VI
Un beso muy largo á su hijo, y á su mujer un ruego así:
—Quisiera que me dieses á menudo noticias de Tristán.
—Pero, ¿vas de viaje?... ¿Cuándo?... ¿A dónde?—preguntó Eva, atónita.
Y Diego, con voz sin inflexiones ni matices, dijo:
—Mañana, en el correo que pasa por Santacruz á las ocho, vuelvo para Madrid. Entre los periódicos llegados encuentro ahora una noticia que me fuerza á marchar.
—¿Volverás pronto?—insinuó, queriendo ser amable, la señora.
—Ya veremos—repuso el desertor evasivamente. Y no hubo medio de hacerle dar más explicaciones sobre su repentina determinación.
En vano Eva mariposeaba en torno del viajero mostrándose solícita para ayudarle en sus preparativos. Él, mudo y serio, diólos por terminados con presteza y se retiró á su cuarto sin más despedida que decir: «adiós», levemente.
Una hora antes, al dar las buenas noches en el jardín de Ensalmo, toda su alma se ofrendó á María en una llama intensa de los ojos y en un acento roto de la voz.
Fingiendo inesperada la partida, dejó Diego en su casa un recado despidiéndose de los señores vecinos, y María vió con impasible rostro la chanza con que Gracián comentarió el suceso, á la siguiente mañana, calificando de fuga aquel viaje. Tan alta risa armó, y mostróse tan despreocupado en sus burlas y alusiones, que los ojos azules y apacibles se clavaron en él un largo rato, fijos, fijos y desdeñantes con una expresión que obligó al osado á pestañear con cautela, como si el sol le diese en la cara de lleno.
Después de haber evitado con precaución el dardo lancinante de aquella mirada, por dos veces seguidas se volvió Gracián á contemplar á su mujer, dudando si lo que en ella le sorprendía era altivez, amenaza ó desprecio. Lo que fuése le sentaba tan bien á la dama rubia, que su esposo, mirándola, añadió á la sorpresa del descubrimiento una desusada admiración; y aunque la quiso hablar galante y fino, ella se alejó lentamente con traza distraída. La blancura espumosa de su bata dejó flotando en el pasillo oscuro una nota gentil, que se llevó prendidas las curiosas pupilas de Gracián. Luego que se esfumó el encanto de la silueta, aquellas pupilas, confusas en la sombra, dejaron reflejar un pensamiento vanidoso que expresaba:—Acaso María será capaz de sentir celos... Y una sonrisa dilatada y feliz, glosó este comentario.
A la misma hora, Eva desgranaba en sus labios burlones un gesto cruel de satisfacción, suponiendo, como Gracián, que Diego se marchaba celoso y lastimado y que María estaba muy cerca de sentir un tormento semejante.
Entretanto, el poeta se alejaba sumiso á uno de los dolores más vivos del amor: el de la ausencia.
Otra vez era esclavo Diego, pero ahora con una esclavitud definitiva y solemne de cuanto había en él de más escogido y envidiable. Aquel amor de ensueño y de nostalgia había madurado insensiblemente al sol de las penas, y ahora se mostraba en toda su razón y plenitud, revelado y confeso en el abandono de la ocasión tentadora. La fuerza interior, la ansiedad espiritual que habían llevado á Diego á ser poeta, hacían explosión en el sentimiento impetuoso que le llevaba hacia María. Bajo la apariencia tranquila de aquel hombre, un alma tempestuosa y romántica saciaba sus voraces deseos en el fruto sabroso de aquella pasión. Tan fuertes eran los anhelos de aquella alma descollante y bravía, que no se los aplacaron ni el arte, ni la gloria, ni el dolor. Ahora, su inagotable ternura hallaba cauce cumplido, y se desataban en ambiciones inmensas. Las incertidumbres, las prohibiciones, los deseos contenidos, las cadenas inquebrantables, encendían, castigaban, depuraban aquel amor, y le convertían en la más alta y sutil felicidad. Pero, al mismo tiempo, todas aquellas zozobras y aquellos obstáculos asaeteaban el corazón del amante en un suplicio violento. Huía la tierra, su amada tierra de Cantabria, puesta ya entre él y María como una barrera; luego, montes, ciudades, llanuras, iban á separarlos; y por si esto fuera poco, el mar inmenso y misterioso, como sepultura del mundo, se tendería en medio de los dos, para siempre quizá... Bajo la punzada dolorosa de esta idea, todas las hieles posadas en el corazón, todas las humanas rebeldías se levantaban contra Diego para hacerle desear aquella mujer que era su única ventura. Contemplábala cada vez más admirable, llena de sentimiento y de gracia, de ternura y de piedad, arrebatada por la ardiente pasión que les unía, viviendo dentro de él con el alma y el pensamiento, pulcra y castísima como la paloma de San Juan de la Cruz, y le parecía que desear la dicha encarnada en aquella ideal criatura, era en él legítimo y santo.
Para más refinado martirio de la ansiosa fiebre de amor, el tren, después de correr como un loco por las entrañas de los montes, asomábase una y otra vez al diminuto valle, donde se erguía, con señorío de reina, la casa de Ensalmo, junto á la casita de Villamor. Colgado el camino férreo sobre las bravas hoces, en revueltas inverosímiles y temerarias, por tres veces pasó el convoy encima de la estación de Santacruz. Subiendo, subiendo siempre empinadas laderas, atravesando túneles y salvando precipicios, volvía á contemplar, en una y otra curva ascendente, la vega amable, tributaria de la noble casa de María. En un balcón, circundado de rosas, distinguió Diego perfectamente la figura esbelta de su amada... Aquél era su dormitorio, aquél su cuerpo grácil, envuelto en un ropaje blanco... Era ella, ella misma, que perseguía al tren con sus ojos azules y clementes; ella, que alzaba en el copo de nieve de su mano un albo lienzo para decir: Adiós... Adiós...
Todo el profundo lecho del Besaya estaba señalado con una neblina triste y leve que á Diego le parecía nube de llanto. La mañana era pálida y dulce, de cántabra hermosura melancólica.
La mano vacilante del poeta respondió en la ventanilla, agitando un pañuelo, al adiós que le enviaban desde el trono de rosas del balcón...
Penetró el convoy en un túnel tenebrario, y después de una carrera negra y silbante salió á un llano espacioso, dejando atrás las imponentes hoces de Bárcena y la vega tributaria del solar de Ensalmo.
En aquella ancha llanura, que parecía sonreir gratamente á la vida, sintió Diego una brusca sensación de soledad y de abandono, como si la humanidad toda hubiese fenecido y él fuera el único superviviente de la catástrofe.