VII
el balandro de velasquín.—tempestad en un vaso de agua.—nuevos apuntes para la moral de regina.
Agoniza el otoño. ¡Qué triste y qué amarillo! La mar se mece turbia; están pálidos el cielo y la costa; la playa desierta, el muelle en quietud.
Los torremarinos desocupados no sienten la influencia pesarosa de esta mañana gris, merced á una emocionante noticia que voló como ventada de Noroeste, desde las mismas olas hasta la calle Real, los arrabales y la Plaza Mayor, agitándose con ímpetu de borrasca en la botica «de abajo», sobre los pintados bigotes de don Celso y la plácida compostura de unos papeles de sulfonal. Puso el químico seductor su más enigmática sonrisa en la ambigua frase:
—Considero elocuente y luminoso que el balandro de Velasquín se llame Reina.
—Elocuente y luminoso... ¿Cree usted?...—subraya alusivo Paco Ordóñez.
El vejete afirma perspicaz:
—Hace ya tiempo que yo barrunto esa traición.
—¡Pero es inaudito!
—En materia de amores no hay nada que me asuste.
—Tiene usted buen olfato... Yo confieso que Adolfo no me hacía sombra.
—Pues les va á dejar á ustedes con tres cuartas de narices.
—Mal cambio hace—critica Ordóñez en lamentable tono.
—¿Malo?... Están de enhorabuena entonces los mocitos pretendientes—insinúa dicaz el farmacéutico.
Se enfrasca el doctor en graves meditaciones y hace volatines en el sofá, sentenciando:
—Es una monada esa chiquilla del Robledo, una criatura sans pareil, guapa, seria, lista, dulce, con dote, con ángel...; ¡pero esa historia!...
—¿De la mamá?
—¡Claro, hombre!... Y luego, si Adolfo «la planta», yo aseguro que se queda para vestir á la Virgen.
—Atrévase usted...
El doctor sacude dos dedos, que triscan; sonríe, pasea y responde:
—¡Cualquiera se atreve!
—¿No dice usted que Adolfo «hace mal cambio»?
—Y lo creo... Pero así es el mundo. La de Alcántara tendrá siempre más partido, porque es asequible, coqueta, independiente... Ana María, aparte «lo que sabe usted», causa un poco de susto por sí sola. ¡Se esconde tan lejana, tan sombría, entre un padre loco y un hermano altivo!...
—Carlos ahora se había humanizado mucho.
—Hasta el extremo de parecer otro. Bajó de su torre de marfil, enamorado de Regina, y todos le teníamos por rival con fortuna; pero... ¡si usted acierta!...
—Y predigo un sangriento desenlace—efunde don Celso con voz cavernosa—. El Ramírez ése, con su aire infantil y romántico, es un mozo de grandes pasiones, un impulsivo atroz, y tomará en Adolfo doble venganza. Se avecinan sucesos sensacionales; hay en la atmósfera saturación de odios... de amores... de crímenes...
El médico da un salto casi mortal, y á orilla de la vidriera escruta el horizonte en cómica actitud.
Pero la mañana torremarina no ofrece síntoma alguno de trágicas aventuras; la escoba de un barrendero traza en el desigual empedrado fugaces surcos de limpieza; un chiquillo haraposo vende los diarios de la corte y La Voz de Torremar; una moza desgreñada sacude alfombras en la casa vecina...
Aquel matiz tristón y anodino de vida provinciana ofrece tal contraste á los augurios de don Celso, que Paco Ordóñez rompe á reir.
—Ya vendrá mi tocayo, el tío de la rebaja...
Mas el célebre inventor de específicos no admite bromas ni sospechas contra sus predicciones. El está seguro de la que anuncia; tiene antecedentes y datos que acrediten sus profecías.
Y el mediquín, mozo placentero y amable, enemigo de la discusión, asiente sin más resistencia á las certidumbres dramáticas de don Celso; y mientras se calza los guantes, gesticula en faz de asombro:
—¡Menudo lío!...
Luego silba, tararea, se encoge escalofriado, y al fin se despide, en el preciosa instante en que don Celso recluye los papeles de sulfonal en una caja de color de rosa.
Ya está Ordóñez en la puerta cuando el químico le persigue aún.
—Vaya á ver el balandro por sus propios ojos.
—¿Le ha visto usted?
—Sí. Anoche, «á las altas horas», supe, «confidencialmente», que el yate de marras estaba en la bahía con el «nombre fatal» en el costado... Y al amanecer acudí á cerciorarme... Vaya usted, amigo mío, y medite en la versátil mudanza de los humanos sentimientos; en las traiciones, en los perjurios de la juventud.
El mozo rubio y festero ahueca la voz para decir, muy compungido y lúgubre:
—Iré á «la visita» por el muelle...
Da algunos pasos, y otra vez le asedia el farmacéutico, que cambia, de rostro, y plácido interroga:
—Muchas enfermedades, ¿eh?
—Algo de grippe.
—¡Eso es bueno!
—Cosa benigna...
—¡Válgame Dios!...
Con un suspiro, á sordas zancadas, el boticario desaparece detrás de la vidriera, dejando en el húmedo dintel señales puntiagudas de sus luengos escarpines.
Muerde Paco Ordóñez su risa retozona á espaldas de don Celso, sube la calle, cruza la Plaza y toca la ribera bajando por la rúa Mayor.
Menudo y saltarín, el médico se confunde con algunos golfillos que á la orilla del muelle vivaquean, sucios y haraganes. Y pronto uno de ellos apunta entre las embarcaciones fondeadas en la bahía al grimpolón azul del balandro nuevo.
—Aquel es, don Paco.
Contempla Ordóñez un hermoso «diez metros», de construcción reciente: su casco blanquísimo no parece tener sino un punto de contacto con el agua; sus lanzamientos de proa y popa son airosos y elegantes como dos flechas; alto de guinda, yergue su palo mayor de pino del Canadá, entre la finísima jarcia, y sólo considerando la enorme cantidad de plomo que forma el «bull», oculto bajo las olas, puede comprenderse cómo aquel armazón estrecho y de tan poco puntal, soporta la altura del palo.
Absorto el médico en estas observaciones admirativas, oye una voz varonil que amargamente censura:
—¡Reina!... ¡Se llama Reina!...
El indómito acento emerge de la granada boca de Felipe Alonso, otro pretendiente desdeñado por Regina. Bello y lánguido muy poseur y algo cursi, el galán perora en trágica postura y balbuce crueles palabras de vilipendio y sorpresa, delante de aquel nombre mecido en la bahía con la altivez de una revelación que el mar hiciese á la costa: «Sí, señores,—parece decir el rótulo negro sobre el casco níveo—; Adolfo Velasco y Regina de Alcántara son novios; se entienden; se adoran; se van á casar. No escandalicen ustedes ni pongan el grito en el cielo: á pesar de Ana María, prometida esposa de Adolfo, y á pesar de Carlos, cortejante preferido de Regina... ¡el balandro de Velasquín se llama Reina!...» Y ante las voces mudas de aquel letrero, mientras Paco Ordóñez ríe consolado y voluble, Felipe Alonso entona hacia el mar su lírica declamación; habla de «felonías y de sangrientas burlas», y pone á los elementos por testigos de «aquella infamia». Diríase que goza en lamentarse, teatral y seductor, con los ojos en blanco y la palabra conmovida.
De pronto Ordóñez, que ha vuelto la cara, advirtiendo cómo la gente acude á la contemplación del Reina, ve agitarse un lienzo blanco y copioso en el mirador de las de Bernaldo. Es que Fabricio les hace señas con una toalla, acaso con una colcha. El talludo galán está frenético, al parecer, y los dos mozos cruzan el tablado del muelle y pasan veloces á la acera. Sorprendido en su crisis declamatoria, el orador va ensartando periodos retumbantes que á don Celso le harían muy feliz.
Pero ya Ordóñez se aburre un poco de tal comedia, y puesto que Fabricio y sus hermanas servirán admirablemente de auditorio á los discursos del amigo, puede el médico escaparse á la «visita». Saluda hacia el mirador, donde ya otean curiosas las dos Bernaldas, deja que Alonso se les arroje en el portal con frenesí.
Bajo los visillos temblorosos de las señoritas de Estrada, detrás de los cristales por donde se atisbó á Regina la noche de su regreso, suscítase, también, con violentas discusiones, el notición del día.
Juntas están aquella tarde allí las más parleras y desocupadas señoras de la vecindad, y todas á un tiempo charlan y censuran, se indignan y compadecen: «¡El balandro de Velasquín se llama Reina!...»
Esta frase, que ha volado sobre la bahía como una gaviota en augurio de tempestad, tiende ya sus alas por todo el recinto ciudadano, y anida en cada reunión donde los chismes son pasto del aburrimiento.
Gloriándose de adivinadoras, casi todas las mujeres que hacen coro á las de Estrada, cuentan que sospecharon siempre de la lealtad de Regina. Su carácter veleidoso, sus extravagancias, sus ideas, no están de acuerdo con los cánones de la educación y costumbres que allí se usan... Por eso la dejaron sola con sus caprichos y osadías; sola con sus predilectas amistades...
Y aquí aparece la herida de amor propio que la de Alcántara causó en muchos de aquellos corazones femeninos. Incapaz de disimulos ni de reparos que estorbasen sus intentos, Regina «dejó solas» á las damas que ahora se precian de haberla abandonado. Ella fué la que, en rebeldía contra la quietud y el encierro, licenció de un modo brusco y ejecutivo á la voluntaria corte de amor formada en su gabinete. Una tarde estival, cuando aquel mixto ejército de conquista, subió, valiente, á divertir á la de Alcántara, supo con sorpresa y enojo que el astro nuevo se declaraba en eclipse:—La señorita ha salido—anunció Marta, únicamente, sin más explicaciones ni disculpas. Y era de ver el trueque de voluntades y de sentimientos que envolvió desde aquella hora á la insurrecta muchacha, capaz de infringir en un arrebato jactancioso todas las leyes firmes de la buena sociedad torremarina. Densa nube de comentarios agresivos descargaba sobre la reputación de la moza.
Sordamente, en público y en secreto, pero siempre á espaldas de la víctima, satirizaron unos y otros:—Sólo quiere amistad con los de Ramírez porque seduce al pobre Carlos para esclavizarle á todas sus locuras; se casará con ella y será infeliz...—Ya no gasta luto...—Se prende rosas ¡y usa unos escotes!—Sube al Robledo todas las tardes, y baja de noche con Carlitos... ¡del brazo!—No «lleva trato» con las señoras porque las tiene envidia...—Ya no va á la iglesia.—Ni sabe rezar...—Dicen que es protestante...—La hemos visto en su jardín, de rodillas junto á Pablo el marinero...—¡besando una flor!—Tiene libros prohibidos...—¡Sabe Dios «lo que habrá sido de ella por esos mundos»...!
A la provocadora de tales iras se le ocurrió cierta mañana detenerse con unos señores conocidos que rendidamente la saludaron. Hablóles muy cordial y les convidó á tomar café. Eran pretendientes más ó menos platónicos de la damisela, y desde aquel día recobraron esperanzas de triunfar en el corazón de la hermosa, que se les mostró afable como nunca.
Reanudáronse las tertulias en casa de Regina, pero más amplias y alegres. Desertora audaz de todo vínculo esclavo, la muchacha se engolfó en sus gustos y tendencias. Holgóse con amistades varoniles, mantenidas por ingeniosos «flirteos», y ya en completa indisciplina, olvidados los antiguos planes, tornó á sus hábitos de aventurera y de rebelde.
No tuvo intención ninguna de molestar con su desdén á las porteñas damas; la aburrieron, la estorbaron y emancipóse por hastío del culto que antes buscase por curiosidad. Pero ya puesta en franquía la encallada nave de su independencia, Regina, hábil pirata de antojos y emociones, no guardaba rencor ni menosprecio á las causantes de su breve esclavitud.
Al contrario, feliz con el estímulo de nuevas luchas sentía compasión hacia las pobres mujeres enjauladas en la rutina y en el sacrificio, como aves prisioneras, codiciosas de cielo azul y de horizontes lejanos. Y al encontrarlas en la calle, al verlas pasar desde su jardín, les hacía un saludo cariñoso, un poco tímido, algo triste. La mayor parte de aquellas señoras, vestidas por el mismo patrón, peinadas de igual modo, murmurantes y oracioneras, acompasadas en sociedad como en un teatro, dejaban en el espíritu disconforme de Regina la sensación del grillete y las esposas, en los libres miembros de un cuerpo robusto y belicoso. En cuanto á ellas, desde las del juez, timoratas y obscuras, á las de Estrada, llamativas y refiloteras, un poco en discordia con la severidad de aquel régimen educativo, ninguna se atrevió á negar el saludo á la señorita intemperante. Casi todas la envidiaron mucho y hacían esfuerzos por volver á su gracia y á su trato, aunque á mansalva la zahiriesen con heroica furia.
Por inversión de razones, la insurgente moza era para las torremarinas una imagen tangible del vuelo errante en liberación de la jaula; de las cadenas truncas lejos de la cautividad. Y volvían hacia la joven los ojos deslumbrados, al trasluz de visillos temblorosos y de mantillas devotas, con la esperanza de sorprender un graciable signo de acuerdo, y presumir ellas también de anchura y de modernidad.
Para mayor encanto y más tormento de la torva falange femenina, cuando la de Alcántara, con fácil victoria, volvió á reunir en torno suyo á los donceles de más fuste, inicióse entre los tales un grato impulso de fervor hacia la singular muchacha; y acordes convinieron en que Regina, además de ser encantadora por su trato y su físico, tenía un fondo de nobleza y de bondad en el corazón, un poso de dulzura y benevolencia en el carácter. Arreció esta piadosa corriente ensalzando las virtudes de la dama, en apariencia mustias desde que los enojos populares se escandecieron sobre ellas. Y muy pronto, en la pública devastación de aquel jardín moral, un aura de lozanía irguió en triunfo las débiles flores, á despecho de murmuradoras y agraviadas.
Unidos y separados, los contertulios de Regina le cantaban loores. Para ellos, las libertades de la moza rubia, lucían un fuerte matiz de honestidad; aquella mujer pensaba alto, sentía ligeramente, era ingeniosa, franca, voluble. En su palabra, ingenua y prócer, hialina como arroyo cantarín, nunca advirtieron el amargor dañino de la murmuración...
Estas alabanzas martirizaron la femenina epidermis de Torremar con ascua de cauterio. Pronto agudas voces mujeriles designaron á los amigos de Regina con el intencionado remoquete de la Junta de defensa. Se comentaban en fragmentos menudos los más leves detalles de las excursiones y holgorios en que la de Alcántara se entretenía, y túvose por cierto que no llevaban otro camino que la conquista matrimonial de Carlos Ramírez.
Entretanto, la revolucionaria doncella no perdonó ninguno de sus placeres predilectos, por insólito que allí resultase. Montaba á caballo vestida de amazona, con sombrero calañés y flotante cendal, escoltada de jinetes; mecíase sobre las olas, en traje de balandrista, entre los yatchmen del club, sin haber amanecido aquel «mañana» en que debiera escribir encargando su esquife; salía de caza á deshora, con audaces bombachos y masculinos arreos, y supo cobrar gentil fama de valiente en todos los deportes que inició.
Era Carlos asiduo en estas lides, con mimo y preferencia por parte de Regina. Todo hacía presumir que ella le amaba; pero á la perspicaz observación del grupo pretendiente, no pasaba oculta la implacable nube de tristeza de aquellos ojos dorados, que el joven no alzaba por completo, cual si temiese delatar su inquietud.
Esta muda elocuencia de un dolor amante sostenía las ilusiones de los demás candidatos, entre los cuales el nombre latino de la muchacha se había hecho familiar y devoto, como una breve oración. Al llamarle Reina, á ejemplo de Ramírez, cada uno de aquellos cortejantes imaginaba rendir un tributo de soberanía.
Rara vez iba Adolfo mezclado á la corte de la dominadora. Solía verla en casa de Ramírez casi todas las tardes, y algunas noches la acompañaba, como en aquella primera entrevista que tuvo forma de secuestro. Pero el extraño poder de fascinación que ejercía en los hombres la rubia moza, fué, desde el primer instante, decisivo en Adolfo, que no supo razonar la causa del encanto.
Mocero y vehemente, Velasquín había pulsado toda la lira del amor y conocido todas sus emociones, sin perder nunca en absoluto el dominio de su apuesta persona. Hasta en el hondo afecto que desde la niñez profesaba á Ana María, hubo siempre una plácida serenidad, que le hacía sonreir con la beatitud del hombre llegado á la plena posesión de la dicha por sendero sin curvas ni abrojos, ancho y florido á la faz del sol.
Súbitamente, las claras acciones y los designios apacibles del muchacho, quedáronse en tinieblas cuando el brusco deseo de Regina se le clavó en los ojos como un puñal.
Obra de maleficio parecía aquella loca y fuerte pasión que daba al traste con la lucidez y la nobleza de Velasquín. Lanzóse en un vértigo de torturas y de ardores, sin ver más que un punto luminoso en el repentino caos de su conciencia: era una lumbre roja y cruel que iluminaba como un fanal gigante el nombre de Regina.
Los violentos latidos del corazón no le dejaron al muchacho escuchar lo que pasaba en torno suyo; ni la voz solemne de su madre, que hablaba muy contenta de la boda, ni el firme acento de Manuel, explorando con ansia en la torcida voluntad del novio... Ni siquiera el blando son de una palabra que jamás dejó de conmoverle: los gorjeos amantes de Ana María sonaban ya en los oídos de Adolfo como una música remota que se extingue, que se apaga en lejano confín. Poseído, alucinado, dejábase arrebatar en la recial corriente de aquel amor brujo, y apenas si un vago esfuerzo de la pobre voluntad cautiva, lograba entre los de Ramírez cubrir las apariencias de la traición amorosa.
Desde su primer triunfo con Adolfo, en la altura brava del Robledo, Regina recordó, con frases juguetonas, que de niños se habían tuteado, y él mordió sonriente la dulce licencia de una intimidad, que no pudo sorprender á quienes ya sabían de aquellas antiguas amistades; así el roce entre ambos, corrió pronto los graves riesgos de la ternura y de la confianza.
Una noche, agonizante ya el otoño, los dos amigos bajaban del Robledo, y de repente Regina se detuvo, mirando adusta á Velasquín.
—No me debes acompañar—dijo con sorda rabia.
Asustado de la inesperada prohibición, obseso y transido, él protestó:
—¡No quieres tú!
—Sí quiero; pero Ana María sufre y la gente murmura.
Silbaron las palabras candentes y angustiosas, aunque el doncel sólo oyera un himno de esperanza:—Sí quiero... ¡Sí quiero, había dicho Regina!...
En la arquitectura inquieta del celaje rodaban las nubes hacia el mar, y los impetuosos sentimientos de aquel hombre rodaron á las plantas de la mujer. Fué allí, oscilante en la rápida pendiente, de hinojos en la alfombra agostiza, donde Velasco derramó en tumulto sus declaraciones y promesas. La provocada confesión, resbalando en el silencio campesino, pobló el aura nocturna de notas crepitantes como chispas de un volcán; y Regina, más soberbia que dichosa, tuvo desde entonces en sus manos, lo mismo que un juguete, el porvenir de Adolfo.
Después de aquella noche blanca y triste, como abandonada novia, la existencia de los dos muchachos atravesó un obscuro sendero de mentira y traiciones, en pugna con las hostilidades del destino; fingieron, burlaron, y nadie supo su ardiente y silencioso amor, que logró, apenas, breves y temerosas entrevistas, saturadas con los encantos del misterio y del peligro. En cartas vibrantes de impaciencia y de inquietud, dijéronse sus propósitos y se juraron fidelidad mil veces. Tímido Velasquín para arrostrar el escándalo de la situación, le propuso á su amada una fuga, seguida de la boda; pero en la negra trama de aquel enredo, el más fuerte acicate de Regina fué siempre el seducir al mejor mozo de Torremar, y rendirle á discreción allí mismo, ante la estúpida sorpresa de sus paisanos.
Era un empeño cruel, una perfidia refinada y aguda que poseyó á la muchacha con halago y martirio al propio tiempo. Porque el solo afán de su existencia se redujo á la persecución de aquella victoria, y, sin embargo, en la dura masa de tales ambiciones, corría un hilo de lástima y de pena, un oculto manantial tenue y piadoso, henchido á las veces, cual si anhelase hendir el bloque de helada sabiduría que le esclavizó. Túmida y verberante la pía corriente, se fué labrando un lecho ya más amplio y más firme entre las rocas de la inteligencia, y el son de aquel arroyo alzábase infantil en el alma de Regina, aguzando un humilde cantar contra las voces sabias del entendimiento y los malos arranques del instinto. ¡Y no era mucho que los ojos graves de Ana María y las doradas pupilas de Carlos hiciesen temblar á la seductora! Todos la acusaban, menos los de Ramírez. Hasta Eugenia y Dolores dijeron:
—¡Qué mal hace!
Pero las dos víctimas de la maquinación temblaron mudas, sin atreverse siquiera á compartir el mutuo sobresalto. Vagamente advertían á su alrededor un cerco invisible, una niebla opaca, algo que les produjo singular zozobra. Diríase que Regina y Velasquín frecuentaban el Robledo con disfraz de amigos, con apariencia de leales, para mejor encubrir algún obscuro propósito.
Ya Regina se cansó de aquella equívoca conducta. No más rubores azorantes, cuando los de Ramírez la miraban hasta el fondo del corazón, con una débil lumbre de sospecha; no más placeres fraguados en la obscuridad como los robos... Si logró la soñada victoria, ¿por qué no estar alegre?
Velasquín la enorgullecía; sentíase curiosa de amor, impaciente como ante el secreto de una puerta entornada... Era preciso beber la copa llena de felicidad hasta los bordes.
Y Regina, achacando las amarguras de su conciencia á lo anómalo de las circunstancias, decidió poner fin al incógnito de sus amoríos y darles la consagración pública de la boda.
—No hago mal—decíase. Y como quien recita una lección que no pasa de la memoria ni de los labios, repetía con uno de sus filósofos:
—«El bien es el placer; el mal es el dolor.»
Aun para encruelecerse, sintiendo hervoroso en las entrañas el crecido caudal de su ternura, con ronca voz, ahuecándola para que sonase firme, rezaba como de carretilla:
—«Dolor es todo lo que pone obstáculo al placer. El hombre es un lobo para el hombre, y la vida una cacería incesante donde cazadores y cazados se disputan su presa... Cada uno tiene el mismo deseo que los demás y sólo el fuerte sale vencedor en esta batalla de todos contra todos...»
Y aplicábase las terribles lecciones:
—Yo quiero lo que Ana María quiere... Soy una loba con más poder que el suyo, y le arrebato su botín...
De súbito, en la hueca resonancia de tales sofismas, rodaba gimiente el arroyo de la misericordia, y la escéptica se apretaba el corazón con las dos manos, confusa y rebelada contra unas «vulgares emociones» que no razonan los filósofos, ni los materialistas definen. Nada, en resumen; ecos febles de acentos muy distantes, en mezcla con la voz de Daniel apagada y triste, igual que un sollozo; la gentil imagen de Carlota junto á la de una dama que á Regina, de lejos, le pareció su madre... ¡Su madre!... ¡Cosa más singular!... Nunca se le había aparecido; ya no se acordaba de ella. ¿Fué bonita?... ¿Fué inteligente?... Tuvo un nombre piadoso: Rosario... ¡Qué nombre tan español y tan dulce: Rosario!...
Y Regina sintió en el pecho una blandura muy grande, como si algo se derritiera al calor de aquella palabra que pronunció con alegre asombro, entre el tumulto de infantiles memorias. La pálida visión de su niñez se extendía, como liviano cendal, delante de una hora solemne en su juventud. Y al sentirse cegada y perseguida por imágenes tan endebles, quiso reir ó cantar en broma, y sólo se le vinieron á los labios oraciones deshojadas por la costumbre, y aun jaculatorias tan simples como aquella: Con Dios me acuesto...
Pero la muchacha se irguió ruborosa, y entonó arrogante la postura. Ella no sería víctima, jamás, de aquel sentimentalismo ramplón y cursi que le había mojado los ojos un momento... ¿Qué tenían que ver su infancia ni su madre con el mejor partido de Torremar? Sintióse loba, y escribió á Velasquín una apremiante misiva, exigiéndole públicas manifestaciones de amor.
A la mañana siguiente el balandro nuevo, recién venido de Santander, lanzaba á la ribera un nombre de inconfundible, alusión: ¡Reina!, clamó á gritos, cuando todos esperaban que cantase: ¡Ana María!