XVII

¿Cuántos días? ¿uno? ¿mil?... ¿La vida toda?... ¿Un minuto?... La sublime demencia del amor inmovilizó el tiempo en el valle, para los enamorados inertes en su idilio, todo niebla y dulzura, todo inseguridad y dolor. ¡Era un correr entre sombras y resplandores, un vagar por los cielos y la tierra, un delirio tan puro y tan humano!...

A nadie le extrañó que Diego se hubiese aparecido en su casita, ni que se encerrase á escribir tenazmente, ó á pasear á lo largo de la estancia horas enteras, sin dejar su retiro más que para hacer la diaria visita á la señora del palacio.

La zafia sirviente del poeta contó que el señorito había llegado en el tren de la noche, sin preguntar por la señora ni por el nene, porque sabría, sin duda, que no estaban en casa... Contó que apenas comía el caballero, que hablaba solo y que le daba gran tarea á la pluma.

Para Tristán fué una sorpresa alegre la de ver á su padre una mañana en el balcón, gozando con el asombro de los dos amiguitos, que corrieron á abrazarle.

Con el franco egoísmo de la infancia, el niño dijo al hombre:

—¿Me traes un caballo?

—No pude... Estaban las tiendas cerradas cuando vine...

—¿Y los versos?

—¡Ah! sí, traigo muchos, para ti y para Lali.

—Versos—dijo la niña charlatana—son unos regloncitos chiquitines que «caen» bien unos con otros... Son cantares.

—Sí—repitió Tristán con maravilla—; son cantares, y valen el dinero... lo ha dicho tu mamá.

Villamor escuchaba embelesado el gracioso palique de los nenes, y un tierno gozo le inundaba, viéndolos tan unidos en la gloria envidiable de la inocencia.

Sin el ropaje de los disimulos siguió Tristán diciendo sus antojos:

—Papaíto; yo no quiero quedarme en esta casa; vente tú al palacio también, porque mamá se ha ido no sé á dónde...

—Donde está mi papá—saltó la niña resolviendo el problema fácilmente.

Diego endulzó una sonrisa muy amarga besando á los pequeños, y les dijo que él se estaría solo y ellos juntos con la mamá de Lali; que le irían á ver los dos á cada rato, y que todas las tardes les llevaría á paseo y les haría una visita.

Se quedaron conformes los chiquillos, y cumplieron por su parte el programa de tal modo, que á cada media hora gritaban á la puerta del despacho: Abre, que una mariposa se nos muere; á ver si tú la curas... Que nos cuentes un cuento... Que nos hagas un cantar... Mira, traemos flores...

Algunas veces encontraban al artista con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Lloras?—le dijo Lali en una ocasión.

Y Tristán, conmovido, saltó á los brazos de su padre, murmurando:

—No llores, que ya te quiero mucho.

—¿Y antes no?—preguntó Villamor entre caricias.

—Antes... poco.

—¿Desde cuando me quieres?

Encarnado y confuso balbuceó el niño con elocuente verdad:

—Desde que la madre de «ésta» me ha dicho que eras bueno...

Lali, absorta, miraba aquella escena con sus pupilas de oro dilatadas en una compasión profunda. Le daba mucha lástima aquel señor tan triste, que la besaba siempre en los ojos con unos besos cálidos y dulces, largos, largos... suavísimos. Y el poeta, prendado de la niña, gozaba sobrehumanas emociones cada vez que la luz de aquellos ojos entraba en su conciencia, refrigerante y pura, como el sol de los cielos...

Acosado por un tropel de ideas inefables y ardientes, Villamor quería condensarlas en renglones felices, en estrofas de gallardía inmortal, centella de perenne fuego eternizado en el arte con romántica lumbre de pasión. Quiso poner su alma, deshecha en tempestad, bajo la pluma, y estrujarla encima del papel, y dejarla en un canto á María ardiendo para siempre con llamas de gloria inextinguible en el amor infinito. En sus horas de emoción solitaria, le parecía que todo el universo vibrase dentro de él, y se quedaba en éxtasis, sin hallar más digna elocuencia que la del llanto; sus nervios, como el cordaje de una lira inmensa, se estremecían temblorosos, y las sensaciones le envolvían en olas de luz, de música y de color. Mas en aquellos instantes de plenitud vital y estética, no lograba arrancar al corazón sus secretos mejores; torpe la pluma, remisa la palabra, encarcelados los pensamientos en la exaltación sentimental, caía el poeta en frenesíes morales, en accesos de tristeza y de lágrimas, que le llevaron al dintel de la locura. Entre sus montones de cuartillas rotas en aquel tiempo, sólo alguna por azar quedó en olvido, menospreciada por la desesperación del hombre artista, que no acertó á verter en ellas el aroma de su alma.