VIII

la vindicta pública.—la erudición de la alcaldesa.—el aguijón de una copla.—vanse los amores y quedan los dolores.

En el Casino de Torremar, sitio adecuado para toda clase de intrigas y conjuras, reuniéronse una tarde, la tarde gris de emocionante memoria, los caballeros de la llamada Junta de defensa.

Formaron al frente Alonso y Fabricio; éste, feroz; aquél, melodramático. Hacían la retaguardia Ordóñez, muy risueño, y el notario, muy triste.

Al cabo de una hora, desfogados los espíritus, agotadas las frases duras y los epítetos gordos, quedó la reunión reducida á un vago murmullo de colmena, un runrún, perezoso y mordaz, rodando entre claras notas de las fichas del dominó y densas nubes del humo de tabaco. Tres convicciones profundas expandieron en la pesadez del viciado ambiente: Regina era una loca; Adolfo un majadero; Carlos y su hermana dos ángeles del paraíso. Y los conferenciantes acordaron: dejar á la de Alcántara «por imposible», no hacer caso á Velasquín y rendir tributo de adhesión y desagravio á los de Ramírez. Tácitamente convinieron en que era Carlitos el único mozo burlado por Regina en la gran broma descubierta. Debían todos contribuir á distraerle, á consolarle, sin hacer ninguna mortificante alusión á su fracaso. Cuanto á la de Ramírez, era preciso indemnizarla con creces del ruin abandono que sufría y ofrecer en el altar de su belleza sacrificios de amor y de respeto.

En el fondo, ninguno de estos hombres piensa cumplir semejantes propósitos: del trato singular de Regina todos aguardan sorpresas raras, atractivos y alicientes á los que no renuncian; Velasquín es demasiado señor en el pueblo para que el desdén público se atreva á molestarle; y la piedad declamatoria de la fracasada Junta no se impondrá, de seguro, el trabajo de consolar á Carlitos ni de hacer la corte á Ana María...

Las damas, en sus conciliábulos interminables, denostan á Regina acerbamente y la auguran un «mal paradero»; compadecen en términos empalagosos «á los pobres» de Ramírez:—¡Sin madre! ¡Tan desgraciados!...—Y juzgan á Velasquín con mucha lenidad:

—Esa pícara le habrá dado algún bebedizo, pero no se casará con él; Dios no lo puede permitir... La culpa de todo esto la tienen los aduladores que se complacen en santificar diablos... ¡Lucidos están!

La alcaldesa, aprovechando el auge que disfruta Adolfo, coloca con gran éxito uno de sus «estudios feministas», como llama con pedantismo á las confusiones históricas que suele referir: «El ilustre doncel es descendiente de una dama famosa por su estirpe y caudales, doña Velasquita, oriunda de un cántabro solar que dió á España varones insignes como Lain Calvo y Nuño de Rasura...» Piérdese la bachillera en la noche de los tiempos, buscando el origen de Velasquín en la remota península de Escandinavia; y luego discurre sobre la etimología del apellido, «á que dieron honra Condestables castellanos, y títulos rivales en grandeza con los propios reyes...»

Lanzada la historiadora en un caos de erudición y verbosidad, á vuelta de comentos más confusos que verídicos, viene á decir, con énfasis, el pomposo mote de doña Velasquita, que en la cántabra ribera del Asón, orló su escudo con el soberbio alarde:

Cuanto ves de río á río, todo es mío...

Un aroma de abolengo y popularidad unge el nombre de Velasco en el auditorio femenino de la alcaldesa. Avidas de emociones y de asombros, las señoras atribuyen un poder casi regio al descendiente de doña Velasquita, y aplicándole una síntesis del heráldico aviso, murmuran con unción: ¡Todo es suyo!...

Sin llegar al Casino sabe Carlos la gran noticia. Se la dice Estraduca en el recodo del muelle:

—¿Vas á ver el balandro de Velasquín? Se llama Reina.

El viejo oye todo el día como un sonsonete aquella frase, sin advertir su importancia. Comprende que es cosa oportuna, de interés y valor, porque la siente rodar con metálicas vibraciones, como una moneda de oro, en los tristes silencios de la ciudad. Llevó aquellas palabras en los oídos al salir de su casa: el balandro de Velasquín se llama Reina... Y como un eco, el pobre señoruco, se las repite al primer amigo que le saluda. Después, aguarda los comentarios de rigor: —¿Es posible?... ¿Qué me cuenta usted?...—¡Pues está eso gracioso!...

Pero Carlitos no dice «esta boca es mía». ¡Qué pálido y qué mustio le parece el buen mozo á don Victoriano!

—¿Te sientes mal, hombre?

—No, señor.

—¡Ah!... Ya no me acordaba de que todo lo veo amarillo... perdona.

Y sonriente, simple, continúa la incierta marcha á la luz enfermiza de sus anteojos. Va diciendo, maniático:—Pues, sí, sí; ¡se llama Reina!...

En su profunda estupefacción, Carlos halla un solo impulso: llegar al muelle. Su mirada recorre la bahía con fulgores de relámpago. Allí está la verdad, irónica, implacable, meciéndose en la niebla bajo el señuelo vistoso del gallardete azul, como brote cruel de un largo temor, de un oculto presentimiento...

Con giros de beodo, atormentado por muchedumbre de angustias, cuajadas en una sola, el joven torna maquinalmente al yerto camino del robledal. Sube y sube, afianzando los pies en la pradera marchita, con esfuerzo terrible, como si escalase una montaña de abrojos. Ya en la línea siniestra del boscaje alza la frente y mira á su alrededor con novedad, igual que si nunca hubiese visto sus robles en deshoja, con el tétrico aparato del otoño.

Loca y triste, la quejumbre del viento mueve ruido de penas en las hojas caídas, y ante la desnudez crispada de los árboles, imagínase Carlos que todo el bosque se retuerce con pasión hacia los cielos.

Va á sonar la hora en que Regina sube por aquel camino muchas tardes. Con el corazón estrangulado, se detiene el mozo en la linde sagrada para sus amores: quisiera padecer muy de prisa, devorar su dolor en un hartazgo mortal; porque le amedrenta el porvenir extendido delante de su juventud, como una llanura sin límites; la vida de aquellos últimos meses, entre ilusiones y espantos, le arde en el pensamiento con ascuas que amapolan su rostro y le salpican de sudor.

Puesto que la burla de su felicidad sirve de mortaja á la felicidad de Ana María, Carlos tiene la certeza de que ya en el mundo todo le será hostil y aborrecible. Pero su amarga desesperación no fulmina una sola censura para la mujer traidora; y al sentirse incapaz de condenarla ni siquiera en mudo reproche, alza los hombros con desdén de sí mismo: ¡la ama dolorosamente, en desenfreno estúpido, que ni aun sabe maldecir! Y quédase clavado á la tierra, lo mismo que un brote débil del trágico robledal, desnudo de esperanzas como éste de hojas, cuando la vocecilla infantil de un pastor ó un vagabundo lanza al viento, desde oculta vereda, un canto montañés, triste y pausado:

«Que no la aguardes,

porque no viene;

que se ha quedado dormida

debajo de los laureles...

Ya no la llames,

que no te quiere...»

Toda la hombría de Carlos Ramírez se derrumba al tenue contacto de aquel cantar. Siente en el corazón el vacío del hundimiento y en la carne un cansancio miedoso, igual que la noche en que una mano blanca le dijera en el hondo camino de la costa: ¡Adiós!... ¡Adiós!...

Rueda en el aire, arrastrándose con languidez el estribillo:

«Ya no la llames,

que no te quiere...»

Y el mozo huye y llora, en humilde impotencia, sin rumbo y sin consuelo.

Cuando más abismada lleva la frente y más errante el paso, una voz oralina le sacude, y la sombra clara de una mujer se cruza en su camino.

—¿Adónde vas?—le preguntan.

—A ninguna parte—responde trémulo, mirando á su hermana con terror. La ve serena, y suponiendo: ¡No sabe nada!, añade difícilmente:—¿Y adónde ibas tú?

—En busca tuya, para decirte... «eso» que ya te han dicho...

—¿Que el balandro de Adolfo...?

—Se llama Reina—concluye Ana María con emoción de lástima, pero con mucha paz en el semblante y en el acento.

Aunque la muchacha es valiente, Carlos la observa con inquietud, y, por decir algo, mordiendo los sollozos, pregunta:

—¿Estabas sola?... ¿Él tampoco ha venido?

—¡Claro que no!

En el triste declinar de una sonrisa, la mirada indulgente y leal de la mujer va á hundirse en los ojos del niño, hinchados de lágrimas.

—Yo lo siento por ti—dice piadosa.

—¿Pero no le quieres mucho?

—No; no le quiero—explica ella con ingenuidad—, porque... ¡nunca he podido llorar por él!... Es menester—continúa—que no me hagas llorar tú... ¡Por ti sí que puedo llorar!

Y en aquel doloroso ambiente de ausencia le ofrece sus dos manos de niña, tan firmes y suaves, que el mozo se deja conducir con la gratitud del peregrino que, en la cerrada noche del desierto, hallase, por ventura, las alas de un querube para hurtarse á la sombra y al cansancio...

LIBRO TERCERO
EL DESHIELO