XX
Llegó junio caballero, muy sofocado, pleno de alegría. Las familias veraneantes prodigaban sus visitas ó tarjetas despidiéndose de los amigos.
También Eva salió á sus despedidas, con un traje flamante, muy bonito; era de tonos claros y en las mangas y el escote llevaba guarniciones transparentes; el sombrero, jovial y gracioso, adornado con flores y cerezas, tendía sus alas con misterio sobre el bello semblante de la dama, y una sonrisa alegre, mucho tiempo extinguida en aquel rostro, le daba ahora más encanto y realce.
Hizo varias visitas, aquel día, y, después de algunas vacilaciones, ya casi anocheciendo, fué á despedirse de María Ensalmo.
Encontró á la puerta del hotel el coche en que María regresaba de paseo con Lali; pero Eva no se turbó, humillada y molesta como otras veces por el boato de su amiga, sino que, con mucho agrado y libertad, la saludó y besó á la nena.
Un poco recelosa se retrajo la niña hacia su madre, y ésta disimuló un movimiento de extrañeza viendo á la de Villamor tan solícita y engalanada.
Juntas subieron la alfombrada escalera de mármol orillada de palmeras frondosas, y cruzando un vestíbulo de lujoso paramento, entraron en la elegantísima pieza donde la señora de la casa solía recibir.
Desde su postrera visita, ya lejana, halló Eva en aquel recinto artísticas novedades; pero no puso en ellas con envidia los ojos, sino que las contemplaba con delectación, tal como si de ellas se adueñase ó se estuviese recreando en el propósito de adquirir unas preciosidades parecidas.
Entretanto, María buscaba mentalmente los motivos de la mudanza de Eva, y sin dar con ellos, la oyó decir:
—Quería darte las gracias por tus atenciones antes de marchar, y anunciarte que vamos á ser vecinas este verano; yo también voy á la Montaña, por fin. A Diego parece que se le van arreglando sus asuntos, y como los médicos dicen que es indispensable llevar al niño al campo, ya lo tenemos todo dispuesto para salir de aquí antes que arrecie el calor...
—Entonces, ¿ya Diego no se embarca?—interrumpió María alegremente.
Y Eva se apresuró á decir:
—Sí, sí; está decidido á emprender el viaje, pero aguarda que se reponga el nene.
Se quedaron silenciosas las dos, y Lali, que ceñía con un bracito el cuello de su madre, preguntó con mucho interés:
—¿Va Tristanito al pueblo, á la casa aquella que está cerrada siempre?
—Sí, preciosa; vais á estar muy cerquita; los jardines lindan por una tapia de madreselva y boj—le replicó María.
—Ya, ya me acuerdo; es por aquel lado donde tú dices que siendo chiquitina jugabas mucho... ¡qué contenta estoy! Me asomaré á llamar á Tristanito entre las flores...
Cortó la niña su gozoso discurso como si un repentino temor le acometiese, y, con viveza encantadora, se acercó á Eva, afirmando:
—Yo no tiré á Tristán aquella tarde...
—No, hija mía—repuso la señora sonriente—, él sólo se cayó, porque es muy torpe, y á ti el susto te hizo llorar, ¡pobrecita!...
Y muy halagadora la dió un beso. Luego dijo, teniéndola abrazada:
—Allí, en la aldea, jugaréis libremente el día entero. Tristán te quiere mucho.
Alegre la chiquilla, se soltó de los brazos de la dama exclamando:
—Ahora mismo se lo voy á contar á doña Cándida y á Rosa.
Y batiendo palmas corrió fuera del camarín.
—Ya sé—dijo María—que en el Retiro los niños suelen verse, y que el tuyo se cayó la otra tarde... ¿Se hizo daño?
—Nada, mujer; pero como está delicado y mimoso, llora por cualquiera cosita... Tu nena se asustó. Los dos se quieren mucho.
—Cierto. Lali habla constantemente de tu niño... Y, díme, Eva: ¿no puedes evitar que Diego marche?
—No lo intento siquiera; es su deber probar todos los medios de salir adelante con la vida... Ya es hora que le cumpla.
—Pero dicen que ha escrito una novela magistral, digna hermana de aquella que le dió tanto renombre. La publicación de esa obra sería para tu marido la consagración definitiva de su fama de literato, y pudiera en España...
—La literatura se paga en América mucho mejor que aquí. Ya ves cómo otros escritores de prestigio emigran también.
—Sí; sobre todo á la Argentina; pero van muchos en viaje de exploración para hacer propaganda de sus obras con el pretexto simpático de las conferencias internacionales... Preparan su mercado, conquistan un público y se vuelven á su tierra.
—Pero mi marido no está en situación de hacer excursiones artísticas que cuestan mucho dinero. Él fijará allí su residencia para trabajar.
—¡Pobre Diego!—murmuró María con acento levísimo.
Eva no había oído esta exclamación, ó fingió no escucharla. Con serenidad y reposo continuó diciendo:
—Algunos españoles, compañeros suyos, residen allá, le animan y le facilitan el viaje. No todos los artistas nuestros que han cruzado los mares vuelven tan pronto como tú supones... y Diego va para quedarse.
Indiferente, al parecer, preguntó María:
—¿Lleva mucho bagaje literario?
—Poca cosa... La novela, ya vendida, y un librito de versos.
—Serán muy hermosos—aseguró con devoción la dama rubia.
—No sé, porque á mi la poseía me causa tedio, en rimas, en paisajes y en amores.
—Yo, siendo de buena ley, la adoro en todas las formas.
—Pues yo—añadió Eva con desdén—estoy por lo positivo. No creo que las ilusiones, las quimeras y las sensiblerías puedan darnos la felicidad.
Con sosiego de meditación ó de plegaria, María murmuró:
—Acaso la felicidad es una quimera, acaso la ilusión es lo único cierto de la vida.
—Tú eres romántica; hubieras hecho con mi marido una buena pareja... En algún tiempo te hizo la corte; aun guarda muchos versos dedicados á ti.
Eva no advirtió que su amiga estaba un poco emocionada, porque se entretuvo pensando que de veras María y Diego se completaban mucho, y ella en cambio...
Paseó por el gabinete una mirada codiciosa, y en la sima profunda de sus ojos brilló una centella de perversidad. Lanzando á la conversación, sin cuidado ninguno, el nombre que tenía en los labios, preguntó:
—Y Gracián, ¿cuándo marcha á ese largo viaje al extranjero?
—Le ha suspendido para el otoño; dice que está cansado y va á pasar el verano en el campo con nosotros... Hará excursiones frecuentes á la ciudad y visitas á Las Palmeras para no aburrirse tanto.
—La aldea es una cosa muy aburrida y triste.
—Así dice Gracián...
—La otra tarde le he visto en el Retiro con la niña.
—Nunca sale con ella; solamente esa tarde que dices fué á llevarla en busca de Tristán. Lali me dijo...
Un poco acelerada, á pesar suyo. Eva atajó las palabras de su amiga para explicarle su encuentro con Gracián y su detenida plática en el complaciente rincón del parque, suponiendo que la niña hubiese contado todos los detalles de la entrevista.
Pero Lali, sin malicia ninguna y atenta á sus antojos infantiles, refirió únicamente que ella misma le suplicó á su padre que la llevara al sitio donde otras veces encontraban á Tristán.
Y así, fué tan ociosa la explicación de Eva, que María, mirándola en silencio, sintió crecer la turbación extraña que en su espíritu dejaba siempre el trato con aquella mujer incomprensible.