V
LA CONQUISTA DEL PERÚ
Positivamente ningún ejército salió jamás a luchar con tan desproporcionadas desventajas. Contra innumerables miles de peruanos, tenía Pizarro ciento setenta y siete hombres. De éstos, sólo sesenta y siete iban montados. En toda la fuerza no había más que tres cañones; y sólo veinte hombres tenían siquiera ballestas; todos los demás iban armados de espadas, dagas y lanzas. ¡Linda hueste, en verdad, para conquistar lo que era un imperio en vastedad, ya que no en organización!
A los cinco días de marcha desde San Miguel, Pizarro hizo alto para descansar. Allí notó señales de descontento entre su gente, y adoptó un remedio característico de su genio. Haciendo formar a sus hombres, les habló en términos amistosos. Díjoles que deseaba que San Miguel estuviese mejor defendido, pues era muy pequeña la guarnición que allí había quedado. Si algunos de los presentes preferían no seguir adelante, ni afrontar los peligros desconocidos que hallarían tierra adentro, quedaban en libertad de retroceder para reforzar la guarnición de San Miguel, donde tendrían derecho a las mismas mercedes de terreno que los otros, además de participar en los beneficios de la conquista.
Fué una medida audaz y, sin embargo, prudente. Cuatro infantes y cinco jinetes dijeron que se volverían a San Miguel; y, en efecto, se volvieron, mientras que ciento sesenta y ocho leales siguieron adelante, prometiendo de nuevo seguir a su intrépido jefe hasta el fin.
Soto, que había estado explorando por espacio de ocho días, volvió entonces acompañado de un mensajero que enviaba el capitán guerrero de los indios, Atahualpa. Traía el indio presentes, e invitó a los españoles a visitar a Atahualpa, que estaba acampado con sus brazos en Cajamarca. Felipillo, el joven indio de Túmbez, que fué a España con Pizarro para aprender el español, prestó ahora útil servicio como intérprete, y por su mediación pudieron los españoles conversar con los incas. Pizarro trató al mensajero con su acostumbrada afabilidad, y lo despidió con regalos, marchando después peñas arriba en dirección de Cajamarca. Uno de los indios declaró que Atahualpa trataba simplemente de atraer a los españoles a su fortaleza para destruirlos sin tomarse el trabajo de salir a su encuentro, lo cual era verdad; y otro indio declaró que el jefe inca tenía a su mando una fuerza que no bajaba de cincuenta mil hombres. Pero sin arredrarse, Pizarro envió un indio adelante para hacer un reconocimiento, y siguió marchando por los temibles pasos de la cordillera, alentando a sus hombres con una de sus características arengas. Díjoles:
«Tened todos ánimo y valor para hacer lo que espero de vosotros y lo que deben hacer todos los buenos españoles, y no os alarméis por la multitud que dicen tiene el enemigo ni por el número reducido en que estamos los cristianos. Que aunque fuésemos menos y el ejército contrario fuese más numeroso, la ayuda de Dios es mayor todavía; y en la hora de la necesidad El ayuda y favorece a los suyos, para desconcertar y humillar el orgullo de los infieles, y atraerles al conocimiento de nuestra Santa Fe.»
Al oir este animoso discurso, los hombres gritaron que le seguirían adondequiera que les llevase. Pizarro se puso al frente con cuarenta jinetes y sesenta infantes, dejando a su hermano Hernando que hiciese alto con los hombres restantes hasta nueva orden. No era juego de niños el trepar por aquellos terribles pasos. Los jinetes tuvieron que desmontar, y aun así, con dificultad podían llevar sus caballos por aquellas alturas. Los angostos senderos serpenteaban por debajo de salientes riscos y bordeaban sombrías quebradas, estrechas hendeduras de millares de pies de profundidad, en las que el resalto que formaba la roca tenía apenas el ancho suficiente para arrastrarse por él. Dominaban el paso dos imponentes fuertes de piedra; pero afortunadamente estaban abandonados. Si los hubiese ocupado el enemigo, estaban perdidos los españoles; pero Atahualpa quiso dejarles penetrar en su trampa, en la confianza de que una vez dentro los aplastaría fácilmente. Cuando llegaron los españoles a lo alto del paso, mandaron a buscar a Hernando, el cual subió con su gente. Llegó entonces un mensajero de Atahualpa con regalo de llamas, y casi al mismo tiempo volvió el espía indio que envió Pizarro y reiteró que Atahualpa intentaba traicionarles. El mensajero peruano explicó de un modo plausible los movimientos sospechosos que había relatado el espía. Su explicación distaba de ser satisfactoria; pero Pizarro era demasiado listo para mostrar su desconfianza. Sólo podían salvarse aparentando tranquilidad.
Los españoles sufrieron mucho frío al doblar aquella empinada sierra, y hasta la misma bajada por la vertiente oriental de la cordillera se les hizo sumamente dificultosa. Al séptimo día llegaron a la vista de Cajamarca situada en su lindo valle ovalado, que era una hondonada de gran extensión. A lo lejos y a un lado estaba el campamento del jefe guerrero inca y de su ejército, que cubría una vasta superficie. El día 15 de noviembre de 1532, los españoles entraron en la ciudad. Hallábase enteramente desierta, lo cual era de muy ominoso agüero. Pizarro hizo alto en la gran plaza cuadrada o comunal, y envió a Soto y Hernando Pizarro con treinta y cinco jinetes al campo de Atahualpa para pedirle una entrevista. Hallaron al jefe inca rodeado de una pompa que les pasmó; y no menos les impresionó el número abrumador de guerreros que vieron en el campamento. A su solicitud contestó Atahualpa que aquel día estaba guardando ayuno por ser día sagrado (lo cual ya era una circunstancia sospechosa); pero que al día siguiente visitaría a los españoles en la ciudad. «Ocupad las casas de la plaza, les dijo, y no entréis en ninguna otra. Aquellas son para el uso de todos. Cuando yo vaya, daré órdenes acerca de lo que hay que hacer.»
Los peruanos, que nunca habían visto un caballo, quedaron atónitos al contemplar aquellos extranjeros montados, y aun más se encantaron cuando Soto, que era un gran caballista, mostró su habilidad con algunas proezas, no por vano alarde, sino porque era de mucha importancia el causar impresión a aquellos innumerables bárbaros con las peligrosas habilidades de los extranjeros.
Los acontecimientos del día siguiente merecen especial mención, puesto que ellos y sus consecuencias directas han dado pie a la injusta imputación que se ha hecho a Pizarro de ser un hombre cruel. Los verdaderos hechos le justifican plenamente.
En la mañana del 16 de noviembre, después de una noche de gran ansiedad, los españoles se levantaron al despuntar el alba. Entonces vieron claramente que se habían metido en la trampa, y que había una probabilidad contra ciento de que pudiesen salir de allí. Su espía indio había sido veraz en sus avisos. Allí estaban, acorralados en la ciudad, ciento setenta y ocho hombres, y a poca distancia había innumerables millares de indios. Pero, y esto era peor todavía, vieron que les habían cortado la retirada; porque durante la noche Atahualpa había situado una gran fuerza entre ellos y el paso por donde habían entrado. Estaban, pues, en una situación enteramente desesperada: no podía salvarles más que un milagro. Pero el milagro estaba a mano: era Pizarro.
Por una de las sabias disposiciones de la naturaleza, las mentes mejor equiparadas piensan mejor y más rápidamente cuando más necesitan pensar a prisa y bien. En el momento supremo todos los pensamientos que se amontonan y confunden en el excitado cerebro, parece como si se apartasen de repente para dejar un claro por donde un gran pensamiento pueda saltar, como el corredor que llega a la meta, o bien como el rayo que hiende el aire manso, mientras su fuego se precipita abriendose paso. Las personas más inteligentes tienen a veces ese relampagueo mental, y cuando se puede confiar en que ha de aparecer o iluminar al instante las crisis más obscuras, es la intuición del genio. Eso es precisamente lo que hizo de Napoleón todo un Napoleón, y de Pizarro todo un Pizarro.
Había necesidad de formular con maravillosa rapidez un pensamiento que fuese casi sobrehumano. ¿Cómo podían vencerse aquellas terribles desventajas? ¡Ah! Pizarro dió con ello. El no sabía, como sabemos ahora, las razones supersticiosas que hacían que los indios reverenciasen tanto a Atahualpa; pero sí sabía que existía esa influencia. Algo de lo que Pizarro era para los españoles, era para los peruanos su capitán guerrero; no tan sólo era su jefe militar, sino que literalmente era «en sí toda una hueste». Pues bien; si él podía hacer prisionero a aquel cacique traidor, esto haría disminuir muchas de las desventajas; en realidad equivaldría de un modo incruento a quitar a los enemigos algunos millares de hombres. Además, Atahualpa quedaría en rehén para responder de la paz de su tribu. Y como único medio de salvación, Pizarro resolvió aprisionar al cacique.
Empezó en el acto a hacer preparativos para este brillante golpe estratégico. La caballería, dividida en dos grupos, mandados por Hernando de Soto y Hernando Pizarro, se ocultó en dos espaciosos zaguanes que daban a la plaza. En un tercer zaguán se colocó la infantería, y Pizarro, con veinte hombres, ocupó una posición en otro punto ventajoso. Pedro de Candía, con la artillería—dos pequeños falconetes,—se había situado en lo alto de un fuerte edificio. Pizarro dirigió entonces a sus soldados una fervorosa arenga, y después de una rogativa a Dios para que les amparase y librase de todo mal, la pequeña fuerza esperó al enemigo.
Casi había transcurrido el día cuando Atahualpa entró en la ciudad sentado en una silla de oro que llevaban en hombros sus servidores. Había prometido hacerles una visita amistosa e ir desarmado; pero era de notar que aquella visita amistosa la hizo acompañado de un séquito de varios miles de atléticos guerreros. Ostensiblemente iban desarmados; pero debajo de sus mantos llevaban ocultos arcos, machetes y mazas. Atahualpa no pudo resistir a la curiosidad, aun cuando habíase mostrado indiferente. Aquella nueva clase de hombres era demasiado interesante para exterminarlos en el acto. Quería verlos más, y así fué a ellos; pero sumamente confiado, como pudiera estarlo un niño cruel con una mosca. Observaría por un rato sus aleteos y zumbidos, y cuando se cansase de ellos no tenía más que extender el pulgar y aplastar la mosca sobre el vidrio de la ventana. Pero no contaba Atahualpa con la huéspeda. Ciento setenta cuerpos españoles podían ser fácilmente aplastados; pero no cuando los animaba un espíritu como el de su jefe.
Aun en aquel instante estaba Pizarro dispuesto a adoptar procedimientos pacíficos. El bueno de Fray Vicente de Valverde, capellán del pequeño ejército, se adelantó a recibir a Atahualpa. Hacían un raro contraste el modesto misionero con su hábito gris y su manoseada Biblia en la mano, frente al astuto indio sentado en su trono de oro, cubierto de adornos del mismo metal y con un collar de esmeraldas. El padre Valverde le dirigió la palabra. Le dijo que venían como servidores de un poderoso rey y del verdadero Dios. Venían como amigos, y todo lo que pedían era que el cacique abandonase sus ídolos y adorase a Dios, y aceptase al rey de España como aliado suyo y no como soberano.
Atahualpa, después de examinar curiosamente la Biblia (pues por de contado no había visto antes libro alguno), la dejó caer y contestó al misionero con brevedad y casi con insolencia. Las exhortaciones del padre Valverde sólo contribuyeron a irritar al indio, y sus palabras y su gesto se volvieron más amenazadores. Atahualpa mostró el deseo de ver la espada de uno de los españoles, y éste se la enseñó. Entonces quiso él desenvainarla; pero el soldado, con mucha prudencia, se lo impidió. El padre Valverde no recomendó entonces una matanza, como se le ha imputado; solamente informó a Pizarro del fracaso de sus esfuerzos conciliatorios. Había llegado la hora. Atahualpa podía dar el golpe en cualquier momento, y si él era el primero en darlo, no había esperanza alguna para los españoles. Su única salvación estaba en adelantársele y coger por sorpresa a los que sorprenderles querían. Pizarro hizo una señal con su trena a Candía, y el ridículo cañoncito de la azotea retumbó de uno a otro extremo de la plaza. No hirió a nadie, ni fué esa la intención al dispararlo, sino únicamente aterrorizar a los indios, que nunca habían oído un cañonazo, y dar la señal a los españoles. La exactitud del relato que han hecho algunos historiadores de cómo «el humo de la artillería llenó la plaza de nubes sulfurosas, que cegaron a los peruanos y esparcieron una densa lobreguez», puede juzgarse teniendo presente que toda esa mortífera nube debía salir de los cañoncetes que se transportaban a lomo de caballo por aquellas montañas, y de tres viejos fusiles de chispa. Sin embargo, de este ridículo modo se han descrito muchos de los incidentes de la conquista.
No menos falsas y disparatadas son las descripciones corrientes de la «matanza» que siguió. Los españoles salieron todos al oir la señal, cayeron sobre los indios y finalmente los desalojaron de la plaza. Nos resistimos a creer que murieron dos mil, pues calculando cuántos indios puede matar un hombre con una espada o un mosquete o una ballesta en media hora de lucha a todo correr, y multiplicando ese factor por ciento sesenta y ocho, veremos que no es de dos mil, sino de doscientos, el número más probable de los muertos en Cajamarca.
El principal empeño de los españoles no era precisamente matar, sino rechazar a los otros indios y hacer prisionero a Atahualpa. Pizarro había dado severas órdenes de no causar daño al cacique. No quería matarle, sino únicamente retenerlo vivo en rehenes, para que respondiera de la conducta pacífica de su tribu. La guardia de corps del jefe indio hizo una fuerte resistencia, y un español, en su excitación, lanzó a Atahualpa un arma arrojadiza. De un salto Pizarro se puso delante y recibió la herida en un brazo, salvando así la vida al cacique. Por fin se apoderaron de Atahualpa, ileso, y le encerraron en uno de los edificios bajo la vigilancia de una fuerte guardia. El confesó,—con una de esas bravatas características de los indios, cuya costumbre tradicional es demostrar su valor ofendiendo al que los hace prisioneros,—que les había dejado entrar en la ciudad, sintiéndose seguro por su más numerosa fuerza, con el fin de hacer esclavos a los que mejor le cuadrase y dar muerte a los otros. Pudo haber añadido que si el astuto de su padre estuviese vivo, esto no hubiera ocurrido. El experto Huayna Capac no habría dejado que los españoles entrasen en la ciudad, sino que los hubiera enredado y aniquilado en los ásperos vericuetos de la montaña. Pero Atahualpa, más presuntuoso y menos prudente, asumió un riesgo innecesario, y ahora se hallaba prisionero, con su ejército derrotado. Como vulgarmente se dice, fué por lana y salió trasquilado.
El distinguido cautivo fué tratado con la mayor consideración y cuidado. Sólo era prisionero por cuanto no podía salir; pero en las espaciosas y alegres habitaciones que se le asignaron tenía todas las comodidades que apetecer podía. Su familia vivía con él; comía en su propia vajilla los mejores alimentos que podían obtenerse, y se le complacía en todos sus deseos, excepto el de salir para llamar a los indios a las armas. El Padre Valverde y el mismo Pizarro trabajaron con empeño para convertir a Atahualpa al cristianismo, explicándole la impotencia y la maldad de sus ídolos, y el amor y bondad del verdadero Dios en cuanto les era posible hacérselo entender a un indio, para quien naturalmente un Dios cristiano era incomprensible. No tardó Atahualpa en reconocer la inutilidad de sus dioses, y declaró francamente que no eran más que unos embusteros. Huayna Capac les había consultado, y le dijeron que todavía viviría mucho tiempo; no obstante, Huayna Capac murió en breve. El mismo Atahualpa había ido a preguntar al oráculo si debía atacar a los españoles: el oráculo contestó que sí, y que fácilmente les subyugaría. No es de extrañar que el cacique hubiese perdido la fe en los que hacían semejantes predicciones.
Los españoles recogieron muchas llamas, una considerable cantidad de oro, y un gran acopio de preciosos vestidos de algodón y de pelo de camello. No se les hostigó más, pues los indios sin su reconocido caudillo se hallaban más perdidos de lo que estaría un ejército civilizado sin sus jefes, puesto que el cacique indio está investido de un carácter sacerdotal lo mismo que militar, y su cacique estaba prisionero.
Por fin Atahualpa, ansioso de volver a capitanear sus fuerzas a toda costa, hizo una proposición tan estupenda, que los españoles a duras penas podían dar crédito a sus oídos. Si le dejaban en libertad, ofrecióles llenar de oro la habitación en que se hallaba prisionero, hasta la altura a que alcanzase con la mano, y otro aposento menor lo llenaría igualmente de plata. La pieza que debía llenarse con vasijas y objetos de oro (no había nada macizo como lingotes), dícese que tenía veintidós pies de largo por diez y siete de ancho; a la altura que marcó el cacique con la mano en la pared era de nueve pies sobre el nivel del suelo.