V.

La muerte del Rey de España debía de influir en el ánimo de su expatriado Ministro, mitigando cuando menos el odio personal en que principalmente se inspiraban sus acciones. Teníale además probado la experiencia que la medida de sus fuerzas no llenaba la del orgullo loco con que se creyó capaz de luchar mano á mano frente al coloso de la política; en Inglaterra como en Francia veía declinar de día en día las estrellas de su reputación y su influencia, que formaban constelación con la de la fortuna. En esta disposición, la idea de recobrar la posicion antigua; el deseo de ver el cielo de la patria y el techo del hogar, no ajeno á las almas más escépticas y depravadas, se iba haciendo sentir en la suya.

Algún amigo oficioso hizo vibrar las sensaciones apoyadas con la falsa nueva de haber recaído resolución importante por disposición testamentaria de D. Felipe. «Corrió voz y aviso del testamento que dejaba... con capítulo tocante al descargo del alma en las cosas de Antonio Pérez... Unos referían que había dejado orden que diesen luego libertad á la mujer é hijos; que le restituyesen toda su hacienda, y aun 8.000 ducados de renta en satisfacción de lo padecido...[231].» Otros hablaban de recomendación especial al Príncipe para emplear á Antonio Pérez en Flandes ó en Italia...

¿Qué razón se opondría al regreso de Pérez, influyendo en el nuevo Rey D. Francisco Gómez de Sandoval, Marqués de Denia, amigo de la juventud, que le había visitado en la prisión arrostrando la cólera del Soberano?[232]. Bien se podía saber que salió de España huyendo del enojo de su Príncipe, sin haber cometido delito de felonía ni hecho cosa contra la corona[233]; bien se podía juzgar que si había servido con algún consejo ó advertimiento á reyes extraños, era obligado de las circunstancias: ¿no es de ley natural servir al que da amparo?[234]

El Sr. Antonio pensaba en aquellos días en admirable conformidad con M. Morel Fatio en los presentes; los contemporáneos eran los que no la tenían, por más que el natural piadoso de Felipe III le estimulase doblemente á señalar su advenimiento con actos de clemencia y de dulzura.

Habían transcurrido seis meses sin variación alguna: por fin, en abril de 1599 se expidió la orden de libertad de Doña Juana Coello[235]; luego la de sus hijos, con licencia de reclamar la restitución de 20.000 escudos distraídos de la renta eclesiástica que correspondía al mayor, Gonzalo[236]; pero de Antonio Pérez nadie se acordaba. Aunque la entrada del Rey en Zaragoza se solemnizara con el perdón de los proscriptos, la libertad de los presos, el derribo de los padrones de infamia de los caudillos de la revolución aragonesa[237], Antonio Pérez seguía exceptuado, recibiendo mortificación y desengaño nuevo. «¡Ah! escribía, á cabo de nueve años de prisiones han soltado á madre é hijos; pero se les ha mandado que no puedan salir de España. Paresce cosa de rehenes del tiempo de aquellos reyes moros; paresce que valgo algo, y no valgo nada[238]

Sin desesperar por esto, acudió á los resortes ejercitados del halago, del ruego y de la amenaza, tocándolos á la vez en España y Francia. A la primera envió sentidas cartas para el Ministro universal, entre ellas una que había de enseñarle los medios de conservarse en el poder, ampliando el texto de aquélla que figuraba en su colección de las publicadas con epígrafe Á un gran privado[239].

La nueva se halla traducida al italiano por un anónimo que dice oyó elogiar en Ferrara á Antonio Pérez como uno de los maestros en el arte cortesano. Despertada su curiosidad, pudo procurarse noticias que recopiló con el título de Vita et qualitá di Anton Perez; y pareciéndole que la carta era joya preciosa, no sólo procedió á traducirla, la estudió y comentó en volumen de 154 fojas. Existe copia en el Museo Británico de Londres; otra en la Biblioteca Nacional de París (Fr-3.444), ambas con título de Lettera di Antonio Perez scritta al Duca di Lerma circa il modo che si doueno gouernare li fauoriti di Principi per conseruare la loro fortuna[240].

En lo de Francia, acudió al Condestable exponiendo que desde que estaba en el reino, con haber tenido del Rey muchas promesas y las prendas firmadas en Ruan, ninguna cosa se le había cumplido ni año había pasado en que creciera en fortuna un dedo, sino menguado de día en día, y no quería morir, que á los hijos y á él no les quedaba sino la vida para ver más de lo visto[241]. Acompañaba memorial al Rey diciendo:

«Que apretándole cada vez más las quejas de los suyos y los disfavores y desconsuelos aquí, sin ser de ningún servicio, le era forzoso consignar que en promesas de príncipes, fuera de lo que toca á su honra, era de consideración excusar desengaño. Decíanle los suyos no menos sino que no esperase verlos en Francia, y que se resolviera á que no lo tuvieran ni por marido, ni por padre, ni por hombre de entrañas humanas ni agradecidas á lo que habían padecido... Que pues aquí vivía inútil para S. M., y el estado en que se hallaba era de tanto daño si le tomaba la muerte dejándolos hijos de francés por el pan de la boca, le diera licencia para irse á alguna ciudad neutral á donde probar si estaba en esto el efecto de verse junto á los suyos[242]

Algún efecto produjeron las últimas gestiones: el Conde de la Rochepot, enviado como Embajador á España en 1600, recibió encargo de interesarse por Pérez con la eficacia que acredita el siguiente párrafo de las instrucciones:

«Cuidará particularmente de inquirir lo que podrá hacerse en favor del Sr. Antonio Pérez, por la suerte del cual tiene gran compasión Su Majestad, pues ha llegado á la desdicha en que se encuentra por desgracia y no por malignidad. Se informará de la manera con que son tratados la mujer é hijos, intercediendo por ellos á fin de conseguir que se restituyan en totalidad los bienes pertenecientes al padre y á los hijos, para que disfruten los beneficios de la paz y de la recomendación de S. M.[243]

Conocida la instrucción, decía la pluma incorregible del Peregrino: «Este Rey está fuerte en no consentir á los franceses absentes gozar sus casas y bienes si á Antonio Pérez no le dan su mujer, hijos y hacienda. Quizá este mismo favor dañará, pero serán gloriosos daños. Del nuevo Rey de España quiero esperar que imitará á David, por no probar los azotes de su reino por pecados ajenos[244]

Debió de dañar en verdad, más que la recomendación, la advertencia; en nada se alteró la resolución del Ministro de dejar las cosas como estaban, mientras que la bilis del expatriado sufría alteraciones graves al punto de obscurecer las dotes de hombre de negocios.

«Roni me trata mal, escribía al Condestable; el Rey manda que no me mude mi pensión, y Roni no quiere: no entiendo; y si lo entendiendo, que si me faltare el pan, buscaré un amo á quien servir, y esta licencia no me la negará el Rey[245]

Más agrio á medida que el tiempo trascurría, volvía á decir al Condestable en 1604:

«Dijo el Rey á Roni que no me tocase en la consignación, y Roni no quiere, y há tres meses que debo el pan que como. Pero más ha hecho el Sr. Gil de Mesa hoy, que ha dicho á M. de la Varenne que, si el Rey no quiere, que hable claro y no nos traiga engañados, que buscará Antonio Pérez un amo á quien servir. Por cierto, chico estómago tiene la corona de Francia si tan pequeña partida embaraza[246]

Sin embargo, por un resto de consideración ó indulgencia solía Enrique IV defender alguna vez á su Consejero de la malquerencia de Villeroy y de Rosny; prueba esta carta dirigida al último:

«Antonio Pérez ha venido á darme gracias por los tres mil escudos que se le han dado, y á suplicarme se extiendan á la cantidad de cuatro mil, con el fin de que si llega á saberse en España no digan que recibe menos que en los años anteriores. Así, por satisfacer la vanidad de este hombre, os ruego se le complete la referida suma de cuatro mil escudos[247]

De todos modos, empeoraban la situación crítica del proscripto el peso de su inutilidad, la humillación del descrédito, la necesidad apremiante de la subsistencia, instándole á redoblar las diligencias que le abrieran la puerta del destierro. En los preliminares de paz entre España é Inglaterra entrevió la ocasión de descorrer por sí mismo el cerrojo, haciendo valer servicios é influencias que parecieran grandes, y con la osadía que no le faltó nunca acometió el plan rápidamente concebido.

En la preparación hay pormenores que no están suficientemente esclarecidos. Birch[248] presumía que los artificios de la corte de España, empleados para apartarle de Enrique IV, le engañaron; que persona de la embajada de España en París, garantida por la palabra de un Grande que pasaba por allí hacia Flandes, le aseguró, en el caso de renunciar á la pensión que disfrutaba en Francia, que antes de seis meses sería reintegrado en los bienes y honores que había tenido en su país.

Bermúdez de Castro, dando crédito en esto, como en otras cosas, al interesado, consigna que el Conde de Miranda, Presidente del Consejo de Castilla, declaró explícitamente á Doña Juana Coello que sólo dejando el servicio del Rey de Francia podría abrigar esperanzas de acomodar satisfactoriamente los asuntos. Con este conocimiento fué Antonio Pérez á visitar al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, quien no sólo aprobó los consejos del Conde, sino que informó al Peregrino de los despachos del Duque de Lerma, en los mismos términos concebidos[249].

Hay pruebas fehacientes de la inexactitud de tal relato: podrían muy bien, los que de veras se interesaban por la suerte del emigrado, hacerle indicación de no ser su proceder el más á propósito para alcanzar el olvido de los anteriores; porque ello es que al tiempo mismo en que solicitaba con empeño y amenaza lo que creía pertenecerle, pasaba por Consejero oficial del Rey de Francia; continuaba siendo confidente secreto del de Inglaterra, dando á los Embajadores Winwood y Parry avisos que ellos transmitían al Secretario de Estado Cecil[250], y seguía reuniendo en su casa el foco de la conspiración de los refugiados enemigos de España. Podría también ser cierto que las personas á quienes Antonio Perez demandaba recomendación alimentaran vagamente sus esperanzas, por no tener parte en el desengaño; todo cabe menos la idea de que hubiera persona que intencionadamente se propusiera agravar un estado que inspiraba conmiseración.

Bermúdez de Castro agrega que con la intervención del Condestable de Castilla, del Embajador de Venecia, del Cardenal Legado, se presentó á Enrique IV, exponiendo humildemente su situación y suplicándole que, alzando los juramentos, admitiese la renuncia de la pensión que gozaba. Oyóle con calma el Rey y preguntóle si había reflexionado maduramente; hízole mil ofertas para que no le dejase, y prometió pagarle el sueldo en secreto si juzgaba que argüía infamia el público socorro. Aunque con agradecimiento y respetuosa cortesía se mantuvo firme Antonio Pérez en su resolución, é irritado el Monarca del desaire, declaró al Embajador de España que el Ministro emigrado nada tenía ya que ver con su servicio[251].

M. Mignet no ha encontrado indicio que acredite este incidente más que los anteriores, ni en la Colección Birch se justifica tampoco: hay, como se verá, documentos que en una parte lo contradicen.

Para apartarse de París, donde se ponía en duda su lealtad y la sinceridad de sus deseos (continúa diciendo Bermúdez de Castro), pensó marcharse á Venecia, entendiéndose con el Nuncio y con el cambista Alejandro Teregli; pero renunció á este plan, porque se movieron tratos para que se presentase en San Juan de Luz á una entrevista con los comisionados del Santo Oficio. Deshecho también este proyecto, determinó retirarse á Inglaterra á esperar su suerte á la sombra de sus antiguos protectores[252].

Lo de Venecia es evidentemente fantasía de aquéllas que continuamente inventaba el autor de las Relaciones; no lo es menos el retiro pensado en Inglaterra. ¡Protectores allí! Después de la desgracia y suplicio del Conde de Essex, seguido de la muerte de Antonio Bacon, en 1601, no le quedaban más que enemigos. Así no pensaba en arrimo ni sombra que le cobijara en las islas, sino en puente que desde ellas le pasara á la corte de España. Con el Embajador Zúñiga y con el Condestable de Castilla, contaba á ciencia cierta que habían de encarecer el valor de su intervención en el tratado de paces, porque se le acordara siquiera domiciliarse en Flandes al lado del segundo; por el lado del Embajador de Inglaterra, Tomás Parry, se había provisto de cartas para Cecil.

Completamente equivocado el Sr. Bermúdez de Castro, acaba el episodio explicando que al despedirse Antonio Pérez de Enrique IV recibióle con suma frialdad, pues sospechaba que iba á Londres con misión secreta del Soberano español para concertar, de acuerdo con el Condestable de Castilla, la paz entre ambos reinos (!), que en vano le protestó Manuel Don Lope la verdad: no se desengañó hasta más tarde[253].

Enrique IV sabía positivamente ser la intención de su ex-Consejero insinuarse con el Rey Jacobo I, penetrar sus disposiciones y comunicarlas al Condestable D. Juan de Velasco, que podría sacar partido en beneficio de las negociaciones. Tan lo sabía, que lo advirtió anticipadamente en carta personal á su Embajador en Londres, Conde de Beaumont, escribiendo esta frase: «Cree hacerse el necesario y me parece que se equivoca[254];» y antes lo había advertido su Ministro de Estado M. de Villeroy diciendo: «Cuidado con Antonio Pérez, que nos ha informado de su marcha, no vaya á sorprender, como se promete, á los cortesanos y á las damas con las lisonjas y adulaciones de costumbre, y dé á entender con motivo de las paces que ha prestado servicio de tal naturaleza, que merece ser reintegrado en los bienes y honores que tuvo. No he visto jamás en hombre impudencia, vanidad y desenfado como los suyos... tened cuenta con todo lo que haga y diga, hasta en las menores cosas, porque da contento al Rey saberlo, y me encarga os lo recomiende[255]

Los despachos atestiguan que el conocimiento de la persona era tan exacto como el de las intenciones. No menos le conocían en Inglaterra.

Antes de desembarcar en la isla, recibió carta del Conde de Devonshire haciéndole saber que el Rey no le acordaba licencia de entrar en sus Estados por tener de él muy mala opinión y merecer á lord Cecil odio y desprecio[256]. No había motivo para tenerse por lisonjeado; no se dió tampoco por entendido: con la atrevida inconsideración genial puso pie en tierra, avanzando hasta Canterbury, desde cuya ciudad escribió al Rey larga carta en latín, manifestando la extrañeza que le había causado recibir una orden inusitada en vez de los favores que se le habían hecho esperar. Invocaba la autoridad del Embajador Parry, que le había dado cartas, diciendo: «Por eso me dirijo á V. M. y apelo á su justicia, poniendo por delante su nombre y palabra para que se sirva examinar con prudencia, pesar y decidir si el punto á que han llegado las cosas, según la ley natural, conviene á la Majestad real y es debido á un extranjero no desconocido en el mundo y que se ha fiado en tal palabra. Si por otro lado puede servir mi persona de obstáculo en los negocios que actualmente se tratan, pues en tal caso, aunque yo no sea un Jonás que haga alborotar la mar y los otros elementos, me retiraré á cualquier rincón del reino bajo el favor y protección de V. M., que lo consentirá, para que las gentes no se admiren y quieran saber por qué sólo se niega á Antonio Pérez lo que á ningún desterrado ni á ningún fugitivo en un reino libre y poderoso[257]

La epístola produjo en Jacobo paroxismo de cólera; mesándose la barba[258] tildó de animal á su Embajador en París[259] y reiteró la orden que Pérez tuvo que cumplir, volviendo corrido al continente á saber que sin su agencia ni concurso se había firmado el tratado de paz en Londres en agosto de aquel año, 1604.

«Los ingleses nos han devuelto algo incivilmente á Antonio Pérez, escribía Villeroy al Conde de Beaumont. Ahora pide al Rey, de limosna, la pensión de 12.000 libras que le daba S. M. antes de marchar; pero le conocemos y estimamos en lo que merece, como ahí y acaso más. Viene contando que Cecil le ha jugado esta pasada, de acuerdo con el Embajador de España, por la amistad que tuvo con el Conde de Essex: lo cierto es que la adversidad no le ha enseñado á ser más cauto y prudente que el auje[260]

No perdió momento Pérez, como Villeroy refiere, en el ensayo de reconquistar el terreno perdido en Francia; por intermisión del Condestable y embajada de Manuel Don Lope quiso justificar el viaje por aventura arriesgada de necesidad, de la que volvía postrado con gran calentura. Empezaba por pedir al Rey, con la disculpa, mandara le admitieran en el Convento de San Denis, para que si muriese tuviera cerca la sepultura, y por final ponía: «Con esta prueba, Syre, que he hecho por mi mujer é hijos, habré cumplido con ellos y con estas obligaciones generales y cristianas; y si á poco más que les daré de término, que no pasarán de dos ó tres meses, para ver si me los quieren dar, con que habré cumplido con todo, yo me resolveré á morir siervo de V. M. en sus reinos, sin dejarme engañar más[261]

Manuel Don Lope estaba encargado de encaminar la insinuación á favor de memorandum trazado por la pluma del hábil intrigante, sin olvidar la amenaza de buscar otro amo, testimonio de la penetración de Villeroy[262].

Sin perjuicio de estas diligencias, cumplía realmente el Sr. Antonio la indicación puesta en la carta á Enrique IV de intentar otra prueba en España, que sería la última. Comunicado el proyecto con D. Juan de Velasco, ofrecía formalmente al Embajador de España servir de espía, utilizando las relaciones que tenía en Francia, y comunicar los secretos de la política de esta nación, estableciendo, por más seguridad, su residencia en Besançon ó en Constanza, siempre que se le dieran 150 escudos al mes. D. Baltasar de Zúñiga se procuró informaciones, tuvo varias conferencias con el pretendiente y hubo de dar curso á la proposición, remitiéndola, con despacho suyo, al Duque de Lerma, que la puso en trámite secreto del Consejo de Estado.

En tanto, no parece que logró Pérez la celda gratuita en San Dionisio[263] ni en otro Convento de Bernardos[264], volviendo á París al barrio de San Lázaro[265], vendidos los coches y mobiliario para subsistir. Pudiera dar lo mismo por perdida la ilusión de pasar los Pirineos á tener conocimiento de lo que en la corte de España ocurría. En despacho al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, de Valladolid á 10 de junio de 1604, decía el Rey Don Felipe:

«Cuanto á lo que os dijo el Rey por Manuel Don Lope, será acertado que pase en disimulación, pues la calidad de su delito no permite otra cosa, y así daréis allá la salida que mejor os pareciere[266]

Es decir, que Enrique IV mostraba por un emigrado de la causa de Antonio Pérez un interés que no era ya extensivo á éste, y que considerado sin remisión el delito del subalterno, necesariamente se había de tener en España igual, si no mayor rigor, con el jefe. De lo primero es confirmación el proyecto de tratado definitivo de paz entregado en 31 de agosto del propio año á M. Emery de Barrault, nuevo Embajador de Francia en España, sin mención de Antonio Pérez[267]; de lo otro no deja duda la plática que entre el otro Embajador, La Rochepot y el Duque de Lerma, se verificó el mismo mes de agosto. Quejándose el de Lerma de muchas cosas pasadas después de la paz de Vervins, en perjuicio de los juramentos solemnes de conservarla, y enumerándolas, dijo: «Que Antonio Pérez y otros españoles y portugueses se acogieron de muy poco acá á Francia, y que tal manera de vivir cría muy gran desconfianza entre los dos Reyes é impide una verdadera reconciliación tal cual está deseada.»

Contestó el Embajador «que Antonio Pérez y los demás acogidos á Francia, á todos es muy manifiesto que eso fué en tiempo de la guerra y no después de la paz hecha[268]

Pero un documento de mayor importancia, que no conocieron Bermúdez de Castro ni Mignet, explica con mayor claridad por qué el Duque de Lerma entretenía indefinidamente la solución tan esperada. La sección secreta del Consejo de Estado había informado al Rey en estos términos:

«Señor: En la Junta de dos se vió una carta del Condestable de Castilla para el Duque de Lerma, de 25 de julio, y la copia de un capítulo de carta de D. Baltasar de Zúñiga para el Condestable, y en las dos hablan de Antonio Pérez; y la substancia es que á Antonio Pérez se le dé algún dinero por mano del Embajador, y que salga de allí y vaya á residir á alguna parte neutral, donde dicen que podrá ser de provecho para las materias de Francia cuando estuvieren en estado de poder negociar en él las cosas de substancia, como si aquel Rey faltase, porque tiene particular noticia de las cosas de çuiços y es estrecho amigo de venecianos y ingleses, digo, de sus Embajadores, y del Condestable de Francia y del Duque de Suessons [así], y que en Bisanson ó en Constancia se le podrían dar 100 ó 150 escudos al mes por vía de la Embajada de Francia; y la conveniencia de sacarle de Francia es por quitar que portugueses, aragoneses y otros foragidos no acudan á él, sobre lo cual se votó como se sigue.

»El Comendador mayor, que Antonio Pérez ha sido y es el que se sabe, y de ninguna prudencia y consejo, y que muchas veces se ha maravillado de que, tras tantos trabajos y en su edad, no se haya retirado á un rincón á hacer penitencia de sus pecados, y que agora que se halla desvalido y desfavorescido y desautorizado en Francia, mueve nuevas pláticas, y por ventura fingidas, para engañar y poder deservir mejor, como lo ha hecho siempre y se puede creer del acto que hizo de despedirse de aquel Rey, y en ese color quiso ir á Ingalaterra, donde no tenía que hacer; y pues no iba por cuenta y orden de V. M., se ha de creer que iba por la del Rey de Francia, como se verifica, pues cuando el de Ingalaterra no le dió entrada, se volvió á París y allí fué recibido; y habiéndole dejado de admitir en su reino el de Ingalaterra, por tener respecto á V. M., le podría dar mucho que pensar si agora le viese amparado de V. M., cuanto más que el quererle guardar para cosas de Francia para adelante, se dice como si Antonio Pérez no tuviese más años que el Rey de Francia, y por lo menos confiesan las cartas que de presente no es de ningún fruto, y en lo de adelante es muy dudoso todo lo que dél se puede esperar, aun cuando de su fidelidad se pudiera tener certeza, y lo que se debe tener está bien entendido; y entretenerle en çuiços de ninguna manera convendría, pues se ha negociado con ellos cuanto se ha deseado, y podría ser que allí hiciese, por lo menos, oficios por todos, y revolviese lo que está bien asentado. Y yo no hallo que en Francia pueda ser de daño, ni en ninguna parte de provecho para el servicio de Dios ni de V. M., y que de los daños que hiciese en otras partes no habría disculpa, pues no hay razón para prometerse dél mejores cosas que las pasadas. Y que cuando se hubiese de hacer algo por él, sería entretenerle en alguna isla remota, no para que haga algo, sino para que se salve, y aun dará cuidado que allí no haga daño.

»El Conde de Miranda, que él ha sido el que ha hecho más oficios con V. M. por la mujer y hijos de este hombre, para que V. M., apiadándose de la grandeza de su necesidad, les hiciese la merced que les ha hecho; pero que por el hombre no puede interceder, siendo el que ha sido y el que es, y que si estuviera en un calabozo, por ventura se doliera dél; y que lo que conviene para el ejemplo público y para todo, es que, si puede ser habido, se castigue como obligan las leyes divinas y humanas, pues ha sido infiel á Dios y á su Rey y Señor natural; y que aun cuando entregara á V. M. dos ó tres fuerzas, no sabe si viniera en lo que se propone, y tanto menos estando agora actualmente ofendiendo á ambas Majestades; y que él se ve reducido á términos que ya el de Francia ni nadie se fía dél, y que tanto más sería de mal ejemplo y consecuencia que V. M. se sirviese ni fiase dél; y que aunque en los Reyes no ha de haber rencor, han de ser constantes y firmes en favor de la justicia, y que así en lo que se ha de poner la mira es en procurar de haberle á las manos, porque la misericordia de los Reyes no ha de ser para tan malos y perversos hombres; y que no es menos necesario que los Ministros entiendan que si cayeren en semejantes delitos, no ha de haber misericordia para ellos; y que á la mujer y hijos podrá V. M. hacerles la merced y bien que fuere servido.

»El Comendador mayor de León añadió que D. Juan de Luna, castellano de Milán, por un disgusto se fué á París, y que, aunque no hizo ningún otro deservicio, se exceptuó en cédula aparte en las paces del año de 59, sin que S. M., que haya gloria, se dejase vencer por ninguna consideración.—V. M. mandará lo que sea servido. En Valladolid á 30 de agosto de 1604.—Rúbrica[269]

En Inglaterra, en Francia, en España, el juicio y la opinión de Antonio Pérez eran, como se ve, de paridad nada envidiable: si el Gobierno, en la última de estas naciones, en la patria del desdichado, dejaba sin respuesta las súplicas; si las personas á quienes particularmente pedía recomendación en su favor el proscripto ocultaban la verdad y alimentaban vagamente la esperanza, á piadoso engaño, no á cruel animosidad, obedecían.