VI
LOS MISIONEROS EXPLORADORES
Pretender narrar la historia de la exploración española de las Américas sin dedicar especial atención a los misioneros exploradores, sería hacerles poca justicia y dejar incompleta la historia. En esto, aun más que en otras fases, la conquista fué ejemplar. El español no tan sólo descubrió y conquistó, sino que, además, convirtió. Su celo religioso no le iba en zaga a su valor. Como ha sucedido con todas las naciones que han entrado en nuevas tierras, y como sucedió con nosotros mismos en la que ocupamos, su primer paso tuvo que ser la sujeción de los naturales que se le oponían. Pero no bien hubo castigado a esos feroces indios, empezó a tratarlos con grande y noble clemencia, que aun hoy no se prodiga y que en aquella cruel época del mundo era casi desconocida. Nunca dejó sin hogar a los atezados indígenas de América ni los fué arrollando, ni acorralando delante de él, sino que, por el contrario, les protegió y aseguró por medio de leyes especiales la tranquila posesión de sus tierras para siempre. Debido a las generosas y firmes leyes dictadas por España hace tres siglos, nuestros indios más interesantes e interesados, los «Pueblos» gozan hoy completa seguridad en sus posesiones, mientras que casi todos los demás (que nunca estuvieron enteramente bajo el dominio de España), han sido de vez en cuando arrojados de las tierras que nuestro gobierno solemnemente les había concedido.
Esa era la ventaja de un régimen de Indias que no obedecía a la política, sino a los invariables principios de humanidad. Primero se exigía al indio que fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le podía enseñar la obediencia a todas las cosas de una vez; pero debía al menos abstenerse de matar a sus nuevos vecinos. Tan pronto como aprendía esta lección, se le protegía en sus derechos sobre su hogar, su familia y sus bienes. Entonces, y tan rápidamente como podían hacer esa vasta labor el ejército de misioneros que dedicaban su vida a esa peligrosa tarea, se le educaba en los deberes de ciudadanía y de la religión cristiana. Es casi imposible para nosotros, en estos pacíficos tiempos, comprender lo que significaba convertir entonces medio mundo de indios. En nuestra parte de Norteamérica nunca ha habido tribus tan terribles como encontraron los españoles en Méjico y en otras tierras más al sur. Nunca pueblo alguno llevó a cabo en ninguna parte tan estupenda labor como la que realizaron en América los misioneros españoles. Para empezar a comprender las dificultades de aquella conversión, debemos primero leer una horripilante página de la historia.
Muchos indios y pueblos salvajes profesan religiones tan distintas de la nuestra como son sus organizaciones sociales. Pocas tribus hay que sueñen con un Sér Supremo. La mayoría de ellos adora muchos dioses; dioses cuyos atributos son muy parecidos a los del mismo adorador; dioses tan ignorantes y crueles y traidores como él. Es una cosa horrenda estudiar esas religiones, y ver qué cualidades tan tenebrosas y repulsivas puede deificar la ignorancia. Los despiadados dioses de la India que se supone que se deleitan aplastando a miles de sus fieles bajo las ruedas del carro Juggernaut, y con el sacrificio de niños al Ganges y de jóvenes viudas a la hoguera, son buena muestra de lo que puede creer una mente descarriada. Pues bien; los horrores de la India tenían su paralelo en América. Las religiones de nuestros indios del norte tenían muchos ritos sorprendentes y terribles; pero eran inocentes y civilizados si se comparan con los monstruosos que se observaban en Méjico y la América del Sur. Para comprender algo de lo que tuvieron que combatir los misioneros españoles en América, aparte del peligro común a todos, echemos una ojeada al estado de cosas en Méjico cuando ellos llegaron.
Los Naturales, o Aztecas, y otras tribus indias parecidas del antiguo Méjico, observaban el credo pagano general a todos los indios de América, con algunos horrores que ellos le añadían. Estaban en un constante y ciego terror de sus innumerables dioses salvajes, pues para ellos todo lo que no podían ver y entender, y casi todo lo que veían y entendían, era una deidad. Lo que no podían concebir era un dios que les inspirase amor: debía ser siempre algo que les inspirase miedo; pero un miedo mortal. Todo su objeto en la vida era esquivar los crueles golpes de una mano invisible; era aplacar algún dios terrible que no podía amar, pero a quien se podía sobornar para que no causase daño. No podían imaginar una verdadera creación, ni que pudiese haber algo sin tener padre ni madre: las estrellas y las piedras y los vientos y los dioses tenían que nacer lo mismo que los hombres. Su «cielo», si ellos hubiesen podido entender lo que significa esta palabra, estaba atestado de dioses, cada uno tan individual y personal como nosotros; con más poder que nosotros, pero con las mismas debilidades y pasiones y pecados. En realidad, habían inventado y arreglado los dioses según su propia forma salvaje, dándoles los poderes que deseaban para sí mismos; pero eran incapaces de atribuirles virtudes que no podían comprender. Así también, para juzgar lo que podría agradar a sus dioses, se guiaban por lo que a ellos les placía. Tomar cruenta venganza de sus enemigos; robar y matar, o recibir tributo para dejar de robar y de matar; vestirse ricamente y comer bien; estas y otras cosas parecidas, que ellos consideraban como las más altas ambiciones personales, creían que de igual modo agradarían a «los de arriba». Y así consagraban la mayor parte de su tiempo y de su afán en sobornar a esos extraños dioses, que les causaban más terror que los indígenas vecinos.
Su idea de un dios la expresaban gráficamente en los grandes ídolos de piedra que antes abundaban en Méjico, y algunos de los cuales se conservan todavía en los museos. Son, por lo general, de tamaño heroico, y están labrados con mucho esmero en piedra sumamente dura, pero sus cuerpos y sus caras son indeciblemente horribles. Un ídolo como el del grotesco Huitzilopochtli era una cosa tan espantosa como no pudo jamás inventarla el ingenio humano; y la misma repulsiva fealdad se ve en todos los ídolos mejicanos.
Se atendía a estos ídolos con un cuidado sumamente servil, y se les vestía con los ornamentos más costosos que podía procurarse la riqueza de los indios. Sobre esas grandes pesadillas de piedra se colgaban con profusión largos collares de turquesas, que era la joya más preciada de los aborígenes americanos, y preciosos mantos de brillantes plumas de pájaros tropicales y conchas de iridiscentes colores. Millares de hombres dedicaban su vida a cuidar de esas mudas deidades, y se humillaban y atormentaban de un modo indecible para agradarles.
Pero ni los regalos ni los cuidados eran bastantes. De un dios como esos había que temer también que traicionase a los amigos. Había que llevar más lejos el soborno. Todo lo que al indio le parecía valioso lo ofrecía a su dios para tenerle propicio, y como la vida humana era la cosa de más valor a los ojos del indio, esa era su ofrenda más importante, y llegó a ser la más frecuente. Un indio no consideraba un crimen el sacrificar una vida para agradar a uno de sus dioses. No tenía idea de recompensa o castigo después de la muerte, y llegó a considerar el sacrificio humano como una institución legítima, moral y hasta divina. Con el tiempo llegaron a consumarse casi a diario esos sacrificios en cada uno de los numerosos templos. Era la forma más estimada del culto: era tan grande su importancia, que los oficiales o sacerdotes tenían que pasar por un aprendizaje más oneroso que cualquier ministro de la religión cristiana. Sólo podían llegar a ocupar ese puesto prometiendo y manteniendo una incesante y terrible práctica de privaciones y mutilaciones de su cuerpo.
Se ofrecían vidas humanas no tan sólo a uno o dos de los ídolos principales de cada comunidad, sino que cada población tenía, además, fetiches menores, a los que se hacía esta clase de sacrificios en determinadas ocasiones. Tan arraigada estaba la costumbre del sacrificio, y se consideraba tan corriente, que cuando Cortés llegó a Cempohual, los indígenas no concibieron otro modo de recibirle con bastantes honores, y muy cordialmente propusieron ofrendarle sacrificios humanos. Excusado es decir que Cortés rehusó con energía esa muestra de hospitalidad.
Esos ritos se verificaban casi siempre en los teocalis, o montículos para sacrificios, de los cuales había uno o más en cada población india. Eran grandes montones artificiales de tierra en forma de pirámides truncadas y recubiertos de piedra. Tenían de cincuenta a doscientos pies de altura, y algunas veces varios centenares de pies cuadrados en su base. En la parte superior de la pirámide había una pequeña torre, que era la obscura capilla donde se encerraba el ídolo. La grotesca faz de la pétrea deidad miraba una piedra cilíndrica que tenía una cavidad en forma de tazón en la parte superior, y era el altar o piedra del sacrificio. Esa piedra era usualmente labrada, algunas veces con muchos detalles y esmerada mano de obra. El famoso «calendario azteca de piedra» que se halla en el museo nacional de Méjico y que en un tiempo dió pie a tan extrañas conjeturas, es meramente uno de esos altares para sacrificios, de época anterior a Cristóbal Colón. Es un ejemplar notabilísimo de piedra labrada por los indios.
El ídolo, las paredes interiores del templo, el piso y el altar estaban siempre humedecidos con el flúido más precioso de la tierra. En el tazón ardían en rescoldo corazones humanos. Magos vestidos de negro, con sus rostros también ennegrecidos y con círculos blancos pintados alrededor de los ojos y de la boca, con los cabellos empapados en sangre, con las caras cortadas por incesantes mortificaciones, iban continuamente de un lado para otro, vigilando de día y de noche, siempre listos para las víctimas que aquella horrenda superstición llevaba al altar. Solían elegirse las víctimas de entre los prisioneros de guerra y los esclavos que, como tributo, cedían las tribus conquistadas; y el contingente era enorme. A veces en un día señalado se sacrificaban quinientas víctimas en un solo altar. Se les extendía desnudos sobre la piedra de sacrificios y se les descuartizaba de una manera demasiado horrible para describirla aquí. Sus corazones palpitantes se ofrendaban al ídolo, y después se arrojaban al gran tazón de piedra, mientras que los cuerpos eran lanzados a puntapiés, escaleras abajo, hasta que iban a parar al pie de la pirámide, donde eran arrebatados por una ávida muchedumbre. Los mejicanos no eran ordinariamente tan caníbales, ni gustaban de serlo, pero devoraban aquellos cuerpos como parte de su repulsiva religión.
Repugna entrar en más detalles acerca de esos ritos: bastante queda dicho para dar una idea de la barrera moral que encontraron los misioneros españoles cuando fueron a enseñar a tan sanguinarios indígenas un evangelio que predica el amor y la universal fraternidad de los hombres. Semejante credo era tan incomprensible para los indios, como lo sería para nosotros el decirnos que lo negro es blanco: la lucha para hacérselo comprender fué una de las más enormes y, al parecer, imposibles que ha emprendido maestro alguno. Antes de que los misioneros pudiesen lograr que los indios escuchasen siquiera el catecismo, y mucho menos entenderlo, tenían que dedicarse a la peligrosa tarea de probar lo falso que era su paganismo. El indio creía absolutamente en el poder de su sangriento dios de piedra. Estaba seguro de que si abandonaba su ídolo, le castigaría y destruiría, y por consiguiente no quería creer nada contrario a su religión. El misionero no solamente tenía que decirle: «Tu ídolo es impotente; no puede hacer daño a nadie; no es más que una piedra, y si lo pateas no puede castigarte», sino que además había de probarlo. Ningún indio era tan temerario que quisiese hacer el experimento, y el nuevo maestro tenía que demostrarlo él mismo. Por supuesto que ni siquiera podía hacer esto al principio, porque si hubiese empezado su labor catequista maltratando a uno de aquellos grotescos dioses de pórfido, los «sacerdotes» de éste lo hubieran asesinado en el acto. Pero, cuando los indios vieron al fin que ningún poder sobrenatural aplastaba al misionero por hablar mal de sus dioses, ya se había dado el primer paso. Gradualmente pudo después tocar el ídolo, y vieron que también quedaba ileso. Por último derrumbó y rompió las crueles imágenes, y los atónitos y aterrorizados devotos empezaron a dudar y a despreciar las cobardes deidades a quienes habían servido de esclavos, y a las que un extraño podía insultar y maltratar impunemente. Sólo empleando esta ruda lógica, que era la que los envilecidos indios podían entender, los misioneros españoles lograron probarles que el sacrificio humano era un error de los hombres y no la voluntad de «los de arriba». Fué un maravilloso adelanto el extirpar ésta, que era la peor práctica de la religión de los indios, la cual había arraigado a través de varios siglos de constante observancia. Pero los apóstoles españoles estaban a la altura de su misión, y la infinita fe y el celo y paciencia con que finalmente abolieron el sacrificio humano en Méjico, llevó gradualmente, paso a paso, a la conversión de los indígenas de un continente y medio al Cristianismo.