VII

entre el cielo y el mar.—el placer del peligro.—la mujer y la ola.—espejo de nautas y desengaño de galanes.

Ventaba el Noroeste, con barruntos de galerna, cuando Velasquín salió de su casa, huraño y triste, huyendo la melancolía de aquel hogar enfermizo, donde la juventud y el amor tenían semblantes de fracaso, de pesadumbre y de vejez. Los recios soplos del vendaval, saturados del aura salobre; los aguileños perfiles del suburbio marinero, encaramado con valentía en los zócalos y contrafuertes de la sierra; la anchura majestuosa de los cielos y las aguas dieron súbita energía al corazón de Adolfo, siempre dispuesto por los pocos años á recobrar los bríos de su temple viril.

Para escuchar mejor los retumbos del oleaje, llegó al borde aspérrimo de los cantiles y sentóse á horcajadas en un ingente colmillo de la roca, bauprés inmóvil sobre las férvidas espumas, ariete formidable de los vientos, heroico brazo tenso hacia el mar, como el reto de un dios... Erguido en tan áspera silla, entre los aletazos del Noroeste y el ronco son de las olas, imaginóse por un momento Velasquín llevado en furioso galope, al través de las tormentas, sobre los duros lomos de un caballo salvaje; oprimió con ansia la roca, igual que antaño su bridón, cuando impaciente cabalgaba en busca del Robledo; mas una racha cruel, cogiendo al mozo de improviso, estuvo á pique de dar con su vida y sus sueños en el hondo sepulcro de las olas.

Temeroso del riesgo inútil, volvióse al arrabal y vió en la cumbre del monte la casita blanca y verde, la casita triste, nido de amores y desengaños. Allí, en el balcón del gabinete familiar, estaba la dama rubia, siguiendo con los ojos los pasos de su marido, tal vez burlona, compasiva tal vez... ¿Por qué raro engarce de pensamientos, por qué misteriosa corazonada sintió Velasquín entonces, más fuerte que nunca, la decepción de su esquivo matrimonio? ¿Por qué voluble asociación de ideas imaginó mirando al mar y mirando á Regina, que ambas, la ola y la mujer, eran igualmente bellas y peligrosas, atractivas y falaces? Movido Adolfo por el ímpetu de su juventud, por el resorte de sus deseos, hubiera querido ahora juntar en un solo abrazo á la mujer y al mar, y hacerlos suyos para siempre, con absoluto dominio. Pero el mar y la mujer estaban allí, como dos esfinges, sin descubrir el secreto de su perfidia y de su hermosura.

Todo esto pensaba Velasquín muy vagamente, ó, mejor dicho, lo presentía, mientras que se alejaba con lentitud del hogar montesino y triste, acercándose al puerto con el ansia secreta de vencer al mar delante de los ojos de la mujer. Desde las últimas atalayas de la costa contempló la bahía rizada por el viento; la ciudad vetusta, mezcla de marinera y labradora, diestra en el manejo del dalle y de las redes; las montañas, de colores umbríos; el cielo, nuboso y gris; el mar, blanco de espumas... El espectáculo de la naturaleza era un tónico para su espíritu, lleno de preocupaciones íntimas y crueles, inficionado de misteriosa enfermedad. Sólo en los fuertes goces de la montaña y la marina, en los placeres rústicos, en las empresas difíciles, ejercitando sus artes de nauta y de montero, podía hallar equilibrio y expansión aquel muchacho varonil y francote, unido á una mujer toda melindres, sofismas y tristezas. Pero ni aun así se veía libre enteramente de la malsana sugestión de su esposa; hechizado por ella, sin saber cómo, abandonábase á su influjo hasta caer de nuevo en las prisiones de su hogar, que le atraían con imanes y vértigos de abismo.

Llegando al puerto, después de breve paseo por la costa, miró Velasquín el horizonte de la bahía, con la obsesión del mar, imagen de sus turbios amores. Arreciaba el Noroeste; un cinturón de espumas señalaba con vigoroso pincel la barra del puerto; las olas se teñían de un color gris, de reflejos metálicos; las banderas de los buques surtos al abrigo del muelle, tremolaban con ímpetu, sacudidas por el vendaval, y, en primer término, sobre las ondas más tranquilas; se columpiaba airoso el Reina, bien señalado por su arrogante grimpolón azul.

Apareja, que vamos á salir—díjole Adolfo á Pablo el marinero, que paseaba ocioso y mustio por el muelle.

—¿Con este tiempo?—repuso el «segundo de á bordo», mirando alternativamente al cielo, al mar y á las banderas temblorosas.

—Con este tiempo.

—¿No ve cómo sopla el Noroeste, y con rachas poco nobles?...

—No importa, Pablo.

—Bueno, voy á avisar...

—No avises á nadie; vamos tú y yo solos.

—¿Solos?—interrogó pasmado el marinero.

—Si no te atreves, dilo, y buscaré quien me acompañe.

—No es que no me atreva, señorito; peores tiempos ha pasado uno. Sino que el barco es grande, y ¿cómo hemos de estar á la maniobra con este día? Si usted gobierna y yo quedo á proa, ¿cómo voy á atender á todo?

—Ya nos arreglaremos. Anda listo si quieres...

Calló Pablo y se alejó moviendo significativamente la cabeza. De pronto, volvióse para preguntar:

—El foque pequeño... ¿no?

—El grande y sin arrisar nada; no toques al «roling».

—Dirán que estamos locos...

—Que digan lo que quieran.

—Iremos, si es capricho.

—Lo es.

Pablo embarcó en el chinchorro, bogó hacia el balandro, y una vez en él izó la vela mayor, dejando dispuesto el foque.

Luego tornó al muelle para buscar á Velasquín.

Quedóse un momento solo y sin tripular el Reina sobre la poderosa ancla y los fuertes arpeos. Arriados los foques y cautiva la caña, ceñíase el viento á la vela mayor y hacía dar muy graciosas vueltas al balandro. Tomaba éste el viento, cedía, se atravesaba, le ponía la proa, y el aire, entrando á ras del palo, sacudiendo la relinga, daba un aletazo á la vela, y de nuevo comenzaba el alegre baile del donoso batel, entre vivos cabeceos y rápidos tumbos, hasta quedar proa al viento.

Saltó á bordo Velasquín, miró allá arriba, á la cumbre del arrabal, y avizoró al punto, en el balcón de la casita blanca y verde, la figura de la mujer y en sus manos un pañuelo sacudido con fuerza por el aire, quizá, también, por el terror. Que como algo se le alcanzaba á Regina en las cosas del mar, por la costumbre que de ellas tuvo desde la libre niñez, harto debía presumir que embarcase con aquel día y con todo el aparejo era una loca temeridad.

Pero Velasquín, sonriendo orgulloso y decidido, se puso al timón y asió la caña, mientras Pablo fué junto al mástil, aclaró las drizas y las hizo funcionar. A poco, se elevó majestuosamente uno de los foques y luego el otro, aleteando soberbios y azotando el aire con los látigos de sus escotas. Cazadas éstas, arrióse la de la mayor y quedó el balandro en franquía. Saltó el Reina sobre las espumas, viró con gracia, y, escorando hasta mostrar la línea verde de su casco finísimo, acercóse á los cantiles donde poco antes abarcara Adolfo con ímpetus y codicias los misterios de la mujer y del mar.

—Ya no me preguntará si soy cobarde—dijose el bravo nauta, pensando en Regina con indefinible emoción. Puso luego la proa en derechura del formidable contrafuerte, y cuando parecía que el balandro había de estrellarse en las piedras, viró de súbito: las velas temblaron un instante y cambiaron luego de posición; cayó el bajel sobre el costado de sotavento, no sin meter en el mar parte de la cubierta, y navegó en busca de la barra. En lo alto del mástil pudo ver Regina, desde su nido aguileño, la orgullosa inicial de su nombre, diciéndole adiós, sobre el raudo grimpolín que se estremecía en el tope.

Domeñadas las hirvientes espumas de la barra por la ligera quilla de la nave, llevóla Adolfo mar adentro, sin cambiar el rumbo: iba «á un largo», pero como la costa se hallaba cerca, el viento ya no daba más de sí ni era posible seguir ciñendo; fué preciso virar.

—¡Listo!—gritó Velasquín—. Y Pablo ejecutó la maniobra mirando hacia arriba con ojos escrutadores, mientras las olas saltaban á la cubierta rugiendo ante la resistencia del timón, y la caña temblaba en las manos del audaz piloto, vibrando como sensible telégrafo que transmitiese á las lenguas del mar los pensamientos del hombre.

Saltó de pronto una ráfaga y oyóse un crujido.

—¡Orce todo y póngase á la capa—vociferó Pablo con viva angustia,—que nos va á faltar el mastelero!

—¡Qué á la capa; á la vía!—repuso Velasquín.—¡Esto es hermoso!

Y el balandro siguió su carrera loca entre las irritadas espumas, irguiéndose con terribles saltos como si fuese á volar, cielo arriba, con las alas crepitantes de sus velas, y escorando después, á riesgo de hundirse en las abiertas fauces del mar. Los lonas, henchidas por el viento, gemían trépidas, y el agua, turbia, crespa, rebelde, saltaba como sacudida por interiores y profundas cóleras.

Sentíase Velasquín orgulloso de su propia temeridad, con la embriaguez del peligro, fascinado por la hermosura trágica de la escena, azotado por el viento, estremecido por las olas, presto á domeñar las fuerzas inertes de la naturaleza, allí entre dos abismos indómitos y al alcance de las miradas de Regina. Puesta la mano en el timón, igual que en un cetro, contemplaba el joven las revueltas ondas, que se erguían junto al balando, flexibles y elásticas, muelles, redondas, insinuantes, como brazos y senos de mujer, coronadas de espumas, de flotantes cabelleras con rizo de nieve. El hondo piélago sabía también de carantoñas y de halagos para esconder falsías y traiciones.

De nuevo se oyó, con más fuerza y estruendo, el crujido del mástil. Pablo se puso en pie y clamó:

—¡Arribe, don Adolfo; arribe y cace escota!

Mas ya era tarde. Roto el mastelero por la encapilladura, vínose abajo con temeroso ruido y quedó pendiente de las jarcias; aflojóse el estay, cayó la vela, y escoró la nave, á punto de rendirse. Sin pérdida de tiempo se puso Pablo á desatar las drizas; pero la balumba de cuerdas y lonas abofeteadas por el vendaval, crujía y aleteaba, como un albatros herido de muerte.

Miraba todo aquello Velasquín, ajeno á los peligros del naufragio, con el hechizo de un pañuelo que viera tremolar allá arriba en la cumbre serrana. Por una especie de telepatía misteriosa, aquel pañuelo, agitado con angustia en las manos de una mujer, dió al mozo alas y bríos, le empujó mar adentro, hacia el abismo traidor.

Oculta estaba la ribera tras el hervor del oleaje; pero las peñas del arrabal, escalando el horizonte obscuro, se dibujaban sobre el fondo gris del cielo con la robusta crudeza de un agua fuerte. Los matices sombríos de la montaña; la recia arquitectura de las rocas; el bajo vuelo de las nubes; el cariz lúgubre del océano, daban la impresión de un lienzo de tragedia, de un crepúsculo universal.

Hay horas en que los hombres más cabales se sienten arrastrados por una fuerza secretísima, invencible, superior á los bríos de la voluntad y la razón; así, Velasquín, el mozo alegre y ligero, movido de extraños resortes, jugaba con la vida y con la muerte, como un sonámbulo. ¿Era la sugestión de aquellos ojos, clavados con ansia en el mar desde la casita blanca y verde? ¿Era el embeleso de aquellas olas, bellas y falaces como los ojos de la mujer?

La furia de un maretazo despertó al joven de su tórpido ensueño; recobró el instinto de la vida, y ordenó á Pablo, que se debatía entre las revueltas jarcias:

—¡Deja eso, deja eso!... ¡Pícalo todo!

Y como Pablo no le oyera con el ruido del mar, abandonó la caña diciendo á grandes voces:

—¡Gobierna tú, gobierna tú!...

Después abalanzóse á proa, con su cuchillo en la mano, para cortar las cuerdas. El marinero llegó al timón, pero antes de coger la caña se atravesó la nave al mar y al viento; hincharonse las velas, y de repente, advirtió Adolfo que el foque grande, que tenía en banda las escotas, se le arrollaba al cuerpo, le envolvía con ímpetu y le arrastraba al abismo. No vió el agua, pero la sintió en las piernas, al través de la lona que le ceñía; después en la cintura, en el pecho, en la boca y en el alma, con una frialdad y una amargura que parecían de otro mar... Quiso defenderse, mover los pies y las manos, dar un grito; pero hallóse mudo, inerme, ciego, cautivo en el abrazo pérfido y suave del lienzo y de las olas, arrastrado entre dos aguas, en desenfrenada carrera, á remolque de la bravía embarcación, como vencido paladín á quien ataran á la cola de su propio corcel.

En vano el marinero rompió en desaladas voces y procuró izar á bordo el peregrino sudario. Ya el pobre Velasquín, en los umbrales de la muerte, veía por última vez, con los ojos del alma, una cumbre negra, un pañuelo blanco, una figura de mujer, y una ola flexible, muelle, acariciadora, que parecía el símbolo y el retrato de aquella mujer... hermosa y pérfida como el mar.