XVIII
Arbolada como el mar estaba la quinta; parecía que la borrasca de las olas alcanzase al salón, á la terraza, al jardín ya marchito y al parque derrotado por el otoño. Bajo la rasgadura de la fronda, paseábase Rafael nervioso y ceñudo, pisando con cruel complacencia la crujiente hojarasca. El marqués buscaba inútilmente á su hijo por los aposentos de la quinta.
—¡Rafael... Rafaelito!—iba diciendo—¿En dónde estás, muchacho?... Todo se arreglará, no te disgustes. Estas son nubecillas familiares, caprichos de mujeres...
Abría don Agustín las puertas, atravesaba las estancias, y su acento, sonoro y reposado, se apagaba entre muebles y cortinas, tapices y molduras. Al final de su inútil excursión, una vidriera del piso bajo le permitió ver, peregrina en el parque, la ruin catadura de su hijo. Fuése el prócer hacia su heredero con prontitud conciliadora y grata, y en paternales tonos, un poco altisonantes y campanudos, le habló de transigir con sus deseos de matrimonio; él había hecho las veces, en obsequio suyo, cerca de las señoras, encaprichadas contra Luisa Ramírez... Las bodas por amor, eran siempre un asunto poético y hermoso, digno de simpatía; por eso, como padre y como romántico, apadrinaba don Agustín los ideales amores de Isabel y Galán...
Nada, nada: dos casamientos «altruístas», dos alardes de aristocrática insurrección contra los convencionalismos de alcurnias y talegas, ¡y á ser felices por muchos años!... No olvidaba el marqués aquel adagio de «casa á tu hija como pudieres y á tu hijo como quisieres»; pero él también se casó sin más estímulo que el de una pasión desinteresada, y su felicidad conyugal era un ejemplo elocuente de cuántos premios reciben en el mundo el puro amor y los nobles sentires.
Extendióse Coronado en otras consideraciones sentimentales, y su discurso, cómico-lírico, tuvo el don de plegar con difícil sonrisa el gesto bravo de Rafael. El padre fué diciendo que Isabelita, como enamorada, habíase puesto de parte del hermano, en defensa de su boda con Luisa; y que, siendo ya dos en apoyarle contra el parecer de Benigna y la marquesa, iban ellas cediendo en su oposición, y ya querían paces francas y prontas con el predilecto...
Todo se arreglaría; las señoras, ya avanzado el otoño y desapacible la playa, volverían á Madrid inmediatamente, y él se quedaba acompañando al novio en un hotel de la ciudad para prevenir con solícito interés todos los menesteres de la boda, á la cual, en el día señalado, vendrían la marquesa y las niñas; luego, todos asistirían cordialmente á los desposorios de Isabel, en la corte...
Para que no viajaran solitas las señoras, López, «el buen López», el amigo constante y bondadoso, se prestaba con gusto á acompañarlas; quedaríase con ellas unos días, hasta la fecha de la boda, y en ambos viajes les sería muy útil su compañía... ¿Eh?... ¿Qué tal?...—interrogaba don Agustín muy satisfecho, en triunfo de proyectos y soluciones. Rafaelito mordíase los labios, entre compadecido y burlón, y el marqués se le llevó del brazo hacia la casa, donde fué recibido el heredero con caricias de la mamá y mimos de las niñas... De Isabel sobre todo, que, hacía un rato, oyera del furor de Rafael una amenaza:
—Si tú sigues conspirando contra mi casamiento, yo desbarato el tuyo en diez minutos... Hablaré á papá de tal modo, que, por cándido y ciego que sea, se opondrá á que te cases con ese...
—Comprendido—interrumpió la avisada señorita; suprime los epítetos, hermano, y cuenta con mi apoyo... y tranquilízate; nos casaremos los dos muy pronto... ¡Ya lo creo!...
Isabel y Benigna conferenciaron después de la amenaza de Rafael; luego, las dos, se encerraron con su madre en una discusión agria y triste, y, por fin, la marquesa, llamando á su esposo á un coloquio trascendental, le despidió al instante hecho una malva, ufano en su papel conciliador en busca del terco Rafaelito, que impusiera ya definitivamente su resolución de casarse con Luisa Ramírez sin tardar más de un mes...
Aplacada aquella tormenta familiar, muda la casa en crisis de descanso, todos los gritos que se oían eran del viento y de las olas, y del ropaje roto de los árboles.
Pero en la terraza de la quinta estallaba otra tempestad, asomándose á los ojos profundos de una mujer. Ascuas y tinieblas, relámpagos y huracanes, pasaban por aquellos endrinos ojos que miraban desafiadores la intumescencia del mar en su pujante bravura. Olas más crueles que aquellas del Cantábrico furioso, se deshacían verberantes en el corazón de Eva.
La curiosidad aciaga, y el despecho que la empujaron hacia la quinta, en castigo implacable se tornaron, porque Gracián, engreído como nunca en vanaglorias del rendimiento de ella, la utilizó como estímulo para lograr á la condesita, y cuando la de Manrique se marchó á Vichy, segura de no encontrar marido en Las Palmeras, él quiso hacer una pública ostentación de la supuesta conquista, acompañándola en el viaje, olvidado de cuanto no fuése aquel empeño altivo en afirmar su fortuna de tenorio. Con la humillante ofensa de Gracián coincidió para Eva una carta de María, dando buenas noticias de la salud del niño y añadiendo que, «aunque estaba allí Villamor, ella tenía mucho gusto en retener al nene á su lado». Aquel regreso, sin aviso ni explicación, fué para Eva un asombro más en la extraña conducta que á Diego atribuía. Por primera vez se le ocurrió que su marido, despreciándola en realidad, se había marchado en un momento de hastío, y regresaba á disfrutar del valle aprovechando la ausencia de la menospreciada... Era cierto, entonces, que ya ella no inspirase cariño ni admiración, que ya no tuviese poder sobre alma ninguna...; que el abandono y la soledad la ponían sitio con incansable ardid... De nuevo padeció el terror de la llanura solitaria, el indómito espanto del desierto sin orillas, sendas tortuosas y estériles donde la fatalidad la empujaba, sola y pobre, sin juventud y sin belleza, sin poder asirse ni á su propio corazón, que, callado y cobarde, parecía muerto... El pálido rostro de Tristanito cruzó por su memoria vivamente, como estrella fugaz en noche oscura. Al recuerdo del nene, irguióse Eva con indomable orgullo, poniendo enfrente de su gesto bravo la imagen dulce y bella de una niña.
—Me le quieren quitar—rugió sañuda—; es Lali que le lleva á su casa, que le tiene hechizado y me le roba... ¡la quiere más que á mí!... Un maretazo fiero de pasiones agitó á la mujer atormentada por su propia ruindad. Contemplando al Cantábrico en borrasca, á las flores en derrota, y aislada su existencia, sin consuelo ni rumbo, llegó á pensar, obsesa en sus espantos, que Tristán, su único tesoro, padecía un secuestro maléfico en poder de un hada diminuta con los ojos de sol, las mejillas de rosas, y la risa arpada; una hechicera, de nombre Lali, carne de la mujer feliz á quien todos los halagos del mundo le pintaron un cielo en los ojos de ardiente azul...
Eva quiso volver al valle inmediatamente. Habiendo prolongado su estancia en Las Palmeras muchos más días de lo que se propuso, parecía demasiado significativo su deseo de marchar tan pronto como Gracián lo hiciese; pero la llegada de su esposo la sirvió de justificante en la repentina determinación. Nadie la detuvo, porque la vuelta á Madrid revolvía ya la casa de los marqueses en ajetreo formidable. En aquel regocijo entraba López, frotándose las manos y mascullando el glorioso «perfectamente» que hizo época en las crónicas galantes de la playa...
Prendido en las pálidas nieblas de la costa, el Cantábrico, en furia, se despedía á grandes voces de aquella caravana de viajeros. Gritos, sollozos, ventadas, salivazos, una acusanza dura y arrogante mandaba á la ribera la tempestad marina... No de otra suerte, en salmos inmortales, nos cuenta el Evangelio que al pueblo escandaloso:—Avergüénzate, ¡oh Sidón!—le dijo el mar...