I
Fuera del radio de la villa, huyendo hacia la hoz, la casa de Ensalmo señoreaba el valle montañés, un valle triste y hermoso, acosado por nieblas y montes, cruzado por el ferrocarril en trágica senda lograda entre abismos y torrentes, que más parece alarde fantástico de la imaginación que obra posible de ingeniería.
La población histórica y blasonada que llama suyo á este valle, quédase á lo lejos tendida en más llano y espacioso terreno, con cimera de torres y de cruces que en conventos y torres gallardean, dándole al pueblo un carácter fuerte y vetusto, con algo de austeridad y mucho de altivez clásica.
Esta villa ilustre que vejeta orgullosa de sus recuerdos, ufana de sus escudos y blasones, nada quiso con el ferrocarril pregonero de modernas industrias, y bien hallada con su quieta vida de antaño, le vió pasar á la distancia sin importársele un ardite sus humos y sus silbidos, mirándole de soslayo, con grave ceño, zigzaguear por las montañas como un monstruo fugitivo que no hallase la salida en la cántabra cordillera.
Semejante á las que en la villa dormían solitarias esperando algún fugaz veraneo de señores caprichosos, la casa de María daba la impresión de haberse escapado del poblado recinto, curiosa de ver el tren, de atisbar la carretera ó de asomarse al Besaya en sus cauces tormentosos.
El azar ó el orgullo la pusieron como reina en el medio del valle, y en su clase de solariega fué conocida en la comarca con el nombre pomposo de «el palacio de arriba». Era antigua y severa como casona hidalga, con muros de avellanadas piedras, robusta puerta de toscos herrajes, grandes y recios balcones, volados aleros llenos de nidos de golondrinas, blasón raído por la lluvia y comido por el musgo, ancho zaguán y altiva portalada. En los callados aposentos del edificio flotaba el gran espíritu de antaño, ese aroma del tiempo que perdura en los vetustos muebles y en los gastados artesones como el soplo inmaterial de un alma. Y aderezando aquellas estancias silenciosas, mueblaje escaso y macizo de venerables tallas y oscuro color; antiguos cueros y sedas marchitas; lienzos crepusculares donde emergían un rostro pálido, unos ojos ardientes, una mano aristocrática; amén de muchos libros en pergamino, algunas armas ociosas, y viejos paramentos apolillados por cuyos desgarrones asomaban los hierros de un cofre ó los marfiles de un bargueño.
A esta grave mansión le hacían la corte, puestas á respetuosa distancia, algunas viviendas labradoras, y como dama de honor la acompañaba, muchos años hacía, una casita burguesa cuyo jardín mediaba con el parque de Ensalmo por un florido lindero. Era esta casa la única hacienda que Diego Villamor había podido salvar de las voraces manos de su esposa.
Por casualidad ó premeditación, las dos familias á quienes el campo separaba con una linde en flor, llegaron á la Montaña con pocas horas de diferencia, y desde luego los niños iniciaron tan íntimas y dulces relaciones, que el trato entre ambos matrimonios quedó abierto bajo los mejores auspicios. Eva lo procuraba así. Gracián, por su parte, apercibióse á conquistar la voluntad de Diego, que nunca muy cordial se la mostrara; y con la frecuencia de sus visitas é invitaciones, se manifestó con los de Villamor solícito y amable en alto grado.
Pero este vulgar sistema de congraciar al marido cuya mujer se persigue, pudo Gracián ponerle en juego muy pocos días, porque fué el caso singular que, estando Diego avaricioso de su amada tierra y contento con ver mejor que nunca al niño, dijo de pronto que tenía que volverse á Madrid inmediatamente. Dispuso su maleta, y tomó el tren en la estación que distaba un kilómetro apenas de la finca.
¿Por qué Diego se alejaba de aquel modo inesperado y brusco?... Iba conmovido, agitado, ¿qué fuerza le ahuyentaba?
Que eran celos creyó Eva, feliz con inspirarlos y orgullosa.
Gracián supuso que era una atroz cobardía de rival, abandonando la plaza apenas descubierto un enemigo formidable.
Algo decayó entonces su interés en conquistar á Eva, viéndose incapacitado en el papel del «amigo traidor»; que aunque la hazaña no era nueva ni airosa, á Gracián le sedujo como aventura jamás llevada á cabo, porque tal vez ni en lances amorosos ni en otras lides, fuése el portento aquel más que «un pobre hombre», afortunada parodia de Rostchild y Don Juan.