III
¡un alma nueva!—historia de la «bella durmiente».—el paladín de regina.
Las antiguas amistades de la familia de Alcántara muy correctas y rigurosas en cuestiones de etiqueta, aguardan, sin duda, que descanse la niña enlutada y que arregle su nido. Y ella, que ya logró reposo para su cuerpo y aliño para su casa, tiene en tortura la curiosidad, esperando visitas que no llegan.
Ha salido el sol; ha sacudido Mayo con arrogancia sus bancales de flores, y todo es dulzura y aromas en el ambiente, luz y belleza en el horizonte.
Punzada en sus pesares por la alegría exterior, Regina, desde el fondo de su cuarto, contempla el mar y el cielo acerbamente, y sospecha con pesadumbre: ¿Nadie se acordará de mí?
—Don Carlitos Ramírez—anuncia con ufanía la fresca voz de Marta.
Y entra en el aposento un mozo elegante y gentil, de pocos años, á juzgar por la cara imberbe y la ingenua expresión de niño: es alto, moreno; toda la gracia de su persona viste un aire de nobleza y de bondad que subyuga; tiene doradas las pupilas, en las que se derrama un corazón amoroso, á la sombra negra y doble de unas pestañas admirables; lleva sobre los labios la pincelada obscura de un futuro bigote, y le baña el rostro cordial sonrisa, que alumbra sus palabras y actitudes con luz melancólica y ardiente.
La señorita y el doncel se miran un segundo, y ella rompe el silencio investigador de aquella mirada, abriendo los brazos al visitante:
—¡Abrázame, chiquillo!
Es muda y tierna la caricia; ambos amigos, abrazados, sonríen para disimular su emoción. Él quiere preguntar alguna cosa, y tímidamente balbuce:
—¿Daniel?...
Regina se pone un dedo tembloroso en los labios.
—Quiero olvidar; ¿sabes? Quiero creer que soy otra; que ni la tierra sepultó á mi padre, allá en país extranjero, ni soy yo la misma que vió á Daniel, tu camarada, morir en un barco en medio de los mares, y después... No, no; ¡qué recuerdos tan horribles!... Soy otra, Carlos; soy una criatura rara que nació sin familia; que de su pasado nada sabe; que no habla nunca de su vida de ayer... Al cabo—añadió, con temblor de cobardía en el acento—¿qué importa lo que ya pasó?
—Sí; haces bien, lo mejor es olvidar. Solamente—replica el mozo con grave tristeza—que algunas desgracias están siempre activas sobre nuestro corazón, y no llega la hora en que podamos decir: «ya pasaron»...
Recuerda Regina entonces que, según noticias de su doncella, á los de Ramírez les había sucedido una cosa «muy triste», y pregunta con interés:
—¿Tus padres?... ¿Ana María?...
—Mi hermana deseando verte. Mi padre está bueno.
—¿Tu madre, quizá?...
—¿No sabes nada?—dice él, sin levantar los ojos de la alfombra.
—Que algo adverso os ocurre; pero no he querido que me lo cuenten.
—Luego, ¿sospechas?...
—Nada. El enorme egoísmo que estoy cultivando me hace huir de mis penas y de las extrañas; sobre todo, si las padecen personas á quienes aprecio tanto como á vosotros... Temo que se relacione con tu madre lo que os aflige... ¿Acierto?
—Si huyes de penas, ¿qué te voy á contar? Esta es amarga como la hiel.
Sonaba la voz dulce del muchacho tan sorda y contenida, que la de Alcántara se apresuró á indagar con sincera inquietud:
—¿Está enferma tu madre?
—No lo sé.
—¿Cómo?
—Mi madre... huyó de Torremar hace tres años.
—¿Ella? ¿Carlota?... Huyó, dices... pero ¿por qué?
Callaba el mozo, trémulo, transido, luego de revelar con agudo esfuerzo la cruel noticia, pálido el semblante, henchidos de lágrimas los ojos.
Regina entonces, conforme sentía crecer la curiosidad en torno al drama, tuvo compasión, tuvo misericordia, un instante, de aquella pesadumbre tan dura que abatía la frente del muchacho.
Sentados como estaban los dos amigos en el pequeño sofá del gabinete, inclinábase ella, dulce y solícita, para buscar la turbia mirada de Carlos puesta en el suelo con angustiosa obstinación.
—Vas á contarme esa desventura—le encarece Regina.—Vas á decirme todas tus penas con grande confianza, como si fuésemos hermanos... No siempre creas en mi egoísmo; ya ves cómo tus palabras me conmueven.
Y, en efecto, la dama curiosa ha perdido la serenidad. No por la blanda emoción—vulgarísima y corriente á su parecer—del íntimo saludo ni del tierno coloquio, sino por la traza peregrina, por el aire singular con que el mancebo, heraldo de una tragedia, tal vez interesante, se manifiesta de súbito. La mujer zahorí, sabia leyente de corazones, piensa con avidez:
—No es un hombre cualquiera, ni un niño como hay muchos... Será preciso estudiarle...
Este afán, este loco deseo, se alza ahora en el corazón femenino dominando los impulsos de sus fugaces misericordias.
Con la rubia luz de los ojos y el treno apasionado de la voz, desata Carlos Ramírez en un segundo la dañosa afición que Regina siente hacia sorpresas y novedades.
Así que el amigo de la niñez habla, mira y sonríe, ella, la mariposa voraz sobre jardines raros, descubre la exótica flor, se estremece y murmura:
—¡Un alma «nueva»!...
Y giran las alas del insecto goloso en derredor del alma virgen, llena de luceros: espíritu infantil por su ingenuidad, santo y fuerte por su linaje.
Esconde Carlos como sagrada reliquia aquel pesar profundo que Regina quiere compartir; y á las exploraciones insinuantes de la dama se resiste con pudor y quebranto.
—Lo has de saber—asegura—aunque no lo pretendas. Las torremarinas se proponen que «ese asunto» no pase de moda... Ya te lo contarán «por ahí», aumentado y corregido...
—En cambio tú me dirías lo justo y lo cierto...
—Sí; pero entonces resultaría la historia larga y triste por demás...—Un aire de secreto infortunio cela aquellos reparos y los ofrece con tales atractivos de extrañeza y de sombra, que Regina, exaltada delante del misterio, no acertaría á decir si sufre compasión ó se embriaga de gozo cuando en las redes de sus artificios y razones siente al muchacho vacilar y le ve, al fin, entregarse á las dulzuras de una íntima confidencia.
Carlos Ramírez, que es un niño grande, con arrestos varoniles y ribetes de romántico, ha profesado siempre acendrada admiración á la niña viajera, rubia y pálida, de quien oyó contar pasmosas aventuras y atractivos deslumbradores. Ahora que la tiene delante, transformada en mujer bonita y lagotera, vestida de luto para mayor encanto, siente el mozo, mirándola, una dulce desgarradura en el pecho. Es que la flor de sus emociones se abre incauta á los ojos de Regina, como el capullo de rosa besado por el sol. La viajera de antaño puede libar á su placer las primicias sentimentales de un alma «nueva», porque ya Carlos ofrece, generoso, el divino licor de la suya.
En el inconsciente sacrificio, la víctima se ofrenda seductora: tiene oro en la mirada, miel en los labios y una tragedia obscura, sangrando en el abierto corazón... ¿Qué más pide Regina para considerarse feliz aquella tarde? Ya oprime el sazonado fruto del pecho herido y beberá el néctar hasta sentirse sacia. Tanto quiere saber del misterio de Carlota como del dolor de Carlos... ¡Aquellos ojos donde el sol se oculta en la nube de penas, aquella noble sonrisa resignada!... ¡Oh, el dolor!...—El dolor ajeno como espectáculo artístico—, piensa la escéptica observadora—, es curioso y notable. Hay en la más equilibrada naturaleza una dosis de crueldad que se gloria delante del drama humano y le busca y hasta le persigue...—Yo soy cruel—añade con un remoto espanto—, soy fría como la nieve. Estos sacudimientos que me estremecen ahora son morbosas impaciencias de morder las amargas revelaciones que he buscado, que he perseguido... Me voy á recrear en el drama de este mozo, mi camarada de la niñez, el ídolo pequeño de mi pobre hermano... ¡Y qué! Yo no tengo la culpa de que Carlos Ramírez, el rapaz que conocí, lindo como un juguete, venga hoy á visitarme en traza de hermoso caballero, con una historia tétrica en el bolsillo... Ni es cosa de hacer examen de conciencia porque El Dolor, usando el porte más garboso del mundo, me brinde un placer estético de alta categoría...
Aunque así razona la de Alcántara en rápida meditación, por el fondo de su curiosidad helada y cruel, sin pías veredas, igual que un monte nevado, corre un hilo de ternura, tan suave y oculto, que el mismo corazón por donde pasa no le siente. Mansa y sin voces la linfa del amor fluye y fluye, constante en las entrañas de Regina, como la excelsa gracia del bautismo que en los senos más duros prende y enflora; divino sol de piedad en lucha con la nieve de humanas impiedades...
También Carlos se sume en reflexiones aceleradas. Ha encontrado, sin duda, un corazón grande y amigo donde puede romper el broche pudoroso de su dolor: toma carne y espíritu la sombra fugitiva que se borró en la ausencia lo mismo que un ensueño, cuando el mozo de hoy era un nene que ya sabía soñar. Aquel rastro de ilusión infantil encendióse en luz de juveniles ansiedades, pero fué luz remota y ausente, como de estrella, resplandor inquieto de una felicidad imposible. Y de pronto, la errante lucecilla que Carlos avizoró por ilusos caminos, arde en negras miradas, calienta con acentos dulces, se yergue en la forma de una mujer peregrina del mundo, que ha sondeado los abismos de la tierra, que conoce las desolaciones del desierto y la llanura de los mares... ¡Cuánto no sabrá de vidas tristes! De seguro es su corazón un torrente de misericordia...
Así piensa el cautivo de Regina, mirando al suelo. En el vertiginoso volar de sus esperanzas le punzan con lacerante escozor los agravios que persiguen á su madre. Nadie se la nombra, como si fuese una vergüenza definitiva y segura que al hijo le quisieran perdonar; y los rumores hostiles que se acallan delante de él, por lástima ó por miedo, repercuten á su alrededor, sordos y agudos; le duelen, le sofocan; le han llevado, en instantes de espiritual cobardía, al borde de la demencia y del suicidio.
Sabe el muchacho de una sola mujer en Torremar que no culpa á Carlota de Heredia, que no atribuye delito ni sonrojo á su desaparición; pero es dama de muchos años y respetos á quien Carlos no se atreve á decir ni una palabra de la ausente. Hay un sacerdote en el pueblo que también por sus frases y actitudes demuestra caridad y ternura á la desaparecida señora, mas los hábitos y las canas de este varón piadoso sellan en la boca de Carlos la ansiada confidencia. Finalmente, un señor joven, muy amigo de la familia de Ramírez, es seguro que tributa á Carlota leal admiración y que la supone limpia de pecado. Aunque así lo comprende el hijo de la dama, motivos poderosos le retraen de tratar con el caballero las penas que le afligen. Y se conforma con sentir hacia aquella trinidad compasiva una profunda gratitud.
Así los años han corrido sin que logren refugio apropiado los anhelos del mozo: él quisiera verter del alma suya la piedad y el amor en la memoria de su madre; limpiar de dudas y de sombras el nombre amado; erguir la bella imagen de la ausente en un trono de lágrimas y duelo, puro y noble, donde se pudiera leer: «Fué desgraciada y buena»... Pero se siente amordazado por la inverosimilitud de muchas cosas que él solo sabe, que acaso nadie creerá cuando las diga; le detienen mil escrúpulos de íntimo pudor familiar; le amedrenta, sobre todo, la triste convicción de que sus palabras no hallarán en el pueblo ecos amigos ni piadosos rumores. No; su madre, la esposa de un hombre ilustre entregado toda la vida á su ciencia y á su hogar, es una mujer joven y hermosa... «que se ha fugado»... ni más ni menos... Solamente el corazón de Ana María conoce la tragedia en toda su magnitud. Y la moza también calla, también sufre, sin protestas ni alardes, el obscuro pesar, la negra desventura.
Pasa el tiempo, frío bálsamo de las cuitas humanas, y no acorta los afanes de Carlos. Tal vez olvidaría á su madre muerta, mas no la puede olvidar perdida sabe Dios dónde, loca ó desesperada por el mundo. La aflicción del hijo se convierte en un largo tormento. Trata de partir buscando las borradas huellas, el olvido ó la muerte; quiere padecer en el anónimo; lanzarse á una emigración pobre y suicida. Pero su hermana le persigue, cargados los grandes ojos de zozobra, y ruégale á menudo, con las manos en cruz:
—¡No me abandones!
Carlos se detiene conmovido, preso en las cadenas de enamorada caridad. ¿Qué haría sin él la dulce criatura, en las soledades de un rincón, siempre de luto?—Aguardaré—decide—hasta que ella se case. Y aguarda, romántico y triste, cuando aparece Regina como un astro, encendiendo promesas en los sombríos horizontes de aquella atormentada juventud...
Allí están los dos amigos, á la vez juntos y solos, ausentes en bien distinta ruta de pensamientos. Es ella la más pronta en regresar del imaginario viaje; pliega las alas de sus meditaciones, y segura de que tiene Carlos en sazón su discurso, le dice previsora:
—Espera.
Sale un momento y vuelve para tranquilizarle:
—Advertí á Marta y no vendrán á molestarnos. Ya puedes—añadió con aquella blandura persuasiva que su acento solía tomar—decirme tus pesares; que el relato brote desde lejanas horas, sincero y seguro del interés que me produce: muéstrame vida y corazón imagino que tus dolores son de los que se alivian compartiéndolos y tengo esperanzas de poder consolarte cuando me los confíes. No son así los míos—dijo aún entre dientes con repentina acidez;—por eso los oculto.
Alzó el muchacho la cabeza, y puso largamente los ojos en su amiga, con afanes y devoción:
—Sí;—pronuncia—te voy á contar todo lo que yo sé de mi madre; recuerdo que ella te quería mucho.
—Yo guardo la memoria de su triste hermosura y no olvido que me inspiró profunda simpatía. Siempre la llamé por su nombre, Carlota, como si fuese otra chicuela de mi edad. Tenía el aire juvenil de una colegiala.
—Los forasteros creyeron muchas veces que éramos hermanos, cuando yo la acompañaba por la calle—añora el mozo con melancolía.
Y la muchacha, con la imaginación ya ardorosa, insiste:
—Anda, Carlitos, cuenta...
Un breve silencio inicia la relación, y Regina escucha antes de que su amigo comience:
«Se me va la memoria detrás de mi madre, sufriendo siempre sumisa las tremendas borrascas del hogar. El genio violentísimo de mi padre conturbaba en agitaciones febriles la tristeza de nuestra vida... ¡Porque nuestra vida familiar era bien triste! Yo lo sentí, en cuanto la brasa dulce de otros hogares amigos me calentó el alma. Jamás entre nosotros amaneció una de esas alegrías generosas que todo lo besan y lo contagian de ilusión, desparramadas en risas y cantares. Teníamos dinero y salud, teníamos inteligencia y corazones, ¡y nos faltaba por entero la felicidad! El carácter irascible de mi padre, su trato huraño y brusco, eran como una torva nube que se cerniese sobre nuestro destino, negándonos la luz pacífica de toda íntima ventura. Bajo aquel ceño sombrío y dominador, vivía la casa en silencios angustiosos, sólo quebrantados por las crisis violentas del genial, fiero y hostil, que nos hacía esclavos. Nuestro Robledo, la finca mejor puesta de Torremar, altiva entre el bosque y la playa, libre y rebelde en la altura, me ha parecido toda, desde que siento y discurro, clavada con puñales de tristeza. La obscura masa del robledal tiene una inquietadora perspectiva...»
El relato se quebranta:
—¿No te has fijado? Acércate. Desde tu balcón se ven sus perfiles medrosos que ponen un gesto amargo en la casa, el huerto y el jardín. ¡Mira, mira qué desolada se yergue mi arboleda!
—Es verdad—asiente Regina, llevada por Carlos á la contemplación del alto bosque,—¡parece que clama al cielo!
Y vuelta al donoso conferenciante, sonríe:
—Oye: caes en lirismos agudos y me contaminas. Tu Robledo te hace poeta...
—Cursi, ibas á decir.
—Sentimental, que no es enteramente lo mismo. Hablas casi en verso.
—No te burles, por Dios. La historia rara y secreta que trato de contarte, me adiestró los sentimientos y hasta la palabra. A fuerza de escudriñar eternas horas en la negrura espesa de este dolor, he dado en la manía de escribirle; y en un cuaderno le he extendido con todos sus detalles y observaciones, para afinarle y medirle, destilado, gota á gota, como en un filtro, á ver si de mi análisis resulta algún rastro luminoso.
—¿Y no encuentras?...
—Nada. Siempre la impenetrable densidad del misterio...
—Pero has conseguido hacerte orador y adornar tu drama con divagaciones líricas que me están impacientando. Volvamos al sofá y al asunto de nuestra confidencia, y acuérdate de que yo no sé esperar; esa virtud la sigo desconociendo como antaño.
Entre dolorido y sonriente, Carlos reflexiona:
—Mi drama, sí; este «es mi drama».
Y dócil, se sienta junto á Regina, en tanto que el camarín se tiñe con resplandores de púrpura, como si en él reflejase su haz de llamas un incendio poderoso.
Es que el sol ha caído moribundo en el mar y su sangrienta agonía inflama en rojos destellos la sierra y el Cantábrico.
Exaltados en aquella luz de tragedia, Regina atiende sin interrumpir, y el narrador sentimental continúa:
«Las morbosas intolerancias de mi padre, crueles en ocasiones, solían tener sorpresas para mi hermana y para mí, porque se trocaban, de pronto, en arranques de ternura pegajosa y hasta un poco teatral. Esto sucedía precisamente cuando mamá nos juzgaba merecedores de alguna reprimenda ó prohibición. En tan inesperado momento, un melodrama paternal nos favorecía con descargos y mimos. Y á fuerza de ser injustos aquellos arrumacos, los reíamos en calladas burlas, á espaldas del autor y comediante. Si mamá sorprendía nuestra crítica irrespetuosa, decíanos con severidad:—Eso está mal hecho. ¿No le queréis?... Bajábamos la frente en grave confusión. A menudo yo le pregunté á mi hermana:—¿Le quieres tú? Y con la cabeza me contestaba que sí, muy despacio... Pero no era verdad. Mi padre nos inspiraba, únicamente, miedo ó risa. En él sólo veíamos dos aspectos ingratos: el de la tiranía y el de la ridiculez. La grande fama de sus científicos méritos, nos pareció siempre una leyenda en la cual pudiera tener fe todo el mundo, menos los hijos del naturalista ilustre. Manuscritos, dibujos y colecciones de que él se enorgullecía con vanagloria intolerable, fueron para nosotros una máquina infernal de suplicios. La servidumbre giraba ensordecida por voces y juramentos, en torno á los peces raros que el biólogo conserva, muertos ó vivos, en complicadas vasijas de cristal. Toda una instalación difícil de agua salada y de agua dulce; frágiles tubos, tendidos en forma de cañería al través de los vasos, desinfecciones, limpiezas, graduación varia de temperaturas en las diferentes salas del museo; cuanto se relaciona con los cuidados prolijos del laboratorio, corría mil azares en manos profanas, y era pretexto para que en aquel santuario de la ciencia estallasen borrascas terroríficas. Incapaz de sacrificarse á la enseñanza, y sin ideales de compañerismo, servíase mi padre de asalariados torpes, con tal que le permitiesen abrir curso sin freno á su mal humor. No atreviéndose al manejo de un látigo, pretendía, siquiera, fulminar á su antojo las amenazas y los improperios. Pero los criados pasaban como exhalaciones por el embudo de aquellas leyes tiránicas, y en huelgas tales, se quedaba mamá, sola y valiente, blanco de todas las iras y de todas las faenas. Viéndola soportar sin reproches las violencias del sabio, hablarle con dulzura y servirle con solicitud, decíame: ¡Ella sí que le quiere!—Pero me sublevaba contra aquella suposición. Yo empezaba á discernir y á razonar.—¿Por qué le ha de querer?—discutía conmigo mismo. ¿Acaso yo le quiero?—Después, arrepentido de mis ocultas rebeliones, optimistas y benévolo, pensaba:—Sin duda le admira porque es un hombre eminente y excepcional...—A escape, la más despiadada lógica daba gritos en mi conciencia.—Entonces—decía su voz—tú que eres sangre de ese hombre insigne, también debes admirarle...—Sí, le debo admirar, á lo menos,—medité, piadoso, muchas veces. Y á poco, la resonancia de una soez interjección, el ludir violento de una puerta, anunciando la presencia del déspota, me hacían estremecer y confesar:—No, no; ¡mentira!
Aquella lucha, tensa y martirizada, iba labrándome una sensibilidad precoz y depositando en el fondo de mi carácter franco y vivo, ácidos sedimentos de melancolía. Empecé á sentir por mi madre pungente compasión, y tanto supe aguzar mis dotes de psicólogo, que, de cuantas sospechas me atormentaban, hice seguridades en plazo breve. Entonces, con la triste carga de mis descubrimientos, fuí donde Ana María, deseoso de romper entre los dos el tímido ropaje de los disimulos; ya éramos «mayores», y se hacía urgente una alianza que nos pusiera á la defensiva, cerca de mamá.
En este paso, que me pareció una proeza varonil, sentíame orgulloso, á pesar mío, suponiendo que mi hermana, con dos años más que yo, iba á experimentar profundísimo asombro ante mis expertas revelaciones. La hallé sola, bordando, reflexiva como siempre. Me miró con los mismos ojos de mi madre y sonrió como ella, con esa expresión que, á veces, descubre en ambas un pliegue oculto del pensamiento, un signo de remoto desdén ó de pía benignidad... Cuando sonríen así, no se sabe si noblemente acusan ó perdonan... En aquel gesto dulce y conocido, tropecé de pronto con serias dificultades para iniciar mi discurso. Jamás de acuerdo habíamos lamentado la suerte dolorosa de nuestra madre. Una cortedad infantil, llena de azoramientos y de alarmas, nos cerró el camino de la fraternal confidencia. Sentíamos rubor y timidez para declararnos en posesión del amargo secreto. ¡Era que nos dolía la pena y el bochorno de tener que acusar á nuestro padre!
Cautivo una vez más en aquellos reparos, á despecho de mi arranque viril, me enardeció la pregunta adivinadora:
—¿Qué vienes á decirme?
Torpemente relaté mis averiguaciones; y, al cabo, con alguna arrogancia, expuse mis filiales intentos:
—Hay que «defenderla»—aludí, brioso, para convencer á mi hermana, que parecía perpleja en su actitud. Como un eco repitió:
—¡Hay que defenderla!
Pero aquella exclamación me sonó á lamento. Ana María se mantuvo absorta y muda, sin mirarme. Cuando con una caricia la hice volverse hacia mí, amapolada y trémula, se quiso cerciorar:
—En resumen: ¿qué es «lo que sabes» y lo que pretendes?
Sin pronunciar nombre alguno, le dije al oído:
—No le quiere... ¡Nada!... ¡Nada!
—¿Y qué más?
—No le admira.
—¿Eso es todo?—inquirió ansiosa.
—Sufre mucho y es preciso que pongamos remedio á su tortura.
—¡Sufre... sufre!... ¡Oh, cuánto!—gimió Ana María sobre mi corazón.
Y al morder un sollozo, lamentaba:
—¡Si yo fuera hombre!
—Pero yo lo soy—dije altanero.—Ella me ha defendido muchas veces de castigos y amenazas. Ahora, seré su defensor.
Enjugóse mi hermana los ojos con presteza, y endulzando sus frases me contuvo razonadora:
—Olvida lo que dije—suplicó.—Ser hombre es mostrar cordura... Sólo podemos «ayudarla» á llevar la cruz. También somos hijos de él... Sé prudente y humilde.
—No, no,—insistí con guapeza;—hay que hacer algo...
—Obedecer y callar—suspiró Ana María.—Tú irás á Madrid, dentro de un mes, á estudiar leyes. Yo—dijo con la voz temblorosa—iré á Zalla un año, á perfeccionar mi educación.
Quise alzarme en gallardas razones, sosteniendo bellas actitudes contra la idea cruel de separarnos de mamá cuando la podíamos servir de más consuelo y aun de fuerzas y refugio.
Pero mi hermana me aseguró, dolida:
—Ella lo busca; tiene afán de estar sola. Con difíciles y largos artificios ha logrado que papá decrete nuestra marcha.
—¿Y por qué? ¿No lo sabes? ¿No te sorprende?—interrogué confuso.
Se encogió de hombros, reprimiendo el llanto; y suplicante, presa de repentina zozobra, me hizo prometer una ciega sumisión á mi destino...
—Sigue, sigue—encareció Regina—al represar Carlos su palabra fluyente.
—Es que se hace de noche.
—No importa. Estoy ardiendo en el interés de tu relato. ¡Qué bien cuentas, chiquillo! Hundes la palabra en el corazón, y sabes construir y repentizar como un artista.
—Será el dolor de un buen maestro—responde, un poco vanagloriado el de Ramírez. Y á su vera, ya nublada en la obscuridad, Regina se duele:
—Pues aquí tienes una condiscípula, que no le honra mucho.
—¿Tú?...
Carlos deshojaría, galante, algunas flores cándidas en el regazo amigo, si la voz penumbrosa no dijera, empapada en recuerdos:
—Como á la luz del sol, se me ilumina la memoria, según estás contando tus pesares. Sois aquellos Ramírez de mi infancia á quienes nunca pude olvidar, porque vi en vosotros no sé qué raros síntomas dramáticos y tristes que hicieron huella en mi voluble imaginación. El pueblo no os conocía bien. Decíase entonces que tu padre, hombre de estirpe sabia, era un misántropo, enfermo de ciencia. Y que, celoso de la hermosura y juventud de su mujer, la esclavizaba por amor. De ella, todos sabíamos virtudes y primores singulares. Se la creyó algo altiva, y muy admiradora de su marido... Desde aquí abajo parecíais felices en vuestro Robledo señorial, casi divorciados de la población, tejedores de una existencia un poco extravagante, á la sombra dos veces grata del oro y la sabiduría.
—Miel sobre hojuelas—apuntó Carlos irónico.
—Por aquel tiempo ya gastaba yo opiniones propias, tan pintorescas y atrevidas, que las guardé para mi uso particular, ocultas siempre como un delito.
—Y opinabas de nosotros...
—Unas cosas muy raras.
—A ver, á ver.
—Os envolví en un cuento fantástico y emocionante. «El Robledo—imaginaba yo—es el castillo donde un ogro, don Juan Ramírez...» No te ofendas.
—Ni pizca—sonríe con resignación el joven.
—Bien: «pues el ogro tiene encantada á la princesa Carlota. Ana María es un hada gentil y vigilante, que sirve á «la hija del Rey» y la deleita en su cautiverio... Un duende muy mono, que conoce el encanto de la dama, la protege con ímpetus de libertador; usa «botas de siete leguas», igual que Pulgarcillo, y en artes de brujería siente las hierbas nacer. Este brujo, benéfico y sagaz, se llama Carlos «por mal nombre»; tiene dorados los ojos y aguda la inteligencia... promete mucho».
Sin levantarse, toca Regina un conmutador y queda la estancia en baño de apacible luz. Ingeniosa y festiva, la juglaresa pone al cuento un final inseguro:
—Creí que el hada y el duende libertarían á la princesa Carlota...
—El duende—alude Carlos pesaroso—duda que sea posible en la tierra la redención de esclavos.
Aquel dolorido comento, añorante de humanas liberaciones, sacude la versátil memoria de Regina.—¿Creerás—dice—que se me había escapado tu drama un minuto?
—Ya es tarde—anuncia el mozo poniéndose de pie. Consulta su reloj:—Cerca de las nueve.
—¿Y piensas dejarme loca de curiosidad?
—Hace más de dos horas que te acompaño... ¡Para ser la primera visita!...
—¿La primera? El duendecillo del Robledo estuvo en «esta tu casa» cientos de veces. Supongo que no irás á tratarme como si nos acabásemos de conocer.
—Claro que no.
—Somos viejos amigos, aunque la mocedad nos sonríe. Acuérdate cuando asaltaba vuestro cercado para sorprenderos en la casuca del bosque, donde solíais jugar. Yo era la mayor de los tres y exigía «la presidencia» en los enredos de aquellas tardes felices. Pero tuve, á menudo, tal cansancio y hastío de otras desenfrenadas diversiones por serranías y mieses, que permanecíamos sosegados mientras yo os relataba historias de mi fantástica invención, sólo por engreirme con la quietud halagadora del auditorio... ¡Ya el pedantismo afilaba las uñas en mi orgullo!... A la hora de la merienda iba tu madre á darnos golosinas y besos. Viéndola aparecer entre los árboles, tan hermosa y tan triste camino de la casuca, me decía yo: Es la princesa encantada, la bella durmiente del bosque.
Se ha levantado Regina para retener á Carlos pero, enfrascada en los infantiles recuerdos que entre los dos evocan, enhebra una felicidad, que ya pasó con la presente cuita de su amigo, y le turba, al referir:
—Sí; Carlota me quería, es cierto. Sus ojos, cuajados de éxtasis, se posaban en los míos con blandura maternal. Largo tiempo me acompañó por el mundo la impresión de aquella mirada...
Carlos balbuce:
—Es tarde... Adiós, Regina.
Ella, con la memoria en fuga, le detiene y dice:
—Tanto así levantabas del suelo, y ya con ribetes de erudito y de galante, traducías mi nombre al castellano. Me llamabas Reina.
Devoto, murmuro el doncel:
—Todavía te nombro como entonces, con el pensamiento y con los labios, callandito: ¡Reina de Alcántara! ¿Te gusta?
—¡Vaya!... Me enamora; no lo olvides.
Y vuelta al presente, desde la suave niebla del pasado, pulsa Regina las varias emociones de su amigo, y trata de explorar hasta el fondo aquel espíritu en tormento y vibración.
—Acaba de contarme la historia—encarece—; no sales de aquí sin decirme tu secreto.
Le estrecha las manos, que se encogen como las de un niño cobarde. Toda la juventud del mozo queda estremecida en aquella amistosa intimidad, y doblando las firmes pestañas sobre las ojeras azules, se defiende de su turbación, sonriendo:
—Ya volveré; practica la virtud de la paciencia... Esperar es un placer.
Dice Carlos con tal fuego las últimas palabras, que Regina, de pronto, asiente caprichosa:
—Sí; esperar es acaso un placer. Tener paciencia—añade con travesura—, quizá sea muy divertido.
—Entonces, quedamos en eso.
—Quedamos, ya que te empeñas. Eres irresistible; me gustas, y te cruzo mi paladín en Torremar.
En traza de broma le hizo con los dedos una cruz encima del corazón.
Salió el mozo de la estancia, radiante y fascinado:
—Adiós, Reina.
—Adiós... duendecillo. Un beso á Ana María, y que venga pronto.
Marta, al despedir en la cancela al caballero, murmura:
—Larga fué la visita de don Carlitos Ramírez.
Y el rumor de los pasos del visitante se confunde con el murmullo del mar, que en la playa interroga á los graves misterios de la noche.