XII
Ya Gracián era novio de María. Las veraneantes en estado de merecer, dejando como cosa fatal aquellos graves casos de pasión, dedicáronse á otros menudos enredos, y consiguieron poner ceñuda y triste á la burlona Clara Infante, asegurándole que tenía una rival, y que Nenúfar le era infiel en la misma quinta de Las Palmeras.
Teresita empezaba á divertirse un poco viendo errar sin destino la nítida sonrisa de Galán, y observando en Rafaelito síntomas alarmantes de locura amorosa.
Y cuando los dúos de las incautas parejas eran celebrados en el salón con ingeniosas travesuras, de aquel rincón del parque donde la marquesa y Gracián habían discutido airadamente, entró en la sala un viento de escándalo que impulsó á Benigna hacia su madre, para decirle, inverecunda y perversa:
—¿No habías tú pensado en Luis Galán... para un caso... como éste?
Miró á su hija la dama, sin pestañear siquiera, durante un largo minuto, y volviendo á otro lado la cabeza con aquel aire de altiva dignidad que le era propio, hallóse con el inofensivo semblante de López, que maquinalmente silabeaba:
—Convenido... perfectamente...
Y en el hueco de una ventana doña Cándida, adormecida y lastimosa, balbucía:
—¡Ay... Dios mío!...
En aquella mísera cárcel de su pecho tenía Rafaelito Coronado un compasivo corazón. A ratos sentía el mozo, por allá dentro, ciertos barruntos de hidalguía y hasta un poco de romanticismo sentimental.
Poseído de una de estas crisis interiores, halló á su prima sentada en la terraza y en propicia soledad. Se puso horriblemente feo para sonreirla, y acariciando con manso mirar la fresca hermosura de la niña blanca y dulce, estremecióla con su voz tonante.
—Maruja preciosa; díme si es cierto, de toda certeza, que tú seas novia de Gracián...
Ruborizada y sorprendida, quedóse María en silencio, con los divinos ojos un poco acobardados.
—Es cierto... por desgracia—tronó entonces el bronco acento.
—¿Por desgracia?—interrogó la niña, alzando vivamente la cabeza.
Aplació Rafael su voz todo lo posible, y tomando con fraternal confianza la breve mano de su prima, casi al oído, le rogó.
—Marujilla... eres buena... eres inocente... No te cases con Gracián... Desconfía de él... y de «ellas»... y de todos en esta casa, menos de doña Cándida y de mí...
Y apenas dicho esto, giró sobre sus pies deformes y desapareció en el vestíbulo.
Vióle á poco María en el jardín, como si buscara ó soñara alguna cosa... Arrancaba las flores, las mordía, las estrujaba y las iba sembrando muertas por los caminos.
Le miraba la niña, suspensa, con un vago terror, y sólo cuando le vió hundirse en el misterio del parque, suspiró aliviada, como si despertase de una lúgubre pesadilla.
Acodóse en el mármol de la recia balaustrada, y sus pupilas curiosas temblaron debajo del cielo y encima del mar, con una interrogante expresión llena de ansiedad inefable. Pero ni los cielos ni las aguas respondieron á la callada consulta.
La vasta llanura del Cantábrico era toda una mancha azul, cuajada de sol. Gozaba el mar de esas horas de reposo y de hermosura en que parece que está escuchando una inmortal querella. Su inmovilidad expectante y magnífica quebrábase en la orilla levemente, con blando embatir de olas y espumas que sonaban á rezo. Mar y cielo se besaban en el horizonte, con la majestad suprema de dos amantes inmensos que celebrasen paces y bodas delante de Dios...
Absorta en la grandeza del espectáculo, sintió María estremecerse su corazón en aquel beso colosal de aguas y nubes; volaba su fantasía con descansados giros de gaviota por la inmensidad azul, pero una voz grave y augural repetía en lo hondo de la conciencia «¡desconfía de él!»
—¿Por qué?, ¿por qué recelar siempre?—preguntábase la niña enamorada—¿Es acaso la vida una emboscada perpetua? ¿Es el amor tan ciego que ni valerse de las alas sabe? ¿Por qué temer cuando la tierra luce un espléndido traje de gala, y se está la mar dormida en excelsa quietud y tiene el cielo tan noble mansedumbre?...
—¿Por qué sufrir, Dios mío—suspiraba María—cuando la vida es una mañana de sol, y el alma una dulce llama de amores?
Pero la temerosa voz agorera no acallaba sus crueles profecías, y en las azules contemplaciones de la muchacha quedó flotando, trágica y amorfa, la negrura de un presentimiento fatal...
Debajo de la terraza se rebullían unas faldas y unos cuchicheos. Las hijas del marqués salían á la sazón con Clara y Teresa hacia el balneario.
Iban las cuatro vestidas en liviana desnudez, con unos trajes transparentes, muy bonitos y escandalosos.
Charlaban y reían, bajando por la escalinata, cuando Rosa las encontró, viniendo del jardín con una opulenta carga de flores para adornar los aposentos. Detuvo Clara á la doncella con desgarrado impulso y preguntóle, llena de cólera:
—Díme tú... muchachuela... ¿de veras te has figurado que los caballeros que vienen á esta casa te cortejan á ti?
Al oir tal, quedó la chica inmóvil y absorta, gentilmente abrazada á sus hermanas las flores. Después, un poco encendido el semblante y algo quebrada la voz, replicó altanera:
—El que viene á esta casa á cortejarme no es un caballero... es... Simón Ruiz.
Tornóse de cera el rostro de Clarita; pugnó iracunda por desatar su lengua dicaz, paralizada por el despecho, cuando sus amigas se la llevaron jardín afuera, ordenando á la moza, con fingida severidad, que callara y siguiera su camino.
Obedeció ella sin replicar, mas pisando, al subir, con valentía, los finos escalones. Agitada y trémula de celos y de orgullo, fué dejando caer, en su descuido, algunos de los ramos preciosos que llevaba. Y así, en la escalinata de honor de Las Palmeras, testigo de aquella escena bochornosa, quedó triunfante con un rastro de flores, en plena gloria de sol, la huella donosa de Rosita...