V

El paseo fué largo, á través de una senda tortuosa y trágica que Diego conocía. Los accidentes de la vereda brava sobre el río, desatado en el cauce profundo de las hoces, se prestaron complacientes á los íntimos coloquios del amor y la tristeza y también á los vanos juegos de la coquetería y el capricho.

Eva y Gracián parecía que llevaban prisa; se adelantaban de sus compañeros con tanta ligereza de paso como de conversación y sentimientos. Iban veloces, impacientes, livianos. Cuando se habían alejado largo trecho de la otra pareja, deteníanse un momento á esperarla, y sin llegar á reunirse con ella volvían á correr sobre el camino, encorvado y peligroso, encima del Besaya, que gemía en hervores torrenciales.

María y Diego caminaban despacio y abstraídos en el lenguaje de sus corazones, que subía á los labios, á los ojos, á la cumbre dorada de la cordillera y al mismo cielo, luminoso y puro, para bajar después, tremante y angustiado, al fondo del torrente, estremecido en sus crenchas de verberantes espumas.

Fué María la más diligente y animosa para romper el encanto de los primeros instantes de soledad, en que entablaron las miradas un mudo lenguaje de inquietud.

—Es necesario—dijo, con un treno dulcísimo en la voz—que ya no hablemos nunca como anoche.

—Entonces me condenas á no verte jamás.

—No; que hablaremos como hermanos y amigos.

—¿Lo exiges?

—Te lo ruego.

—Para obedecerte será preciso que huya de tu lado.

—¿Tan poco valor tienes?

—A veces el huir es una hazaña de valor y honradez.

—¿No decías que era posible un amor sin delito entre los dos?

—Ayer habló el poeta; hoy el hombre no teme al amor absoluto que tú llamas delito, pero el caballero tiembla al pensar que su pasión arroje una sombra, un dolor nuevo sobre tu santa vida.

—Sí, sí; dolor y sombra, y pecado también, nos amenazan, Diego.

—Amor de este linaje todo lo ennoblece y Dios lo mira con piedad; al mundo temo, y le temo por ti.

—A una mujer que atropella su honor, que falta á sus deberes, ni Dios ni el mundo pueden perdonarla.

—El honor... el deber...—murmuró Diego—mi conciencia vacila en esta lucha atroz de sentimientos que pugnan con todas las arraigadas creencias de mi vida, y estoy odiando ese montón de leyes y convencionalismos que atan un corazón á perpetuo yugo sin dejarle más esperanza que la muerte.

—Son decretos del cielo los que atan así los corazones—protestó María con mansedumbre.

—No; son absurdos lazos con que el mundo encadena. El amor es un sentimiento que nace libre por ley divina.

Una llama de ansia rebelde prendióse en estas frases, y la mansa voz imploró desgarradora:

—No hables así, por compasión; tus palabras atraen como la sima. Al escucharte, el vértigo me envuelve y me sacude, y me invade una loca tentación de lanzarme á las regiones de esa pasión desatinada que oscurece conciencias y caminos, y vuelve las creencias al revés... Tú no querrás perderme, condenarme, hacerme llorar siempre sin consuelo...

—¡No, no, jamás!—prometió el artista con vehemencia ardorosa.

Estaban en un tajo del sendero florecido en las peñas. Abajo, muy abajo, el río sollozaba entre juncales, despeñado en el fondo de las hoces.

—Mira—dijo empañecida la suplicante voz de la mujer—, mira cómo atrae esa hermosura trágica del torrente, esa profundidad de la sima con misterio de tumba... Oye cómo las aguas parece que dan gritos y nos llaman para contarnos un atroz secreto... A poco que estuviéramos mirando, curiosos como ahora y anhelantes, el vértigo nos empujaría y no habría salvación para nosotros.

Y una mano, frágil y nítida como las espumas del Besaya, tendíase hacia el precipicio en profético ademán.

Diego, espavorecido, se apoderó con fuerza de la mano breve, la detuvo en las suyas protectoras, y ofreció con acento seguro:

—Haré lo que tú quieras, lo que mandes, no pienses en peligros ni en desgracias que te vengan por mí. Mañana regresaré á Madrid con el pretexto de alguna urgencia literaria; activaré los preparativos de mi viaje á América y en septiembre me embarcaré.

—Sufrirás mucho—se lamentó la enamorada triste.

—Eso es lo que deseo: sufrir hasta desgarrarme las entrañas, y saborear el excelso placer de vivir muriendo por amor tuyo.

—¿Tanto, tanto me quieres?—averiguó temblando el clavel de la boca de María.

Con abrasada voz, exclamó Diego:

—Con un amor tan fuerte y decisivo que lleva dentro todos los amores divinos y humanos... Te quiero como quise á mi madre, como adoro á mi hijo, como venero á Dios... y además, más todavía... mucho más.

Palideció el clavel de los labios preguntones, al proferir:

—Calla, calla; blasfemas...

Pero la voz de fuego, interrogaba.

—Y tú, ¿me quieres mucho?

Quedó muda la boca roja y dulce, y al cabo de un silencio torturante, respondió con firmeza:

—Sí; te quiero también inmensamente.

Diego, transfigurado, fervoroso, murmuró:

—Pues no llores, no padezcas sin buscar las dulzuras benditas del dolor. Tenemos en nuestros corazones el secreto de la felicidad, que no consiste en una bienandanza pacífica, sino que es el ejercicio de todas las facultades del alma, la lucha heroica de todos los sentimientos, en torno á una gran pasión... Sólo aquellos que aman mucho saben lo que es felicidad...

—Y aunque pasen los años—dijo ella, avara de la prometida ventura—, ¿me querrás siempre?

—Para los sentimientos eternos el tiempo no existe, y el mío es de los que alcanzan más allá del tiempo y de la muerte.

Cayeron estas graves palabras del poeta en el hondo misterio de la sima y se acordaron con la eterna canción de las aguas, con esa estrofa inmortal que rueda por el mundo en cadencia de plegarias, arrullos y sollozos, besos interminables, y silbos desesperados de agonía; porque tal vez sea la voz humana á quien Dios ha confiado la misión de perpetuar toda la poesía, el dolor y la gloria de los grandes amores que pasan por la tierra peregrinos y errantes en las almas...

La tarde moribunda se recostó á la sombra de los montes.

Eva y Gracián hicieron por fin un alto decisivo para entrar en la vega con los rezagados paseantes. Marchaban los cuatro en extraña conturbación, como si llevasen el peso de una noticia sorprendente... En tan rara actitud les halló la luna al asomarse al llano; la luna llena, que mostraba en la redonda faz un gran asombro...