IV
EL PERÚ TAL COMO ERA
Ahora que hemos seguido a Pizarro hasta el Perú; ahora que va a conquistar la tierra maravillosa que tan incomparables contrariedades y sufrimientos le costó encontrar, debemos detenernos un momento para decir cómo era aquel país. Esto es tanto más necesario, cuanto que se han propalado por el mundo tan falsos y tan disparatados relatos acerca del «Imperio del Perú» y del «Reino de los Incas» y otras sandeces por el estilo. Para comprender lo que fué la conquista tenemos que saber antes lo que había que conquistar, y para ello es necesario esbozar en pocas palabras la pintura del Perú, tal como nos la han dado con su autoridad algunos historiadores grotescamente equivocados, y decir después cómo era realmente el Perú, según se ha demostrado gracias a modernas investigaciones.
Nos han contado que el Perú era un gran imperio, rico, populoso y civilizado, gobernado por una larga serie de reyes, que se llamaban Incas; que tenía dinastías y nobleza; trono y corona y corte; que sus reyes conquistaban vastos territorios y civilizaban a los vecinos salvajes que conquistaban, por medio de sabias leyes y de escuelas y de otros instrumentos de economía política; que tenían caminos militares mucho mejores que los que construyeron los romanos, de mil millas de longitud y con prodigioso pavimento y varios puentes; que aquella portentosa raza creía en un Sér Supremo; que el rey y todos los que tenían sangre real en sus venas eran inconmensurablemente superiores al común del pueblo, pero que eran bondadosos, justos, paternales e ilustrados; que había regios palacios en todas partes; que tenían canales de cuatrocientas o quinientas millas de largo, y ferias regionales y representaciones teatrales de tragedias y comedias; que tallaban esmeraldas con herramientas de bronce, arte que es hoy desconocido; que el gobierno verificaba censos y educaba a las masas; y que, así como la política de los aborígenes de Méjico era la política del odio, la de los reyes Incas era una política de amor y de suavidad. Sobre todo, se nos ha hablado mucho del largo linaje de monarcas incas, la familia real cuyo último rey, Huayna Capac, murió poco antes de la llegada de los españoles. Se le representaba repartiendo el trono entre sus hijos Atahualpa y Huascar, quienes pronto pelearon y empezaron la guerra cruel y fraticida con ejércitos y otros procedimientos de pueblos civilizados. Entonces, se nos dice, llegó Pizarro y se aprovechó de esa guerra intestina; azuzó a un hermano contra el otro, y así pudo al fin conquistar el imperio.
Todo esto, con otras mil cosas igualmente ridículas, inexactas e imposibles, es parte de uno de los romances históricos más fascinadores pero más erróneos que se ha escrito. Nunca hubiera salido de pluma alguna si entonces se hubiese conocido la hermosa y exacta ciencia de la etnología. Esa idea del Perú que por tanto tiempo ha prevalecido, se basaba en la más supina ignorancia de aquel país, y, sobre todo, de los indios de todas partes. Porque hay que recordar que aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja tamañita a cualquiera nación civilizada y moderna, no eran más que indios. No quiero decir con esto que los indios no sean hombres con todas las emociones, sentimientos y derechos de los hombres, derechos que ojalá hubiésemos protegido nosotros con tan honroso cuidado como lo hizo España. Pero los indios del Norte y los del Sur de América se parecen mucho en su organización social, religiosa y política, y son muy distintos de nosotros. Los peruanos ciertamente estaban algo más adelantados que cualesquiera otros indios de América; pero de todos modos eran indios. No tenían una idea correcta de un Sér Supremo, sino que adoraban una deslumbradora multitud de dioses y de ídolos. No tenían rey, ni trono, ni dinastía, ni sangre real, ni nada que fuese regio. Todas estas cosas eran aún más imposibles entre los indios de lo que serían ahora en nuestra propia república. No había, ni podía haber, siquiera una nación. La vida de los indios es esencialmente de tribus. No solamente no puede haber un rey entre ellos, ni nada que se parezca a un rey, sino que ni conocen lo que es herencia, a no ser como algo de que conviene precaverse. El jefe (y ni siquiera reconocen un jefe supremo) no puede transmitir su autoridad a su hijo ni a otro individuo alguno. El sucesor lo elige el concejo de oficiales encargados de ello. Donde no hay reyes no puede haber palacios, y no los había en el Perú. En cuanto a ferias y escuelas y otras cosas por el estilo, son tan inexactas como imposibles. No había Corte, ni Corona, ni nobleza, ni censos, ni teatros, ni nada que remotamente indicase que había habido algo de todo eso; y por lo que hace a los incas, no eran reyes, ni siquiera gobernantes, sino simplemente una tribu de indios. Eran los únicos de esta raza en ambas Américas que sabían fundir, y esto les permitía hacer toscos ornamentos e imágenes de oro y plata; así es que su país era el más rico del Nuevo Mundo, y realmente hacían alarde de un notable aunque barbárico esplendor. Los templos de sus ciegos dioses brillaban con ornamentos de oro, y los indios se adornaban con profusión de metales preciosos, as como nuestros navajos y pueblos en Nuevo Méjico y Arizona aun hoy llevan libras y más libras de adornos de plata. También hacían herramientas de bronce, algunas de las cuales eran de muy buen temple; pero eso no era un arte, sino tan sólo un accidente. Nunca se hallaban dos de sus utensilios que tuviesen la misma aleación; el artífice indio lo hacía al buen tuntún, y por cada herramienta que le salía bien por casualidad, tenía que desechar muchas por malas.
Eran los incas una de las tribus peruanas, débiles al principio y muy asendereados por sus vecinos. Al fin, arrojados de sus antiguos lares, dieron con un valle que era una fortaleza natural. Allí construyeron la ciudad de Cuzco (pues construían ciudades lo mismo que nuestros indios pueblos, sólo que las suyas eran mejores). Entonces, cuando hubieron fortificado los dos o tres pasos por donde únicamente podía llegarse a aquella hondonada de los Andes, se consideraron seguros. Sus vecinos ya no podían penetrar allí para matarles y robarles. Con el tiempo llegaron a ser numerosos y confiados, y como todos los demás indios (y algunos blancos), entonces empezaron a salir a matar y robar a sus vecinos. En esto se daban muy buena maña, porque tenían un lugar seguro adonde retirarse, y, sobre todo, porque sus pequeños camellos podían transportarles subsistencias para permanecer algún tiempo fuera de su escondrijo. Habían domesticado la llama, lo cual no había hecho ninguna de las tribus vecinas, excepto los aymaros, y esto dió a los incas una enorme ventaja. Podían salir de su seguro valle en gran número, con provisiones para un mes o más, y sorprender alguna aldea. Si eran batidos, se escondían por las montañas, viviendo con las municiones de su recua y hostilizando y atacando constantemente a los aldeanos hasta aburrirles. Vemos, pues, el gran servicio que el pequeño camello prestó a los incas. Les permitió hacer la guerra de un modo que hasta entonces no lo hicieran los otros indios de América. Con esta ventaja y de este modo esta tribu guerrera había llevado a cabo lo que pudiéramos llamar una «conquista» sobre una extensa comarca. Las otras tribus vieron que les tenía más cuenta cejar al fin y pagar a los incas para que las dejasen tranquilas. Estos construyeron almacenes en cada uno de tales sitios, y pusieron un oficial en todos ellos, para la cobranza del tributo impuesto a la tribu conquistada. Esas tribus nunca se mezclaron. No podían entrar en Cuzco, y los incas no iban a vivir entre ellos. No constituían, pues, una nación, sino un conglomerado de tribus indias sujetas por el miedo a una tribu más fuerte.
La organización de los incas era, hablando en general, igual a la de cualquier otra tribu india. El oficial más preeminente en semejante tribu era, naturalmente, el que tenía a su cargo la dirección de los combates, esto es, el jefe de los guerreros. Era el que mandaba en la guerra; pero en los otros ramos del gobierno distaba de ser el único o el hombre de más alto rango. Y eso es sencillamente lo que fueron Huayna Capac y todos esos fabulosos reyes incas; capitanes guerreros con la misma influencia que tienen varios capitanes de guerra indios que conozco personalmente en Nuevo Méjico.
Los hijos de Huayna Capac eran también capitanes guerreros indios, y nada más; con la particularidad de que eran jefes guerreros de distintas tribus, rivales y enemigas. Atahualpa bajó desde Quita con sus guerreros indios y tuvo varios combates, haciendo finalmente prisionero a Huascar, a quien encerró en el fuerte indio de Jauja.
Así se hallaban las cosas cuando Pizarro se dirigió al interior. Y para que no se confunda el lector con la aserción de que los historiadores españoles explicaban de distintos modos la situación del Perú, conviene hacer otra aclaración. Los cronistas españoles ni decían más mentiras ni cometían más equivocaciones que nuestros propios exploradores que vinieron más tarde y escribieron con seriedad acerca del rey indio Philip, del rey indio Powhatan y de la princesa india Pocahontas. La etnología era entonces una ciencia desconocida. Ninguno de aquellos antiguos escritores comprendía la organización característica de los indios. Veían un hombre ignorante, desnudo, supersticioso, que mandaba a sus ignorantes secuaces y era persona de autoridad, y le llamaron «rey» porque no sabían qué otro nombre darle. Lo mismo hicieron los españoles. En aquella época no tenía el mundo más que una pequeña regla para medir los gobiernos y las organizaciones; y por muy ridículas que nos parezcan sus medidas, no era posible entonces medir mejor. No; las equivocaciones de los cronistas españoles eran tan sinceras y tan ignorantes como las en que incurriera Prescott tres siglos después, y a la verdad, no eran tan absurdas.
El Perú, sin embargo, era un país muy prodigioso para haber sido formado por simples indios desprovistos hasta de una organización o un espíritu nacional, que es el primer requisito para formar nación. Sus «ciudades» eran importantes, y en su construcción notábase bastante pericia; las granjas eran mejores que las de nuestros pueblos, porque eran allí indígenas la patata y otras plantas alimenticias entonces desconocidas en nuestra región del sudoeste, y estaban regadas por el mismo sistema de irrigación que era común a todas las tribus sedentarias. Eran los únicos indios que se dedicaban al pastoreo, y sus grandes rebaños de llamas eran un importante venero de riqueza; mientras que los géneros de lana de camello que ellos mismos tejían, no desdeñaban usarlos las empingorotadas damas españolas. Y sobre todo, sus toscos hornos de fundición les permitían presentar cierta pompa deslumbradora, que no era de esperar entre indios americanos; la verdad, nos causaría sorpresa entrar en las iglesias de cualquier ciudad del mundo y hallarlas tan esplendentes con placas, imágenes y netos de oro, como eran algunos de sus barbáricos templos. No podemos afirmar que nunca hiciesen sacrificios humanos; pero esos horrendos ritos eran raros y no podían compararse con los horrores que a diario llevábanse a cabo en Méjico. En los sacrificios ordinarios, la llama era la víctima.
Hacia la fortaleza de esa extraordinaria tribu india, se dirigía Pizarro al frente de su escasa tropa.