IV.
Después del tratado de paz de Vervins, son más escasas las noticias auténticas del Peregrino. Por las que recogió Bermúdez de Castro, aparece domiciliado en París, en trato íntimo con el Soberano, que gustaba mucho de sus pláticas y le llamaba «su maestro de cuentos;» obsequiado de los palaciegos y de los personajes de la alta nobleza, con regalos y favores; siendo objeto de todas las conversaciones; en todas partes buscado y atendido; pasando la vida entre festines; haciendo ostentación de criados extranjeros y manifestaciones múltiples del lujo[193].
Hay algo de verdad en la indicación general de la vida; hay no poca exageración en cambio.
Se estableció en París y ocupó tres años una casa enfrente del hotel de Borgoña, donde se representaban las comedias, y al lado del hotel Mendoza, así llamado por un volteador de maroma que hacía notables habilidades[194]. En la puerta estaban los suizos de la guardia real, que le seguían por las calles, á uno y otro lado de la carroza, preciándose de que ésta fuera la más linda de la corte[195], así como de tener metresa[196].
No siempre recibía con puntualidad el importe de las pensiones, ni de ordinario ganaba en actividad á los que avisaban primero las vacantes de beneficios y gracias: harto se quejaba de ello[197]; con todo, lo que percibía en Francia, junto con las liberalidades del Conde de Essex, bastaba al sostenimiento de la situación de Ministro en que se había colocado. Los Embajadores de Inglaterra y de Venecia, el Condestable, el Marqués de Pisani, el Duque de Bouillon, con otros personajes, y más que todos M. Zamet, el gran anfitrión de París, el confidente servicial de Enrique IV, recibían asiduamente á Antonio Pérez, estimando el don, que como pocos poseía, de hacerse escuchar en la mesa y salones, gracioso, ocurrente y oportuno. Las anécdotas de la corte de España, principalmente aquéllas amorosas en que hacía papel el Rey D. Felipe, tenido por austero personaje, y tan sólo visto por el lado de la política, interesaban vivísimamente al auditorio, pendiente de la narración del ex-Secretario, no lerdo para presentar en semejantes pláticas á Nabucodonosor ó á la bestia salvaje, antes siguiendo el plan de las Relaciones de nombrarle en público su amo, que no era óbice á las confidencias de interioridad, ejemplo aquélla de que nunca olió ni conoció diferencia de olores[198].
Gozaba, pues, de estimación y aprecio en ciertos círculos de la sociedad, sin ser por ello figura de primera notoriedad, cual admitió Bermúdez de Castro. Las memorias de Sully, como las de Villeroy, tan ricas en pormenores de la corte francesa por aquellos tiempos, no hacen una sola vez mención de Antonio Pérez; y si no hay que olvidar que ambos escritores y políticos le quisieron mal, no estaban en el mismo caso Pierre de Lestoile ni Palma Cayet, cronistas minuciosos de las calles y las ocurrencias, ni de Thou, Jean Choisnin, Claude Groulart, que ilustraron las memorias del reinado sin dedicar dos líneas de escritura al español refugiado.
En cuanto a Enrique IV, mirábale después del descubrimiento de los manejos ingleses con prevención, y tras de la paz de Vervins como inútil y aun perjudicial á sus intereses[199]. No era el Rey quien le llamara maestro de cuentos: la frase debía proceder de un ofendido ó de un chusco, á juzgar por la respuesta: «Que no es malo saber cuentos, pues que enseñan entreteniendo; que cuando el que le criticaba supiera muchos, sabría más que ignorándolos[200].» Sin embargo, los cuentos ó las indiscreciones granjearon á Antonio Pérez enemigos mortales en las familias de Guisa y de Montpensier, sin contar los de menos altura.
En visitas, reclamaciones y banquetes, aparte de los quehaceres del cargo oficial, pasaba efectivamente la mayor parte del día; alguna distraía la audiencia de las muchas personas de cierto género que acudían á su casa: aragoneses, italianos, portugueses, que tenían alguna razón para esquivarse de la justicia; foragidos, en el concepto del Embajador de España, con los que tenía constituído un centro de conspiración permanente. De noche escribía[201] las sentenciosas obras.
Empezó publicando nueva edición corregida y aumentada de las Relaciones, con dedicatoria al Rey Enrique IV, fechada en París á 24 de septiembre de 1598, y á poco aparecieron separadamente los Aphorismos de las Relaciones de Antonio Pérez, Monstruum Fortunæ. Quería dar á entender que la publicación se hizo contra su gusto, á devoción de un gran personaje (el Rey), y que un curioso había sacado los aforismos de todo el libro, «á imitación del Bitonto, que destiló á Cornelio Tácito[202]:» ello es que remitió este libro á varios de sus favorecedores y amigos[203], y que lo hizo también de la edición de Lyon titulada «Pedazos de historia ó Relaciones, así llamadas por sus autores los peregrinos. Retrato al vivo del natural de la Fortuna[204].»
El éxito le animó á dar sucesivamente á la estampa primera, segunda y tercera serie de memoriales y cartas, excusando, sin necesidad, el propósito de alimentar la curiosidad. Ya decía «que un amigo le arrebató varias cartas, y por haberle agradado las ha hecho imprimir; temía que lo mismo sucediera con unas ciento cincuenta más españolas y una centuria de latinas que envió á Gil de Mesa á instancias de un gran personaje[205].» Anunciaba á poco la aparición de las Cartas españolas y latinas, y aforismos[206], diciendo luego: «Saltaron las cartas españolas y latinas á mi desgusto[207].» «Un amigo se quiso meter á hacer imprimir las cartas á devoción de un gran personaje: no lo ha podido remediar[208].»
Enviando ejemplar al Duque de Humayne (Du Maine), volvía á decir «que un amigo había impreso las cartas á demanda de una dama aficionada á la lengua española: el daño estaba hecho[209].» Á otro personaje confiaba lo ocurrido por diferente modo: «Hacía él que un escribiente, antes de cerrar las cartas, las fuera copiando en un libro. El que copiaba, las iba copiando por sí también: curiosidad natural á criados. Á este tal parecía que se las había sacado una dama. No le acontecería más[210].»
En la colección de las cartas andan revueltas, con las ahora citadas, aquéllas con que remitía á Gil de Mesa la primera, la segunda y la tercera parte, para que se encargara de la impresión[211], así como las que le inspiraban el enojo de la corrección de pruebas y las demoras de cajistas. Por lo demás, aun reservando las piezas demostrativas de que «para morder no hay colmillo de jabalí que tal navajada dé como la pluma[212],» razón sobrada tenía estando satisfecho de la acogida otorgada por el público á sus obras, si «no había semana que no acudieran á su posada de varias partes á preguntar si estaban ya impresos los memoriales[213].»
«¿Qué culpa tengo yo, ponía, de que llamen por esas calles sentencias, y doradas, aquellos aforismos de mis cartas?[214].»
«Pregúntanme si algunas cartas que andan entre las impresas con nombres de otros, son en realidad de verdad mías ó de aquéllos. Porque el estilo, quien quiera que leyere las unas y las otras con un poco de atención, no le juzgará diferente, como ni una persona vestida de máscara, por mucho que se quiera disfrazar, podrá dejar de ser conoscido, yo diré francamente la verdad. Todas cuantas cartas andan en nombre de otros con las mías, son desa mi pluma grosera, tal cual la que me cupo por suerte. Lo mismo digo de cuanto anda en el libro de las Relaciones, ó sea debajo del nombre de El Curioso ó de cualquiera otro, ó de la pluma arrojada, cual la mía vive, por muy ruín, justamente[215].»
«Las cartas familiares y de amigo á amigo declaran más el natural que el rostro propio á un fisiógnomo, y así las llamó no sé quién retrato del ánimo[216].»
Han sido juzgadas con alguna variedad estas cartas, bien que generalmente se reconozca su mérito. D. Eugenio de Ochoa, que las reimprimió, pensaba que el escritor brilla más en ellas por la novedad de los pensamientos y la valentía de los giros, que por la pureza y corrección del lenguaje[217]; Bermúdez de Castro, en el supuesto de que todos los personajes de la corte de Francia querían testimonio de su estilo y de tener que poner en prensa el ingenio para discurrir lisonjera y graciosamente sobre fútiles consultas, alaba al escritor fácil y sentencioso, moralista divagador al gusto de la época, entendiendo que por estar entonces menos formada la lengua francesa que la nuestra, se enriqueció con los giros que introducía el español proscripto[218].
Reconocen efectivamente la influencia literatos de esta nación[219], por más que alguno piense fuera en parte debido al favor que por entonces gozaba en la corte y en la buena sociedad la lengua castellana[220], al que se debió la publicación de varias ediciones en la misma en que las cartas habían sido escritas[221], sin perjuicio de las traducciones[222]. Ticknor estimaba las cartas por su variedad de estilo, propias, castizas y muy interesantes[223]; Morel Fatio cree se deben de poner en la literatura epistolar española al nivel de las del autor del Centón dicho de Cibdadreal[224]; no falta, sin embargo, quien las encuentre un tanto cansadas (tedious)[225].
En más honda consideración se reconoce la exactitud con que el autor definía las cartas familiares: en éstas se halla su retrato moral pareciendo entre los rasgos, que si alguno excedía al de la adulación[226], era el de la vanidad. Por ella no es mejor la colección epistolar, limpia de las fútiles misivas á que Bermúdez de Castro se refiere, que repiten unos mismos conceptos rebuscados; por ella no está despojada de personales alabanzas, que por otro lado sirven grandemente á la pintura: la del docto amigo á quien ruega «pase los ojos por los renglones que le han caído de la pluma para esculpir en un reló destinado á Gonzalo, su hijo[227];» la que anuncia un anillo de dos rengleras de diamantes á su mujer[228]; la de los retratos que se manda hacer[229].
Se ha atribuído injustamente al Peregrino otra obra literaria, cuya malignidad tratando de supuestas inteligencias entre D. Juan de Austria y el Duque de Guisa ó sobre la muerte del Príncipe D. Carlos, y cuya complacencia en describir la agonía del Rey Felipe II, podían estimarse en consonancia con las que trazaba la pluma aquélla, más temible que colmillo de jabalí. La vanidad sirviera justamente para reconocer cuán ajeno fué de tal escrito, si el estilo no lo dijera á primera vista. Se habla en este libro con extrema parquedad de Antonio Pérez, y él no sabía hacerlo, por mucho que se quisiera disfrazar.
La obra se titula Breve compendio y elogio de la vida de el Rey Phelipe segundo de España, por Antonio Pérez, y de ella existen varias copias manuscritas, habiéndolas en la Biblioteca Nacional de París y en el Museo Británico de Londres. M. Mignet, que poseía una con otro título, Vida reservada del Señor Rey Phelipe 2.º, por Antonio Pérez, no dudó que el autor fuese realmente el ex-Secretario del Rey elogiado, y transcribió la relación de los últimos momentos del Soberano, porque se supiera que «la muerte no le quiso arrebatar antes de haberle hecho sentir que los príncipes y monarcas de la tierra tienen tan miserables y vergonzosas salidas de la vida como los pobres de ella. Ella le embistió al fin con una asquerosa phitiriase con un ejército innumerable de piojos...[230].»
En el Catálogo de manuscritos españoles de la Biblioteca Nacional de París, formado por M. Morel Fatio (pág. 65, núm. 178), se explica cómo el Breve compendio, atribuído á Antonio Pérez, es simplemente traducción de un capítulo del libro primero de la Histoire de France et des choses memorables advenues aux provinces etrangères durant sept années de paix, etc., par Pierre Mathieu: París, 1606, en 4.º, tomo I, páginas 35 á 148, versión española que publicó D. Antonio Valladares de Sotomayor con título de Vida interior del Rey D. Felipe II, atribuída comunmente al Abad de San Real, y por algunos al célebre español Antonio Pérez, su Secretario de Estado: Madrid, 1788, en 8.º