VI.

En Francia se iban cerrando una tras otra las puertas que el español suntuoso atravesaba al concurrir á los saraos y festines de los cortesanos parisienses, imitadores de su Rey; el comensal picante, el que un día por gala se decía Antonio Pérez, mendigo en Francia[270], veía con espanto la horrible faz de la miseria, sin encontrar reparo que le escudara; sordo el monarca á las súplicas, pretendía llegaran á los personajes influyentes con agasajos de aquellas industrias españolas de estimación galante. Se dedicó al adobo de pieles en ámbar con que hacer guantes[271], á la preparación de perfumes y aun de mondadientes, lisonjeando la vanidad incurable con ejemplos de mayor desventura. «Dionisio el tirano, habiendo perdido su reino, dió en ser maestro de escuela por pasar la pérdida mejor con oficio en algo semejante de mandar y castigar; él daba en maestro de plumas por conservar los dientes para morder como herido[272].

Había topado en sus destilaciones una agua de olor de la religión de los ángeles. Entreteníase en esto por no destilar el juicio, por sustentar el cuerpo...[273]; prevenía polvos, secreto de los que más valen agora con las damas...[274]

La necesidad le llevaba á melancolizar filosóficamente en el solitario albergue, señalando sus cartas, cual piedras miliarias, las etapas del camino de la amargura. La envidia[275]; el corazón del hombre[276]; la poca seguridad de los amigos[277]; el olvido[278]; la instabilidad de la fortuna[279]; la soledad; la soledad, sobre todo, afligía al hombre que con el bullicio y el enredo se alimentaba[280]. Con todo, como «la nación española dentro de un asedio es la más paciente de todas, que en esta opinión es tenida y los testimonios de historias lo confirman, no había que pensar que á él le tomaran por hambre en el asedio de la soledad[281]

Por la pensión del Rey de Francia acudió al Consejo de Estado[282] y al Parlamento[283] sin resultado; por el perdón del de España visitaba á cuantos caballeros de viso pasaban por París: al P. Antonio Crespo[284]; al P. Rengifo, de la Compañía de Jesús, confesor del Duque de Feria[285]; á otros cuyos nombres calla[286], distribuyéndoles generosamente ejemplares de sus obras y espantándose de que las censuraran[287]. Le asombraba que entre españoles no se leyera con calma, por ejemplo, la felicitación á Enrique IV por la victoria de Amiens, victoria ganada á los españoles[288], mientras no recibió el doloroso correctivo de la siguiente epístola:

«Señor: V. md. debió de saber con cuánta lástima llegamos á este reino de los trabajos que v. md. padesce fuera del nuestro; pero ha querido quitárnosla con que veamos sus libros, que en ellos no cabe, y así se los volvemos á v. md., á quien guarde Dios.—De la Posada, hoy martes.—El Marqués de Cerralvo.—El Marqués de Tavara[289]

El primero de los firmantes escribió en una hoja blanca de las Relaciones:

«Caminando en la lectura de este libro de v. md. con la indignación que podía criar en un pecho leal y en una vena de mi sangre la descompostura con que v. md. habla de las acciones de su Príncipe (y tal Príncipe), he llegado hasta aquí, donde he hallado el discurso de esta autoridad con que v. md. le remata, pues habiéndole escogido el que escribe el libro para fin de él, parece que disculpa todo lo escrito, y en fe de que es última voluntad merece que le pasemos por descargo de conciencia y medio para perdón[290]

Acusaban todos á las libertades de la pluma sin decirle nada nuevo, que «la experiencia le tenía enseñado que hiere más que la espada[291]:» ¿no podrían con la pluma cauterizarse las heridas? Á la prueba se puso escribiendo rápidamente un libro de la ciencia de gobierno, enderezado al Duque de Lerma, con el título de Norte de Príncipes, Virreis, Presidentes, Consejeros, Gobernadores y advertimientos políticos sobre lo público y particular de una Monarquía, importantísimos á los tales, fundados en materia y razón de Estado y Gobierno.

Hubo quien colgó al triste escritor la paternidad del Elogio de Felipe II, por ser obra maligna; también ha habido quien se la niegue del Norte, por tener mucho bueno. El error viene de otro libro muy semejante que apareció más tarde bajo cubierta de El conocimiento de las naciones, que Antonio Pérez, Secretario de Estado de la Majestad de Felipe II, escribió desde su prisión al Rey Felipe III después de haber heredado, año de 1598.

Se supo que este segundo libro había sido redactado por Baltasar Álamos de Barrientos, demostrándolo D. J. M. Guardia al darlo á luz con el título de Antonio Pérez.—L'art de gouverner. Discours adressé a Philippe III (1598), publié pour la première fois en espagnol et en frances, etc., par J. M. Guardia: París, 1867, en 8.º; y como M. Morel Fatio encontrara en la Biblioteca Nacional de París manuscritos de ambas producciones cuando formaba el catálogo de los españoles, á continuación del membrete de la primera, ó sea el Norte de Príncipes, escribió[292]:

«Este tratado, que, según ha demostrado M. J. M. Guardia, es debido á Baltasar Álamos de Barrientos, se ha publicado con la siguiente portada: Norte de Príncipes, Virreyes, Presidentes y Gobernadores, y advertencias políticas según lo público y particular de una Monarquía, importantísimas á los tales, fundadas en materia y razón de Estado y Gobierno. Escritas por Antonio Pérez, Secretario de Estado que fué del Rey Católico D. Felipe, segundo de este nombre, para el uso del Duque de Lerma, gran privado del Señor Rey D. Felipe III: Madrid, 1778, en 8.º»

La equivocación no es extraña, porque son las dos obras muy semejantes: podría decirse que, en opiniones, en sentencias, en conceptos completos, son iguales, lo que se explica con poco favor de Barrientos, emigrado, dependiente y amigo de Antonio Pérez, y que probablemente tuvo á la vista el Norte de Príncipes al escribir El conocimiento de las naciones: así la justicia retributiva demanda que se reconozca á Antonio Pérez, no sólo la redacción del primero, sino también el espíritu, orden y forma del otro.

Respecto del primero, si no quedara en muchas cartas prueba de autenticidad, la diera el estilo, que, bien decía el autor, no se confunde con otro. Véase cómo empieza[293]:

«Yo, como vasallo desta corona y criado de V. E., en la voluntad al menos, para merecer serlo en la obra, deseo dar alguna muestra de mi servicio con que no parezca inútil del todo, y ésta que comienzo me anima á seguridad que llevo de no perder, por el ánimo grande de V. E., y porque, según la opinión con que indignamente me persigue el mundo, alabándome con exceso, quizá injustamente, pero para daño mío, que es fortuna de desgraciados y alabanza propia de enemigos, y tiros inexcusables los que se le hacen desta suerte, por mucho que me levante y suba con mi discurso, no poderé ya caer en más abismo de miseria del en que me hallo, pues aun lo bueno veo que me daña, que de lo malo no es justo esperar provecho, y más, señor, que ha llegado á término que no hay fruto mío, aunque parezca bueno, de que no tema que haya quien saque veneno contra mí. La culpa entonces será suya, siendo obra de malos médicos; pero ¿qué aprovecha si yo llevo la pena della con el estado en que me hallo?»

La obra ha sido juzgada sin pasión[294], hallando que encierra doctrinas útiles, morales, previsoras, algunas de las cuales se adelantan á la época[295]; nada había que añadir sobre el particular en la presente ligera exposición de hechos, si algunos de los consejos al privado de Felipe III no estuvieran encarnados en la conducta del que lo había sido de Felipe II.

El primero, el que encabeza la parte destinada á la enseñanza política, dice:

«El Príncipe que fuere señor de la mar, será monarca y dueño de la tierra.»

Su amo no quiso estimar el aforismo; en Inglaterra asentó sus fundamentos Antonio Pérez; quiso hacerlo igualmente en Francia, sin hacerse oir de Enrique IV, y al recomendarlo por cuarta vez para su patria, razonaba: «Porque Francia no tiene imperio en el mar, es poco de temer, mayormente con la inconstancia y desasosiego de sus naturales. Por este medio únicamente se puede refrenar á Inglaterra y á las provincias rebeldes.»

La idea falsa de los tesoros de las Indias, censura con la notable frase: «Las riquezas, el oro y la plata de las Indias trajeron consigo este mal, para que podamos llorar, y con razón, si esto que llamamos merced fuese castigo del cielo.»

Por distinto concepto se fija la atención en otra sentencia que le sugiere el lujo: «Más quieren las mujeres parecer y ser malas, que no pobres.»

¡Las mujeres! Pues ¿y los hombres? ¿Y el autor? ¿No ofrece él mismo materia para dudar de la sinceridad de las declamaciones, entendiendo que, sitiado por hambre, no estaba todavía rendido?

Su tenaz fortaleza requería aún la multiplicación de trincheras y baterías que le pusieron la senectud, los achaques, la indigencia, los dolores del alma, como el de la muerte de su hija Gregoria, pobre inocente.

En 1606, cuando marchó con licencia el Embajador D. Baltasar de Zúñiga, pidióle con lágrimas que hablara en su favor al Rey, y así hubo de prometérselo por continuación de las gestiones anteriores, dejando en su sér las esperanzas que, un año más tarde, pintaba esta carta al Condestable de Francia:

«De mí no sé nada, sino que de cualquier manera, con la llegada de D. Baltasar de Zúñiga, ó vuelta por mejor decir, espero alguna resolución, y por lo menos desengaño, que éste es el término que he puesto á este encanto, como lo escribí ayer al Rey Cristianísimo, con que me echaré á vivir y morir sin más padescer los tormentos de esperanzas humanas, que aunque las conozco y sus engaños, he tenido por obligación hacer esta última prueba, porque vea el mundo que no quedó por bizarría ni falta de todas justificaciones en cuanto á mí ha sido. Y con esto entregaré á Dios el juicio último[296]

La última prueba del náufrago acompaña al último suspiro. D. Baltasar volvió sin resolución ni desengaño, y en la ausencia había pasado el suplicante de la estrechez á la miseria por más y más humildes habitaciones en la calle del Temple y faubourg Saint-Victor[297]. En 1608 se mudó á la calle de la Cerisaie, cerca del Arsenal y de la iglesia de San Pablo; á ésta iba frecuentemente á demandar á Dios el consuelo que los hombres le negaban[298], y en el tiempo que los achaques y las oraciones no exigían, entretenía el espíritu ejercitando la pluma siempre activa.

«Los papeles eran sus compañeros y entretenimiento ordinario: íbalos recogiendo para dar una parte de los negocios grandes que habían pasado por sus manos y por las de su padre...[299]. Se empleaba en revolver sus historias y borradores... ¡qué bocados le traía al oído la soledad![300]

Momento pasajero de alegría tuvo al estrechar en los brazos á sus hijos Gonzalo y Rafael, autorizados á visitarle. ¿Qué más? El Duque de Lerma le enviaba testimonio de reconocimiento por el Norte de Príncipes que le había dedicado... y esperanzas, que corroboraba el nuevo Embajador D. Pedro de Toledo. Decíanle que el Rey se encontraba animado de las mejores disposiciones, que las de su valido eran conocidas; mas que no podía exponerlas á choque con la Inquisición.

Confortado un tanto el ánimo con esto; asegurado del Embajador, que quiso repasar y añadir de su mano alguna frase en la minuta, firmó á 9 de agosto de 1608 nueva carta al Duque:

«Apiádese V. E., yo le suplico muy humildemente, de mí y de los míos, que si idolatré no lo hice sino necesitado y importunado grandemente deste Rey, engañado él de mi poco valor y de su mucha piedad. Buena prueba he dado con la obediencia con que dejé todo en mandándomelo, metiéndome en mil peligros y aventuras con mucha incomodidad y pobreza mía, no por el premio que podía esperar de tal Rey, sino por la satisfacción de mi ánimo de haber cumplido con mi obligación, como lo he declarado á D. Pedro de Toledo para que con brevedad procure el remedio, porque no viva más tiempo suspenso en este estado, miserable mucho y peligroso más, como él lo articularizará y calificará con las particularidades y verdades que á la boca le he referido. Pero, señor, como ningunos trabajos me pueden quitar el deseo de morir vasallo de quien lo nací, paresce razonable que tal Rey, como yo lo espero, lo permita, y que resista S. M. y V. E. á los que pretendieren impedir que á este cuerpo, que ya está hecho tierra como sin alma, le recoja su naturaleza para acabar sus días... Ha permitido V. E. que mis hijos puedan haber visto el estado miserable en que estoy; yo le suplico permita que la que los parió no cierre los ojos, pues por los años que há que lloran merescen á lo menos que vean esto[301]

Rafael Pérez fué portador de esta carta[302] porque fuera mejor recibida; Gonzalo continuó algún tiempo más al lado de su padre, haciendo las diligencias que ya no podía el septuagenario intentar por sí mismo; diligencias penosas de que da idea esta otra carta dirigida al Condestable de Francia:

«Yo he enviado hoy á mi hijo á hablar á Mos de Villarroel, y hale respondido con mucho favor y gracia, que esta mañana habló al Rey y que le respondió que era necesario que V. E. y él se hallasen con S. M. juntos para resolver esto... Resta, señor, agora que V. E. acabe de sus manos con Mos de Villarroel este milagro, que mi corta ventura es tal, que milagro es menester para resolución que haya de ser en mi favor. Y porque yo creo que mi hijo no debe de haberse dado á entender á V. E. con la vergüenza que ha conoscido en mí de llegar á tal atrevimiento como á pedir pan á V. E. sobre tanto favor y favores como le debo, suplico á V. E. que me socorra con alguna limosna de su liberalidad y piedad natural, para esperar esta resolución de S. M.[303]

M. Morel Fatio ha encontrado declaración por la que consta, con fecha 31 de diciembre de 1609, haber recibido Antonio Pérez del Tesorero del Rey la cantidad de 3.600 libras por la pensión que S. M. le acordaba en el presente año[304]. En vista del documento, piensa el mismo Sr. Morel Fatio que se engañó M. Mignet al afirmar que la pensión no fué devuelta[305]; pero habiendo sido necesario un milagro para conseguir este socorro que pronto liquidarían los acreedores, no parece que el engañado fuera M. Mignet. Si la pensión corriera, no hubiera escrito Pérez al Embajador D. Pedro de Toledo, á poco:

«Estoy en el extremo último con haber ya agotado á mis amigos que me socorrían y con no saber dónde hallar el pan de mañana[306]

Bermúdez de Castro formuló suposición, también errónea, al referir ocurrencias posteriores. «Sea que no le descubriese, como esperaba (dice) secretos de la corte francesa; sea que tuviera malas noticias de su lealtad, la buena disposición de D. Pedro de Toledo por Antonio Pérez cesó repentinamente; llególe casi á echar de su casa, rogándole en seco tono que no le importunase con sus súplicas, y al presentarse otro día D. Gonzalo con un billete de su padre, delante del Embajador de Austria se lo devolvió sin abrirlo[307]

Pues que D. Pedro de Toledo seguía diciéndole que no dependía de la voluntad del Rey ni de la de su Ministro una gracia opuesta á las atribuciones del Santo Oficio[308], sabiendo bien á qué atenerse, evidentemente esquivaba la ocasión de destruir las ilusiones del pobre anciano, restringidas al único pensamiento de dejar los huesos en tierra española. Con toda probabilidad, la insistente recomendación del Embajador cuando marchó llevándola Gonzalo Pérez le valdría reprimenda; prefirió, sin embargo, á comunicarla, cerrar la puerta á la importunidad del ruego: procedió piadosamente.

Corría el año de 1610 cuando mano alevosa cortó el hilo de la vida de Enrique IV, aunque tibio, protector todavía del proscripto; y como produjera la ocurrencia embajada extraordinaria de España confiada al Duque de Feria, acudió ansioso buscando la nueva que esperaba. El Duque no había recibido órdenes que le concernieran[309].

Quedaba todavía un recurso, el último: el Tribunal de la Inquisición. Gonzalo Pérez emprendió viaje á Roma con recomendaciones del Nuncio para interesar al Papa; Antonio escribió á Fr. Francisco de Sosa, General de la Orden de religiosos observantes, Obispo de Canarias y Consejero del Santo Oficio, para que le alcanzara salvoconducto con que presentarse voluntariamente en las cárceles del Tribunal á la defensa de su causa, y con su aquiescencia dirigió memorial al Consejo en 22 de septiembre de 1611. Por entonces ni aun á la iglesia le consentían ir los achaques; pasaba el día rezando en el oratorio instalado en su casa con licencia del Pontífice, que le había acordado además absolución de las censuras en que pudiera haber incurrido en sus relaciones con heréticos[310]. Antes de llegar la contestación de la instancia cayó gravemente enfermo, y sintiéndose á las puertas de la muerte dictó á Gil de Mesa esta declaración[311]:

«Por el paso en que estoy, y por la cuenta que voy á dar á Dios, declaro y juro que he vivido siempre y muero como fiel y católico cristiano, y de esto hago á Dios testigo. Y confieso á mi Rey y señor natural, y á todas las coronas y reinos que posee, que jamás fuí sino fiel servidor y vasallo suyo; de lo cual podrán ser buenos testigos el señor Condestable de Castilla y su sobrino el Sr. D. Baltasar de Zúñiga, que me lo oyeron decir diversas veces en los discursos largos que tuvieron conmigo, y los ofrecimientos que muchas é infinitas veces hice de retirarme á donde me mandase mi Rey á vivir y morir como fiel y leal vasallo. Y ahora últimamente, por mano del propio Gil de Mesa y de otro mi confidente, he escrito cartas al Supremo Consejo de la Inquisición, y al ilustrísimo Cardenal de Toledo, Inquisidor general, al señor Obispo de Canarias, ofreciéndoles que me presentaría al dicho Santo Oficio para justificarme de la acusación que en él me había sido puesta; y para esto les pedí salvoconducto, y que me presentaría donde me fuese mandado y señalado, como el dicho señor Obispo podrá atestiguar. Y por ser ésta la verdad, digo que si muero en este reino y amparo desta corona, ha sido á más no poder, y por la necesidad en que me ha puesto la violencia de mis trabajos, asegurando al mundo toda esta verdad, y suplicando á mi Rey y señor natural que con su gran clemencia y piedad se acuerde de los servicios hechos por mi padre á la Majestad del suyo y á la de su abuelo, para que por ellos merezcan mi mujer é hijos, huérfanos y desamparados, que se les haga alguna merced, y que éstos, afligidos y miserables, no pierdan, por haber acabado su padre en reinos extraños, la gracia y favor que merecen por fieles y leales vasallos, á los cuales mando que vivan y mueran en la ley de tales. Y sin poder decir más, lo firmo de mi mano y nombre en París á 3 de noviembre de 1611.»

Pocas horas después, auxiliado por Fray Andrés Garín, de la Orden de Santo Domingo, espiró[312], cerrándole los ojos los fidelísimos amigos Gil de Mesa y Manuel Don Lope, que acompañaron el cuerpo, seguidos de algunos mendigos con hachas, hasta la iglesia del Convento de los Celestinos, donde fué sepultado. En toda probabilidad, ellos pondrían el epitafio que subsistió hasta el derribo del edificio, á fines del siglo pasado[313]:

Hic jacet
illustrissimus D. Antonius Perez,
olim Philippo II, hispaniarum regi,
a secretioribus consiliis,
cujus odium male auspicatum effugiens,
ad Henricum IV, galliarum regem,
invictissimum se contulit,
ejusque beneficentiam expertus est,
demum parisiis diem clausit extremum
anno salutis MDCXI.

No consignaron que contaba setenta y dos de edad.

M. Birch[314] transmitió el rumor de la época de haber ido á poder del Ministro Villeroy los papeles del Peregrino, y de haber sido quemados por consideración á España. Llorente dió noticia de algunos documentos existentes en el Tribunal de la Inquisición con motivo de la demanda que en rehabilitación de su memoria presentaron en 21 de febrero de 1612 los seis hijos de Antonio Pérez. Estos documentos eran[315]:

1. Certificado de la Facultad de Teología de la Sorbona, expedido por su Secretario en 3 de septiembre de 1603, atestando la pureza de la doctrina católica de Antonio Pérez.

2. Breve de Su Santidad de 26 de junio de 1607, dado á ruego de Antonio Pérez, absolviéndole ad cautelam de las censuras en que hubiera podido incurrir por el comercio que había tenido con heréticos, aunque no hubiera dejado de ser católico.

3. Testamento de Antonio Pérez, otorgado en París el 29 de octubre de 1611, haciendo profesión de fe católica, mandando se enterrara su cuerpo en la iglesia del Convento de los Celestinos, y que se celebraran misas por el reposo de su alma.

4. Información hecha en París á principios de febrero de 1612 ante el Auditor de la Nunciatura eclesiástica, á petición de Gil de Mesa, español, Gentilhombre de la casa del Rey de Francia, y su Chambelán, compatriota, amigo, pariente y ejecutor testamentario de Antonio Pérez, en que declararon el Vicario de la parroquia de San Pablo; otro clérigo; Fr. Andrés Garín, religioso de la Orden de Santo Domingo; Manuel Don Lope, noble de Zaragoza; Alejandro Toregli, banquero de París, natural de Luca, y otros testigos.

Todos dan fe de que, de tiempo atrás, Pérez hacía en París vida no sólo católica, sino ejemplar, frecuentando los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía en su parroquia de San Pablo y en las iglesias de los Celestinos y de Santo Domingo. Que tres años antes de morir, por no permitirle la debilidad de las piernas asistir al templo, instaló oratorio en su casa de la calle de la Cerisaye, obtenida autorización para ello, para oir misa y recibir los Sacramentos. Que en la última enfermedad se confesó y recibió absolución de Fr. Andrés Garín, uno de los testigos, el cual no se apartó de la casa en aquellos días; le administró el Viático con permiso del cura de la parroquia; asistió á la Extremaunción, y le ayudó á morir, formando convencimiento de haber finado santamente en el Señor por la piedad y devoción.

Otros tres testigos dijeron haberle oído muchas veces manifestar deseos de regresar á España con el fin de acreditar la pureza de sus creencias, y que durante la enfermedad se afligía de no haber podido realizar el propósito y desvanecer la nota de infamia que pesaría sobre su mujer é hijos, manifestando, sin embargo, que esta desgracia no le impediría morir buen católico, como siempre lo había sido.

Manuel Don Lope declaró por sí haberle oído frecuentemente sorprenderse de que los protestantes, estando tan versados en la Santa Escritura, predicaran errores que la palabra de Dios destruía, lo que le hacía pensar que los enseñaban no creyéndolos. El testigo recordaba también que, hablando con el difunto de diferentes cosas, le había dicho que muchas personas eran de parecer que él, Antonio Pérez, debiera haber aceptado la pensión de doce mil libras que el Rey Enrique IV quería otorgarle en consideración á su edad, enfermedades y falta de medios de subsistencia, y que Pérez había respondido que no se arrepentía, así faltaran á la palabra que le dieron, antes, por el contrario, que si todavía le hicieran la misma proposición segunda vez, la rehusaría con objeto de probar la verdad con que tantas veces había hecho manifestación de fidelidad al Rey de España, su soberano, y con la esperanza de que con tal proceder alcanzaría su gracia. Que en medio del infortunio había tenido al menos el consuelo de advertir que el ilustre Condestable de Castilla, D. Baltasar de Zúñiga, Embajador de España en Francia, y Ángelo Badoer, Nuncio de Venecia, no habían olvidado la manera de conducirse con ellos en este delicado asunto. Por último, que con las manos juntas se confiaba en Dios todopoderoso y en la gracia de su soberano.

5. Cartas auténticas de Monseñor Roberto, Obispo y Nuncio de Su Santidad en París, fecha 6 de febrero de 1612, acreditando que conoció bien á Antonio Pérez y le acordó permiso para tener oratorio en su casa, teniendo certeza de haberse servido de él hasta la última enfermedad. Dice poder dar testimonio de los sentimientos piadosos, de devoción y de amor á la religión católica en que murió, así como de que le oyó lamentarse muchas veces de no tener salvoconducto del Rey Católico para entrar en España sin peligro y presentarse ante el Santo Oficio, objeto constante de sus votos.

6. Declaración hecha á la hora de la muerte, escrita al dictado por Gil de Mesa y firmada de su mano. (La que antes se inserta.)

Otra declaración contenida en escrito inédito, lleva más allá de este mundo las noticias del ex-Secretario. Dice así[316]:

«En la Historia de la vida, virtudes y milagros de la Benerable Madre Ana de San Bartolomé, conpañera yseparable de la Santa Madre Theresa de Jhs., Propagadora insigne de la reformacion de las Carmelitas descalzas y Priora del Monasterio de Amberes, dedicada á la Serenísima Señora Doña Isavel Clara Eugenia, infanta de España, por el Maestro Fray Chrisóstomo Henrriquez, Coronista general de la Orden de San Bernardo en Bruselas; en el capítulo nobeno, en la plana folio 619, calificando la vida, muerte y salvacion del Secretario Antonio Perez, siendo entonces esta Madre Abadesa de Fonte Ebrando, que es un lugar poco más de dos leguas de Tours, en Francia, dice lo siguiente, que para aprobacion de sus escritos un curioso lo copió de dicho libro y puso aquí para calificarlos y que se haga dellos la estimacion que se deve:

»Un dia de la Octava del Santíssimo Sacramento la mostró el Señor mucha gracia y la conbidava á que pidiesse algo; y estando recogida en esta vission, vió delante de sí tres personas: la una era una hermana suya, la otra un Primo y la otra Antonio Perez, Secretario del Cathólico y prudente Rey Don Phelipe segundo.

»No la dió á entender el Señor que estubiessen en algun aprieto; pero ella, biendo la ocassion presente y considerando el ofrecimiento que la havia hecho de que la concederia lo que le pidiesse, le tomó la palabra y le pidió la salvacion de aquellas tres personas, señal bien evidente de su grande caridad, pues no pide para sí gracias y favores, mostrándose solícita de la salud de las almas más que de sí misma. Agradóle á Christo peticion tan ajustada con su Divina voluntad, y ansí se la concedió con mucho gusto.

»Dentro de poco tiempo recibió cartas en que le avisavan que su hermana havia caido en una agua y se havia ahogado, y fué el mismo dia en que se le avia aparecido. El otro Primo suyo murió de calenturas, tambien el mismo dia. El Secretario Antonio Perez, despues de varios tranzes, de peligros grandíssimos y mil persecuciones con que pareze quiso mostrar la fortuna que levanta á la cumbre de la privanza á los que fian en el valor de Príncipes para derrivarlos en un avismo de miserias, murió en París; pero con tales demostraciones de piedad y christiandad, que bien pudieran conocer todos se cumplia con él lo que la Benerable Madre havia alcanzado del Señor. Lo que ella dize hablando dél, en esta ocasion, es esto: Murió con señales muy ciertas de su salvacion, reciviendo á menudo los Sacramentos, con el confesor siempre á su lado; y el dia que murió se puso de rodillas con un ímpetu de amor de Dios, y ansí se quedó como digo, con señales grandes de su salvacion. Dichosíssimo quien tubo fin tan venturoso: importa poco no conservasse en la privanza de los Reyes, quando, despues de muchas desgracias, se biene á alcanzar la verdadera dicha, que consiste en ir á gozar de la gloria eterna.

»Más dichoso fué este cavallero en haver conocido á nuestra Benerable Madre Ana, aunque pobre y humilde en quanto al mundo, que en haver tenido entrada con los mayores Príncipes de Europa. Ella, quando le conoció y trató en París, le cobró tanto amor, que estando ausente le alcanzó de Dios la salvacion de su alma, que es lo más que nos puede dar Dios, pues anssí se nos da asimismo. Los Reyes, aunque muchos favores le ofrecieron, pero sólo le dieron disfavores.

»Fué Antonio Perez hombre agudo de ingenio, pero desgraciado; mui principal y noble, de que en mi Monasterio Real de Huerta, depositario de la Nobleza de Castilla, Aragon, Navarra y otras partes, ay testimonios graves. Pero lo principal es la seguridad que nos dexó esta Santa Madre de que está en el cielo.»

Una estrella de la política francesa, que alboreaba justamente en el ocaso de ésta española, trazó en pocos rasgos, con alguna pasión y poca exactitud, juicio[317] que agregar al de los coetáneos lord Cecil, de Inglaterra; Villeroy, de Francia; el Conde de Miranda y el Comendador mayor de León, de España.

«La muerte de Antonio Pérez, acaecida en noviembre, escribía, me ofrece materia para ejemplo de la fragilidad de la privanza de los Reyes, de la instabilidad de la fortuna, del odio implacable de los españoles y de la humanidad de Francia con los extranjeros. Había gobernado al Rey Felipe II, su señor, Príncipe tenido por prudente y constante en las decisiones; cayó, no obstante, de su crédito, sin ser culpable, en opinión común.

»En las cámaras de los Reyes hay escollos mucho más peligrosos que los negocios de Estado, por graves que éstos sean, sobre todo en aquellas intrigas en que intervienen mujeres ó en las que toma parte la pasión de los monarcas[318].

»Antonio Pérez lo experimentó: mujeres fueron causa de todas sus desdichas. Haciendo su amo excepción de la firmeza en cuanto á la benevolencia, la ejercitó en el odio hasta la muerte. El privado había subido á la cúspide de los honores y grandezas: todo lo perdió en un instante con la gracia del Rey, que aprisionó á sus hijos con el fin de que no le asistieran.

»Emigrado en Francia en el período álgido de las guerras civiles, no fueron obstáculo las circunstancias para que el Rey le recibiera humanamente, dándole medios de vivir con desahogo á favor de pensión de 4.000 escudos, que siempre le fué bien pagada.

»En España no podían sufrir el bienestar de que disfrutaba; atentaron á su vida enviando dos hombres que se la quitaran, en vista de lo cual, por garantía en lo sucesivo, comisionó el Rey á dos suizos de su guardia personal, que le seguían por la ciudad á las portezuelas de la carroza, y cuidaban de que ninguna persona desconocida tuviera acceso á la casa.

»Entonces discurrieron los españoles otros procedimientos que llegaran al propósito no alcanzado por la violencia: se le ofreció, por conducto de persona de la Embajada, que su amo le restituiría los bienes, siempre que renunciara la pensión y saliera de Francia. El Condestable de Castilla confirmó la oferta al pasar por París; y como la esperanza del deseo suele cegar, renunció, en efecto, despidiéndose de S. M., que procuró disuadirle y le predijo había de arrepentirse. Marchó, no obstante, á Inglaterra, lugar que le habían designado; mas apenas llegó á Douvres se le prohibió pasar adelante, por ruego y amenaza del Embajador de España. El pobre hombre volvió á Francia y no se atrevió á presentarse ante el Rey, ya que parecía haber desairado su favor y consejo; sin embargo, compadecido el Soberano de la miseria en que estaba, sufriendo incomodidades después de enajenar el mobiliario, si no lo consideró como antes, no dejó de disponer que se le diera algún socorro con que subvenir á lo más preciso.

«Habíanle tenido en España por hombre de juicio y de cabeza, mientras llevaba el cargo de Secretario de Estado; en Francia no se le estimó en tanto por la ordinaria presunción de los de su país que, llevada al extremo, tiene algo de locura, á juicio de las demás naciones.»

Años adelante, alcanzando el que esto escribió la madurez del talento; Duque, Cardenal, Ministro, gran Ministro; queriendo llevar al convencimiento de su Rey la opinión de ser indispensable á su poder la organización de la marina de guerra, decía[319]:

«Cuando Antonio Pérez fué acogido en Francia por el Rey vuestro padre, y por atenuar su miseria le acordó pensión, deseando el extranjero acreditar el reconocimiento de los beneficios recibidos y ofrecer testimonio de que no por desgraciado era ingrato, dió al mismo Rey tres avisos que no son de poca consideración: Roma, Consejo y Mar. La advertencia del anciano español, consumado en asuntos de Estado, no ha de considerarse tanto por la autoridad del que lo daba, como por su propio peso.»

Es de recordar que decía Brantome al Rey Carlos IX:

«Si les rois, vos prédécesseurs, enssent fait cas de la marine comme de la terre, vous auriez pent-être encore Gênes, l'Etat de Milan et le royaume de Naples. L'Espagnol les a conservés plutôt par les moyens de la mer que de la terre.»

En los tiempos modernos, M. Mignet condensa y acaba su juicio de esta guisa:

«Antonio Pérez, sin llegar á la talla de los grandes Ministros de Felipe II; del imperioso Cardenal Espinosa, del diestro Ruy Gómez, del altanero Duque de Alba ó del discreto Granvela, poseyó un tiempo el favor del Rey, figurando como personaje el más influyente de la Monarquía española. Escaló el poder con harta facilidad para saber conservarlo. Ministro por herencia, fué aventurero de afición. Apasionado, ávido, disipador, violento, artificioso, indiscreto, corrompido, introdujo el desarreglo de su conducta en una corte de exterioridad severa; agitó con la intriga el ánimo de un Príncipe amante de la dignidad mesurada; hirió con la rivalidad de los amores y la audacia de los actos á un amo hipócrita, vengativo y absoluto. Aunque conociera bien al que servía; aunque poseyera el secreto de sus pasiones, de su terrible disimulo, de la suspicacia de su poder, por la que la confianza había de ser instable; aunque supiera que Felipe II había matado al Cardenal Espinosa con una palabra, que alejó al Duque de Alba por la rigidez, que sólo por consumada habilidad y condescendencia se mantuvo á su lado Ruy Gómez hasta el fin, se atrevió á engañarle y se perdió. En la desesperada lucha á que le arrastraron las faltas y las demasías, desplegó recursos de ingenio tan varios y tal energía de carácter; tan oprimido, tan elocuente, tan patético se mostró, que fué objeto de universal simpatía. Empero los defectos mismos que causaron su ruína en España, le desacreditaron en Inglaterra y Francia. Siempre igual, aun la desgracia tornó antipática, muriendo abandonado y pobre.

»Hay que condenar á la personalidad, á la vez desordenada y atractiva, sagaz é inconsiderada, de ingenio agradable y de carácter ligero, rica de actividad, de imaginación, de vanidad, de pasión, de intriga; hay, no obstante, algo que conmueve en ciertos de sus sentimientos y en la magnitud de sus desdichas.»

En las historias de la época, tales como las de Herrera, Cabrera de Córdoba, Argensola, Babia; en los diccionarios biográficos ó bibliográficos, agregando á los ya citados los de Baena, Latassa, Moreri, Didot, Bouillet, Michaud, se encuentran conceptos varios[320] oscilando entre estos extremos.

Antonio Pérez mató un hombre por obedecer á Felipe II; quitó al Rey su querida; sublevó una provincia; luchó cinco años con tan temible soberano; escribió relación de su vida, tan verdadera y profunda como las inexorables memorias del Duque de Saint-Simon[321].

Antonio Pérez alcanzó fama literaria casi exclusivamente debida al interés de sus desgracias personales[322].

Tenaz, perverso, infatigable, intrigante siempre y en todas partes, dando á conocer los puntos vulnerables de su patria, fué su papel en la historia el del parricida[323].

De la comparación de todos los artículos, por lo general apasionados ó ligeros, nada se deduce que esencialmente altere lo que dicho queda acerca de la vida de Antonio Pérez fuera de España. Aparece, en cambio, la evidencia moral y consoladora de no empecer á la execración perpetua del mayor de los crímenes la compasión del delincuente, y de cumplirse en todos los tiempos la sentencia que la pluma del Peregrino mismo dejó escrita. El traidor es limón que, una vez exprimido, se arroja.


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