XXI

En este punto embarazoso de la visita, Gracián se hizo anunciar discretamente, y á poco entró en la estancia con un feliz gesto de vanidad y triunfo.

Tomó entonces la conversación giros alegres, y recayó en el próximo viaje de ambas familias á un mismo pueblo montañés.

—Pueblo de pesca—exclamó Gracián, festivo—; yo creo, señoras, que debemos tomarle á pequeñas dosis, en clase de medicina corporal, pero con precaución, para que el ánimo quede ileso de nostalgias y enfermizos decaimientos... Debemos ir con frecuencia á la playa de la ciudad, que va á estar muy animada, según mis noticias.

—Yo estoy invitada en Las Palmeras con mucho empeño—dijo la de Villamor, y dirigiéndose á María, que permanecía silenciosa, añadió:—Tú irás también.

—No le tengo cariño á aquella casa—respondió, la señora con un tono muy desusado en ella.

Eva, con intención astuta, se apresuró á decir:

—Creí que guardaría para ti adorables recuerdos...

Y dirigió á Gracián una mirada, viva y fugaz, como estival relámpago.

Después continuó hablando con su amiga:

—¿No estás con tus tíos en buenas relaciones?

—Ni buenas, ni malas... Siempre les he querido poco.

—Pues á ti bien te quieren.

—Me quiere Rafael.

—¿Y eres ingrata?—interrogó, muerta de risa, Eva.

Sin alterarse ni dejar de mirar atentamente la punta fina de su bota imperial, María dijo:

—No soy ingrata, que también le quiero yo.

—Ya lo oye usted, Gracián—exclamó Eva, un poquito burlona.

Y éste, con sorna, aseguró riendo:

—Me está dando un cuidado terrible esa noticia.

Indiferente á estas bromas punzantes, la dama rubia seguía contemplando con suma atención sus botitas menudas, y Eva, picada por aquella actitud y aquel mutismo, dijo de pronto, con penetrante acento:

—Pues yo iré á divertirme á Las Palmeras si el niño sigue bien.

Y se levantó para marcharse.

—Procuraremos que se divierta usted—repuso con intención Gracián.

Y, muy galante, quiso acompañarla, porque era ya de noche, y una mujer bonita, sola por la calle en Madrid...

Aceptó Eva sin excusa la interesada oferta, y entonces á María se le ocurrió decir:

—También va á Las Palmeras Casilda Manrique.

La miró Gracián con fijeza y encono, replicando:

—Y hará una excursión á tu casa del valle; en honor suyo daremos una fiesta.

La de Villamor, poco enterada de mundanas intrigas en aquel tiempo, sintióse llena de curiosidad por descubrir aquélla, cuyo velo se alzaba casualmente ante sus ojos.

María la preguntó, sin contestarle nada á su marido:

—¿Qué título le pone á su novela Diego?

—Uno muy triste: Caminos de dolor...

Ya en el vestíbulo, Rosita, un poco pálida, le presentó el sombrero al señorito y abrió la rica puerta de bisagras de bronce y esmerilados cristales.

Extremando los cumplidos con Eva, se la llevó del brazo el caballero. Bajaban la elegante escalera muy alegres, en ovante coloquio; y sola en su cuarto, María se acercó á la ventana abierta sobre un breve jardín lleno de flores, y alzó al cielo los ojos, murmurando:

—¡Caminos de dolor... crueles caminos!

LIBRO TERCERO
EL HIERRO DEL ESCLAVO