III
GANANDO TERRENO
Al gobernador Los Ríos no le impresionó el heroísmo de aquel pequeño grupo, y rehusó prestarle auxilio. Su situación parecía desesperada; pero el jefe no se amilanó. Determinó ir él mismo a España y dirigirse personalmente al Rey. Esta me parece a mí que fué una de sus más notables empresas. Aquel hombre, cuya niñez se deslizó entre cerdos, y que en su edad viril guardó rebaños de hombres rudos y mucho más peligrosos; que nada sabía de libros ni de etiquetas cortesanas, presentándose confiada, pero modestamente en la deslumbradora y rígida corte de España, mostraba otra faceta de su alto valor. Era lo mismo que si un deshollinador de Londres fuese mañana a pedir audiencia y mercedes a la Reina Victoria[14].
Pero Pizarro supo salir de aquélla, como de todas las otras crisis de su vida, de una manera honrosa. Estaba todavía sin ropa y sin un maravedí; pero Luque hizo una colecta para él de mil quinientos ducados, y en la primavera del año 1528 embarcó Pizarro para España. Llevó consigo a Pedro de Candía y algunos peruanos, con varias llamas, telas primorosamente tejidas por los indios y algunas joyas y vasijas de oro y plata para corroborar su relato. Llegó a Sevilla durante el verano, y fué en el acto encerrado en un calabozo por Enciso, en virtud de una cruel y antigua ley que por mucho tiempo prevaleció en todos los países civilizados, que permitía encarcelar por deudas. La historia de sus hechos no tardó en divulgarse, y por orden de la Corona fué puesto en libertad y llamado a la Corte. De pie ante el arrogante Carlos V, el analfabeto soldado contó su historia con tanta modestia, de un modo tan varonil y con tal claridad, que el emperador derramó lágrimas al oir el relato de tan horribles sufrimientos y se entusiasmó ante tan heroica entereza.
El rey estaba a punto de embarcarse para Italia en una misión importante; pero, ganado ya su corazón, dejó a Pizarro muy recomendado al Consejo de las Indias para que éste le ayudase en su empresa. Aquella docta pero grave corporación se movía lentamente, como suelen moverse los hombres que sólo han aprendido en libros y con teorías, y la dilación era peligrosa. Por fin la reina intervino en el asunto, y el veintiséis de julio de 1529 firmó de su propia y regia mano el precioso documento que hizo posible una de las más grandes y más brillantes conquistas que registra la historia de la humanidad. América debe mucho a las animosas reinas de España, lo mismo que a sus reyes. Recordamos lo que hizo Isabel para el descubrimiento del Nuevo Mundo, y ahora la esposa de Carlos V contribuyó de una manera igualmente honrosa al más interesante pasaje de la historia de América.
La capitulación o contrato en que dos personalidades tan diferentes y distantes figuran al lado una de la otra,—la primera firmando con letra clara: Yo la Reina, y el otro poniendo debajo: Francisco (X) Pizarro, fué la base de la fortuna de este último. El hombre que fuera víctima de la mofa y del abandono de espíritus mezquinos, que constantemente frustraran su más acariciada esperanza, se había ahora aquistado el interés y el apoyo de sus soberanos, y obtenido de ellos la promesa de un magnífico galardón; y seguros estamos de que un hombre de su calibre tenía más lejos de su pensamiento ese galardón que la posibilidad de realizar su soñado descubrimiento. Había tenido que atraerse auxiliares con el cebo de doradas esperanzas; y era natural y justo que, al cabo de cincuenta años de pobreza y privaciones, pensase también un poco en procurar para sí un tanto de comodidad y de riqueza. Pero no ha habido ni podrá haber hombre alguno que, por mera avaricia, lleve a cabo las proezas que realizó Pizarro. Semejantes éxitos sólo pueden alcanzarlos los grandes espíritus que persiguen los más altos ideales, y ciertamente la principal ambición de Pizarro era conseguir algo más noble y perdurable que el oro.
El contrato con la Corona concedió a Francisco Pizarro el derecho de fundar y establecer un imperio español en el país de Nueva Castilla, que tal fué el nombre que se dió al Perú. Se le otorgaba permiso «para explorar, conquistar, pacificar y colonizar» las tierras desde Santiago hasta un punto distante doscientas leguas al sur, y de esa vasta y desconocida nueva provincia sería gobernador y capitán general, que era el más elevado cargo militar. Se le daba, además, los títulos de Adelantado y Alguacil mayor de por vida, con un sueldo anual de 725,000 maravedises. A Almagro se le nombraba comandante de Túmbez, con una renta anual de 300,000 maravedises y el rango de hidalgo. El buen Padre Luque fué nombrado obispo de Túmbez y protector de los indios con mil ducados anuales. A Ruiz se le dió el título de gran piloto de los mares del Sur; Candía fué nombrado comandante de artillería, y a los otros que tan bizarramente permanecieron al lado de Pizarro en la isla solitaria, se les concedió el título de hidalgos.
A cambio de estas mercedes se le exigió a Pizarro la promesa de observar las generosas leyes españolas para el gobierno, protección y educación de los indios, y que llevara con él sacerdotes expresamente para convertir los naturales al cristianismo. Tenía además que reunir una fuerza de doscientos cincuenta hombres en seis meses, y equiparlos bien, contando con un pequeño auxilio de la Corona; y dentro de los seis meses de su llegada a Panamá, debía salir con la expedición para el Perú. También se le hizo caballero de la orden de Santiago, y elevado así de repente a la altiva nobleza de España, se le permitió añadir las armas reales a las de los Pizarros, con otros timbres conmemorativos de sus proezas: una ciudad india, con un buque en la bahía y el pequeño camello del Perú. Esto era un sorprendente y significativo cúmulo de honores, muy difíciles de comprender para los que sólo estamos habituados a las instituciones republicanas. Borró para siempre la mancilla del nacimiento de Pizarro y le dió un sitio esclarecido. Fué eso tanto más importante, por cuanto demostraba que la Corona reconocía de este modo el rango de Pizarro en la conquista de América. Cortés nunca ganó y nunca recibió tal distinción.
Esta división de honores dió pie a muy serios disgustos. Almagro jamás perdonó a Pizarro su mayor exaltamiento, y le acusó de haber procurado lo mejor para sí, egoísta y traicioneramente. Algunos historiadores se han puesto de parte de Almagro; pero tenemos fundados motivos para creer que Pizarro obró con rectitud e integridad. Como él mismo expuso, hizo cuantos esfuerzos pudo para inducir a la Corona a conceder los mismos honores a Almagro; pero la Corona se negó a ello. Mas, aun sin tener en cuenta la palabra de Pizarro, era una medida política muy prudente que la Corona rehusase esa petición. En cualquier parte, la coexistencia de dos jefes constituye siempre un peligro, y España había ya tenido en tal sentido una experiencia demasiado amarga en América, para dar lugar a una repetición. Dispuesta estaba a conceder todos los honores y dar estímulos a los brazos; pero debía haber solamente una cabeza, y ciertamente cualquiera que se fije en la diferencia mental y moral que había entre los dos hombres y en lo que fueron sus acciones y los resultados, antes y después de la regia concesión, admitirá que la Corona de España hizo favor a Almagro en su estimación y le dió ciertamente cuanto él valía. En todo el contrato se transparentan los esfuerzos de Pizarro en favor de su socio, el ingrato y después traidor Almagro, y eso lo corrobora plenamente la prolongada paciencia y la clemencia de Pizarro para con su vulgar, innoble y cada vez más empecatado camarada. No era Pizarro de esos hombres a quienes la fortuna les trastorna la cabeza. Ni lo aplastaba la adversidad, ni, lo que es más raro todavía, le embriagaba el éxito más brillante, en lo cual se elevaba a mayor altura que Napoleón, que era más grande como genio, pero menos noble como hombre. Elevado de una abyecta y prolongada pobreza al más alto pináculo de la riqueza y de la fama, Pizarro fué siempre el mismo hombre tranquilo, modesto, prudente, heroico, temeroso de Dios y agradecido a sus beneficios. El éxito sólo contribuyó a hacer más vil la naturaleza de Almagro, y su fin fué ignominioso.
Después de firmar su contrato con la Corona, Pizarro sintió anhelo de visitar los lugares en que transcurriera su niñez. Aun cuando ésta fuera infelicísima, sentía una varonil satisfacción en volver a contemplar aquellos lugares. Y el harapiento rapaz que dejara sus cerdos en Trujillo, volvió allí siendo un héroe ennoblecido, de cabello cano y de fama imperecedera. No creo que fuese allá por un alarde de vanagloria ante los que pudieran recordarle. Esto no era propio del carácter de Pizarro, el cual nunca dió muestras de vanidad ni de orgullo. Era liberal, modesto, generoso, como el valiente Crook, el más grande y el mejor de nuestros conquistadores de los indios, el cual nunca estaba más a gusto que cuando andaba entre sus tropas sin que en su uniforme ni en sus maneras se pudiese ver que era un mayor general del ejército de los Estados Unidos y no un pobre scout o cazador. No; lo que llevó a Pizarro a Trujillo fué lo que había en él de hombre, o tal vez un rasgo del niño que siempre queda en estos grandes corazones. Por supuesto, el pueblo se regocijó honrando al héroe de ese cuento fantástico, que tal parece la historia de sus hechos. Pero con seguridad que el bizarro general se alegraba de evadirse algunas veces de sus visitas, para ir a recorrer las lomas donde había guardado cerdos muchos años antes, y a contemplar los mismos árboles y riachuelos, y tal vez a otro harapiento e ignorante muchacho pastoreando bulliciosos puercos. Bien pudo haberse pellizcado para cerciorarse de que realmente estaba despierto; de que aquel rapaz que veía allá a lo lejos no era él, Francisco Pizarro, vestido de harapos en medio de sus cerdos, y de que aquel caballero canoso, afamado, que tanto había viajado y tantos honores recibido, no era un sueño, como tampoco los años que habían transcurrido. Y era él hombre capaz, sintiéndose despierto, de ir a sentarse sobre el césped junto al desharrapado porquerizo y decirle bondadosamente: «¿Cómo vamos, amigo?» Y cuando el asombrado y asustado mozuelo balbucease o tratase de huir del primer gran personaje que le había dirigido la palabra, Pizarro le hablaría con tanto cariño y le contaría cosas tan maravillosas, que el pobre rapaz le miraría con esa adoración al héroe que es uno de los más puros y más alentadores impulsos de nuestra naturaleza, pensando si podría él llegar a ser algún día un personaje como aquel arrogante caballero que tranquilamente le había dicho: «Sí, hijo mío; yo también guardé puercos en este sitio». Cuanto más pienso en ello, por lo que sabemos de Pizarro, más seguro estoy de que realmente fué a visitar los antiguos pastos y los cerdos y los ignorantes porqueros, y de que habló con ellos sencilla y afablemente, y que les impresionaría de tal modo, que resolvieron hacer algo mejor de lo que haciendo estaban.
Pero el interés que en todas partes se atraía Pizarro no trajo reclutas a su bandera tan a prisa como él deseaba. Muchos preferían admirar al héroe, que llegar a ser héroes a costa de semejantes padecimientos. Entre los que le siguieron estaban sus hermanos Hernando, Gonzalo y Juan, que debían figurar de un modo preeminente en el Nuevo Mundo, si bien hasta entonces nunca se había oído mentar sus nombres, Hernando, el mayor de los cuatro, era el único hijo legítimo y recibió mucho mejor educación. Pero era también el peor, y como no profesaba los principios estrictos de Francisco, terminó de un modo lastimoso. Juan era una figura simpática, y se distinguió por su carácter varonil y su valor; murió prematuramente. Gonzalo era un verdadero caballero andante, intrépido, liberal y caballeroso, y llegó a ser tan querido en el Nuevo Mundo por los soldados que le seguían, como por los indios que conquistaba. Hizo una de las marchas más increíbles de que hay memoria, y probablemente hubiera adquirido gran fama, si la muerte de su hermano y guía Francisco no le hubiese hecho caer en manos de malos consejeros como el pícaro Carvajal, quienes llevándole por mal camino le empujaron hacia su ruina. Pero, si bien los hermanos no eran malvados, ni cobardes, ni tontos, ninguno podía compararse con Francisco. Era éste uno de los raros ejemplares que se han hallado esparcidos y muy distanciados por el camino del mundo. Poseía no tan sólo las cualidades de los héroes y que, por fortuna, son muy comunes, sino también la intuición y la certera finalidad del genio. Con menos perspicacia que Napoleón, porque era menos instruído, pero tan grande como él en su decisión, y más grande que él por sus principios, fué uno de los hombres más insignes de todas las edades.
Pero, volviendo a nuestro relato, pasaron los seis meses, y todavía le faltaba completar los doscientos cincuenta voluntarios que necesitaba. El Consejo estaba a punto de revistar el contingente; pero Pizarro, por temor de que, ateniéndose estrictamente a la letra de la ley, pudiese aquél impedirle la consumación de sus grandes planes simplemente por la falta de unos cuantos hombres, y desesperado al pensar en una nueva demora, no quiso aguardar el permiso oficial para salir, sino que soltó amarras y se hizo a la mar secretamente en enero de 1530. No fué realmente correcta semejante determinación; pero estaba convencido de que mucho se arriesgaba por un mero tecnicismo y de que él cumplía con el espíritu ya que no con la letra de la ley. Es evidente que la Corona lo comprendió también así, puesto que ni se le mandó a buscar ni se le impuso un castigo. Después de un viaje pesado llegó salvo a Santa María. Allí sus nuevos soldados se asustaron al saber que iban a encontrar grandes serpientes y caimanes, y un gran número de los más pusilánimes desertó. También Almagro levantó un clamoreo, diciendo que Pizarro le había robado los honores que le correspondían; pero Luque y Espinosa pacificaron a los revoltosos, ayudados por el espíritu generoso de Pizarro. Este convino en nombrar a Almagro Adelantado y en pedir a la Corona que confirmase el nombramiento. También prometió mirar por él antes que por sus propios hermanos.
Al comenzar enero de 1531, Francisco Pizarro salió de Panamá en su tercero y último viaje hacia el sur. Tenía en sus tres buques ciento ochenta hombres y veintisiete caballos. No era, en verdad, un ejército imponente para explorar y conquistar un gran país; pero fué todo lo que pudo reunir, y Pizarro estaba empeñado en hacer la prueba. Llevó a cabo la verdadera conquista del Perú con un puñado de rudos héroes; pero de todos modos lo hubiera intentado, y es muy posible que hubiese salido airoso de la ardua empresa aun cuando no hubiese tenido más que cincuenta soldados; porque, después de todo, él fué quien conquistó el Perú, más que sus ciento ochenta hombres. Almagro quedó otra vez en Panamá tratando de reclutar voluntarios.
Pizarro intentaba navegar en derechura a Túmbez y allí efectuar el desembarco; pero las tormentas hicieron retroceder los frágiles buques, y se vió obligado a cambiar de plan. Después de navegar trece días, desembarcó en la bahía de San Mateo, y condujo a sus hombres por tierra mientras los buques iban costeando hacia el sur. Fué aquella una marcha sumamente difícil en tan inhospitalaria costa, y apenas podían los hombres avanzar dando tumbos. Pero Pizarro les servía de guía y les animaba con palabras y con su ejemplo. Como en otras ocasiones y en todas partes, tenía esta vez que llevar a su gente. Sin duda tenían tan buenas piernas como él, aun cuando debió ser Pizarro de constitución muy robusta; pero hay un músculo mental que es más duro y más resistente y que ha sostenido a muchos cuerpos vacilantes: el músculo del arrojo. Y el arrojo de Pizarro no ha sido sobrepujado en el mundo. Casi puede decirse que tenía que llevar a su ejército sobre los hombros.
Aun cuando la región era selvática, tenía riqueza mineral. Según dice Pedro Pizarro, historiador del siglo XVI y pariente de Francisco, éste recogió doscientos mil «castellanos»[15] de oro, que envió a Panamá en sus buques para que hablasen por él. Era la clase de argumento que los rudos aventureros del istmo podían entender, y él confiaba que su lógica amarilla le atrajese voluntarios. Pero, mientras los buques realizaban esa importante misión, el pequeño ejército sufría lo indecible caminando penosamente por la costa. Las movedizas arenas, el calor tropical, el peso de sus armas y de la armadura, eran casi insoportables. Estalló una extraña y horrible peste, y muchos perecieron. El país se hizo más y más inhabitable, y de nuevo perdieron toda esperanza aquellos pacientes soldados. En Puerto Viejo se les juntaron treinta hombres al mando de Sebastián de Belalcázar, el cual después se distinguió yendo a caza de aquella áurea mariposa que tantos persiguieron hasta morir y nadie llegó a alcanzar: el mito del Dorado. Avanzando siempre, Pizarro cruzó por fin la isla de Puná, para dar descanso a sus desgarbados hombres y prepararlos para la conquista. Los indios de la isla intentaron traicionarlos, y cuando sus cabecillas fueron presos y castigados, todo el enjambre de naturales cayó ferozmente sobre el campamento de los españoles. Fué una lucha muy desigual; pero al fin el valor y la disciplina pudieron más que la fuerza bruta, y los indios fueron derrotados. Muchos españoles quedaron heridos, entre ellos Hernando Pizarro, el cual recibió una herida de venablo de mal cariz en una pierna. Pero los indios no les dieron punto de reposo y les hostilizaban constantemente, apoderándose de los que se desviaban y teniendo al campamento en continua alarma. Entonces llegó oportunamente un refuerzo de cien hombres, con unos cuantos caballos al mando de Hernando de Soto, el heroico pero infortunado jefe que más tarde exploró el Misisipí.
Con este refuerzo, Pizarro cruzó de nuevo al continente sobre unas balsas. Los indios le disputaron el paso, mataron a tres hombres en una de las balsas y desprendieron otra balsa, aprisionando a los soldados que en ella iban. Hernando Pizarro había ya desembarcado, y aun cuando se interponía un peligroso lodazal, espoleó su caballo, que lo atravesó hundiéndose hasta los ijares, y seguido de unos cuantos compañeros, rescató a los prisioneros que estaban en peligro.
Entrando en Túmbez, los españoles hallaron aquella linda población desguarnecida y desierta. Alonso de Medina y su compañero habían desaparecido, y nunca se supo la suerte que corrieron. Pizarro dejó allí una pequeña fuerza, y en mayo de 1532 marchó tierra adentro, enviando a Soto con un pequeño destacamento a explorar la base de los gigantescos Andes. Desde su primer desembarco, Pizarro impuso la más estricta disciplina. Sus soldados debían dar a los indios buen trato, so pena de los más severos castigos. No debían ni siquiera entrar en un hogar indio, y si se atrevían a desobedecer este mandato eran rígidamente castigados. Este régimen liberal y bondadoso para con los indios lo adoptó Pizarro desde un principio, y lo mantuvo con firmeza.
Después de emplear tres o cuatro semanas en exploraciones, Pizarro escogió un sitio en el valle de Tangara y fundó allí la ciudad de San Miguel. Construyó una iglesia, un almacén, una sala de justicia, un fuerte y varias viviendas, y organizó un gobierno. El oro que había recogido lo envió a Panamá, y esperó varias semanas a que llegasen voluntarios. Pero no llegó ninguno, y era evidente que tenía que abandonar la conquista del Perú, o emprenderla con el puñado de hombres que le seguían. No le tomó a Pizarro mucho tiempo el decidirse por una de las dos alternativas. Dejando cincuenta soldados al mando de Antonio Navarro para guarnecer San Miguel, y dictando rigurosas leyes para la protección de los indios, marchó Pizarro el 24 de septiembre de 1532 al interior de aquel vasto y desconocido país.