II
la cajita blanca.—lumbres de hogar.—remos y flores.
La lluvia amaneciente moja el paisaje con una triste dulzura, como de llanto infantil. Sube la niebla entocando los montes, y sus flecos deshilachados permiten ver á Regina un rebaño que ondula lento por la alta vereda. Los sordos gruñidos del mar extienden en la costa abrupta su amenaza resonante y quejosa.
Recordando las galernas terribles de aquel fiero Cantábrico, tan voluble como soberanamente hermoso, Regina escucha y mira en honda expectación.
Una campana vocinglera lanza al viento su toque de rebato, que rueda por el valle marinero con agudo estridor, mezcla de sollozo y de aleluya... ¿Es que llora?... ¿es que canta?
—¡Canta y llora!—piensa Regina, inclinando el busto sobre el trémulo barandaje de su balcón. De pronto mira al camino rústico que por encima de la playa cruza el arrabal hacia la sierra: extraño grupo bulle y se retuerce en el sendero, bajo la fina gasa de la lluvia; madrugadora procesión en cuyo centro blanco los ojos miopes de la muchacha descubren, al cabo de no pocas dudas, el féretro de un niño... Sí; eso es: una cajita que conducen cuatro chicuelas vestidas de albos ropajes, lacios y humildes; trepando van con rumbo al cementerio, que se asoma á los cantiles desde la silvestre llanura.
Sube la pobre comitiva en afanosa demanda de la tierra clemente; suben las nieblas á las cumbres montaraces, y el rebaño á las floridas brañas; suben las olas á la playa rubia, y las voces de la campana á los nublados cielos... También sube, azaroso, un suspiro temblón y zozobrante de Regina de Alcántara, aunque los labios que le dieron licencia tratan de sonreir, comentando:
—¿Un niño infeliz que logra descansar?... ¿Un ángel que ha volado á la gloria? ¡Aleluya... Aleluya...!
Por hay una ansiedad tan triste en aquel paisaje lluvioso; en aquellas neblinas desgarradas; en aquellos retumbos del mar y del bronce; en aquel entierro blanco y humilde que se agarra á las ondulaciones del camino, sube que te sube, arañando la tierra en el esfuerzo de la pendiente, que Regina abandona su observatorio, y dentro de la estancia se sienta en un sillón á forjar otros planes, perspectivas más luminosas que las que le ofrece aquella hora matinal de un Mayo norteño.
Pero allí anda Eugenia, limpiando viejos muebles y acomodando ropas de la señorita, que ha elegido aquel aposento y quiere aderezarle con las mejores prendas del modesto ajuar. Es la pieza un saloncito cuadrado, con las paredes tendidas de florido papel y el techo de cal, decorado por un friso y un rosetón de tosca factura. En un extremo se colocará la cama, con el recato de un gran biombo, y queda espacio libre para el diván y los sillones de sedosa tapicería, un poco pálida; el tocador y el armario; un bufetillo; una Venus de escayola, sobre su artística columna; una mesa de centro; cuadros antiguos, fotografías, flores; y el balcón abierto á la sierra y al mar, sin cortinajes ni estorbos...
—Tendré un cuarto confortable y alegre, á estilo de aldea—dícese Regina—. Luego modificaré un poco todo el mobiliario, y cuando me case haré un chalet moderno con mucho lujo y muchas cosas buenas.
Estos discursos silenciosos la inmovilizan toda la mañana, y reacciona de aquella postración y aquel mutismo con una repentina actividad nerviosa y apremiante, que la empuja por las habitaciones en voz de mando, disponiendo mil novedades y trajines, estorbando las faenas de la servidumbre, y fatigándose inútilmente, sin haber hecho nada. De la impaciencia que la mueve por todas partes, con estéril inquietud tienen mucha culpa sus deseos contenidos de verle al pueblo la cara, de reconocerle y pasearle, y aprender la historia de sus años de ausencia.
Aquel rincón del mundo tan absolutamente olvidado por la «viajera rubia» durante largo tiempo, despierta de improviso en ella sumo interés, como si sus límites le cerrasen todos los caminos de la tierra y allí estuviese esperándola su porvenir entero. Nada quiso saber de Torremar ni de sus habitantes, desde que, niña y ambiciosa, partió de la ciudad norteña; y ahora se le figura que tiene allí escondidas muchas esperanzas y emociones, muchos cariños y proyectos.
—No salgas—le ha dicho Eugenia viéndola pronta á lanzarse á la calle—; vendrán visitas...; estás de luto riguroso.
Y la muchacha se detiene, á su pesar, ante la evidencia de estos graves motivos de reclusión; pero á cada momento se asoma á los balcones, baja al portal, hace preguntas referentes á cosas y familias de su pueblo, y se ríe sola, sin saber por qué, con los ojos rasos de lágrimas, sean tristes ó alegres las respuestas que recibe, y que apenas escucha, con la prisa de hacer otras.
La víspera, al llegar, á instancia generosa y urgente de Regina, quedó convenido que Dolores, Marta y Pablo, se instalasen en la casa de Alcántara con la doble calidad de familiares y servidores, para que Eugenia estuviese descansada, gustando la compañía y ayuda de los suyos.
Fué Dolores casada de muy moza con un honrado marinero, y á los pocos años quedó viuda en una horrible galerna, de que aún se guardaba temeroso recuerdo en Torremar. Todo el espanto que la pobre mujer cobró al oficio rudo del esposo no pudo evitar que Pablo fuera grumete en cuanto el chico halló manera de cruzar sobre su elástica de punto un tirante ufano para sostén de los calzones. En continuas zozobras vió la madre espigar al marinero, y siempre encontró amargo como el agua salina el pan difícil que se gozaba el hijo en ofrecerla. Marta, más joven que su hermano, se hizo moza ayudando á su madre á coser toscas prendas de la gente de mar, á zurcir redes y aparejos, ó á la ordinaria confección de sacos para la vecina fábrica de yute, una de las más importantes industrias de la ciudad. Más tarde la muchacha, poco satisfecha de tan vulgares labores y de su escaso rendimiento, aprendió el oficio de planchadora, y merced á su aplicación logró aumentar los ingresos de la familia y ofrecer á su madre algún descanso.
En la actualidad Marta sabía presentarse con finura y vestirse con pulcritud, dentro de la modestia de su clase; era inteligente y graciosa, y Regina pensó, desde luego, convertirla en gentil camarera y adueñarse de su voluntad con cariños y mercedes. No necesitó muchos esfuerzos para conquistarla; pronto la moza se rindió, murmurando:
—Disponga lo que guste... ¡Tiene «un ángel» la señorita!...
Por su parte Dolores dijo que sí con efusión á cuanto Regina le propuso: vivir en una casa de señores, trabajar poco y gozar de buen trato y de buenas ganancias, le parecieron cosas admirables. El marinero estuvo más reacio á capitular en tierra firme. Se daba una fuerte rasquina de cabeza, no imaginando cómo á la señorita le parecía tan fácil que él dejara su puesto en la tripulación de Mariposa para cuidar un jardín:—¡Ave María Purísima! ¿Cómo va á ser eso?—se interrogaba á sí mismo.
Pero Regina mostrábase obstinada:—Os quedáis los tres—decía—. ¡Vamos, hombre, no pongas esa cara de susto! Te das de baja en el gremio de pescadores, pero no en el Cabildo de marineros. Compraré un balandro; tú me darás lecciones de náutica y yo á ti de jardinería... «Lo cortés no quita á lo valiente»: habrá en esta casa remos y flores. ¿Qué dices?
Las tres mujeres, que escuchaban con embeleso tan dulces ofertas, instaron á porfía para que Pablo aceptase. Y él, por fin, pronunció confuso:
—Digo... que bueno... si lo del balandro es de veras.
Afirmando que sí, Regina, muy alegre, tendió con llaneza las manos al pescador, el cual, no sabiendo qué hacer entre las suyas con aquel regalo tan fino, se puso muy colorado, y aflojó los dedos temblones y cobardes.