III

Horas intensas y milagrosas fueron para María las que siguieron á su «cita de amor» con el poeta.

Toda la noche la pasó celando sus sentimientos, en desafío con una tormenta de impresiones, bajo la cual temblaban su conciencia y su corazón.

Sola en su estancia, sola en su lecho, con los ojos cerrados y el alma abierta, sintióse desfallecer de miedo y de felicidad. Era al principio su miedo oscuro y silencioso, sin voz y sin imagen, un pavor inconsciente, con sensación de vértigo; y su felicidad era precisa y luminosa, era un halago desconocido y puro, que la mecía como en una hamaca y la cantaba con la voz de Diego romances deliciosos, colmados de promesas y glorias y alegrías. En su espíritu diáfano aquella dicha nueva y potente no podía quedar indefinida ni confusa, y así al nacer ya tuvo un nombre, una forma y hasta un destino; fué la realización de sus callados anhelos, el sazonado fruto de su corazón, cultivado en secreta vida de arte espiritual, la recompensa de sus inmerecidos padeceres. Fué el amor con toda su fuerza, con toda su hermosura; pero ¡ay!, que desde la celsitud de este amor pleno, el vértigo agitaba sobre María sus alas amenazadoras con un pánico soplo de exterminio... Enemiga de las sombras, diestra en luchar con los fantasmas de la imaginación, esforzábase ella en descubrir la traza y origen de aquel miedo, que la hacía temblar, como una hoja, en la altura sublime de la felicidad. Miraba en torno, y una luz celeste bañaba su conciencia y su corazón, ¡corazón y conciencia que temblaban en el baño de luz!... Aquel terror funesto, ¿de dónde venía? La atracción del abismo le dió á la enamorada la respuesta. Venía de la tierra, de lo humano... El peligro era cierto, la amenaza inexorable... ¿Que cómo se llamaba aquel peligro?... No lo supo María; ¿pecado?, ¿deshonor?, ¿traición?... No atinó con el nombre, pero lo mismo daba; cualquiera de aquellas cosas tristes, todas juntas acaso; el espíritu escudriñador y noble sólo encontró la boca del abismo, el lugar oscuro de donde emergía la trágica sentencia... ¿De quién era la voz que sentenciaba contra la inocente pasión recién nacida? Era una voz oculta, atrayente y fatal; voz sorda y varia, que tan pronto parecía gemir sumisa y feble como ronca gritar con acentos brutales. Atento, muy atento el oído, María escuchó la voz amenazante, fijos los ojos en el secreto arcano donde echa sus raíces el dolor; y acertó quién hablaba con voces poderosas y altivas, con roncos gritos y gemidos truncados; era la vida, la naturaleza, cuanto hay en la criatura de miserable y perecedero...

¡Noche trágica y grande! Toda entera la vivió María en lucha denodada entre luz y tinieblas, triunfando en el placer más exquisito al borde de una sima de llanto.

Ni una duda, ni una confusión, dejaron su huella sombría en el drama silencioso de aquella mujer. Ningún mal artificio la envolvió en sus lazos engañosos, que ella salió valiente á encontrar los riesgos de su pasión y de su dicha. Segura de que en el amor no se vive sin dolores, escogió de éstos los más puros, y sobre la santa desgarradora de su carne joven y hermosa señaló á su corazón un camino blanco y triste, una alta senda de sacrificios y renunciamientos.

Guardaría su amor como una joya espiritual, en avaro secreto, todo para ella, ¿qué otra cosa más suya, más eternamente suya que aquel fuego sagrado encendido en su corazón?... Así oculto el tesoro, nadie se le podría dañar ni perseguir, y aposentaría en su pecho, hasta la muerte, aquella gran tristeza, llena de extraña dicha...

Alboreciendo ya, por el balcón entreabierto al aire libre de la sierra, penetró la claridad, tímidamente, en el hondo aposento de María.

Del huerto y de las campas la ofrenda del aroma se deslizó también hasta el dormitorio, y adquirió la beatitud de la alborada una inocente expresión de plegaria infantil.

Por cumbres y veredas montaraces las esquilas sonoras del ganado dejaban una estela de vida brava y saludable.

La campanita aguda de la Virgen del Camino tocó el Angelus, y la mañana, desembozándose sobre la vega en lánguido desperezo, quedó mecida en un místico acento de oración.

Rezó María al son de la campana, incorporada en su lecho, con las rubias trenzas flotantes y la mirada llorosa.

Su ruego, triste y dulce, tenía arrullo de lágrimas, fervores de alabanza y de resignación, cálidos tonos de jurada promesa. Apenas le pronunció, el gozo de la paz descendió sobre ella y su alma, sana y fuerte, se apacentó á la luz de un divino consuelo.