V
el ensueño del balandro.—corte de amor y galantería.—caballero en brioso alazán...
Vehemente, bullidora como la espuma, como la espuma tornadiza y frágil, pone la de Alcántara en sus proyectos el ímpetu de las cosas que no se realizan jamás. ¡Con qué entusiasmo se entrega á los ardores de la imaginación, sin perjuicio de abandonarse después á la indolencia y la acritud, desmenuzando cruelmente las causas de sus recónditos sentimientos! Todo se le vuelve tejer fantasías y destejer emociones, como la sombra de Penélope.
Allá van ahora, con ínfulas de actividad, sus bellos planes de burguesa urdimbre. Cosen las niñas del juez al lado de la extravagante moza, mientras ella asegura que va á empezar un encaje «al día siguiente». Ha decidido encargar su balandro á los Talleres de San Martín, en Santander; tendrá de largo siete metros, y le costará unas doce mil pesetas. «Mañana mismo» va á escribir pidiéndole, y dará mucha prisa para que se le entreguen pronto.
Timonel, el viejo amigo de la señorita, está muy interesado en esta compra, y tiene con la dama una conferencia sobre el negocio:
—Buen aparejo y buen personal para manejarle—recomienda prudente.
—¿Le parece bien Pablo?
El viejuco, con pertinaz guiño, como si escudriñase un horizonte peligroso, mira hacia adelante en lenta pausa, y replica:
—Sí, Pablo me parece bastante bien.
Luego se ofrece á probar él la nave y el piloto para mayor seguridad. Le preocupa á la muchacha el nombre que ha de ponerle; un nombre bonito y raro... Alza los ojos como si le buscase por el techo; y á poco, las niñas del juez, el marino, Eugenia y Marta, que están presentes, levantan la cabeza, buscando también por allá arriba. Sólo encuentran unas cuantas moscas que giran lentamente en un rayo de sol.
—«Eso»—alude Timonel, fallido—se discurre cuando el barco está pronto. Y «hacemos» aquí el bautizo, que es cosa maja y divertida, fiesta solene, con cura y todo...
—Velasquín—dice una de las aplicadas costureras—también tiene pedido un balandro no sé adónde.
—¿Y sabéis cómo le va á llamar?—inquiere la de Alcántara.
Marta sonríe muy segura.
—Le llamará Ana María, como la novia.
Recae la atención en este noviazgo, tema favorito de todas las conversaciones en la actualidad. Y Timonel, luego que dedica algunos pintorescos elogios á la gentil pareja, se despide, volteando la gorra en sus manos endurecidas como raíces secas y ásperas. Es un viejo sonriente y firme, que cuelga sobre el pecho, desnudo y velloso, los nevados flecos de una barba hirsuta. Tiene cierta costumbre fina de tratar con el señorío, y se paga mucho de su privanza con los marinos de afición más ilustres en Torremar desde las tres generaciones últimas.
Al salir del gabinete deja Timonel sobre la alfombra la huella vaga de sus zapatos enormes, y en el aire un fuerte olor á marisco y á brea.
Quédanse las señoras conversando de Ana María y Velasquín. Las del juez cuentan que el novio es riquísimo; que tiene automóviles, caballos, caseríos, fincas rústicas y millones de pesetas.
—No exageréis—arguye Regina con gesto impertinente—. Además—cuestiona—, Adolfo tiene un hermano.
—Sí, pero Manuel no se casará. Sólo piensa en los libros y en los descubrimientos biológicos.
—Puede gastar su fortuna en bichos ó en rarezas.
—Adora á su hermano, que es el ídolo de la casa, y que disfrutará todo el caudal, seguramente—afirma la del juez muy convencida. Las demás, conocedoras de estos caudales y estas adoraciones, dicen que sí con igual certidumbre. Y se dobla la frente de Regina opresa en la meditación que surge de aquellos comentarios:—Poco—piensa—se ha detenido Ana María en este gabinete recién abierto á la playa de nuestra niñez. Con la disculpa de que el Robledo está muy distante y de que ella tiene graves obligaciones de ama de casa, reposa apenas en este sofá que yo destino á íntimas confidencias... Casi nada me ha contado de su novio, á quien ni de lejos he logrado ver. Tal incógnito y reserva son indicios de que no hay sinceridad para mí en los halagos de esa muchacha...
La sospechosa, súmese después en más gratas cavilaciones. ¡Carlos sí que la quiere con fuerte cariño, seguro y grande!... Siéntese ella acariciada por la ardiente adoración de aquel mozo sentimental y extraño, que la envuelve en luces de sol cuando la mira y tiembla cuando la saluda.
Una atracción secreta y curiosa impele á la de Alcántara hacia su silencioso adorador. Lo mismo que de niña rompía los juguetes mecánicos para ver lo que tuviesen dentro, así ahora quisiera quebrantar la timidez de aquel corazón juvenil, para escuchar el grito ingenuo y apremiante de un primer amor.
Alentado Carlos por las preferencias de Regina, allí donde, por verla unos minutos, soportara la rivalidad de otros jóvenes torremarinos, abrió su alma á las ilusiones más sonrientes, soñando una divina gloria de venturas. Hizo versos eróticos; compuso al piano, con súbita inspiración, sonatas delirantes y febriles; y todas las tardes rondó la playa, subiendo y bajando, como el mar, á los pies de la casa de Regina. Luego, al anochecer, buscaba el camino de la parroquia para ver el perfil de la joven á la hora de la novena.
Comenzó á susurrarse en el pueblo que Carlitos Ramírez estaba locamente enamorado de la señorita de Alcántara; ella sonrió alegre cuando la dieron broma con él, y puso en incertidumbre á otros galanes atendiendo á Ramírez entre todos.
Ya su dote y su belleza habían rodeado á Regina de una respetuosa corte de amor. Fabricio Bernaldo, un hermano talludo de la amorosa Filomena, aplacía tiernamente los ojos y las frases sobre aquel astro nuevo de la dorada sociedad. El notario, un hombre muy triste, con cara de moro, buena hacienda y ganancias apreciables, suspiraba también por Regina, sin disimulo ni sosiego. Y la codiciaron con igual apetito, Felipe Alonso, rubio y lánguido como un tenor de opereta; Paco Ordoñez, médico, chiquitín y ocurrente, hijo único de viuda rica, y otros cuantos señores casaderos y estimables, cuyos nombres no son de interés ni utilidad á las páginas de esta historia verídica.
Cuando las dos niñas del juez, de turno aquella tarde en casa de Regina, terminaron su labor, era la hora del rosario. Ciñéronse las muchachas, como su huéspeda, unos velitos modestos sobre la frente, y se dirigieron á la parroquia.
Ibase el día vencido á morir en el mar túmido y sollozante. En lontananza serena se besaban las aguas y las nubes, ya obscuro el cielo con el manto de sombra de la noche.
Por una leve senda que bajaba á la ciudad desde el Robledo, resonó el trote firme de un caballo, y, delante de las tres niñas devotas, pasó, jinete en brioso alazán, un mozo arrogantísimo, con la solapa florecida, el puro en los labios, y un aire diestro y feliz, lleno de gracia.
—Es Adolfo, que viene de ver á la novia—anunciaron á Regina las del juez, mientras que el caballero saludaba cortésmente sin hacer alto.
Quedóse la de Alcántara presa de un deslumbramiento indefinible. Aquel rumbo, aquel porte del mozo, tan desenfadado y gentil, la recordaban los grandes salones que con su padre había recorrido en los días felices de triunfos y esperanzas, cuando desdeñó todas las dulces realidades del mundo para correr detrás de los sueños y las fantasías.
Ahora se había vuelto muy práctica. Ya no se enamoraría de un bravo explorador aventurero á quien los salvajes pudiesen hacer picadillo para amenizar las diversiones de una selva virgen... Quería un novio seguro, en tierra civilizada, un hombre elegante y alegre, acaudalado y noble... como Velasquín, por ejemplo... Detrás de él marchó cautiva la atención de la muchacha.
Lanzábase ya el caballo de Adolfo entre la melancólica polvareda de la ciudad, bajo los árboles hojosos del camino y el fulgurante silencio de la luna. Había pasado el jinete rápido y marcial, deslumbrador como una estrella que brilla y huye, dejándole á Regina una ansiedad punzadora clavada en el pensamiento.
Al salir de la novena y saludar ligeramente á los señores del pórtico, fuese la de Alcántara hacia Carlos Ramírez con fácil familiaridad y le contó, bajito:
—Mañana por la tarde os hago una visita. Espérame á las cuatro en la entrada del bosque... Tienes tú razón; mi luto no reza con vosotros.
En la sorpresa de su gratitud sólo halló Carlos palabras triviales:
—¡Cuánto me alegro!... Haces bien... Ya te lo había yo dicho...
Ella, furtiva y sonriente, se puso un dedo en los labios con expresivo ademán y echó á correr entre sus compañeras.
Cuando el muchacho subió á su casa, por aquel ondulante camino que frecuentaba Adolfo, parecióle que nunca fuese la vereda tan suave y halladiza. No vió como otras veces, la sombra triste de su madre en el solariego robledal, porque prendió la luna en el bosque la caricia de su luz y alzó la brisa tal rumor de besos, que se ahuyentaron los gimientes fantasmas perseguidores del mozo.