XV

Corría el mes de Octubre. Flotaba el celaje bajo y ceñudo; las gaviotas, agoreras y tenaces, volaban en anchas curvas sobre las olas, y el estruendo de la marejada confundía su voz en los pinares con el duro ventar. Balanceábanse entre las nieblas de la bahía las sombras de los barcos, trágicas sombras en la tristeza enorme de los crepúsculos.

Allá, en la playa, los hoteles parecían dormidos, con los párpados de sus persianas caídos encima de puertas y balcones; las vistosas casetas de los baños, desmanteladas ya, se aselaban en lo alto, apretadas y tímidas, contra las garras de espuma con que la mar subía por la arena. De la festiva decoración de aquellos lugares de placer sólo quedaban algunas toscas cifras grabadas en los troncos de los pinos, huellas de amoríos fugaces; el esqueleto ingrato de algún ramaje triunfal, ó el trapo roto de alguna flámula, oscilando al viento en la desolación de los arcos desnudos. Las tardes breves se desmadejaban con aflicción en la montaña y en la costa, sobre jardines marchitos y viviendas cerradas; muertas las hojas, gris la marina, y amarillo el paisaje.

Unicamente la quinta de Las Palmeras daba señales de vida en aquella otoñal decoración. Los de Coronado aguardaban el próximo enlace de María, para asistir al dichoso acontecimiento antes de regresar á Madrid.

Rezongaban las niñas y renegaban de los novios; pero Rafaelito, el dios de la casa, se había puesto al lado de sus padres en aquel deseo, menos acaso por cumplir un deber de familia que por asonantar su vozarrón con la risa musical de Luisa Ramírez.

El marqués, muy interesado en el Casino con algunas serias partidas de baccarat, no se impacientaba gran cosa en aquella desapacible espera. Y su satélite Nenúfar, habíase convertido, con el mayor desenfado, en huésped de la quinta, apenas su protector se lo indicó al cerrarse las fondas veraniegas. También Clara se prestó generosa á compartir con las de Coronado la cruel prolongación del veraneo, en aquella dura soledad de Las Palmeras, sin excursiones ni tertulias, desatadas sobre la marina ribera todas las tristezas del Norte.

Huídas con septiembre las últimas veladas del estío, ya las niñas no tenían para divertirse ni siquiera las genialidades de Pizarro, el primer fugitivo de la costa, ni los dichos un tanto grotescos de doña Manuela, ni aun los suspiros lastimosos de doña Cándida.

A poco de esconderse María en su hidalga casona del valle á preparar sus desposorios, fuése Gracián á la corte con igual propósito, en apariencia; y desfilaron también otros íntimos de los marqueses, entre ellos Teresita Vidal. Eva y Diego se recluyeron en la ciudad vecina para tejer á solas, sin testigos burlones, sus magníficos proyectos. Y la graciosa y bella Luisa Ramírez se dejó galantear en su casa por Rafaelito, con más regalo y holgura que en la quinta de Las Palmeras, donde se halló un poco descentrada y recelosa cuando se fué iniciando en algunas intimidades de aquella gente cuyo trato era nuevo para ella. El más rezagado veraneante de la temporada había sido Luis Galán. Cuando la última puerta hospitalaria se hubo cerrado, blanquearon los dientes del buen mozo entre los disciplinados rizos de su barba, en sonriente despedida, y las desenvueltas niñas de Coronado hicieron en presencia de su madre algunas cínicas manifestaciones de duelo...

Sucedía esto á la hora en que una tímida puesta de sol inflamaba el confín remoto del Cantábrico; y aquel fugitivo rubor del horizonte llegó á la quinta mundana como un rojo destello de ira, como una protesta silenciosa, que la pureza del mar y del cielo mandaban á la tierra miserable.