IV

Alto el sol en los cielos, sintió María en sus manos, tendidas sobre la colcha, unos besos muy dulces y mimosos. Despertó sobresaltada... Le tembló en los labios un nombre, en pugna entre el sueño y la realidad; y, ruborizada, toda estremecida, miró alrededor. Los besos eran de Lali, que la contemplaba sonriente, en una larga caricia de sus ojos dorados.

—¡Hija mía!—murmuraron los labios temblorosos, y Lali quedó envuelta en abrazo frenético.

Sorprendida la nena por la vehemencia de aquel abrazo, preguntó:

—¿Me quieres más que ayer?

—Siempre más, ángel mío... ¡Si tú supieras cuánto!...

Abrió la niña anchamente los ojos, con gentil mueca de placer, diciendo:

—¡Qué gusto que me quieras así!

Besó otra vez las manos de su madre, trémulas todavía, y alzando sobre ella un dedito muy mono y chiquitín, la riñó:

—¡Dormilona; son las once del día, y tú en la cama!

Corrió al balcón entornado, y abriéndole, traviesa, el cuarto se llenó con sol de cielo y con sol de los ojos de la niña...

En la región abrupta de Cantabria el gozo del verano, breve y único en la naturaleza, se viste de alegría salvaje que arrebata y conmueve, por lo extraña en un país donde, igual que las almas, valles, montes y cielos tienen siempre un halo de pesadumbre, una luz de crepúsculo y ensueño que parece trenzada con lágrimas y nieblas por el ángel de la melancolía. ¡Y hasta en el pleno triunfo del estío, con el atardecer y la alborada, la cántabra tristeza se estremece en los paisajes y los corazones!

Nimbó á María el esplendor de julio radiando en su aposento, y poseída del inmenso alborozo de la hora, sintió que su existencia se llenaba de sol.

La pareció la vida nueva, dorada y sonriente como las pupilas de Lali; el valle era distinto, un valle de leyenda y fantasía, quimérico lugar donde las más acariciadas ilusiones tomaban forma y nombre en realidades llenas de poesía y sentimiento...

Tan bella como nunca, con fulgores de pasión y de heroísmo en el semblante, acudió María, horas después, al proyectado paseo de la jornada.

La víspera habían convenido Diego y Gracián en ir hacia Reinosa, por las hoces, que Eva no conocía.

Salieron á las cinco de la tarde, cuando ya en el hondo camino que iban á seguir había caído la sombra huraña de la cordillera.

En un grupo amistoso iban los cuatro, y hubiérase podido suponer que la dama morena y el galán caballero que la codiciaba, se divertían audazmente á costa de la señora rubia y el poeta, á juzgar por algunas miradas y sonrisas, algunas frases dobles y mordientes, saturadas de malicia y desdén.

Pero difícil era imaginar que detrás de la apariencia inofensiva de los don burlados, palpitaba una historia de gallardo amor, que era el tremendo desquite, la venganza providencial y magnífica de aquel mezquino antojo de Gracián y aquella loca vanidad de Eva.

Percatados de la mundana broma de que eran objeto, Diego y María saboreaban el encanto sutil de tener en sus manos el castigo de aquella burla tan vulgar y frívola; porque la posesión de la venganza que no se ha buscado ni se realiza, es un fino placer que no desdeñan los más delicados temperamentos... Grano de sal ática y sabrosa que sazona la vida, ¿á qué espíritu luchador y noble le habrá sido extraño?; en la eterna farándula del mundo su sabor agridulce pone siempre una amarga sonrisa de escepticismo, una mueca de piadosa ironía en las más bellas almas, bajo los apacibles antifaces...

Gracián, el poderoso, estaba ajeno de tener á su lado un goce superior que jamás gustaría. Ponderando la majestad augusta del paisaje, se encaró con Diego para decirle con protector acento algo insidioso:

—El ruiseñor montañés debiera de cantarnos esta hermosura espléndida...

Ya no era Diego el tímido doncel á quien Gracián confundía con sus ojos dominadores y su oratoria relumbrante; miró al buen mozo fijamente, y contestó muy serio:

—Estoy cantando.

—Pues no oigo nada...

—Porque estará usted sordo para ciertos cantares—dijo Diego con tal entonación que á Gracián se le quedó helada entre los labios una blanda sonrisa mofadora.

Para disimular su desagrado preguntó á las damas:

—Y ustedes, ¿oyen algún cantar?

—Yo también estoy sorda para cánticos—murmuró Eva á media voz.

María, un poco pálida, se estuvo silenciosa, tal vez escuchando la cantiga secreta; y por iniciativa prudente de Gracián, la conversación tomó distinto rumbo.

Pero quedó algo tirante la cordialidad entre los dos señores. Por encima de su carácter sereno y retraído, Diego devolvía á Gracián burlas y sátiras, en ataque certero más que en defensa tolerante.

Gracián se reportaba cortésmente, como si en clase de rival afortunado quisiera mostrarse generoso con su víctima. Y á cada momento miraba al poeta con menos osadía, con el vago recelo de que aquel hombre fuése más que un ruiseñor, acaso un ave altiva con garras temibles, como los azores que rasgaban el espacio sobre aquellas montañas altaneras, encumbrando la gloria de sus giros hasta el celaje remoto.