II

EL HOMBRE IMPERTERRITO

Con una fuerza tan insuficiente, aunque mucho más numerosa que antes, Pizarro y Almagro se embarcaron de nuevo para llevar a cabo su peligrosa empresa. El piloto era Bartolomé Ruiz, valiente y leal andaluz y buen marino. El tiempo se presentaba mejor, y los aventureros iban muy esperanzados. Después de navegar unos cuantos días, llegaron al río San Juan, que era el punto más lejano de aquella costa a que había llegado europeo alguno: se recordará que fué el punto donde Almagro se descorazonó y volvió hacia atrás. Allí hallaron más soldados indios y un poco de oro; pero también allí la inmensidad y aspereza del desierto se hizo más evidente. Nos es muy difícil concebir, en esta época de comodidades, cuán perdidos se hallaban aquellos exploradores. No había entonces en todo el mundo un hombre de raza blanca que supiese lo que había más allá del sitio adonde habían llegado los aventureros españoles; y para sentir aliento y valor es necesario saber con certeza que existe algún objetivo en el punto a que nos encaminamos. Podemos comprender lo que por ellos pasaría, si nos imaginamos un grupo de muchachos, valerosos pero indoctos, conducidos con los ojos vendados a una distancia de mil millas, y abandonados en un desierto selvático y enteramente desconocido.

Allí hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y envió a Almagro a Panamá con uno de los buques en busca de reclutas, y al piloto Ruiz con el otro buque a explorar la costa más al sur. Ruiz costeó hasta llegar a la Punta de Pasado, y fué el primer hombre blanco que cruzó la línea ecuatorial en el Pacífico, lo cual no es menguado honor. Encontró un país de más promisión, y vió pasar una balsa grande con velas de tela de algodón, en la cual iban varios indios. Tenían espejos (probablemente de vidrio volcánico, como era común entre los aborígenes del Sur) con marcos de plata, y adornos de plata y de oro, además de géneros notables en que había entretejidas figuras de animales, pájaros y peces. El recorrido duró varias semanas, y Ruiz llegó a San Juan muy oportunamente. Pizarro y su gente sufrieron horribles penalidades. Habían hecho un gallardo esfuerzo para penetrar tierra adentro; pero no les fué posible salir de la horrenda selva tropical «cuyos árboles llegaban hasta el cielo». La espesa manigua no era tan solitaria como la de las otras selvas en que habían estado. Había multitud de charloteros loros y brillantes monos, alrededor de los árboles se enroscaban perezosas boas, y dormitaban los caimanes junto a empantanadas lagunas. Muchos de los españoles perecieron, víctimas de aquellos horripilantes y raros reptiles: algunos murieron hechos pulpa, estrujados por las potentes roscas de las serpientes, y otros fueron triturados entre las mandíbulas de los escamosos saurios. Muchos más fueron muertos por los indios que estaban en acecho: en una sola arremetida, catorce de aquella menguante partida fueron asesinados por los naturales que rodeaban su embarrancada canoa. Agotáronse también sus provisiones, y los que quedaron con vida se estaban muriendo de hambre cuando llegó Ruiz con escasos auxilios, pero con noticias alentadoras. Pronto llegó también Almagro, con provisiones y un refuerzo de ochenta hombres.

Toda la expedición se hizo de nuevo a la vela con rumbo al Sur. Pero en seguida se desencadenaron persistentes tormentas. Después de indecibles sufrimientos, los exploradores volvieron la proa hacia la isla del Gallo, donde permanecieron dos semanas para reparar sus desmantelados buques y sus cuerpos, igualmente quebrantados. Después se embarcaron otra vez, dirigiéndose a mares ignotos. El paisaje iba presentando gradualmente mejor aspecto. Los palúdicos bosques tropicales ya no se extendían hasta la orilla del mar. Entre los boscajes de ébanos y caobos, había de vez en cuando algunos claros, con campos rústicamente cultivados, y también poblados indios de bastante extensión. En aquella región había placeres auríferos y criaderos de esmeraldas, y los indígenas tenían valiosos ornamentos. Los españoles desembarcaron, pero fueron acometidos por un número muy superior de indios, y sólo pudieron librarse de ellos de una manera muy curiosa. En la desigual batalla los españoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos cayó de su caballo, y ese pequeño incidente puso en fuga el enjambre de indígenas. Algunos historiadores han ridiculizado la idea de que semejante minucia pudiese producir aquel efecto; pero esto es debido a la ignorancia de los hechos. Hay que tener presente que aquellos indios nunca habían visto un caballo. Tomaron al jinete español y su cabalgadura por un animal grande, raro y asaz terrible por sí solo: trasunto del antiguo mito griego de los Centauros, este incidente muestra el modo cómo nació aquel mito. Pero, luego la gran bestia desconocida se dividió en dos partes, que podían obrar con entera independencia la una de la otra, y esto era demasiado para aquellos supersticiosos indios, todos los cuales huyeron despavoridos. Los españoles salieron escapados hacia sus buques y dieron gracias al cielo por su extraña liberación.

Pero esta escapada milagrosa les demostró más claramente la insuficiencia de aquel puñado de hombres para luchar contra las hordas de indios. Necesitaban más refuerzos, y otra vez se embarcaron hacia la isla del Gallo, donde esperaría Pizarro mientras Almagro iba a Panamá en solicitud de auxilios. Obsérvese cómo Pizarro siempre tomaba para sí la carga más pesada y más penosa y daba la más fácil a su consocio. Siempre era Almagro el que se enviaba a las comodidades que ofrecía la civilización, mientras que el esforzado jefe soportaba la espera, el peligro y el sufrimiento. El mayor obstáculo que se presentaba entonces consistía en los mismos soldados, aun teniendo en cuenta los mortales peligros y enormes privaciones que debían sufrir. Pero los peligros y las privaciones de por fuera son más llevaderos que la traición y el descontento por dentro. A cada paso Pizarro tenía que sostener moralmente a sus hombres. Sentíanse constantemente descorazonados (y ciertamente tenían motivo para estarlo); y en tal estado de ánimo se hallaban dispuestos a cualquier acto de violencia, y de ningún modo a seguir adelante. Así es que Pizarro tenía constantemente que esforzar su voluntad y su valor no solamente para él mismo, que sufría tan cruelmente como el último, sino para todos. Era como uno de esos espíritus vigorosos que vemos algunas veces sosteniendo un cuerpo medio muerto, cuerpo que mucho antes se hubiera ya disgregado de un espíritu menos intrépido.

Los hombres se habían amotinado de nuevo, y a pesar del animoso ejemplo y de los esfuerzos de Pizarro, estuvieron a punto de hacer fracasar toda la empresa. Por conducto de Almagro enviaron a la esposa del gobernador un ovillo de algodón como muestra de los productos del país; pero en este al parecer inocuo regalo, los cobardes habían escondido una carta en la cual declaraban que Pizarro les conducía a la muerte, y amonestaban a otros que no le siguiesen. Un verso ramplón, colocado al final, decía que Pizarro era un carnicero que esperaba más carne, y que Almagro había ido a Panamá a recoger ovejas para llevarlas al matadero.

La carta llegó a manos del gobernador Los Ríos, el cual se indignó mucho al leerla. Envió al cordobés Tafur con dos buques a la isla del Gallo a recoger a todos los españoles que allí estaban, y estorbar así una expedición cuya importancia no era su mente capaz de comprender. Pizarro y sus hombres sufrían terriblemente, siempre calados por las tormentas y casi muertos de hambre. Cuando llegó Tafur, todos menos Pizarro lo acogieron como un salvador y querían volverse con él en el acto. Pero el capitán no cejó. Con su daga trazó una raya sobre la arena y mirando a sus hombres de hito en hito les dijo: «Camaradas y amigos: de aquel lado está la muerte, las privaciones, el hambre, la desnudez, las tempestades; de este lado está la comodidad y la molicie. Desde este lado vais a Panamá a ser pobres; del otro lado vais al Perú a ser ricos. El que sea valiente castellano, que escoja lo preferible.»

Al decir esto cruzó la raya, pasándose al sur. Ruiz, el bravo piloto andaluz, cruzó también detrás de él; lo mismo hizo Pedro de Candía, el griego, y uno tras otro once héroes más, cuyos nombres merecen ser recordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran Cristóbal de Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.

El ruin Tafur sólo vió en este acto de heroísmo una desobediencia al gobernador, y no quiso dejarles uno de sus buques. Con dificultad se le pudo inducir a que les abandonase algunas provisiones, siquiera para impedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se volvió a Panamá, dejando a los catorce solos en su pequeña isla del desconocido mar Pacífico.

¿Tuvo nunca el lector conocimiento de un heroísmo más grande? ¡Solos, aprisionados por el gran mar, con muy pocos alimentos, sin buques, sin ropa, casi sin armas, había allí catorce hombres, empeñados todavía en conquistar un país salvaje tan grande como toda Europa! Hasta el parcial historiador Prescott admite que en todos los anales de la caballería no se encuentra nada que la aventaje.

La isla del Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y sus hombres construyeron una frágil balsa y en ella navegaron setenta y cinco millas hacia el norte, hasta llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra más alta y en ella había madera, y los exploradores construyeron chozas para resguardarse de las tormentas. Sufrieron grandemente por el hambre, por la intemperie y por causa de los bichos venenosos, que les martirizaban cruelmente. Pizarro reunía a su gente a diario para hacer sus devociones, y todos los días daban gracias a Dios por conservarles la vida y le pedían que no los desamparase. Pizarro fué siempre un hombre devoto, y nunca hacía acto alguno sin invocar la gracia divina, ni se olvidaba nunca de dar gracias a Dios por los éxitos que alcanzaba. Así lo hizo hasta el fin, y aun en sus postrimerías trazó con los dedos la cruz, que tanto reverenciaba.

Durante siete inenarrables meses, los catorce hombres abandonados esperaron y sufrieron en su solitario arrecife. Tafur llegó salvo a Panamá, y dió cuenta de haberse negado aquellos hombres a volver con él. El gobernador Los Ríos se irritó más todavía y rehusó prestar auxilio a los obstinados náufragos. Pero Luque, recordándole que las órdenes que había recibido de la Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo al tacaño gobernador a que permitiese enviarles un buque con casi los suficientes marineros para tripularlo y un pequeño acopio de provisiones. Pero con el buque se enviaron órdenes terminantes a Pizarro de volver y presentarse en el término de seis meses, ocurriera lo que ocurriese. Los que fueron a rescatarlos hallaron a los catorce valientes en la isla de Gorgona; y Pizarro pudo al fin continuar su viaje con unos cuantos marineros y un ejército de once. Dos de los catorce estaban tan enfermos que tuvieron que quedar en la isla al cuidado de indios amigos, y con el corazón apenado sus camaradas se despidieron de ellos.

Pizarro hizo rumbo al sur. Pronto traspusieron el punto más lejano a que había llegado europeo alguno—Punta de Pasado, que era el límite de las exploraciones de Ruiz,—y se hallaron de nuevo en mares desconocidos. Después de navegar veinte días, entraron en el Golfo de Guayaquil (Ecuador), y anclaron en la bahía de Túmbez. Delante de ellos vieron una gran ciudad india con casas permanentes. La bahía azul estaba salpicada de balsas con velas indias, y en las lejanías del fondo veían elevarse los gigantescos picos de los Andes. Podemos imaginarnos la impresión que debió causar a los españoles la primera vista de aquellas montañas, que tenían más de veinte mil pies ingleses de altura.

Los indios salieron en sus balsas a contemplar a los maravillosos extranjeros, y viéndose tratados con la mayor bondad y consideración, pronto perdieron el miedo. Los españoles recibieron regalos de pollos, cerdos y baratijas; les trajeron plátanos, maíz, boniatos, piñas, cocos, caza y pescado. Puede asegurarse que estos obsequios fueron sumamente apreciados por los rudos exploradores, después de tantos meses de pasar hambre. Los indios llevaron también a bordo varias llamas, que son los cuadrúpedos característicos y más valiosos de la América del Sur. El ameno, aunque mal informado historiador que ha contribuído más que otro hombre alguno en los Estados Unidos a propagar una interesante, pero absolutamente falsa idea del Perú, dice que la llama es el carnero peruano; pero es tan carnero como la jirafa. La llama es el camello sudamericano, un verdadero camello, aunque pequeño. Es el animal de carga cuyo andar lento y seguro y cuyo paciente lomo han permitido al hombre transitar por un país tan montañoso que en algunos sitios son inservibles los caballos. Además de hacer las veces de acémila, es productor de materia textil: de él se saca el pelo que sirve para tejer las prendas de ropa que usa el pueblo. Había tres clases más de camellos: la vicuña, el guanaco y la alpaca, todos pequeños y todos apreciados por su pelo, el cual para géneros finos es superior a la lana de los mejores carneros. Los peruanos domesticaron la llama en grandes rebaños e hicieron de ese cuadrúpedo su auxiliar más importante. Eran los únicos aborígenes en las dos Américas que tenían un animal de carga antes de llegar los europeos, excepto los apaches de las llanuras y los esquimales, los cuales utilizaban los perros y los trineos.

En Túmbez, Alonso de Molina fué enviado a tierra para ver la ciudad. Volvió con tan sorprendentes informes de templos dorados y grandes fortalezas, que Pizarro no le dió crédito y envió a Pedro de Candía. Este griego, natural de la isla de Candía, era hombre importante en el pequeño grupo de españoles. En todas partes eran entonces los griegos considerados como un pueblo versado en las todavía misteriosas armas, y toda Europa respetaba a los que habían inventado el «fuego griego», ese maravilloso agente que ardía por debajo del agua y que nadie sabe fabricar hoy día. Los griegos eran generalmente conocidos como «pirotécnicos», y eran muy solicitados como maestros de artillería.

Pedro de Candía bajó a tierra con su armadura y su arcabuz, causando con ambas cosas el pasmo de los habitantes; y cuando puso una tabla como blanco y de un balazo la hizo astillas, quedaron sobrecogidos por aquel extraño ruido y por el resultado. Candía dió informes tan encomiásticos como los de Molina, y los harapientos españoles empezaron a creer que al fin iban a realizarse sus dorados ensueños, y con esto cobraron nuevo aliento. Pizarro rehusó delicadamente aceptar los regalos de oro, plata y perlas que le ofrecieron los aterrorizados indígenas, y de nuevo volvió la proa hacia el Sur, navegando hasta cerca del 9° de latitud. Entonces, considerando que ya había visto bastante para justificar su vuelta en busca de refuerzos, se dirigió a Panamá. Alonso de Molina y un compañero se quedaron en Túmbez a petición suya, por gustarles mucho aquella tierra. En su lugar llevóse Pizarro dos jóvenes indios para que aprendiesen la lengua española. Uno de ellos a quien dieron el nombre de Felipillo, jugó más tarde un papel importante pero ignominioso. Los navegantes se detuvieron en la isla de Gorgona para recoger a sus dos camaradas que quedaron enfermos. El uno había muerto, pero el otro se unió de buen grado a sus compañeros. Y así, con sus doce hombres, Pizarro volvió a Panamá, después de diez y ocho meses de ausencia, habiendo amontonado en ese lapso de tiempo todos los sufrimientos y todos los horrores de una vida entera.