IV

las alegres comadres de torremar.—«estraduca».—la «novia de gabriel».—idilio del boticario y la jamona.—la niña del «robledo».—ráfagas de piedad.

Vió Regina crecer la primavera sin tedio ni desilusiones. Aquel amago de precoz hastío en que la sorprendió Carlos Ramírez no tuvo, por fortuna, continuidad, porque todas las tardes, á la plácida hora del crepúsculo, surgía del pueblo inmóvil un grupito endomingado y vistoso que llamaba á las puertas de la recién venida ciudadana, y que, en el gabinete por ella preferido, hacía historia menuda de los más íntimos secretos de la población.

No se escapó á la de Alcántara ni una mueca, ni un retintín, ni una frase, en aquel desfile de visitas, soldadura de relaciones y efusión de saludos. Y entre sonrisas y reverencias hizo, con muchísimo donaire, todos los descubrimientos que se le antojaban.

Ya está Regina al cabo de Torremar como quien dice. Contagiada por la chismosa fiebre pueblerina, deja un punto en descanso sus propios anhelos para divertirse con ajenas aventuras, y en solaces curiosos, muy femeninos, va ordenando sus averiguaciones, según hemos de dar breve noticia en el presente capítulo.

Sabe la aprendedora que son las de Estrada dos mocitas arrogantes y jacareras, con muchas ínfulas y poco dinero, y que, por competir en lujo y aparato con las encumbradas familias de la ciudad y los contornos, hacen á su padre andar de cabeza, enredado en trampas, muriéndose de fatigas y sofocones... Quiere aquí Regina hacer memoria sobre esta gente tan sonada y visible, pero sólo recuerda que es de linaje ilustre, nativo de Asturias; que las niñas de Estrada eran ya de pequeñas muy ostentosas, y que vivían en una casa con balcones esquinados y ventrudos, semi-palacio de blasón y rejas saledizas, radicante en la Corredera. La mamá de estos dos pimpollos que tanto ruido meten en el pueblo, fué una mujer revoltosa y linda, que se murió de susto ante la bancarrota de su fortuna, y el esposo de la dama sensible, ha sido siempre un cuitado, preso antes en la imperativa voluntad de su consorte, mártir después de las trapacerías y locuras de sus retoños, Palmira y Jacoba; por donde el bueno y triste don Victoriano Estrada degenera en prototipo del «pobre hombre» inconsciente y lastado, ya viejo y miserable, en el total hundimiento de su flaca personalidad. Al través de los cristales obscuros que guarecen la cobardía de sus ojos, don Victoriano ve á una luz de panorama lívido todas las cosas del mundo: rostros, senderos, fiestas, jardines, astros y horizontes, cuanto mira aquel hombre infeliz, tiene un tinte amarillo de vergüenza y pesadumbre, un color trágico de bosque en deshoja, de cielo en borrasca. Estraduca suelen decirle, en son de caridad ó de altivez, al ruinoso caballero.

Y pronuncia Regina lentamente este diminutivo, con sonrisa lastimera, cuando salta de pronto otra imagen en aquella evocación complicada y rebuscadora: es la novia de Gabriel; una mujer tristísima, siempre de luto, que va con frecuencia al camposanto, que reza sin reposo y llora sin consuelo; su edad es indefinible, su dolor incurable. Ya casi no se recuerda su nombre en Torremar; la conocen por la novia de Gabriel; algunos la dicen solamente la novia, otros Gabriela. Su figura atribulada es, desde varios lustros, la nota fúnebre del mujerío porteño; pocos torremarinos oyen su voz, nadie su risa. Se cuenta que la novia hace mal de ojo, y los pacatos ó ignorantes huyen de ella con supersticioso disimulo. El glacial enlosado de la parroquia conoce los perseverantes duelos de esta mujer, que debió de ser bella porque aún tiene en los ojos, entre lágrimas y obscuridades, una ardiente lumbre de hermosura amorosa.

Cuando Regina corrió por los campos montañeses, rapaza y traviesa, ya la novia de Gabriel se amustiaba, fatal, en los rincones del templo; ya el perfil de la doliente, esquiciado un instante en los holgorios festivos, producía inquietud y desazón, como los revuelos de la nétigua sobre los valles, y los giros de las gaviotas en la ribera. Ya entonces Gabriel, un adorado novio, abonaba con su carne varonil el pedazo de tierra bendita donde el llanto de aquella mujer había de regar muchas primaveras de flores.

Tiene esta figura femenina un profundo atractivo para la demandante soñadora. Gabriela, con su ropaje de viuda, su encanto de esfinge y su aspecto funeral, causa á Regina asombros de misterio y de abismo. Porque esta febril admiración la atormenta un poco, rechaza el luctuoso recuerdo y acude á buscar otros menos inquietantes.

Aparecen al punto en su memoria las señoritas de Bernaldo. La más pequeña de las dos hermanas, una «pequeña cincuentona» y relamida, supone que la idolatra con propósitos matrimoniales el boticario don Celso Ortiz, señor que entretiene sus sesenta otoños machacando en la rebotica drogas y chismes, para ofrecer sus amasijos á los clientes, ora en píldoras, ora en revelaciones, siempre delante de una sonrisita dulce, que pueda quitar el amargor de sus cuentos y sus «preparados». Es ya notorio que don Celso tiene grande predilección por los ingredientes ácidos para componer medicinas, y por los noticiones picantes en tragedia, que él sabe inventar ó corregir, á la par de sus específicos.

Con una carcajada tendida y alegre comenta Regina el misterioso lazo de amor que une al boticario con la Bernalda «joven», y que tiene una historia «química» muy interesante. Observó la dama, de nombre Filomena, que don Celso conservaba incólume la negrura juvenil de su cabello, más ó menos poblado; y padeciendo ella el terror á la nieve en sus rizos de rubio origen, finos y enredadores, se llegó un día á la botica con disculpas de comprar pastillas de goma para un pícaro constipado de su hermana. Bien recuerda Filo que don Celso lucía, aquella tarde, rara travesura en sus ojos gitanos; que estábase envuelto en un chal escocés, de alegres colores, y calzaba escarpines de paño marrón. No puede la enamorada olvidar la hora solemne, cuando ella, «como quien no quiere la cosa», va y le dice:—Diga usted, don Celso: ¿conoce, «por casualidad», alguna tintura inofensiva que conserve el color de los cabellos? Es para mi hermana, ¿sabe usted? Pero no quisiera preguntar en la droguería, porque aquellos chicos tienen tan poco fuste, que, á lo mejor, creerán que trata una de pintarse... ¡Figúrese usted!... Todavía no está una en ese caso.

El farmacéutico, chispos los ojos de placer, sacó la lengua, se relamió, y repuso, en son de gran secreto:

—Yo le mandaré á usted una cajita con una untura. Se da por la noche, al acostarse, y se envuelve la cabeza en un paño para no manchar las almohadas. A pocas aplicaciones de este maravilloso ungüento, invención mía—dicho sea sin ofender á nadie,—los alados rizos de usted volverán á su pristino color de oro.

—Sí, oro puro, eso es; digo, así era el pelo de mi hermana, porque yo, todavía...—insiste ruborosa Filomena.

—Usted está admirable, como siempre,—adula el boticario—y muy joven; no pasa día por usted.

Con el regocijo de poder aliñar chistes en su tertulia, á costa de la Bernalda, don Celso mostróse decidor y pegajoso como las pastillas que iba á comprar Filo. Y poco después salió de la farmacia la ilusa jamona, llevando en los oídos un soniqueo de galantes chocheces, en la fantasía la promesa de un tinte para las canas, y en el corazón las ilusiones de una boda posible.

Aquella noche las de Bernaldo se acostaron con pañuelo á la cabeza, untadas del betún que don Celso les envió discretamente, mientras en la tertulia de la rebotica, unos señores ociosos reían la broma del boticario viudo á la noble doncella Filo.

En tan leve suceso se infló pronto la suposición de unas relaciones amorosas entre el químico taimado y la dama teñida. Ella, con sus dengues y sonrojos, dió alientos á la fábula, y en la penumbra de la vida social torremarina se comentó el asunto como si valiese la pena de reirle ó de tomarle en serio, mientras los rizos de Filomena seguían blanqueando, un poco mustios, ente el tizne y la grasa de la tintura maravillosa...

De todo lo cual se enteró Regina con burlas y pormenores referidos en su presencia durante el visiteo de la temporada.

Pero de cuantos lances supo la curiosa, con interés y fisga, desde su nido averiguador, ninguno le interesa tanto como el misterio que envuelve á sus amigos los de Ramírez. Secreto, dolor y amor; tales son los estímulos mayores para el corazón intranquilo de la de Alcántara, y los tres le subyugan á la par, en aquella familia breve y descollante, donde parece refugiado el antiguo recuerdo de la «viajera rubia».

Muchas veces la dulce voz de Marta ha vuelto á anunciar en la puerta de Regina:

—Don Carlitos Ramírez.

Pero el joven halló ocupado por otras personas el grato rincón de sus íntimas confidencias, y siempre prolonga poco su estada allí, creyendo notar que se interrumpen ó aplazan algunas conversaciones por causa suya.

Receloso y susceptible, Carlos huye el peligro de que le moleste en público la más ligera alusión ó indirecta al nombre de su madre. Y no anda equivocado suponiendo que la triste historia de la dama es todavía asunto que en la ciudad apasiona y ocupa á las mujeres. Por eso Regina sabe que Carlota de Heredia se fugó enamorada... ¿De quién?... Algo confuso queda este acertijo. La fuga realizóse en un barco que desde Santander hizo rumbo á Francia. Como únicos pasajeros iban con la dama un sacerdote, un anciano y un poeta...

—¿Cuál de los tres?—se preguntaba don Celso, que «como hombre de ciencia» era algo volteriano.

Siguiendo la opinión general, Regina dice: el poeta. Esta perspicacia adivinadora no aclara las negruras del percance. Porque ¿dónde y cuándo conoció y quiso la fugitiva al incógnito rimador? Ella casó en los albores de su juventud y parecía vivir muy á gusto en la solitaria residencia de su esposo, la que no abandonaba ni para bajar al puerto. ¿De qué países fantásticos le llegó la cita amorosa y qué hechizos fatales la indujeron á la tremenda aventura? Con las huellas de la dama bórrase el camino de todas las suposiciones.

Afirman los curiosos que don Juan Ramírez no ha buscado á su mujer, aunque vive en amarga desesperación, loco de pesadumbre, porque adora á la ausente... Otros cuentan que Carlos, con sigilo y empeños, logró ya descubrir á la fugada y procura convertirla hacia el triste hogar. Pero, en resumen, nadie, á sabiendas, puede decir dónde está la señora de Ramírez, por qué, ni con quién huyó. Ni aun es posible suponer la actitud del abandonado esposo, retraído en el más absoluto aislamiento después del drama, y desde años atrás casi en divorcio con la población.

Una nota alegre rompe de improviso la obscura tristeza del Robledo. Ana María se casa con Adolfo Velasco, Velasquín como familiarmente se le dice. Ya es casi oficial esta boda, que une á las dos familias más pudientes y encumbradas de la ciudad. Y la noticia es causa de grandes admiraciones en el vecindario. Sábese que la madre del novio es dama austera de mucho recato y sólidas virtudes, y sorprende la seguridad de que la rígida señora estimula con su patrocinio y simpatía la mutua afición de los muchachos.—¿Cómo—dicen los chismes populares—la displicente viuda acoge con regocijo, para nuera, á la hija de Carlota? Mirando los sucesos al través de Torremar, también á Regina le extraña el caso. Velasquín, mozo arrogante y distinguido, la primera figura masculina de la juventud porteña, está emparentado con rancios linajes españoles, y por sus méritos y posición, bien pudo él buscar novia tan noble y adinerada como Ana María, sin que tuviese mácula en el nombre de su madre...

Por cierto que los Velascos no han ido á visitar á la de Alcántara, y sólo con unas tarjetas ceremoniosas hicieron los honores del regreso á la interesante señorita. Lo está ella reflexionando con disgusto, cuando se dibuja sobre aquel enojo el perfil encantador de Ana María. Todas las memorias se obscurecen á la luz ideal de este semblante, lleno de sencillez y de frescura.

No es «una belleza» la niña de Ramírez; pero tiene un conjunto armonioso de juventud y de bondad, tan apacible y amable, que la admiran como portento de hermosura cuantos ojos la contemplan, y los corazones se van en pos de su gracia.

Sólo así se comprende que, teniendo la moza pocos años, rica dote y gentil presencia, no sufra de enemigos ni de envidias en los angostos límites de tan menuda ciudad.

Meditando la de Alcántara en estos privilegios de su amiga, murmura con admiración un poco triste: «No sé qué hechizo es el suyo para cautivar así.» Y la recuerda en el ademán de aquel abrazo con que anudó al cuello de la repatriada un roto collar de infantiles memorias. Fué una de aquellas tardes de expectación para Regina, cuando en su gabinete se hizo más agitado y reverencioso el movimiento de saludos: llegó Carlos Ramírez con su hermana, y ambos mostráronse tímidos un instante al advertir la presencia de un gran cortejo. Mas de pronto, Ana María dominó su cortedad en fuerte impulso de emoción, y abrazóse á la compañera de su niñez, prendiéndola con un lazo de cálida ternura. ¿Qué se dijeron las dos muchachas, juntos los labios y los corazones que tantas veces compartieran sonrisas y latidos? Habláronse á media voz, dulces y truncas frases de amistad y tristeza. En las palabras vehementes de Ana María cantó el sentimiento una romanza cordial y piadosa, mientras la rubia de los negros ojos pretende analizar sus impresiones en aquel mismo instante, al calor de los halagos que recibe y prodiga. De tan inusitada exploración saca la escéptica esta sola conjetura:—La niña del Robledo—dícese—es hogaño mujer seductora que hace honor á las gracias de su madre; pero nuestras caricias son aparentes, de seguro; esta emoción que nos sacude no es más que sorpresa, tal vez miedo... Entre dos mozas casaderas no cabe un cariño desinteresado; no puede existir la pura amistad, ni la simpatía noble... Estamos representando una comedia...

Y desde aquel momento la de Alcántara puso una triste suposición de hipocresía y falsedad en su íntimo trato con la de Ramírez, y amargó las frases y los besos de tan dulces relaciones, no mirando en Ana María á la paciente compañera de su niñez, sino á la terrible rival de su juventud.

Contribuyó á la malevolencia de estos juicios una casualidad muy frecuente en semejantes asuntos; la moza recién llegada había pensado elegir novio en el pueblo, y no supo sin sordas inquietudes que era el novio de su amiga la flor de los galanes torremarinos.

Esta averiguación impulsaba hacia el Robledo, con empuje de lucha, todos los instintos de Regina; era un excitante con que su vanidad y su impaciencia despertaron, fuertes y belicosas, después del sueño de aquella temporada.

Algunas sutiles inspiraciones detuvieron á la inquieta mujer antes de lanzarse á buscar entre los de Ramírez, con arrebato ansioso, el drama secreto de Carlota, el amor dulcísimo de Carlos, y tal vez la envidiable felicidad de Ana María. Irresoluta un punto la de Alcántara, trató de contener su insaciable apetito de emociones delante de aquellos dos hermanos que desde niños la querían, y en quienes adivinaba, á despecho de sus fatales ideas sobre la amistad, raras virtudes de adhesión. Acaso por primera vez quiso Regina combatir el ciego ímpetu de su naturaleza imperiosa. Y puso la atención nuevamente sobre el sencillo programa de existencia que se trazó á sí misma en alegre amanecer de ilusiones, cuando rememoró su vida y sus pesares al tocar tierra española, salvando del naufragio de sus quimeras una firme esperanza de ventura. Este sedante recuerdo amansó un poco la naciente agitación de su espíritu. Sonrió á su ideal de vida humilde, entre la tierra y las olas, poseyendo un jardín y un balandro; haciéndose querer de sus vecinos por la dulzura y sencillez de costumbres; practicando habilidades caseras y devociones religiosas, y esperando tranquilamente á la señora felicidad, que pasito á pasito llegaría en la forma de un arrogante mozo. Las cinco hijas del juez, portento de economía inverosímil, enseñarían á la novata á inventar postres, bordados y vestidos; el viejo doctor, D. Fermín Pérez, la sometería á un plan higiénico y saludable contra las aprensiones que la mortificaban; y del bondadoso párroco don Amador Olmeda, aceptaría la sabia dirección espiritual que con discreto interés le brindara desde su primera visita aquel dechado de sacerdotes.

Débiles eran estos sanos propósitos. Como si su mantenedora les augurase inutilidad y fracaso, abandonóse á ellos sin fervor y los puso en práctica tibiamente...

Entorna Regina los ojos con resignación al murmullo de las conversaciones, que se van haciendo pesadas para ella, en las tertulias de su gabinete: compra libros de rezo y manto devoto; y, del bolsillo de una falda manida, náufraga en el fondo de un baúl, extrae un rosarito, que Eugenia abrillanta con afán, asegurándole á la señorita:

—Es el que usó tu madre para diario.

Aquel soplo efímero de piedades mueve en la casa un ligero vaivén sentimental. Eugenia coloca sobre la cama de su niña un abandonado lienzo donde se aparece la Virgen del Carmen con el Niño Dios en los brazos. Marta, con disimulo y reserva, enciende á San Antonio una mariposa en un altarcillo parroquial; y Regina manda hacer funerales por sus difuntos, y pide con urgencia á Santander dos grandes ampliaciones de los retratos de sus padres. Quiere colgarlas en el saloncito dormitorio, allí donde piensa rezar y coser, glosando los amores de Filomena y don Celso, con embustes de las de Estrada y sandeces de la señora del alcalde, una dama que suele hablar de historia y literatura, confundiendo á doña Juana la Loca con doña Beatriz de Galindo.

Lleva Regina sus planes discretos hasta suponer que será la tierna confidente de Ana María, la fraternal camarada de Carlos y la devota practicante de todas las novenas y congregaciones de Torremar.

Con esta sola hipótesis ya se juzga ella un prodigio de abnegación, una heroína de la amistad y la misericordia.

Ya se siente crucificada en el más duro de los sacrificios; suspira con aire pesaroso, y luego rompe á reir, pensando que todo aquello es una broma irrealizable, una absurda ocurrencia reñida con el señorío indominado de sus prácticas y sus gustos...

Pablo, el marino jardinero, siente la placidez de aquella bonanza casera, y pide la nave que Regina le había ofrecido. A tiempo que el futuro patrón y la señorita riegan las flores, á la caída de la tarde, es cuando el mozo se atreve á recordar aquella halagadora promesa.

—Para las regatas de los Mártires—masculla enrojecido—ya puede estar en el balandro aquí.

Oyó Pablo contar que en Inglaterra tienen los yates hechos, y que los mandan á la medida, en cuanto se escribe.—Así lo consiguieron los señoritos del Club, en un periquete.

Pone la dama su mano de lirio en el hombro medio desnudo del marinero, y asegura su oferta con suavísimo agrado. El mozo se inmuta bajo la presión sedosa de aquella manecita condescendiente, y la muchacha, sonriendo y mirándole, le aturde hasta hacerle sudar y palidecer.

Quédase allá abajo quieto y confuso el paisaje marino. Cruzan el aire como saetas dos golondrinas, y en un hermoso cielo de julio, muere la luz del sol humildemente, sobre el repique grave de una campana y la canción profunda de las olas.