VII

LOS FUNDADORES DE IGLESIAS
EN NUEVO MÉJICO

Para dar siquiera un bosquejo de la obra realizada por los misioneros españoles en ambas Américas se necesitaría llenar varios volúmenes. Lo más que podemos hacer aquí es tomar como muestra una hoja de tan fascinador como formidable relato, y para ello describiré brevemente lo que se hizo en una región que nos es particularmente interesante: la provincia de Nuevo Méjico. Hubo muchas otras comarcas en que fué preciso vencer todavía mayores obstáculos, en que perdieron la vida, sin quejarse, muchos más mártires y en que lucharon desesperadamente más generaciones; pero lo mejor será tomar un modesto ejemplo, especialmente uno que tanta relación tiene con nuestra historia nacional.

Nuevo Méjico y Arizona, verdaderos países de maravillas de los Estados Unidos, fueron descubiertos, como es sabido, en 1539, por aquel misionero español a quien todos los jóvenes americanos debieran recordar con veneración: Fray Marcos de Nizza. Hemos bosquejado también las proezas de Fray Ramírez, Fray Padilla y otros misioneros en aquella inhospitalaria tierra, y se habrá podido formar idea de las penalidades que eran comunes a todos sus cofrades; porque las tremendas jornadas, la abnegación en la soledad, el amoroso celo y muy a menudo la muerte cruel de esos hombres, no eran excepciones, sino ejemplos corrientes de lo que tenía que esperar un apóstol en el sudoeste.

En todas partes ha habido misioneros cuyos rebaños fueron tan desagradecidos y crueles; pero pocos o ninguno que se hallasen en regiones tan apartadas e inaccesibles. Nuevo Méjico fué por espacio de trescientos cincuenta años, y lo es aún hoy día, en su mayor parte un páramo, salpicado de unos pocos pequeños oasis. A la gente de los Estados del Este, un desierto les parece que ha de estar sumamente lejos; pero en nuestra región del Sudoeste hay en la actualidad cientos de miles de millas cuadradas donde el viajero fácilmente muere de sed y donde todos los años hay infelices víctimas de ese horrendo martirio. Aun ahora pueden hallarse penalidades y peligros en Nuevo Méjico; pero hubo un tiempo en que fué uno de los más crueles desiertos imaginables. Apenas han transcurrido diez años desde que se puso fin a las guerras y las hostilidades de los indios, que duraron sin cesar por más de tres siglos. Cuando el colono o el misionero español salía de Nueva España para atravesar un desierto de mil millas y sin caminos, con rumbo a Nuevo Méjico, su vida se hallaba en constante riesgo, y no pasaba un día en que no se hallase en peligro en aquella provincia salvaje. Si conseguía no morir de sed o de hambre durante el camino; si no perecía a manos de los despiadados apaches, se instalaba en el vasto erial, tan lejos de cualquier otro hogar de gente blanca como Chicago lo está de Boston. Si era misionero, se quedaba, por regla general, solo con un rebaño de centenares de crueles indios; si era soldado o labrador, tenía de doscientos a mil quinientos amigos en una superficie tan extensa como Nueva Inglaterra, Nueva York, Pensilvania y Ohío juntos, en medio de cien mil cobrizos enemigos, cuyos gritos de guerra era probable que oyese a cada momento, sin llegar nunca a olvidarlos. Vino pobre y pudo hacerse rico en aquel árido suelo. Aun al principio del siglo XIX, cuando alguien empezó a tener grandes rebaños de carneros, con frecuencia quedaban sin una res por una incursión nocturna de apaches o de navajos.

Esa era la situación de Nuevo Méjico cuando llegaron los misioneros, y así poco más o menos se mantuvo por más de trescientos años. Si el hombre más ilustrado y optimista del Viejo Mundo hubiese podido ver con los ojos de la inteligencia aquella tierra infecunda, nunca hubiera podido soñar que no tardaría aquel desierto en verse poblado de iglesias, pero no de pequeñas capillas de troncos o de adobe, sino de edificios de piedra de sillería, cuyas ruinas se ven hoy y son las más imponentes de Norteamérica. Pero así fué; ni el desierto ni los indios pudieron frustrar aquel fervoroso celo.

La primera iglesia alzada en lo que hoy se llama Estados Unidos, fundóla en San Agustín (Florida) Fray Francisco de Pareja, en 1560; pero medio siglo antes había ya muchas otras iglesias españolas en América. Los varios sacerdotes que Coronado llevó consigo a Nuevo Méjico, en 1540, hicieron muy buena labor catequista; pero pronto fueron muertos por los indios. La primera iglesia de Nuevo Méjico, segunda en los Estados Unidos, la fundaron en septiembre de 1598 los diez misioneros que acompañaron al colonizador Juan de Oñate. Fué una pequeña capilla, edificada en San Gabriel de los Españoles (que ahora se llama Chamita). San Gabriel quedó desierto en 1605, y entonces Oñate fundó Santa Fe, aun cuando es probable que todavía se utilizase la capilla de vez en cuando. Con el tiempo, sin embargo, se desmoronó. Todavía eran visibles en 1680 las ruinas de aquella venerable y antigua iglesia; pero ahora apenas puede distinguirse. Una de las primeras cosas que se hicieron después de establecer la nueva ciudad de Santa Fe, fué, naturalmente, construir una iglesia, y allí, en 1606, se erigió la tercera de los Estados Unidos. No llenó por mucho tiempo las necesidades de la colonia, y en 1622, Fray Alonso de Benavides, el historiador, puso los cimientos de la iglesia parroquial de Santa Fe, que se terminó en 1627. El templo de San Miguel en la misma antigua ciudad, se construyó después de 1636. Sus primitivos muros se conservan todavía y forman parte de una iglesia que sirve hoy día para el culto. Fué parcialmente destruída durante la rebelión de los pueblos en 1680, y restaurada en 1710. La nueva catedral de Santa Fe está construída sobre los restos de la más antigua parroquia.

En 1617, tres años antes de que desembarcasen los peregrinos en Plymouth Rock, había ya once iglesias dedicadas al culto en Nuevo Méjico. Santa Fe era la única población española; pero había también iglesias en los peligrosos pueblos indios de Galispeo y Pecos, dos en Jemez (cerca de cien millas al oeste de Santa Fe y en un terrible desierto), Taos (casi a igual distancia al norte), San Ildefonso, Santa Clara, Sandia, San Felipe y Santo Domingo. Era una asombrosa proeza para cada misionero solitario, porque no tenían apoyo civil ni militar en sus parroquias, el inducir tan pronto a su bárbaro rebaño a construir una iglesia de piedra para adorar allí al nuevo Dios blanco. Las iglesias hubieron de abandonarse en los dos pueblos de Jemez en 1622, por la incesante hostilidad de los navajos, los cuales desde tiempo inmemorial habían desolado aquella región; pero fueron ocupadas de nuevo en 1626. Los españoles, por lo que toca a la construcción de hogares, se vieron limitados, por las imposiciones del desierto, al valle del Río Grande, que corre de norte a sur por el centro de Nuevo Méjico. Pero sus misioneros no reconocieron ese límite. Donde las colonias no podían vivir, ellos podían orar y enseñar, y muy pronto empezaron a penetrar en los desiertos que se extienden a gran distancia a ambos lados de aquella estrecha faja de tierra colonizable. En Zuñi, muy al oeste del río, y a trescientas millas de Santa Fe, los misioneros se habían establecido ya por el año 1629. Pronto tuvieron seis iglesias en seis de las «Siete Ciudades de Cibola» (poblaciones Zuñi), de las cuales la situada en Chyánahue todavía está admirablemente conservada y en el mismo período se habían establecido doscientas millas más adentro del desierto, y construído allí tres iglesias entre las pasmosas ciudades situadas en los riscos de Moqui.

En la parte baja del Río Grande notábase igual actividad. En el antiguo pueblo de San Antonio de Senecú, que casi ha desaparecido ya, fundó en 1629 una iglesia Fray Antonio de Arqueaga y este hombre valiente fundó otra en el mismo año en el pueblo de Nuestra Señora del Socorro, hoy ciudad americana que lleva el nombre de esa virgen. La iglesia del pueblo de Picuries, que estaba en las lejanías de las montañas del norte, debió ser construída antes del año 1632, puesto que en esta fecha fué enterrado en ella Fray Ascensión de Zárate. La iglesia de Isleta, que está hacia el centro de Nuevo Méjico, fué construída antes de 1635. Unas cuantas millas más arriba de Glorieta, pueden verse, desde las ventanas de cualquier tren de la línea de Santa Fe, unas grandes e imponentes ruinas de adobe, cuyos hermosos paredones sueñan en aquella encantadora solana. Es la vieja iglesia del pueblo de Pecos, y aquellas paredes se erigieron hace doscientos setenta y cinco años. El pueblo, que fué en su tiempo el mayor de Nuevo Méjico, quedó desierto en 1840, y su gran plaza cuadrangular, rodeada de casas indias de muchos pisos, está en completa ruina; pero por encima de sus montones grises descuellan todavía los muros de la vieja iglesia, que se construyó antes de que hubiese un sajón en Nueva Inglaterra. Conforme se ve, el «ladrillo de barro», como algunos llaman despectivamente al adobe, no es una cosa tan despreciable, si siquiera para arrostrar la intemperie de los siglos. Había una iglesia en el pueblo de Nambé, por el año de 1642. En 1662 Fray García de San Francisco fundó una iglesia en El Paso del Norte, en la actual frontera entre Méjico y los Estados Unidos, y esa era una misión peligrosa, por hallarse a centenares de millas de las colonias españolas, tanto del Viejo como del Nuevo Méjico.

Los misioneros también cruzaron las montañas del este del Río Grande, y establecieron misiones entre los pueblos que vivían al borde de las grandes llanuras. Fray Jerónimo de la Llana fundó la hermosa iglesia de Cuaray, en 1642, y poco después se erigieron las de Abó, Tenabo y Tabirá, más conocida ahora, aunque incorrectamente, con el nombre de La Gran Quivira. Las iglesias de Cuaray, Abó y Cabirá son las ruinas más grandiosas que hay en los Estados Unidos, y mucho más hermosas que muchas que los americanos van a admirar al extranjero. La segunda y mayor iglesia de Tabirá, fué construída entre los años de 1660 y 1670, y casi al mismo tiempo y en la misma región, si bien a muchas millas de distancia, en el árido desierto, las iglesias de Tajique y Chililí. Acoma, como es sabido, tenía una misión permanente en 1629, y el misionero construyó una iglesia. Además de todas las citadas, los pueblos de Zía, Santa Ana, Tesuque, Pojoaque, San Juan, San Marcos, San Lázaro, San Cristóbal, Alameda, Santa Cruz y Cochití tenían una iglesia cada uno por el año de 1680. Esto da una idea de la eficacia del trabajo de los misioneros españoles. Un siglo antes del nacimiento de nuestra nación, habían construído los españoles, en uno de nuestros territorios, medio centenar de iglesias permanentes, casi todas de piedra, y casi todas expresamente para beneficio de los indios. Esa labor de los misioneros no ha tenido igual en ningún otro punto de los Estados Unidos, hasta el presente; y en todo el país no habíamos construído en aquel tiempo tantas iglesias para nosotros mismos.

Una ojeada a la vida de los misioneros que iban a Nuevo Méjico por entonces, antes de que hubiese quien predicase en inglés en todo el hemisferio de occidente, presenta rasgos que fascinan a cuantos admiran el heroísmo solitario, que no necesita ni aplauso ni espectadores para mantenerse vivo. Ser valiente en campo de batalla y en casos de excitación parecida es muy fácil; pero es cosa muy distinta hacer una heroicidad cuando nadie la presencia y en medio, no tan sólo de peligros, sino de toda clase de penalidades y obstáculos.

Los misioneros que iban a Nuevo Méjico tenían que salir, naturalmente, del Viejo Méjico, y antes que eso, de España. Algunos de esos hombres tranquilos que vestían el hábito gris, habían hecho ya tan largas jornadas y afrontado peligros tales, como no los han conocido nunca los Stanleys de nuestra época. Tenían que procurarse sus vestiduras y los ornamentos de la iglesia y pagarse el viaje desde Méjico a Nuevo Méjico, pues desde un principio se había organizado un servicio semianual de expediciones armadas a través del peligroso desierto que los separaba. La tarifa era de doscientos sesenta y seis pesos, desembolso muy duro para un hombre cuyo salario era de ciento cincuenta pesos al año (no pasaron los salarios de esta cifra hasta 1665, en que se aumentaron hasta trescientos treinta pesos, pagaderos cada tres años). No puede compararse ese estipendio con el que se da hoy en nuestras iglesias de moda. Con esa mezquina paga, que era todo lo que podía darle el sínodo, tenía que sufragar los gastos de su persona y de la iglesia.

Llegado al Nuevo Méjico después de una peligrosa jornada (y tanto la jornada como el territorio ofrecían todavía peligros en la presente generación), el misionero se dirigía primero a Santa Fe. Allí su superior no tardaba en designarle una parroquia, y volviendo la espalda a la pequeña colonia de sus compatriotas, el buen fraile recorría a pie cincuenta, cien, o trescientas millas, según el caso, hasta llegar a su nuevo y desconocido puesto. Algunas veces le acompañaban una escolta de tres o cuatro soldados españoles; pero a menudo tenía que hacer aquel peligroso recorrido enteramente solo. Sus nuevos feligreses lo recibían unas veces con una lluvia de flechas y otras con un hosco silencio. El no podía hablarles, y tampoco ellos a él, y lo primero que tenía que hacer era aprender de aquellos reacios maestros su extraña lengua; mucho más difícil de adquirir que el latín, el griego, el francés o el alemán. Enteramente solo entre ellos, tenía que depender de sí mismo y de los favores que de mal grado le hacía su rebaño para las necesidades de la vida. Si decidían matarle, le era imposible hacer resistencia. Si rehusaban darle alimento, tenía que morirse de hambre. Si enfermaba o se imposibilitaba, no tenía más enfermeros ni doctores que aquellos traicioneros indios. No creo que la historia presente otro cuadro de tan absoluta soledad, desamparo y desconsuelo como era la vida de aquellos mártires desconocidos, y por lo que toca a peligros, no ha habido hombre alguno que los haya arrostrado mayores.

La manera de atender al mantenimiento de los misioneros era muy sencilla. Además del pequeño salario que le pagaba el sínodo, el pastor debía recibir algún auxilio de su parroquia. Esa era una necesidad así moral como material. Es un principio, reconocido en todas las iglesias, que el interés que en ellas se toma depende en parte de las dádivas personales. Así, pues, las leyes españolas exigían de los pueblos la misma contribución a la iglesia que la establecida por Moisés. Cada familia india tenía que dar el diezmo y las primicias de los frutos a la iglesia, como los habían siempre dado a sus caciques paganos. Esto no era una carga para los indios y mantenía el misionero con un modesto pasar. Por supuesto que los indios no daban un diezmo; al principio daban lo menos que podían. El alimento que llevaban al padre consistía en maíz, judías y calabazas, con sólo un poquito de carne, que rara vez conseguían en la caza, porque pasó mucho tiempo antes de que hubiese manadas de vacas o rebaños de carneros que se la proporcionasen. También dependía de su insegura congregación para que le ayudase a cultivar su pequeña huerta; para que le suministrase leña con que calentarse en aquellas frías alturas, y hasta para que le diese agua, pues no había allí acueductos ni pozos y era preciso ir a buscar el agua a largas distancias y traerla en grandes jarras. Teniendo que depender por completo, para su subsistencia, de gente tan sospechosa, recelosa y traicionera, el buen hombre con frecuencia debía padecer hambre y frío. Excusado es decir que no había tiendas, y si no podía obtener comestibles de los indios, no tenía más remedio que morirse de hambre. La leña se hallaba en algunos casos a veinte millas de distancia, como lo está hoy de Isleta. Y no eran pocas sus tareas. No tan sólo tenía que convertir aquellos paganos al cristianismo, sino además enseñarles a leer y escribir, a cultivar mejor sus tierras y, en general, a trocar su barbarie por la civilización.

Cuán difícil era esa labor, apenas puede apreciarlo el estadista moderno; pero lo que costaba en sangre sí lo comprenderá cualquiera. No se reducía todo a que de vez en cuando una ingrata congregación matase a uno de esos hombres abnegados: eso era casi una costumbre; ni tampoco que pecasen de ese modo una o dos poblaciones. Los pueblos de Taos, Picuries, San Ildefonso, Nambé, Pojoaque, Tesuque, Pecos, Galisteo, San Marcos, Santo Domingo, Cochití, San Felipe, Puaray, Jemez, Acoma, Halona, Hauicu, Ahuatui, Mishongenivi y Oraibe—veinte diferentes poblaciones—, tarde o temprano asesinaron a sus respectivos misioneros. Algunos de ellos reincidieron en el crimen varias veces. Hasta el año 1700, cuarenta de esos pacíficos héroes grises habían sido inmolados por los indios en Nuevo Méjico; dos de ellos por los apaches, y los demás por sus respectivas congregaciones. De los últimos, uno fué envenenado; los otros sufrieron una muerte horrible y cruenta. Todavía en el siglo pasado algunos misioneros fueron misteriosamente envenenados con tósigos secretos, arte diabólico en que los indios eran y son aún muy duchos; y cuando había muerto el misionero, los indios incendiaban la iglesia.

Conviene no perder de vista un hecho muy importante. No tan sólo llevaron a cabo esos maestros españoles una obra de catequesis como no se ha realizado en parte alguna, sino que, además, contribuyeron grandemente a aumentar los conocimientos humanos. Había entre ellos algunos de los más notables historiadores que América ha tenido, y eran contados entre los hombres más doctos en todos los ramos del saber, especialmente en el estudio de las lenguas. No eran meros cronistas, sino versados en las antigüedades del país, en sus artes y en sus costumbres: realmente historiadores que sólo pueden parangonarse con los grandes clásicos, Herodoto y Estrabón. La larga y notable lista de autores misioneros españoles incluye nombres como Torquemada, Sahagún, Motolinia, Mendieta y muchos otros; y sus voluminosas obras nos sirven de grande e indispensable ayuda para el estudio de la verdadera historia de América.