XIII
Al caer la noche sobre la costa, los contertulios de la quinta salían al jardín y se iban disgregando en galantes parejas, bajo el quieto dosel de los árboles.
Pálida la luna en un cielo de tersa limpidez, asomábase por los claros de la fronda, poniendo su gentil resplandor en los misteriosos andenes.
Había un perfil desasosegado en las sombras enlazadas bajo la fantástica luz; un perfil rebelde, que tan pronto parecía el de un sólo cuerpo que dulcemente ambulase en la paz de la senda, como partido en dos airadas figuras, simulaba un grupo combatiente y furioso, desesperándose en la calma enervante de la noche.
Eran Nenúfar y Clara, que agriamente reñían, paseando por el jardín. Decíanse agravios y quejas, discutían con mal recatado enojo; mas luego, un rayo indiscreto de la luna los dibujaba en el césped, inmóviles, y amistados en lagotera plática...
Por la alameda central, á toda luz, discurrían lentamente María y Gracián, coloquiando en traza de novios, más atentos al rumor de sus palabras que á la tranquila belleza de la noche.
Cerca de ellos, Diego y Eva, sentados en rústico sofá, se decían amores quedamente, con apasionada unción.
Y en otra arbolada calle, un poco más sombría, la risa de plata de Luisa Ramírez hacía contrapunto al vozarrón de Rafael.
Las señoritas de la casa acompañaban á los demás amigos, y, al través de los grupos pintorescos, Pizarro protestaba del calor, de la luna y de los novios, mientras que á López le parecía todo de perlas.
Hojas, flores y brisas, refrigeradas por el aliento bienhechor de la noche, escuchaban curiosas las carcajadas y los diálogos de aquellos felices huelguistas de la playa... También con las brisas y las flores, Rosita la doncella andaba escuchando entre los árboles...
Sonaron lánguidamente las cuerdas de un piano. Por las ventanas abiertas del salón cayeron á la sombra del parque unas divinas notas de cristal. La silueta romántica de Schumann paseó un momento por el jardín umbroso, cantando con delicada voz sus Lágrimas secretas, sus Noches de angustia...
Era, sin duda, una mano de mujer, nerviosa y sentimental, la que pulsaba las teclas del piano.
Al escuchar aquellas notas alzóse Diego Villamor del escaño rústico, mirando con sorpresa hacia las ventanas de la quinta, que proyectaban en la sombra del parque la viva luz de los salones. De repente la voz de Schumann se apagó en un sollozo, y tras la pausa de un amplio silencio musical vibraron los acordes del Claro de luna, el triste adagio de la sonata de Beethoven. Las graves y profundas armonías causaron al poeta una impresión conmovedora. Sacudióle aquella ráfaga como un latigazo inclemente recibido al desnudo en pleno corazón; todo el dolor y la tristeza de la vida lloraban en aquel adagio como un de profundis cantado á orillas de un lecho nupcial, á la luz piadosa de la noche...
Notando Eva la emoción de Diego, echóse á reir alborozada, burlándose del poeta con aceradas frases...
La vertiginosa rueda de sensaciones, que en vorágine silenciosa giraba en la arboleda, tuvo entonces un extraño engranaje de pensamientos, y también María sintió, alarmada, que un tremante acento de dolor se acordaba á los sones del piano con las cálidas ternezas de Gracián.
Una superstición callada y penosa dolió en dos corazones al mismo tiempo con lancinante acometida.
La marquesa, en tanto, sentada en el salón ante la clave, desgranaba las notas dulcemente y Galán, muy rendido á su lado, volvía con lentitud las hojas de la partitura, luciendo una sonrisa intensa y blanca, como la del teclado marfileño sumiso á los hábiles dedos de la señora.