiguar á cuál raza pertenecían aquellos hombres civilizados, bien se puede conocer que los Indios de América se acercan más, en general, á la raza amarilla que á la blanca y la negra; á lo menos, esta es la opinión de Topinard, que en su Antropología observa que "el Americano tiene en su conjunto muchos puntos de contacto con el tipo de la raza amarilla, relativo á caracteres de primer orden." Sin embargo, la forma de los Indios del nordeste, sus ritos, ceremonias, costumbres y otras particularidades, han hecho suponer también que entre sus antepasados contaban hombres blancos; suposición que parece tanto más admisible, por haberse probado que los Escandinavos (sin remontarnos á épocas más lejanas), tuvieron relaciones con la América del Norte desde el siglo X de la era cristiana.

Debemos recordar, á este respecto, la debatida cuestión iniciada por algunos etnógrafos y antropólogos, tocante á que, según pretenden, los primitivos habitantes de América habían pertenecido á la raza blanca. Si frente á este supuesto presentamos la tradición que prevalece entre los Indios del sud de Colorado, de Nuevo México y Arizona, no hay duda que una raza antiquísima de hombres blancos, superiores á ellos, habrían sido sus antepasados[74]. Dicha tradición—para mejor explicarla—se relaciona con el hecho siguiente: Un cazador llamado John Teix, de Nuevo México, ha descubierto últimamente, en la cueva de un barranco de Río Grande del Norte, cerca de las llanuras de San Agustín, en el Condado de Socorro, la momia de un hombre de muchos siglos de existencia, perteneciente á la raza blanca: excabando el suelo de dicha cueva, encontró un lecho de cemento; perforando aquel, halló una capa de huesos humanos, trozos de armas y utensilios de una época remotísima; debajo de esta capa halló otro lecho de cemento; luego otro estrato de residuos heterogéneos; en fin, una tercera capa de cemento; debajo de ésta, protejida por una obra de alfarería, una momia sentada, de raza blanca, de más de seis pies de estatura, de pelo rojo y abundante, envuelta en tres mantas y con los brazos cruzados sobre el pecho. En vista de este hallazgo, ¿sería verdaderamente fundada la existencia de una raza blanca aborígene de las comarcas de América y probatoria de que los Españoles de los siglos XV y XVI encontraron éstas ya pobladas de habitantes de raza roja?

Pero esto, se objetará, es un caso aislado que si permite suponer que en tiempos remotos existiera en América una raza de hombres superiores en casta é inteligencia, ello no prueba plenamente que los primitivos pobladores de este Continente pertenecieran á la raza blanca.

Empero, el sabio barón Alejandro de Humboldt opina que, en tiempos lejanos, los pobladores de toda la América fueron de raza blanca, y á este respecto dice: "Hombres blancos, barbudos y de mejor complexión que los naturales de Anahuac, Cundinamarca y Cuzco, aparecidos sin ninguna indicación del lugar de su nacimiento, no pudieron menos de ser sacerdotes, legisladores, amigos de la paz y de las artes, y de operar un cambio repentino en la política del país, por cuyo poderoso motivo los recibieron con veneración. Así, Quetzaltoal, Bochica y Manco-Cápacc son los sagrados nombres de estos misteriosos sacerdotes."

Admitiendo ahora la opinión emitida por otros etnógrafos tocante á la raza roja originaria de América, habría que convenir en que ella fuera descendiente de alguna raza prehistórica perteneciente á una ó varias razas inferiores y diferentes de aquellas que existen ahora en las demás partes de la Tierra, cuyos tipos, á su vez, habrían tenido, también, gran tendencia á modificarse con el contacto de otras razas superiores.

Ambas hipótesis son admisibles, pero es lo cierto, que sólo descansan sobre conjeturas, como se ve, meramente probables y de ninguna manera evidentes ni efectivas, porque no existe fuente de información que acredite la realidad de esos hechos, los cuales, por lo demás, se pierden en la obscuridad de los tiempos lejanos en que se supone ocurrieron.

Cuanto á la dificultad de inquirir las épocas fijas en que las diversas inmigraciones llegaron al Continente americano, la generalidad de los etnógrafos juzgan, como se ha dicho, que fué habitado desde remota antigüedad. Si suponemos que los pueblos del Asia Menor, que es la cuna del Género Humano, fueron los primeros que las playas del Nuevo Mundo pisaron, su contacto con este Continente pudo haber tenido lugar durante la época Cuaternaria, porque la identidad de las hachas y otros utensilios de piedra tosca y pulimentada encontrados en ambos Mundos, induce á creer que la inmigración principal del Asia Menor se produjo en la época anterior al Período Neolítico. Y al atenernos á los historiadores antiguos, los pueblos del Asia Mayor ó del Extremo Oriente habían aportado á las playas americanas siete siglos después que los del Asia Menor. Ambas hipótesis, de suyo problemáticas, admiten únicamente que los aborígenes americanos fueron encastados con razas diversas, venidas, primero, de Asia, y después, de Europa y de África.

Respecto de la otra dificultad, de inquirir también por dónde pasaron los primeros pobladores de América, varios autores presumen que por dos grandes caminos. Si admitimos con Gomara y otros historiadores, que en tiempos remotos hubo comunicación por tierra unida entre la Africa ó la Europa y la América, mediante la Atlántida, sería indudable que por esa ruta vinieran al que es hoy el Nuevo Continente, en primer lugar, los Egipcios, Fenicios y Cartagineses (de Africa), y también los Griegos (de Europa).

Cuanto á los pueblos asiáticos, tales como los Hebreos, Chinos, Mongoles y demás, últimamente ha surgido una nueva hipótesis sobre la base de una expedición de sabios ingleses, que salió de Inglaterra á fines del año 1911, con el objeto de estudiar el problema de los gigantescos restos prehistóricos de la Isla de Pascuas; expedición que, á su vez, ha planteado la fórmula de ser esa Isla el último pináculo de un continente sumergido, que ocupaba la mayor parte del que es hoy Océano Pacífico, y que unía, talvez, la Asia con la América[75]. Admitiendo esa nueva hipótesis que no pasa de una presunción problemática, factible sería que por esa misma ruta, ó por la del corto estrecho de Annian, ó también por la cadena de las islas Aleutianas, hubieran podido esos pueblos asiáticos arribar á las playas de América.

Estas son las grandes rutas que se consideran más probables para haber servido de curso á aquellas primeras expediciones que el suelo americano poblaron. No obstante, para aclarar en lo posible este punto, vamos á exponer las opiniones que al respecto opinan algunos otros publicistas.

Citaremos entre éstos, primero, á Hugo de Grocio, que en su obra titulada Disertatio de Origine gentium Americanarum, asienta: "los primeros habitantes (post-diluvianos) de la América Septentrional han venido de Noruega; los de Yucatán, de la Etiopia; los del Perú, de la India y de la China; y aquellos que son más al sud hasta el Estrecho de Magallanes, han venido del oriente por las tierras australes." Y agrega: "Es un hecho evidente, que tanto de Europa por la Groenlandia, cuanto de Asia por algún estrecho de poca extensión, se ha podido pasar á América: también se ha podido pasar á este Continente por el Estrecho de Magallanes, que sólo tiene dos ó tres leguas de largo, ó por el de Le Maire, más al Sud, suponiendo que esa tierra austral haya sido habitada."

El Dr. Pickering, en su obra Races of Men, pág. 299, observa que "existen dos vías por las cuales los inmigrantes á las Indias Occidentales ganaron los confines del Océano Pacífico: la una es por la Micronesia (una de las cuatro grandes divisiones de la Oceanía, entre la Polinesia al este, la Melanesia al sud y la Malesia al oeste; sus principales grupos ó archipiélagos son las Marianas, las Carolinas, Marshal y Gilbert); la otra es por los archipiélagos de la Papuasia (ó Nueva Guinea, grupo de dos grandes islas de la Oceanía, en la Melanesia, al norte de la Australia)."

El Dr. Hyde Clarke, en su obra Researches in prehistoric and protohistoric comparative philology, in connection with the origin of culture in America, pág. 41, opina que "en atención á las condiciones geográficas, es probable que los inmigrantes á las Indias Occidentales hayan tomado dos rutas: la una, por las corrientes y las islas del norte; la otra, por las corrientes y las islas del sud." En otro lugar, pág. 19, opina el mismo autor: "Se puede colegir que las primeras inmigraciones (las de las razas Caribes) han pasado por el Estrecho de Berhing, y las últimas (las de la raza Súmera) han pasado por el Pacífico y la isla de Pascuas." Más adelante, págs. 19-20, intenta establecer, por aproximación, la cronología de las inmigraciones á América, diciendo: "Hace tres mil años que la raza Súmera chocó en Asia contra la raza Semítica; sietecientos años más tarde este choque habría tenido lugar contra la raza Ariana...... Si el establecimiento de los Súmeros en Babilonia remonta á cuatro mil años (véase la cronología de la Biblia por Bunsen)[76], su establecimiento en la India habría sido en esa misma época, en el supuesto de que las dos inmigraciones hayan tenido un mismo punto de partida en el Alto Asia, lo que parece indicar la división en Súmero oriental y en Súmero occidental. La ocupación de Indo-China tuvo lugar en seguida, luego la de Java y la de las islas."

El hecho probable, á juicio de los diversos autores ya citados, es que se debe admitir, en atención á las divergencias lingüísticas, que América ha sido poblada desde una época antiquísima, suponiendo que el contacto de la Asia con este Continente, debió tener lugar durante la época del progreso humano caracterizado por el empleo del bronce, á la vez que la ignorancia del uso del hierro. De la identidad de los utensilios de piedra pulida encontrados en ambas secciones del Continente americano, se puede inferir que la inmigración principal se produjo en la época en que la Asia no había aún sobrepasado el Período Neolítico. De allí, que esos autores resumen su opinión con las siguientes conclusiones: 1a Los Americanos, á excepción de las razas esquimal y mongólica, habitaron el Nuevo Mundo durante un lapso bastante largo para cimentar allí varias lenguas y una civilización particular. 2a Por intérvalos de tiempo, nuevos inmigrantes vinieron de Asia, probablemente por mar, trayendo consigo el conocimiento de las artes y ciencias que constituían la civilización de los pueblos de aquella parte del Mundo. 3a No hay prueba alguna que las tres civilizaciones de México, Centro América y Perú se hubieran puesto en contacto con la civilización del Mundo Antiguo, con posterioridad á la Edad de Bronce. Y 4a La corriente de las inmigraciones se dirigió generalmente de la Asia á la América, y en esta última parte la marcha de las tribus se efectuó, las más veces, del norte al sud.

Estas conclusiones nos traen nuevamente á la teoría que venimos sustentando, de que los primitivos habitantes de América son de raza autóctona.

Bastando al respecto las opiniones de los autores citados anteriormente, réstanos agregar, que estamos en vísperas de importantes descubrimientos en el campo de la arqueología americana, pues los científicos trabajos iniciados ya en este sentido por los sabios exploradores Humboldt, Waldeck, Brasseur de Bourbourg, Stephens, Wilson, Schoolcraft, Bollaert, Bingham y otros, no han sido estériles; ni las investigaciones filológicas de los lingüistas Latham, Gallatin y Clark, tampoco han sido infructuosas.

Haciendo, ahora, abstracción de los juicios asentados sobre los primeros habitantes postdiluvianos de América, nos concretaremos á escudriñar los hechos que son más fundados y apoyados en documentos fehacientes.

De las remotas edades prehistóricas y de aquellas que siguieron á éstas hasta cerca de la Era Cristiana, no existe, como lo hemos dicho ya, ninguna fuente de información sobre los primeros habitantes del Continente americano, pues cuanto han supuesto los escritores á este respecto, no pasa de ser meras conjeturas: la historia de esas épocas se ha perdido con el trascurso de los siglos, y todo queda envuelto en la obscuridad y el misterio insondable del tiempo.

El hecho más antiguo que encontramos sobre la llegada de hombres del Viejo Mundo al Continente del Nuevo, data de cuatro siglos antes de la era cristiana. Ultimamente, á principios del siglo XIX, un labriego del pueblo de Dolores, situado á dos leguas de la ciudad de Montevideo, hizo, de un modo casual, un descubrimiento de objetos antiguos de la época del conquistador Alejandro el Magno, rey de Macedonia: efectuando una excavación para trasplantar un arbusto, encontró una piedra sepulcral con inscripciones desconocidas para él, y al alzar esa piedra, vió que ella cubría una bóveda de ladrillos que contenía dos espadas, un casco y un broquel muy oxidados, y también una gran ánfora. Tratando de descifrar la inscripción incompleta de esta piedra y los vestigios que ella cubría, un sabio llegó á leer las siguientes palabras: Alejandro, hijo de Filipo, fué rey de Macedonia, allá en la sexagésima olimpiada de Ptolomeo...... (falta lo que sigue). Sobre los puños de las espadas se hallaba grabado un retrato al parecer de Alejandro, y sobre el casco se veía cincelado á Aquiles arrastrando el cadáver de Héctor, al rededor de los muros de Troya. ¿Débese conjeturar de allí, que algunos contemporáneos de Aristóteles ó de Arquímedes hubieran hollado el suelo que es hoy del Uruguay? En este caso, algunos súbditos de Ptolomeo-Sóter ó de su hijo Ptolomeo-Filadelfo habrían sido llevados, por una tempestad, al medio del Océano y arrojados sobre las costas uruguayas. Admitiendo esta conjetura, sería probable que hubieran sido súbditos de Ptolomeo-Filadelfo, porque el padre de éste empleó sus navíos en la conquista de la Asia Menor, la Grecia, la Fenicia y las islas de Chipre y Salamina, mientras que Ptolomeo-Filadelfo las ocupó en hacer viajes de descubrimientos, siendo posible que en una de esas correrías marítimas algunos bajeles fueran arrastrados á playas desconocidas entonces.

Casi en la misma época (siglo IV antes de la era vulgar ó durante la República Romana), parece que una expedición arribó á las playas de América, pues, como lo hemos dicho antes, en las ruinas de Petén, en Centro América, se encontró ahora años, monedas del tiempo de los Romanos y herraduras de caballos de mayor alzada que los comunes, objetos que se hallan depositados en el Museo de Guatemala.

Marineo, en su obra Rerum Hispanorum, lib. XXIX, cap. XXVI, refiere que "en cierta parte de Tierra Firme de América, donde era Obispo Fr. Juan Quevedo, de la Orden de San Francisco, hallaron unos hombres mineros, estando cabando y desmontando una mina de oro, una moneda con la imagen y nombre de César Augusto (que gobernó el Imperio Romano un siglo antes de la era vulgar), la cual, habiendo venido á manos de D. Juan Rufo, Arzobispo consentino, la envió como cosa admirable al Sumo Pontífice."

El P. Fr. Gregorio García, en su obra ya citada, pág. 174, en apoyo de lo referido por Marineo, dice también que "en la Imperial, ciudad del reino de Chile, se hallaron medallas con águilas de dos cabezas, timbre del Imperio Romano, las cuales fueron siempre insignias que usaron en sus ejércitos, y por ellas se entendían sus legiones, y se llamaban triunfadoras, cifrando en su nombre el poder y la gloria del Imperio."

Si estos objetos, que datan unos de la época de Alejandro y otros de la de César, han sido encontrados, los primeros en un extremo, y los segundos en otro extremo de la América española, quizá podría colegirse que este territorio hubiera sido ocupado por los Griegos y los Romanos, durante más de dos siglos, ó sea, desde el reinado de Alejandro (300 años antes de la era cristiana) hasta el de César (100 años antes de la misma era). Y también podríase inferir, talvez, que esos Griegos y Romanos fueron los hombres de raza blanca que algunos etnógrafos suponen hayan sido los primeros habitadores de América.

Avanzando algunos siglos, ó sea, á fines del V de la era cristiana, una inmigración de Mongoles atravesó el Pacífico, desbordándose sobre las playas de México: este hecho no sólo se ha trasmitido por tradiciones populares, sino que se ha confirmado últimamente, como lo hemos dicho antes, con motivo de la guerra que la China sostuvo en 1900 contra los aliados Europeos, pues al ocupar estos últimos la capital de Pekin, descubrieron en los antiguos archivos de aquella capital, documentos que comprueban, con toda evidencia, que los Mongoles desembarcaron en el Continente americano en el año 499, es decir, 993 años antes que Colón. En dichos documentos se asevera que "cruzaron el Pacífico y desembarcaron en las playas de México, en la parte opuesta á Yucatán, y allí levantaron templos." Y este hecho parece algo verosímil, si se toma en cuenta que, hace tiempo, se encontró en las ruinas de los templos descubiertos en el Estado de Sonora, en la costa del Pacífico, una piedra, con caracteres chinos, que indican que los Mongoles habían visitado el Continente hacía muchísimos años.

Parece también evidente que en el siglo VI, según tradición de aquella época, los Hileriones, Gutos, Siuones y Sitones, piratas escandinavos de la gran isla situada al norte de Europa, cruzaron el Atlántico y desembarcaron en las playas septentrionales del Hemisferio Americano (hoy Estados Unidos de la América del Norte), quedándose algunos allí y cruzando otros todo aquel territorio hasta llegar á la meseta de Anahuac: estos últimos se establecieron en esa comarca, uniéndose con los Mongoles, y formándose de la mezcla de ambas razas, las aguerridas tribus conocidas con los nombres de Toltecos, Chichimecos, Nualtecas y Aztecas.

El historiador sueco, Mr. Folsom, encontró en algunas rocas situadas en el distrito de Assonett, cerca del río Tauntón, en el Estado de Massachussets, algunas inscripciones trazadas con caracteres escandinavos (rúnicos), conteniendo los nombres de guerreros Islandeses y Noruegos que habían formado su campamento en esa región; pero aunque estas inscripciones no llevan fecha alguna, la forma de sus caracteres prueba incontestablemente, según lo asevera Mr. Folsom, que ellos remontan á una época que aproximadamente se puede referir al siglo X. Mr. Folsom, para esclarecer esta cuestión, fué á Islandia, donde obtuvo varios manuscritos del dicho siglo, en los que constaba que dos navegantes Islandeses, Bjarne Herjulfson y Leif Erickson, habían sido unos de los primeros descubridores de América, á fines de ese siglo, el primero, y á principios del siglo XI, el segundo, manuscritos que encierran una descripción de los dos cabos llamados Cod y Santa Marta, conocidos hoy por Nueva-Bretaña y Nueva-Escosia, y de algunas otras islas de la bahía de Narraganssett, en las que estos navegantes y compañeros de viaje habían residido cerca de tres años. Empero, Mr. Folsom no se dió por satisfecho y quiso constatar la existencia de las antiguas relaciones entre el Nuevo Mundo y el Antiguo, y se dirigió á América. Allí encontró, como se ha dicho, sobre rocas del distrito de Assonett, las inscripciones trazadas con caracteres escandinavos á que hemos hecho referencia.

Posteriormente, según antiguos manuscritos escandinavos dejados en el siglo XII por el Obispo islandés Thorlak Runolfson[77], sobre los primeros viajes de los Escandinavos al Continente americano, y encontrados en Copenhague, en 1838, por Carlos Christian Rafn, Secretario de la Sociedad de Anticuarios de esa ciudad, y descritos por él en los Antiquitates Americanæ, los Suecos, los Noruegos y los Dinamarqueses, que son los que siempre se han distinguido por la audacia de sus excursiones marítimas, emprendieron viajes á la América en el trascurso de los siglos IX, X, XI y XII, y cita los siguientes:

1o El de Gunnbjoern, que el año 876 descubrió la Groenlandia (más de 600 años antes que Cristóbal Colón descubriera la América), vasta comarca de la América Septentrional, situada á los 74° de latitud norte y entre los 14° y 74° de longitud oeste[78], ignorándose, entonces, que formara parte del Nuevo Mundo.

2o El del Islandés Schnaebjorngalti, que desde el año 970 al de 980 permaneció en Groenlandia.

3o El de Eirickhinn Raudi (Erick el Rojo), descendiente de una noble estirpe de Islandia, (que fué desterrado por tres años de su patria á causa de un homicidio), decidió, en el año 982 ó 983, establecerse en Groenlandia, que había divisado Gunnbjoern, y en cuyo territorio encontró viviendas, restos de embarcaciones y herramientas de pedernal, lo que prueba que esos lugares habían sido habitados desde más de cien años antes. Erick el Rojo volvió á Islandia cumplidos los tres años de su condena, pero en 986 regresó á Groenlandia con 35 buques, de los cuales sólo 14 llegaron á aquel país, pues de los demás, unos se fueron á pique y otros, regresaron á las costas islándicas. Erick el Rojo fijó definitivamente su residencia en Brattalid del Ericsfiord, fundando allí colonias islandesas que aumentaban por modo notable y estableciendo el cristianismo: en 999 llegó á sus playas el primer misionero procedente de Islandia, conducido por Leif, hijo de Erick. Entre las muchas personas que acompañaban á Erick el Rojo, en ese segundo viaje, iba Heriulf, (bisnieto de Ingolf, primer colono de Islandia) quien se estableció en Heriulfsnes, parte meridional de la Groenlandia, donde lo alcanzó su hijo Biarne, después de una navegación llena de penalidades y zozobras.

4o El de Are Marsen de Reykjanes, que en el año 983 llegó también á Groenlandia, estableciéndose con sus compañeros en una comarca que denominaron Huitramannaland y que se extendía á lo largo de la bahía de Chesapeak hasta más allá de la Carolina; permaneciendo en tal comarca, porque los Esquimales, vecinos de ella, les impidieron el regreso á su patria. Este hecho ha sido conservado por tradiciones entre los mismos Esquimales, que á la tierra de Huitramannaland llamaban «país de hombres blancos,» por el vestido que éstos llevaban, infiriendo, con su criterio razonable, que, por sus procesiones, cantos, estandartes, pertenecían á una comunidad católica.[79]

5o El de Bjarne Herjulfson, que en el año 986 (el mismo año que Erick el Rojo emprendió su segundo viaje á Groenlandia) descubrió los territorios conocidos actualmente por Nueva Bretaña, Nueva Escocia y Nueva Finlandia ó Terranova[80].

6o El de Bjoern Asbrandson, que en el año 999 llegó, asímismo, á Groenlandia, á consecuencia de un violento huracán que le hizo perder el rumbo de su navegación, arrojándolo á una costa desconocida para él, y cuyos indígenas lo prendieron inmediatamente al desembarcar; acudiendo luego una procesión de hombres vestidos de blanco, precedidos de un estandarte y dirigidos por un venerable anciano á caballo, el que, dirigiéndole la palabra en lengua islandesa, le preguntó quién era y de dónde venía; y contestándole Bjoern Asbrandson ser natural de Islandia, el anciano dióles libertad, á él y á sus compañeros, no sin aconsejarles que se alejaran, cuanto antes, de tan inhospitalario país. El sitio donde Bjoern Asbrandson desembarcó, no fué otro que Huitramannaland, y los hombres blancos, Are Marsen de Reykjanes y sus compañeros, que diezisiete años antes se vieron obligados por los Esquimales á permanecer en la expresada comarca.

7o El de Leif Erickson[81], hijo mayor de Erick el Rojo, que en el año 1000 realizó un viaje de Groenlandia hasta una costa que denominó Helluland (conocida hoy por New-Foundland); después siguió navegando al medio día y arribó á otra costa que nombró Markland (actualmente New-Scotland, New-Brunswich y Canadá); en seguida llegó á un litoral muy ameno, entre el Cabo-Sable y Cabo-Code, al que dió el nombre de Vinland, por haber hallado en él uvas silvestres en abundancia[82].

8o El de Thornwald Erickson, hermano del anterior, que en el año 1002 estableció su residencia en Massachussets; pero en 1004 expedicionó hacia el Cabo Pedregoso, donde fué herido, en el sobaco, de un flechazo que le asestara uno de los indígenas de ese lugar, de cuya herida murió al poco tiempo, siendo enterrado en un lugar llamado hoy Garnet-Point, del cual se le desenterró hace unos cuarenta y tantos años, vestido aún con su armadura. Pocos instantes antes de morir, había encargado que se le enterrase en su residencia de Massachussets, y se le pusieran cruces en la cabecera y á los pies de su sepulcro, órdenes que fueron cumplidas por sus compañeros.

9o El de Thornstein Erickson, tercer hijo de Erick el Rojo, que en 1006 expedicionó desde Groenlandia á las costas de Nueva-Inglaterra y Nueva-Escocia. Su barco iba equipado con 25 hombres y llevó consigo á su mujer Gudrida. Al poco tiempo murió en su establecimiento de Lysufiord, al oeste de Groenlandia, por lo cual en la primavera próxima, su mujer regresó á Ericsfiord.

10o El de los ricos Groenlandeses Thorsfrin Karlsefné y Suorré Thornbrandson, que en 1007 armaron una flota de tres buques tripulados por 160 hombres, y haciéndose á la vela con rumbo á la costa norte-americana, tocaron primero en la isla de Marthas Vineyard, para dirigirse de allí á Mount-Hope-Bay, donde permanecieron durante dos inviernos. Su exploración á aquellas comarcas duró cuatro años, regresando á Groenlandia en 1611.

11o El de los hermanos Helge y Finnboge, que en 1012 abordaron las costas de Massachussets, pasando en ellas el invierno.

12o El de Gudleif Gudlengsen, quien en 1029, después de una navegación de muchos días, desembarcó en las costas de Finlandia, en las cuales encontró á sus compatriotas Are Marsen Reykjanes.

13o El de un sacerdote islandés llamado John, que en 1059 se trasladó de Islandia á Terranova con el objeto de predicar allí la fe cristiana; pero al poco tiempo murió á manos de los indígenas del lugar.

14o Los de varias otras expediciones groenlandesas que se efectuaron entre los años 1060 á 1121, y que se establecieron en las costas meridionales de Connecticut, New-York, New-Jersey y Delaware.

15o Y, por fin, el del Obispo de Groenlandia, Erick Gnupron, que en 1121 hizo una visita pastoral por aquellos países en que estaban establecidas diversas colonias de Groenlandeses.

A más de estos viajes auténticos de los Escandinavos, hay tradición de que algunos otros se efectuaron en aquellos tiempos, no pudiendo garantizar la autenticidad de ellos, por no existir comprobantes en apoyo de esas expediciones marítimas.

En antiguos manuscritos que se conservan en las abadías de Conway y Strat-Flur, consta también que en el año 1170 el sueco Gwynedd, príncipe de Madave ó Madoc, salió del puerto de Abergwilly y se hizo á la már, navegando en dirección al oeste, hasta llegar á una comarca que se supone ser la Florida ó la Virginia: dejó allí ciento y veinte colonos, y regresando á su país, vituperó la conducta de sus hermanos y sobrinos que se disputaban una tierra pobre y árida, cuando existia una región tan extensa y tan fértil sin habitantes. Pero, por ese tiempo invadió la peste negra los países escandinavos, siendo, según se dice, tales sus estragos, que la población de esos países, calculada en doce millones de habitantes, se redujo á tres millones. Calamidad tan horrible puso naturalmente término á la vida aventurera de una parte de los navegantes de esas naciones y no volvieron á intentarse descubrimientos marítimos.

Es evidente que desde el siglo IX en que los Escandinavos descubrieron la Groenlandia, formaron allí extensas colonias, cuyos habitantes pasaban con frecuencia al Continente europeo, llevando toda clase de mercaderías, principalmente maderas y pieles. Esas colonias llegaron á contar en el siglo XIV como doscientas poblaciones con iglesias y una catedral, y la grey católica estaba gobernada por diezisiete Obispos, cuyos nombres y fundaciones se encuentran en documentos auténticos.

En el trascurso de los siglos XIII y XIV sólo efectúose por los Escandinavos y otros, uno que otro viaje marítimo á las costas septentrionales del Continente americano, y, por consiguiente, á principios del siglo XV quedó casi completamente interrumpido el tráfico entre estos países y las costas americanas, á causa de la piratería que en aquellas aguas y por aquellos tiempos ejercían los ingleses: una vez cortada la comunicación entre estos países, probable es que los colonizadores de Groenlandia y demás lugares de la costa septentrional americana se mezclaran con los Esquimales, hasta confundirse con ellos por completo. Lo mismo sucedería con las colonias europeas, establecidas en otros lugares de ese mismo Continente.

Ahora, veamos los pocos viajes marítimos que aún se emprendieron, antes de los realizados por Cristóbal Colón.

Las Sagas ó crónicas de Islandia, hacen mención de una expedición salida de aquel país, cuyas naves fueron arrojadas sobre una costa meridional de la América del Norte, que se presume sea la Florida ó la Carolina del Sur. Esas mismas crónicas hablan de una comarca americana llamada "Tierra de los hombres blancos ó Grande Islandia," país en el cual se fijaron algunos Islandeses, no siendo posible precisar, con exactitud, su posición.

En el siglo XIV los hermanos Nicoló y Antonio Zeni, venecianos, descubrieron en 1390, la Tierra de Forcec, en la parte norte del Océano Atlántico, y de allí se dirigieron al oeste á una comarca que denominaron Drogno, conocida hoy con el nombre de Nueva Escocia ó Canadá.

Según los Anales de Baronius, continuados por Odorico Raynaldi, algunos Franceses de la Baja Bretaña descubrieron Terranova y el Canadá, un siglo antes de los viajes de Colón; y los primeros que hicieron este descubrimiento, á su regreso á Europa, comunicáronlo á Juan I, rey de Portugal.

Se dice que en los años 1463 y 1464 el portugués Juan Costa Vas Corterreal llegó también á Terranova; pero las noticias que se tienen acerca de este viaje son muy confusas.

En 1476, según afirman los cronistas antiguos Wytfliet, Pontanus y Horn, el rey Christian I de Dinamarca encargó al polaco Juan Scolnus ó Kolno, que hiciera un viaje á Groenlandia, á fin de reanudar las relaciones que, desde largo tiempo, se hallaban interrumpidas entre este territorio y Dinamarca, viaje que realmente se efectuó por ese marino, pues está señalado en la carta geográfica que Miguel Lok dió á luz en 1582, con el nombre de Jac. Scolnus Groetland, que es más ó menos la misma región conocida hoy por el territorio de Labrador. También el cronista Gomara, en su Historia General de las Indias, publicada en Madrid en 1553, y Herrera, en su Historia General de los hechos de los Castellanos, publicada también en la misma ciudad, en 1601, hacen, igualmente, mención de Juan Scolnus.

El P. Fournier, en su Hydrographie (París, 1679), asevera que los Normandos y Bretones sostienen haber descubierto el Brasil antes que Albérico Vespuzio y Cabral, pues de allí llevaban palo brazil, que servía para teñir.

En 1488, ó sea cuatro años antes que Colón descubriera el Nuevo Mundo, se pretende que el francés Juan Cousin salió del puerto de Dieppe, con rumbo hacia las Indias. Este viaje de Cousin ha sido tema de muchas controversias é investigaciones entre los críticos, pues unos creen que realmente se verificó esta navegación, y otros sostienen que no tuvo lugar. Al primer grupo de estos críticos pertenece el profesor Geleich, quien afirma que tal viaje es verosímil, fundándose en que el puerto de Dieppe, en esa época, era uno de los más comerciales de Europa. Se asegura que existía en los archivos de Dieppe comprobantes del viaje de Juan Cousin; pero, desgraciadamente, este archivo fué quemado por los Ingleses cuando bombardearon y se apoderaron de esa ciudad.

En fin, en esa misma época, según crónicas vascuenses, parece que Juan de Echaide descubrió algunas nuevas regiones americanas, y que este navegante fué el que participó á Cristóbal Colón la existencia del Nuevo Continente: los archivos á que se podría recurrir para la confirmación de este viaje, han desaparecido, por desgracia, á consecuencia de las guerras por las que pasara la Gascuña.

Si no se tenía un conocimiento cabal de América en los tiempos anteriores al descubrimiento de Colón, lo cierto es, que en algunos mapas geográficos de aquella época se encuentran consignadas algunas islas situadas en medio del Océano Atlántico ó próximas al Nuevo Mundo, como lo vamos á exponer en seguida.

En una carta del Atlas de Mediceano, del año 1351, se halla anotada la Is. de Brazil, y en mapas posteriores del siglo XIV, aparece el mismo nombre con las variaciones de Braxil, Brazylle ó Brasile[83], isla que probablemente se encontraría cerca de la costa del territorio conocido hoy por Brasil.

En la carta de los hermanos Pizzigani, venecianos, de 1367, aparece marcado el archipiélago de las Canarias, con algunas islas cuyos nombres no han variado hasta hoy, como la de la Palma y la de Forte-Ventura (Fortunata).

En las cartas marítimas catalanas del año 1376 (anónimas), que formaban parte de la biblioteca de Carlos V, figuran también los archipiélagos de Canarias y Azores y la isla de Madera, con curiosas leyendas algunas de ellas. La de las islas Afortunadas dice: "......... Estas islas se llaman Afortunadas, porque abundan en todo lo bueno: trigo, frutos y árboles. Los paganos suponen que allí está el Paraíso, á causa del poco calor que se siente y la fertilidad del suelo...... Así, los paganos de la India creen que sus almas, después de la muerte, van á habitar esas islas, y continúan viviendo allí eternamente del perfume de esos frutos. Piensan que en aquellas islas está el Paraíso; pero, en verdad, esto no pasa de una fábula."

En 1424 apareció en un atlas italiano que se conserva aún en la biblioteca de Weimar, la Is. Antilia. Mucho se ha hablado de esta isla, situada hacia al norte del trópico de Cancer, no lejos de las Azores: se pretende que en el año 734, cuando la España se vió invadida por los Moros de Africa, esta isla fué habitada por un Arzobispo de Porto en Portugal, y seis Obispos, con gran número de cristianos, hombres y mujeres, que habían ido allá con sus animales y sus bienes. Esta isla se encuentra reproducida en los mapas que el genovés Bedacio ó Bedrazio dibujó en 1434 y Andrés Biancho reprodujo en 1436.

El mismo Andrés Biancho dibujó en 1439 otro mapa en pergamino, que existe en la Biblioteca de San Marcos de Venecia, en el que está señalado, además de las Islas de Brazil y Antilia, otra situada hacía el cabo de San Agustín, en la Florida, designada con el nombre de Is. de la man. de Satanaxio (Isla de la mano de Satanás)[84].

En 1476 Andrés Benicasa dibujó un mapa en el que también figura la Is. Antilia, la misma que aparece igualmente en los mapas de Bartolomé Pareto, Fray Mauro, Ostelius, Mercator y Toscanelli, que, á la vez dan á esa misma isla el nombre de Sette Citades, (Isla de las Siete Ciudades).

En fin, en el célebre «Globo Terráqueo» de Martín Behaim[85], del año 1492, que se conserva en Nuremberg, aparece también la Insula Antilia llamada Septa Citade, con la siguiente anotación: "En el año 734, según se cuenta desde el nacimiento de Cristo, cuando toda Hispania estaba conquistada por los herejes de Africa, fué habitada esta isla por un Arzobispo de Porto-Portugal, con seis Obispos más y otros cristianos, hombres y mujeres, que habían huído de Hispania con su ganado y toda su hacienda. En el año 1414 pasó cerca de ella un buque venido de Hispania." Además, en el mismo «Globo Terráqueo» de Behaim, á los 50° Oeste del meridiano de la costa portuguesa, en medio del Océano, está señalada la Is. de San Brandano con la siguiente inscripción: "565 años después de Jesucristo llegó San Brandano á esta isla, vió en ella muchas maravillas, y siete años después se volvió á su país."

Algunos historiadores han negado la existencia de todas estas islas, tachándolas de fabulosas; pero al figurar ellas en los diversos mapas antiguos que hemos citado, es indudable que fueron exploradas antes del descubrimiento de Colón por atrevidos navegantes. Posible es, por lo demás, que los primitivos nombres de esas islas hayan ido desapareciendo de los mapas á medida que se alcanzaban conocimientos más exactos del Océano Atlántico, y que hubieran sido sustituidos por otros nombres indicados hoy en los mapas modernos[86].

Los hechos, crónicas y mapas que acabamos de citar tienen una autenticidad indiscutible, y los más renombrados geólogos modernos, sobre todo Alejandro de Humboldt, afirman que la América ha sido frecuentemente visitada por los Escandinavos desde el siglo IX al XIV. Desgraciadamente, estos viajes, apesar de su trascendencia, no han producido resultado alguno favorable para la América, por haber quedado interrumpida desde el último siglo citado la comunicación del Atlántico, ya por lo larga y peligrosa que se hacía la navegación á través de los mares que separan el Continente de Europa del de América, ya por las piraterías de los Ingleses en aquellos mares, ó ya, en fin, por la poca experiencia que en aquellos tiempos se tenía del arte náutico. Pero sea de ello lo que fuere, el hecho es, que quedó abandonada ó á lo menos fuera desatendida esa ruta durante el trascurso de cerca de doscientos años, llegando así á quedar olvidada la América, hasta que, en 1492, el navegante genovés Cristóbal Colón añadió este nuevo é incomparable florón á la Corona de España.