XIX
Tristanito tenía mucha fiebre y una gran cobardía en la mirada. Hubiérase dicho que no quería abrir los ojos á la luz, desde la hora en que oyó á sus padres hablarse con palabras durísimas y crueles, lo mismo que en Madrid hacía tiempo, igual que en otras ocasiones inolvidables para el niño... Fué en la tarde que Eva llegó; fué en aquella salita blanca y alegre donde Diego escribía y paseaba, donde Tristán y Lali trenzaron juncos y margaritas para fabricar coronas, alzando con su charla infantil castillos maravillosos, bajo la acariciante mirada del poeta...
El niño entre los dos, Eva iracunda apostrofaba á Diego, como si ella no fuése la culpable de la distancia de sus corazones, del secreto divorcio de sus vidas.
Con déspota altivez, pedíale razón de sus desdenes, noticia de sus planes y cuenta de sus horas. Decíase abandonada y ofendida, y no daba tregua á los reproches ni respiro al discurso acusador.
En casos parecidos corría el nene á calmar á su madre con caricias, guardando para ella todos sus compasivos sentimientos; pero esta vez se refugió con susto en los brazos del artista, y con dulce piedad le consolaba en frases rotas de inocente pena. En el colmo del furor, la madre entonces, quiso arrancarle á Diego el hijo; mas el nene se aferraba á los brazos varoniles, y el padre defendía su tesoro. Porfiaron un instante con brutal insensatez, y el hombre, al cabo, temiendo lastimarle, soltó al niño.
Habló Diego de partir en seguida á lejanas tierras para nunca tornar; habló de la desgarradura de su alma dejando al hijo suyo en manos que atizasen odios horrendos contra el padre ausente... Tristán oía con mudo estupor los augurios amargos del poeta; le miraba anheloso, y, preso entre los brazos de su madre, no se atrevía ni siquiera á llorar.
Poco después temblaba como una hoja, sacudida por fatales soplos; los párpados caídos en cansancio de terror ó de lágrimas.
A la mañana siguiente avisaron al médico de la villa, que llegó, caballero en escuálido potro, á visitar al niño.
Examinóle con atenta bondad, moviendo lentamente la cabeza. Averiguó si la criatura era de genio triste, si estuvo siempre débil como entonces, si había tenido alguna emoción fuerte.
Con sus dedos suaves y piadosos, levantóle los párpados, tenaces en su pliegue fatídico. Encedió una cerilla, y se la paseó delante de los ojos, engañándole: Mira que preciosa luz... Mira otra vez... Más, un poco más...—Giraron débilmente las pupilas veladas; el médico descubrió el inmóvil cuerpecillo, y en el vientre le hizo una raya con la yema del dedo, observando con el mayor interés aquel signo de experiencia. Dispuso un plan de alimentación, y un gran cuidado en anotar, cada dos horas, las curvas de la fiebre. Recetó hielo para la cabeza, en aplicaciones continuas, y con acento reservado, dijo: Volveré á la noche...
A Diego, que ansioso le interrogaba, acompañándole hasta el portal, le confesó pesimista: Temo una meningitis; el temperamento del niño y los síntomas que presenta no me ofrecen mucha confianza... Pero puede ser un amago únicamente.
—¿Si fuera meningitis?—preguntó el padre aterrado.
—Si lo fuera... un milagro tal vez le salvaría.
Se estrecharon la mano los dos hombres, en un silencio grave y aflictivo, y el médico se alejó muy despacio en su potro consunto y valiente, de heroica traza.
Al volver Villamor al aposento de Tristán, Eva miróle interrogante, y en la pavidez de su esposo leyó el temible diagnóstico. Poseída de una zozobra inmensa, acobardó los ojos en el suelo, y con la voz tan blanda como nunca, balbució:
—Voy á prevenir todo lo necesario...
Quedóse el padre al lado de la cama donde el ángel amado padecía, y la mujer huyó ciega de ansiedad, pareciéndole insufrible la idea de volver cerca del niño á contemplarle inerte y estuoso, con los ojos cerrados como un muerto y la amenaza inexorable encima de la frente pura... Dió vueltas como loca por la casa; quiso en vano llorar, buscando una oración inútilmente. Llegó al despacho, y halló sobre el sofá juncos lacios y flores praderosas, muertas aquella noche en las redes de una coronita humilde. El hallazgo causóle un miedo supersticioso; floja y vacilante, se fué á sentar al lado de la mesa, y con las manos impacientes y frías se puso á revolver en los papeles y á escudriñar los libros. Entre pliegos en blanco, tropezaron sus ojos unos versos, sin principio ni fin, rimas truncadas. Y leyó con asombro de locura este hilván de renglones:
Mi destino eres tú. Yo te quería
desde antes de nacer; yo te soñaba
desde el remoto cielo donde moran,
sin cuerpo todavía, nuestras almas.
Fueron tus ojos candelitas de oro
sobre los horizontes de mi infancia;
fueron tu besos los primeros besos
que soñando sentí. Yo te buscaba
sin alcanzarte nunca. Desde niño
mi pobre corazón te adivinaba,
presintiendo las vivas emociones
de nuestras horas dulces, de nuestras horas trágicas.
La historia eterna del amor humano
recogerá en sus páginas,
como oro en paño, nuestros nombres. Día
llegará en que otras almas
su sed apaguen en la fuente pura
de nuestras lágrimas...
Nuestra vida será como un poema,
nuestra muerte será como un hossana...
No moriremos nunca; viviremos
como un sueño de amor, en otras almas.
No hay madrigal, cantiga ni querella,
clavel ni pasionaria
de viejo epistolario ó cancionero
que guarde entre sus páginas
aroma tan sutil como el aroma
de nuestras horas dulces, de nuestras horas trágicas.
Trepidaba en las manos de Eva la cuartilla donde Diego escribió estas estrofas sentimentales y sinceras, inútiles al parecer, pues que holgaban en descuido, con una cruz de lápiz rojo atravesada en el pliego hasta las cuatro puntas. La imaginación de la curiosa giraba con ímpetu, ajena á todo lo que no fuése buscar la musa de aquel canto... No daba con ella... No existiría. Era, sin duda, una imagen de poeta. Diego, retraído, casi huraño con las mujeres, acaso no sabía amarlas más que en sus coplas, en sus delirios de artista... No. Diego no tenía pasiones violentas, ni antojos verdaderos... Era un anormal, un iluso, un soñador...
Pero los versos dolían en la memoria de Eva como un rasguño cruel. Mirando la cuartilla, salpicada con la letra menuda de su esposo, parecíale cada frase un grano de simiente que otra mujer feliz recogería en cosecha de flores inmortales... Las líneas rojas, tendidas en el pliego, eran un arañazo que sangraba... Sospechosa de análogos encuentros, siguió doblando libros y cuartillas con febril impaciencia. Halló notas, renglones inseguros, cárcel de altas ideas temblando como chispas de luz sobre la nieve ingrata del papel; y al cabo de su audaz inspección, halló un soneto, colocado á manera de registro entre versos de Fray Luis. Leyó con avidez:
Amor que en lo infinito se asegura
y en la callada eternidad se enciende,
es una noble llama, que trasciende
más allá de la triste sepultura.
Brilla serena en la tiniebla oscura,
en la lumbre inmortal su lumbre prende;
ni el sol la apaga ni su luz la ofende,
ni de los hombres ni los siglos cura.
Se apagará de nuestra vida el rastro
y nuestras lenguas tornaránse hielo,
y nuestra carne rígido alabastro,
mas, la llama de amor de nuestro anhelo,
brillará con más fuerza, como un astro
en la tranquila inmensidad del cielo.
Esta vez la furtiva lectora no dudó; un cálido soplo de sentimiento corría por aquellas estrofas, asegurándola que detrás de ellas había una mujer, una mujer apasionada que compartía con Diego aquel amor infinito y sobrehumano; amor que vence á «la triste sepultura»; amor que inmortaliza, fuego de llama perenne «como un astro»... Pero ¿existían aquellos amores?... ¿Acaso no eran ficiones de poetas, penitencias de mártires ó manías de locos?... Amar, para sufrir únicamente; vivir muriendo, y muriendo de amor nacer á la inmortalidad... ¿Qué misterio era aquel impenetrable á los ojos de Eva?... Sintióse poseída por un pavor extraño y luminoso, en el centro del cual ardía aquel inmenso amor que ella negaba, y la gloriosa lumbre calentó un instante su aterido corazón. En inquietud profunda atravesó la estancia varias veces como si buscase razones y verdades donde asirse para no caer al suelo. De pronto se volvió hacia la mesa, agitando papeles y libros en huracán de ansiosas pesquisas. Nada nuevo encontró, y el taller del poeta quedóse conturbado, en traza de terremoto. Eva se acodó en la ventana, esperando de la tierra ó del cielo lo que no halló al abrigo de las paredes...
Ya bajaba la noche por los campos, y temblaba un lucero en el azul.
En el jardín andaba Lali de puntillas, como por el cuarto de un enfermo; buscaba entre los pálidos macizos las últimas flores moribundas, y recogía, en su actitud de sigilo y de tristeza, toda la emoción de aquel instante.
El doliente recuerdo de Tristán hirió á la madre entonces, con punzada traidora, y del calor desconocido que poco hacía le tocara el pecho como ráfaga espiritual, se le subió á los ojos una nube de llanto.
A la par de sus lágrimas copiosas, en el callado valle palpitaba el quejido inconsciente y misterioso de la naturaleza.