VIII
la lámpara vigilante.—rescoldos de la tragedia.—los dos médicos.—no puede ser...—epílogo á la historia de la «bella durmiente».
Caen los copos de nieve con misteriosa lentitud, en la fría serenidad de la atmósfera, semejantes á lágrimas de los cielos, á vedijas de nube, á pétalos de nardo, vistiendo la tierra de apacible resplandor. Hoces y cuetos, pinos y rocas, ceñidos por el cándido ropaje, pierden la aspereza y rigidez de su color y sus perfiles; sólo la mancha cruda del mar, de un gris metálico, desgarra como una hoja de acero la blandura de los horizontes, y finge un ceño sombrío en el manso cariz de la mañana.
Desde el fondo de su aposento Regina escruta el paisaje con obstinación acerba, y torna á menudo los ojos al saloncito, bañado en el claror de la nieve, mira que te mira, halla en esta luz un tinte lúgubre de mortaja y á la vez una implacable intensidad que alumbra los más ocultos pliegues de la conciencia.
De cuantas sutiles enfermedades adoleció Regina, ninguna fué tan dolorosa como esta que padece al resplandor de la nevada, en la más triste soledad: sufre mareos y náuseas, y tiene delirios como antaño; tan pronto la persiguen aciagas visiones, como yace en sopor febril, entelerida y absorta. Pero al través de los porfiados sueños, lo mismo que en las crisis de agitación, arde en la penumbra de aquella cuita una lámpara vigilante, que muestra las memorias y las sensaciones con rútila verdad. A cada fase de la extraña dolencia, siente Regina en el fondo de su espíritu resplandecer el invisible fulgor, y tirando del crespón sombrío de sus dudas, confirma valerosa:
—Estos son remordimientos.
En la ondulante blancura del arrabal imagina á veces la vela enorme de un balandro monstruo, la trágica vela que envolvió á Velasquín y le meció en las olas hasta ahogarle. En estos minutos de obsesión, para Regina ha naufragado toda la tierra; sólo vive del mundo una líquida llanura sobre la cual flota aquel sudario, resto de la hecatombe... ¡Y cómo finge el mar; qué traidor es! Se está en su sitio, mudo y ceniciento, con traza indiferente, y bajo las espumas de sus crenchas guarda con avaricia despojos de ilusiones, cimientos de hogares... Pensando así, la dama prorrumpe:
—¡Como yo, igual que yo!
Hace de si misma un análisis despiadado; inocente se finge ella también; sola y callada, oculta allí su luto... nadie dirá que empujó á su esposo hacia el peligro, hacia la muerte... nadie supone que bajo el oro de los bucles nievan los remordimientos en la conciencia de la viuda. Pero ella sabe que pronunció unas imprudentes palabras contra la valentía de aquel mozo apasionado y sincero; sabe que le estimuló á un combate inútil, á una lid temeraria y estéril, y se siente culpable de haber arrancado, á traición, las raíces de aquella vida lozana, de haber destruido los cimientos del hogar. Todas las expiaciones le parecen pequeñas para tan graves culpas: que ya la tierra no resucite dentro de su mortaja; que el horizonte semeje, como ahora, la vela de un balandro gigantesco; que siempre el mar escuche, turbio y silencioso, el albo secreto de la nieve, y que la dama rubia viva infeliz años y años, mirando ese paisaje, abriendo su conciencia á esa luz cegadora que la espanta...
—Aún es poco—murmura con ansias de padecer. Y no es que busque la felicidad incomprensible de que le habló Carlota. Está segura de no merecer ningún alivio, ninguna esperanza: sus pesares serán siempre duros, helados, secos; Dios la castiga á sufrir sin llorar; á reconocerse culpable sin emoción, con un sentimiento de justicia, recio y firme, esclarecido por ignoto luminar, sereno y helado como el que reverbera sobre la nieve.
Ya Regina no confunde la maldad con la virtud; ya no fomenta en sus íntimos coloquios la duda de «dónde acaba el bien, y dónde empieza el mal», tópico de que los «amorales» suelen servirse para disculpar sus errores. La clarividencia de la razón empuja hacia la superficie el fondo de bondad de aquel carácter, y Regina tiene ahora grandes repugnancias hacia cuanto no brille limpio y virtuoso, á la vez que se aferra con todas las energías del entendimiento á lo más sano y puro que conoce. De tan profunda transformación dimana el menosprecio que hace de si propia; el afán con que quiere castigarse y padecer, para contribuir al equilibrio de la justicia. Y de la fuerza misteriosa que hay en este humano propósito, la dama colige que sus afanes tienen arraigos de eternidad. ¡Pero la fuente del sentimiento perdura cautiva, acaso negada para siempre al pobre corazón, loco de sed!
En vano Regina pide lágrimas y oraciones para regar los áridos caminos de su arrepentimiento; sufre con los ojos enjutos, con los labios rebeldes á una deprecación que no brota de su alma. Muchas veces recuerda la pesadilla delirante que padeció en Spa, cuando quiso interceder por su hermano y se le negó á ello el corazón; mas, al fin, arrodillóse la colosal cabeza de aquel sueño, y oró la niña visionaria y dichosa. De semejante deliquio se reanimó la viajera rubia, sonriente y despreocupada, mientras que hoy, la mujer que padece y busca, sabe que está despierta y se reconoce acreedora al castigo de no encontrar los dulces manantiales de la oración y el llanto.
—La que ambicionó entender alegrías y dolores, y quiso gustar la vida sólo con la inteligencia, está bien condenada á no sentir—murmura la señora.
Conoce que se ha fabricado el propio suplicio; ella cegó con hielo de sofismas y argucias las fuentes redentoras de su alma; ¡por eso la luz que se hace en su razón alumbra un páramo de nieve!
Anonadada la infeliz, se humilla á los consejos del sacerdote, del viejo y buen amigo que no abandona á su triste feligresa. Y aquel salón minúsculo, cerrado á la batalla de reconquista que el señorío de Torremar intentó con pretextos de pésame, se abre á don Amador, y se puebla de murmullos piadosos casi todas las tardes...
No necesita el sacerdote preguntar hoy cómo sigue su enferma; pulsa con una mirada el sediento corazón que se asoma á los ojos de la joven, y se duele:
—¡Estás lo mismo!
—Siempre estaré así...
—Siempre, no. Dios te acendra, porque te elige y te destina sus divinos consuelos... ¿Lo dudas?—añade el apóstol, ante la incertidumbre de la dama.
—No lo puedo creer—responde ella con desconsolada sinceridad.
—Pero, ¿quieres creerlo?
—¡Oh, sí!
—Eso basta, por ahora, hija mía, eso basta; no te desanimes. Ten fe... siquiera en tus nobles deseos de sentir y de amar... Ten esperanza en tus altos propósitos...
Regina baja la frente suspirando.
—Reza con humildad—continúa don Amador.
—Es que no puedo.
También el sacerdote inclina la cabeza, y tras una pausa, dice:
—Aunque sólo sea con los labios, reza, hija mía.
—¿Y será eficaz?...
—Muy eficaz, por ahora—repite el cura.
Ella quiere alentarse; alza los ojos con un giro de confianza, y toda la crudeza del horizonte se le mete en el corazón. Viéndola tan abatida, el párroco le ofrece:
—¿Quieres que yo te guíe?
La viuda dice al punto que sí. Y repite como un eco las jaculatorias breves y dulces que el anciano recita con mucha suavidad, según conviene al espíritu vibrante de la enferma. Cuando se deshace aquel grupo conmovedor, tiene el sacerdote los ojos llenos de lágrimas, y los de Regina quieren sonreir con gratitud.
Sin miedo al temporal, ofrece el cura volver pronto y se despide conmovido, lleno de lástima. Detrás de los cristales la señora le ve marchar: camina con torpeza sobre la nieve; el manteo flota mecido por un aire de nevasca, sutil y asolador, y produce rumores sordos, como de alas ó de velamen, hasta que ya los pasos del apóstol se extinguen con aterciopelada blandura en el paisaje raso y tupido...
Llegando la noche, Regina se sintió más cansada que de costumbre; cansada de la taciturna quietud de sus meditaciones y tristezas. Ya al caer la tarde le acosó á la dama un desfallecimiento profundo; y las tres mujeres que la sirven y la miman, llenas de piedad y cariño, reconociéronse inútiles para darle ánimos.
Dolores, tan penetrada como Eugenia de aquella punzante desventura, huye del cuarto de la señora con delicado escrúpulo de misericordia, como si le alcanzara un asomo de culpa en aquel duelo inconsolable.
El hecho de que Pablo, con toda su intrepidez y adhesión no lograra salvar al señorito, colocó á la pobre familia del marinero en un doble caso de pesadumbre. Desde el juez, que oyó las declaraciones del único tripulante del Reina y hasta el hermano de la víctima y la propia viuda, todos hallaron verosímil y sincero el relato lamentable; todos sabían que aquel rudo y valiente mozo trajo con Velasquín, entre la vela del yate, amortajados para siempre, su bravo orgullo de hombre de mar y su confianza en el destino.
El desconsuelo de Pablo era conmovedor. Se arrepentía con obstinada queja:
—¿Por qué le obedecí? ¿Por qué salimos solos, si era una locura?—Lloraba como un niño, y por primera vez en su vida tuvo fiebre y necesitó guardar cama. Apenas hizo entrega en el muelle de su triste cargamento, hurtándose á los brazos de su madre y á las preguntas tumultuosas del vecindario, corrió á buscar un rincón en la casucha de un camarada y escondióse, hosco y rendido, luchando muchos días con la calentura y con la pena. Cuando su robustez venció aquel violento desequilibrio nervioso, fué imposible convencerle de que volviera á casa de Regina.
—¿Para qué?—preguntó.—En el jardín no me necesitan ahora; en el mar tampoco... ¡No hago falta, no hago falta!...—repetía consternado. Por fin acudió obediente al llamamiento doloroso de la señorita. Ella quiso verle para identificarse más con la terrible aventura, escuchándola de su único testigo: anheló conocer todos los pormenores de la catástrofe para reconstruir en su imaginación el cuadro siniestro y guardarle esculpido en la conciencia, como perenne acusación contra si misma.
Al entrar Pablo en la estancia, empujado por su madre, le tendió sus dos manos la señora; y el pobre marinero, tan tímido otras veces, halló en su propia emoción una hermosa actitud de humildad y de elocuencia; cayó de rodillas delante de la viuda murmurando:
—¡No le pude salvar ni á costa de mi vida! ¡Lo juro... lo juro!...—Chispeaba el sudor de la angustia en su frente morena, y todo el cuerpo juvenil se remecía con el ímpetu de la devota confesión.
Eugenia y Marta lloraron en silencio; y Dolores, al otro lado del dintel, rompió en sollozos amarguísimos ante un dolor tan semejante al que ella memoraba toda la vida. Propensa al llanto, con esa blandura propia de las almas sensibles, no comprendía la infeliz mujer cómo aquella otra viuda, al borde mismo de la cruel desgracia, devoraba su quebranto con los ojos ardientes y los labios mudos, sin una lágrima ni una queja.
Así estaba Regina. Hizo á Pablo sentarse al lado suyo, preguntándole con prisas febriles todos los detalles del dramático suceso; y al cabo de la triste relación, mostróse muy afable con el mozo, instándole á continuar en la casa, tal vez con el secreto designio de que su presencia quedase allí á manera de clavo, fija y traspasadora, en un arrepentimiento siempre agudo. Pero el muchacho logró evadirse:
—No, no; se me hace «de mal»,—afirmó—me da en cara, señorita; más «alante», si es caso, volveré.
Y salió pesaroso, quebrantado, como si hubiera corrido otra borrasca.
Con aquella misma expresión de cortedad evitaba Dolores, en lo posible, encontrarse con la señora; parecíale que en los ojos, aun al través de lágrimas, le veía ella lucir el júbilo de que Pablo viviese; y olvidando, humilde y generosa, que también el mar la había hecho viuda, imaginaba que el resplandor de su alegría de madre era hostil al pesar de la joven. Así los suspiros y los rezos de la buena mujer rondaban en torno del aposento de Regina, como un tímido homenaje de gratitud y de fervor en tanto que Eugenia y Marta pretendían acompañarla y distraerla.
Pero hay tales inquietudes en sus esfuerzos, y se las ve tan desanimadas y confusas, que Regina recuerda, involuntariamente, la época de su desamparo y soledad, entre un niño moribundo y una mujer aturdida, allá en playas remotas...
Esta misma noche, las dos enfermeras se anonadan y confunden ante el decaimiento de la dama; van y vienen á su lado, torpes y afligidas, sin atinar con un buen remedio.
Eugenia se enjuga los ojos por los rincones, con disimulo pueril: ¿Irá á morirse también su Regina, lo que más ama en el mundo? La adicta servidora ha visto doblarse á su alrededor tantas juventudes, que una desconfianza profunda le hace temblar. A este punto, por los resquicios de los balcones se desliza una imperiosa ráfaga de viento, y el ludir de algunas puertas produce medrosa resonancia, como si por la casita montés, arrebujada en la nieve, atravesare un soplo de espanto.
Hace Marta, temblorosa, la señal de la cruz, Dolores se apresura á revisar fallebas y cerrojos; y trata de serenarse Eugenia, respondiendo á la muda interrogación de Regina:
—Saltó el ábrego... Así desnevará primero...
Aquella noticia no le interesa mucho á la señora, que se quiere acostar, débil y mareada. En tanto que la desnuda, al borde del tibio lecho, preparado con solicitud, Eugenia exclama confidencialmente:
—¡Si fuera verdad lo que don Fermín supone!...
Regina se sobresalta un instante, y murmura incrédula:
—Le engañan sus deseos, como á ti.
—Pues tiene muy buen ojo y dicen que nunca se equivoca.
—No es infalible... Yo no espero nada.
—¿Por qué, criatura?... Ya ves que los síntomas...
—Pueden obedecer á otras alteraciones de salud... Acuérdate de Spa y de Ensenada. El mismo don Fermín cuenta que es muy obscuro ese primer período... Nada espero—repite—. Y se encoge, tiritando de frío, en el confortable refugio de su cama de nogal, viejo mueble que fué tálamo de varias generaciones; que sabe de lágrimas y de suspiros; de ansias virginales y de insomnios dolientes; de vidas que surgen y de existencias que agonizan... Hoy le toca sufrir el temblor de un cuerpo joven y hermoso, cárcel de un alma toda luz y hielo; toda conciencia y quebranto...
Crece la noche y desfilan una vez más por la memoria de la viuda los acontecimientos de los treinta días horribles transcurridos desde la tragedia: allí está palpitante, la mortal inquietud de aquellas horas, cuando primero vió á Velasquín errar por la marina, solitario y tenaz, como atraído por las espumas y los clamores de la marejada, y á poco le descubrió en el Reina, solo con Pablo, en desatinada aventura; después, la espera congojosa junto al balcón, atalayando el horizonte hasta que aparece el yate á la vista, desmantelado y á remolque de un vaporcito en demanda del puerto; casi en seguida Timonel, que llega sin saber lo que dice; semblantes que gesticulan en el arrabal; Dolores que vuelve riendo y llorando y que á las preguntas locas de Regina responde al fin:
—El señorito Adolfo... viene herido...
Trata la esposa de correr al encuentro de aquella desgracia y la detienen; la empujan hacia su habitación, donde no escuche las voces de la calle: aterrada, inquiere, suplica la verdad del siniestro, y el espanto de todas las caras le responde... De pronto entra Manuel, blanco, transido, y en impulso fraternal y conmovedor, ofrece los brazos á la viuda. Pero ella, con la arrogancia heroica de quien se confiesa públicamente, grita:
—No; no me toques. Yo tuve la culpa de su muerte: le llamé cobarde y arrostró el peligro para probar que no lo era... ¡Yo tengo la culpa!...
Todos creyeron que el dolor la extraviaba; pero Manuel la miró á los ojos fijamente y huyó sin volver la cabeza... El fúnebre cortejo que subía hacia el arrabal cambió entonces de rumbo y descendió al valle... No protestó Regina de que le arrebataran los despojos de su marido, porque se consideró indigna de hospedarlos: cerró su casa á las importunas curiosidades de Torremar; abrió su espíritu á las voces de la conciencia y quedó escuchando la posa de muerte que durante nueve días rodó sobre la población en frecuentes lamentos.
Cuando llamaron á don Fermín, creyendo muy enferma á la joven, ya don Amador ofrecía su asistencia piadosa, sin que le llamaran. Ambos fueron recibidos en calidad de médicos, sin ilusiones pero sumisamente; y ambos aplicaron sus medicinas con misericordia y ternura sobre el alma y el cuerpo de la infeliz. Mientras el sacerdote procuraba reanimar aquel espíritu helado, recetaba el doctor pócimas calmantes y repetía un augurio muy dulce al oído de la mujer. Ya otra dos veces en aquella última temporada y respondiendo á las consultas de Adolfo, don Fermín calificó de síntomas de embarazo las rarezas observadas en Regina; su propensión á dormirse; sus disparatados sueños; y aquella actitud de sonambulismo que al esposo alarmaba tanto. Pero la dama encogía los hombros, en la crisis profunda de su indiferencia, diciendo vagamente:
—No puede ser.
Y al sentir de nuevo el roce balsámico de aquella esperanza, consciente ahora, segura de no merecerla, repite:
—No puede ser.
Mas don Fermín, en su reciente visita, ha insistido sobre este punto, casi con certidumbre, anunciando gravemente:
—Volveré un día de éstos y saldremos de dudas.
Un escalofrío de sagrados temores estremece á Regina cuando recuerda que el plazo va á cumplirse, y que su destino está pendiente de las palabras que el médico pronuncie. Pues aunque echó la muchacha la llave á todas sus ambiciones, como un castigo que se impuso, la profesía consoladora filtra en aquel espíritu desierto un blando soplo de ilusión, igual que el ábrego reinante introduce por hendeduras de las puertas sus audaces silbidos y sus rachas impetuosas...
En el insomnio de Regina hay esta noche un tumulto de imágenes. El cuerpo gentil que tiembla en la cama de nogal, está agitado por la fusta de muy distintas memorias... Al romper la mañana debe celebrarse, en la capilla de los Velascos, el casamiento de Ana María y Manuel; silencioso y triste como el que antaño se celebró en la parroquia; también ha de oficiar don Amador emocionado, y han de servir de padrinos una llorosa dama y un caballero melancólico; también en la penumbra una mujer llorará, de hinojos... Pero los desposados que se arrodillen entre doña Mercedes y Carlitos, los novios de esta otra mañana decembrina, van á recibir un sacramento con la frente serena y los corazones henchidos de piedad y de amor: la sublime locura de la Bella durmiente, contenida en íntimos sollozos, será ejemplo admirable de celsitud y sacrificio, allí donde la novia de Gabriel hubiera lamentado á voces su frustrada felicidad. Y si otros pesares menos ocultos enlutan el recinto y mojan de lágrimas las oraciones de la boda... bien sabe Regina quién los ha provocado, y en qué pecho repercuten con gritos de expiación. El matrimonio, en apariencia semejante al que la dama rubia conmemora en cruel aniversario, sabe ella que es en el fondo muy distinto del suyo, y admira con humildad sus nobles fundamentos: quiere Carlota partir con su hijo para consagrarse á levantar el vuelo de aquel mustio corazón, en saludable mudanza de horizontes; pero antes paga sus deudas de gratitud á la ilustre familia de Velasco y ofrece á su hija la ventura, con suprema generosidad, empujándola hacia el palacio del valle, donde siembre sonrisas y consolaciones sobre la memoria de Velasquín; consiente Manuel, devoto cumplidor de sus palabras y preclaro artífice de bellas obras, y doña Mercedes abre sus brazos temblorosos para abrazarse al «hada del Robledo» como á un providencial refugio... Peregrinos y claros le parecen á Regina estos propósitos que apenas trascienden, ocultos con humilde cautela, bajo la capa misteriosa del destino. Se tiñen de rubor las mejillas de la joven al recordar que pudo confundir lo malo con lo bueno; los intentos obscuros y egoístas, con los altos y hermosos ideales. En las rutas determinadas y frías de aquella alma, ya todos los rincones están llenos de luz; y hasta la mariposa vacilante, pálida como un cirio, que alumbra el aposento de Regina, adquiere una potencia singular á esta hora de confusiones y de fantasmas, esclareciendo la vida entera de la dama rubia.