XIV

Arreciaba el calor; todo el oro solar caído en cálidos torrentes durante el día caldeaba la arena de la playa y tostaba la densa copa de los pinares. En la costa bravía, y en los gayos jardines ribereños, yacían las flores con desmayo estival, desabrochados los hondos cálices, entregadas á la caricia ardiente de la luz.

Descendía la tarde sobre el Cantábrico con exquisita diafanidad; llegada era, sin duda, la solemne hora que inspiró al poeta los alados versos:

«Harto acaso de vidas

serenóse ya el mar, las costas callan;

cansadas ó dormidas

sus turbulentas olas no batallan.

Y si la playa suena,

si mueve el agua espumas y rumores,

su voz sobre la arena

no amaga muertes, que suspira amores»...

El salón de los marqueses abrió sus puertas de par en par sobre el parque frondoso, y la familia, con sus habituales amigos, buscaba en animados grupos la regalada sombra del boscaje.

En el palique de aquella gente ociosa y novelera, pasto de toda malsana curiosidad, eran tema favorito las bodas de Eva y de María. Juzgadas tales bodas como ciertas é irremediables, las mocitas casaderas que estaban en turno hiciéronse benévolas y afectuosas alrededor de los novios.

Decíase de ellos, no sólo que formaban dos gallardas parejas, sino que la conveniencia de ambos enlaces era visible y acertada. Con su hermosa cabeza de Apolo, su ciencia de la vida y su trato seductor, Gracián Soberano era el marido ideal para la noble niña acaudalada, indefensa y tímida paloma. Y la colmada hermosura de Eva Guerrero, su hidalgo linaje y su dominio de los salones, digna corona serían del poeta.

Ufana y ambiciosa, maquinando grandezas y esplendores, quiso Eva asomarse á las puertas del porvenir. Soñó una vida muelle y regalada en la corte; un trono para su belleza en aquella sociedad aristocrática; una existencia de triunfo y de placer... Y el novio artista, hechizado por el mismo sueño y abrasado por Eva en un incendio voraz de los sentidos, ponía sobre su cabeza todos los deseos desbocados del corazón de aquella mujer, duro corazón rebelde al dolor de la vida, sólo inclinado y dócil á la ambición y á la lisonja.

En la atormentada juventud de Diego, Eva ejercía una mortal fascinación. Con ser en sus novelas Diego un agudo psicólogo, carecía de todo sentido práctico. Hízole el dolor poeta, pero no le enseñó á vivir ni le adiestró en los crueles engaños del mundo. Empujado por la enlutada soledad de su niñez, cayó de rodillas en la negra noche del sufrimiento, delante del eterno manantial donde lágrimas y penas fluyen con el incesante lamento de la vida. Aplicó sus labios febriles al humano caudal, abierta el alma, sediento el corazón; y de sus años de abandono y pequeñez alzóse con la sagrada lira entre las manos, derretido el pecho en piedades y ternuras, llena la imaginación de luces y de sombras. Colmada su inspiración en el raudal saludable del llanto, sus canciones eran al propio tiempo viriles y sentimentales, tempestuosas á veces, á veces serenas y apacibles, impregnadas siempre en la poesía norteña, romántica y triste. Sollozaba en sus versos el Cantábrico, gemían los robledales montañeses, é iba la niebla prendiendo sus gasas de pena en pena por el mundo.

Niño y poeta, Diego Villamor, entregado precozmente á la soledad y al silencio, cayó deslumbrado á los pies de Eva. Todos los sentimientos puros engendrados por la desgracia en su pecho sin hiel, fueron á decorar como devota ofrenda el pecho vacío de la hermosa. Y allí abatieron sus alas trémulos y heridos, sin hallar un asequible rincón de piedad en la altiva muralla de carne, hecha mármol. Su alma de artista quedóse rendida y suspensa delante de aquella escultura viva y lozana, que le era prometida en amoroso brindis de traidor beleño. Y en su sed de vivir, sintió el poeta, nacido, como todos los poetas, para sufrir y amar, estremecerse las dos raíces de la vida: el deseo y la esperanza.

La esperanza y el deseo rutilaban, también, en las azules pupilas de María Ensalmo, en aquellas sosegadas pupilas que sabían mucho de lágrimas. Un tumulto de sensaciones nuevas movía inquietudes y afanes en el quieto remanso de su espíritu, y, acaso, lenta y sutil, una brisa de orgullo mecía el plantel de ilusiones de su juventud en flor. Crédula y soñadora, las alas de su fantasía se quemaron presto en el halo de superioridad y grandeza que la alta crónica mundana ponía en las sienes de Gracián. Fué con alegría infantil su dama predilecta en el íntimo veraneo de la quinta; fué después con secreta delicia, su enamorada, y al fin, con férvida rendición, su prometida esposa.

Quería Gracián llevar á término el noviazgo con las ardientes prisas de una recia pasión, y el marqués de Coronado, como tutor de la novia, intervino complaciente en las negociaciones matrimoniales, acortando caminos y diligencias.

Así quedó cautiva al primer vuelo aquella blanca paloma del hondo valle montañés. Y así, cuando ya las florestas agonizaban y los días serenos eran idos, florecían los azahares en la pura meditación de una frente, y unos horizontes risueños se abrían á las preguntas curiosas de una mirada.